La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 19. Capítulo 19 #3
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19. Capítulo 19 #3

Maris soltó una risa baja y, por fin, bajó el pantalón blanco de la cintura de Valda. —¿Quieres tú bañarte conmigo? —replicó, juguetona.

Valda no respondió de inmediato. En cambio, sus brazos se deslizaron alrededor de la cintura de Maris hasta tenerla pegada a su cuerpo. —Tomaré tu falta de ropa como un sí —dijo Valda, antes de recibir un beso corto en los labios.

Cuando sintió que Maris se apartaba, oyó el suave sonido de sus pies descalzos resonar sobre el piso de madera, hasta que volvió a sentir manos gentiles sobre su antebrazo.

—¿Dónde quieres que te ponga?

La respiración de Maris se entrecortó, pero lo ocultó con una pequeña risa.

La llevó hacia la bañera y, con cuidado, la guió hasta que quedó dentro.

El agua tibia fue un alivio. Se sentía incómoda con toda la suciedad adherida a su piel y su cabello húmedo, pero al sentarse, un gemido satisfecho escapó de sus labios.

—¿Lo estás disfrutando? —preguntó Maris.

—Sí, mucho.

El agua se movió cuando Maris entró también. Ella soltó un sonido de satisfacción. Tras unos segundos de silencio cómodo, la risa suave de Maris recorrió la espalda de la reina como un escalofrío.

—Esta es agua mareña.

—¿Ah, sí? —preguntó Valda, apoyando la cabeza en el borde de la tina—. ¿Cómo lo sabes?

—El dolor de montar a caballo se me está yendo. Me siento con más energía.

Valda arqueó una ceja distraídamente y asintió. —Bueno saberlo.

—¿Por? ¿Qué tienes en mente?

—Mi mente no deja de correr con ideas y problemas, Caracol. Estoy analizando cada detalle de este lugar.

Maris gruñó en voz baja. —Bueno, se está cayendo en cantos. Las casas son de madera. Y por lo que pude ver, los lagos artificiales son demasiado pequeños. Eyphah decía la verdad en la audiencia.

Valda no dijo nada porque sabía que Maris tenía razón. Había supuesto que estaban mal, que los mareños necesitaban lo que pedían, pero su madre estaba a cargo en ese momento, y era ella quien debía haberse ocupado de eso.

«¿No?».

Había visitado Nueva Agenor antes; había visto cómo eran las cosas. Tal vez no habían estado tan mal como ahora, pero podría haber hecho algo, podría haber hablado más por ellos… y no lo había hecho.

—¿Tu mamá sabía lo mal que estaba esto?

—Creo que sí.

Maris negó con la cabeza y salpicó un poco del agua cálida y perfumada.

Valda mordió el interior de su mejilla. —Debí saberlo. Debí actuar.

—Lo estás haciendo ahora —susurró Maris—. Igual que yo…

—Las cosas van a cambiar. Ya verás.

—Lo sé. —Maris se acomodó, el agua moviéndose hasta quedar apoyada cómodamente contra las piernas de Valda, con la espalda pegada a su pecho—. Ya me lo dijiste. Confío en que harás lo necesario.

Un profundo ronroneo vibró en el pecho de Valda mientras rodeaba con los brazos la cintura de la joven. Sabía lo que Maris estaba haciendo y agradecía el cambio de tema.

—Me gusta oírte decir eso. —Valda suspiró y su aliento caliente erizó la piel de los brazos y hombros de Maris—. Estamos cansadas. —Apartó el cabello de su cuello—. Y tú estás muy tensa.

La respiración de Maris se entrecortó y apoyó la cabeza sobre el hombro de Valda. —Nos están esperando para cenar, ¿lo sabes?

Valda frotó sus hombros, besando la parte superior de sus rizos azules.

—Lo sé. Puedo ser rápidita —murmuró con un gemido suave, moviendo las caderas contra su espalda—. Algo me dice que las dos necesitamos estar lo más relajadas posible antes de volver a ver a la hermana de Isen .

Valda bajó sus manos por los brazos mojados de Maris, pasando por sus pechos y su abdomen suave, hasta detenerse en la parte interna de sus muslos.

