La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 19. Capítulo 19 #4
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19. Capítulo 19 #4

Valda soltó una risa baja y asintió.

—Todos mareños.

—Sí —dijo Maris, con la voz temblorosa.

Finalmente estaba rodeada de su gente y, a diferencia de lo que sus padres le habían hecho creer, no se sentía amenazada ni asustada.

De pequeña nunca había entendido la paranoia de sus padres ni su necesidad de mantenerla escondida.

Había crecido viendo el compartimiento secreto en la oficina como algo normal.

Hasta que vio al general Arwin en la Plaza Ofelia y el miedo en los ojos de sus padres.

Aún podía sentir el agarre de hierro de su madre sobre el brazo, su desesperación al pedirle que se metiera en el escondite.

Después de eso, empezó a odiar las multitudes.

Estaba nerviosa, no había duda, pero también podía notar la sensación de comunidad, de familia, de esa gente. Todos hablaban y reían en voz alta, saludándose con besos en la mejilla, abrazos fuertes y palmadas en la espalda.

—¿Estás bien? —preguntó Valda.

—Sí. Solo… abrumada.

—Si quieres irte, solo dilo. Nos iremos al amanecer.

—No. No quiero irme. Quiero conocer a cada una de estas personas. Todos deben llevar historias del Reino del Mar dentro de sí. Incluso los más jóvenes. Llevan las historias de sus padres y de los padres de sus padres. Historias infinitas de la vida cotidiana.

Maris tembló al pensar en todo lo que podría aprender de ellos.

—Sé que es mucho. Pero lo que necesites, solo dímelo y haré que suceda.

—Lo haré —dijo Maris, apartándose un poco para poner distancia entre ellas. Sería mejor mantener su relación en privado por ahora.

Cuando Valda volvió a llevarse el vaso a los labios, Maris se tensó.

—Eyphah acaba de entrar a la casa.

Un murmullo de molestia recorrió el pecho de Valda mientras todos se acomodaban y el lugar se iba quedando en silencio.

—¿Disfrutando la visita, Su Alteza? —La voz de Eyphah era tan firme y áspera como la de Valda, dejando claro que tenía poder entre los suyos.

Valda terminó su bebida y dejó el vaso vacío sobre la mesa.

—La meidiala está bastante buena.

—Si hubieran venido en carruaje, les dejaría llevarse barriles… —Eyphah se apoyó en la mesa, la madera crujiendo bajo su peso—. Pero no creo que un carruaje pueda llegar hasta aquí. ¿Estuvo bueno el camino pa’ acá?

Valda alzó la barbilla, apoyando los codos en la mesa.

—No lo estaba.

—Qué pena, ¿verdad? Imagínese hacer ese viaje tal vez una vez cada diez años. Mi gente tiene que usar ese camino to’ los días para conseguir provisiones de los pueblos cercanos. —Eyphah hizo una pausa—. Imagine cómo es pa’ ellos.

Valda abrió la boca para responder, pero se detuvo cuando Maris apretó su muslo con fuerza.

—Creo que sería mejor hablar sobre la infraestructura del camino cuando ambas estemos descansadas. Entiendo que hay mucho trabajo por delante y hay cosas que preferiría discutir en privado contigo, Eyphah. Espero que lo entiendas —dijo Maris.

El gruñido de Valda fue apenas perceptible. Hablar a solas con Eyphah no era parte del plan, pero si esas dos estaban a punto de agarrarse del cuello, tal vez sería lo mejor.

—Ta’ bien —dijo Eyphah, chasqueando los dedos.

Maris se echó hacia atrás cuando los servidores comenzaron a traer la comida. Su plato cayó frente a ella con un golpe y enseguida lo llenaron.

—Es una verdadera lástima que no pueda ver el banquete preparado solo pa’ usted, Su Alteza.

A los mareños nos encanta la carne bien adobá.

Tiene cerdo bañado en guayaba con plátanos fritos y arroz dulce.

También hay pollo guisa’o picante. Mientras hablamos, le están llenando el vaso con más meidiala y, de postre, tenemos arroz con leche y canela, directo de nuestras granjas. Espero que tenga hambre.

Los ojos de Maris se abrieron de par en par al ver la comida frente a ellas. Le tomó un momento procesar todos los aromas. Se le hizo agua la boca como nunca. Era como si su alma supiera que eso era lo que le había faltado toda su vida.

—Se ve delicioso —murmuró Maris más para sí misma que para Valda, aunque la reina asintió.

—Se ve y sabe delicioso. Por favor, sírvase. Hay de sobra —dijo Eyphah mientras tomaba un pan redondo. Maris observó cómo lo rellenaba con cerdo y ensalada antes de doblarlo y darle un mordisco. Al levantar sus ojos cobalto, le guiñó con picardía antes de ofrecerle un plato lleno—. Come, come .

—¿Qué es esto? —preguntó Maris, aceptando el plato.

—Casabe —respondió Eyphah, tomando otro y colocándolo en su propio plato—. ¿Nunca has comido casabe?

Maris negó con la cabeza, casi avergonzada.

Tomó uno para ella y otro para Valda, y los preparó como había visto hacer a Eyphah.

Luego tomó la muñeca de Valda y colocó su mano sobre la comida.

Normalmente no hacía eso. En el castillo, Valda podía arreglárselas para comer los platillos celestinos con elegancia, pero esto era nuevo. Era distinto para ambas.

Valda tomó el casabe doblado y lo llevó con cuidado a la boca, mientras Maris hacía lo mismo.

Los ojos de Maris se abrieron de nuevo y se cubrió los labios con la mano. La comida era increíble y no veía la hora de probar otro, esta vez con el pollo picante.

—Sabroso, ¿verdá’?

Valda asintió, pero fue Maris quien respondió emocionada:

—Sí.

—Me alegra —dijo Eyphah, dando otro mordisco sin apartar la vista de Maris.

Maris trató de concentrarse en su plato, pero sentía la mirada de Eyphah clavada en ella.

Eyphah Hurley parecía fuerte, capaz de cualquier cosa, pero el sarcasmo le brotaba cada vez que hablaba, y eso le molestaba.

Podía entender su enfado por la visita inesperada, pero la mujer debía comprender que Maris estaba allí para ayudar, para ser el vínculo entre ellos y la corona. ¿Por qué alguien se opondría a eso?

—Me recuerdas a alguien —dijo Eyphah de pronto, sacándola de sus pensamientos.

Maris le ofreció la sonrisa más amable que pudo.

—¿Ah, sí? ¿A quién, si se puede saber?

—A la reina Anfítrite.

El labio superior de Maris tembló. Ocultó su expresión bebiendo un trago de meidiala.

—Lo tomaré como un cumplido. Me han dicho que era una mujer muy hermosa.

—Hermosísima —añadió Eyphah, tomando su vaso—. Impresionante, y fuerte. No se dejaba tomar el pelo por nadie.

Maris miró a Valda, que comía en silencio, atenta a la conversación.

—Eso he oído. No eres la única que me ha comparado con la difunta reina.

Eyphah alzó una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Quién más lo ha dicho?

Maris bebió un trago y se limpió los labios .

—El capitán Isen Hurley.

Tanto Valda como Eyphah se tensaron al oír el nombre, cada una por motivos distintos.

—Eah… ¿Capitán Isen Hurley? —Eyphah soltó una carcajada amarga—. ¿Cuánto bicho tuvo que haber chupa’o ese cabrón para llegar a ser capitán?

Cada alma en la sala oyó el gruñido amenazante de Valda. Maris también se enfureció. ¿Cómo podía hablar así de Isen? ¿De su propio hermano?

—El capitán Hurley se ganó su puesto. Es un soldado valiente y fuerte que daría todo por la corona y por el Reino del Cielo—dijo Valda, con las manos hechas puños.

—Un mareño lambe bicho, si me preguntas —Eyphah bajó la mirada de Valda hacia Maris—. Y fíjate, ahora me pregunto yo, cómo fue que tú llegaste a ser la ayudante de la reina…

—Cuida tus palabras —gruñó Valda.

—No te atreverías a atacarme, Su Alteza. Este es mi territorio.

—Tu territorio está en mi reino —escupió Valda.

Eyphah ignoró la advertencia y volvió a fijar sus ojos cobalto en Maris, recorriéndola de arriba abajo.

—¿Pa’ qué viniste aquí?

—Quiero ayudarte. Ayudarlos. A nuestra gente. Merecen algo mejor. En eso estamos de acuerdo, ¿no?

Eyphah soltó una risa seca y se apartó de la mesa.

—Eso es mentira. A la corona no le importa vernos mejor. —Se volvió hacia Valda y señaló acusadora—. No le importamos tres carajos.

Tomó un vaso de meidiala y se marchó.

Maris dejó escapar un gemido frustrado antes de volverse hacia Valda.

—Espérame en la Casa de Arago.

—¿Qué? ¡No! ¿A dónde vas? —preguntó Valda, intentando agarrarla, pero tocó el asiento vacío—. ¡Maris! ¡No vayas tras ella!

—Valda, necesito hablar con ella.

—¡Sola no!

—Si estás allí, no va a hablar.

Valda bufó.

—¡No creo que mi presencia haya impedido que diga lo que piensa!

Frunció el ceño, preocupada.

—Por favor, Maris. No puedo protegerte si vas sola.

Maris sonrió y le tocó el hombro.

—No necesito protección. No se atrevería a hacerme daño.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque sé que tú no lo harías.

Valda frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Estaré bien —respondió Maris, ignorando la pregunta.

—Si se atreve a ponerte un solo dedo encima, yo…

—No harás nada. Puedo cuidarme sola —la interrumpió Maris, apretándole el hombro—. Cuando termines de comer, dile a los guardias que te lleven de vuelta y espérame. No tardaré.

Antes de que Valda pudiera decir otra palabra, Maris salió de la Casa de Proteus.