—Es difícil tomar decisiones cuando estás tensa.

Con suavidad pero firmeza, Valda abrió un poco más sus piernas, arrancándole un siseo cansado. Inclinando la cabeza, acercó el rostro a su cuello, respirando su aroma mientras sus dedos se acercaban a su centro caliente.

—Puedes detenerme cuando quieras.

Maris rió suavemente y tembló cuando los labios de Valda rozaron la curva de su oreja. —¿Olvidaste que te deseo desde antes de salir del castillo?

Valda dejó escapar un gemido, sus dedos encontrando el punto sensible entre sus piernas. —No, he notado que eres bastante insaciable.

Y no tenía nada malo que decir al respecto. Le encantaba cómo Maris respondía a ella, cómo con solo tocarla era capaz de deshacerse por completo.

—No me culpes —Maris tembló, aferrándose al cabello oscuro de Valda—. Siempre te quiero. Si pudiera tenerte todo el tiempo, lo haría.

Valda soltó una risa por lo bajo, rodeándola con fuerza por el pecho para mantenerla cerca mientras su otra mano comenzaba una caricia lenta y precisa.

—Puedes tenerme. Puedes tenerme toda, como quieras y cuando quieras.

La otra mano de Maris se aferró al antebrazo de Valda, sus uñas cortas apretando con fuerza, provocándole pequeñas punzadas de dolor que no la detuvieron. La deseaba. Quería deshacerla, hacerla gemir, incluso si alguien llegaba a oírla. No podía apartar sus manos de ella. No podía apartar su boca.

De pronto, Valda soltó a Maris, la tomó por la cintura y la levantó del agua.

—Agárrate de la tina —ordenó con voz ronca.

Arrodillándose detrás de ella, Valda sujetó sus muslos y la abrió con torpeza. Besó sus piernas, dejando besos húmedos y suaves sobre cada su piel.

—Quiero comerte otra vez. Quiero oírte gritar.

—Coño, Valda…

Valda se acomodó mejor, sus labios recorriendo su piel mojada mientras sus pulgares la abrían con más firmeza antes de enterrar el rostro entre sus piernas. El corazón le dio un vuelco cuando Maris dejó escapar un grito de sorpresa y su cuerpo entero tembló al sentir su lengua .

Los dedos de Maris se enredaron en su cabello, arañando su cuero cabelludo. Sus gemidos se mezclaron con el aire denso del baño. Concentrada en el clítoris de Maris, Valda movía la lengua con precisión, sus manos aferrándose a su cuerpo con fuerza.

Los gemidos de Maris rebotaban contra las paredes. Valda dejó escapar un suspiro contra su piel húmeda, sabiendo que la estaba deshaciendo. Y no pudo evitar bajar una mano para tocar su propio clítoris mientras continuaba lamiéndola.

Valda gimió, la vibración recorriendo el cuerpo de su amante, quien se estremeció de puro placer.

Las rodillas de Maris flaquearon, agua salpicándose por los costados mientras casi perdía el equilibrio, y un fuego ardiente de orgullo recorrió a Valda.

Ella era quien estaba haciendo que Maris se debilitara, ella era quien la hacía gritar, ella era quien estaba a punto de hacerla llegar al clímax.

Mientras sus dedos se curvaban dentro de sí misma, Valda dejó escapar un jadeo de sorpresa cuando Maris la agarró por la nuca, empujándola más profundamente hacia su chocha.

La lengua de Valda se deslizó dentro de su entrada mientras el sabor de Maris dominaba todos sus sentidos.

Gimió de nuevo contra la joven al pensar en Maris usándola para obtener su propio placer. Lo único que importaba era Maris.

Poco después, el cuerpo de Valda se tensó, sus músculos contrayéndose, sus manos apretando con más fuerza. No se detuvo. Sostuvo a Maris con firmeza mientras la joven temblaba en su propio clímax segundos después.

El llanto de placer de Maris resonó alto, sin vergüenza, y Valda sonrió contra su piel, prolongando cada instante hasta que ya no pudo más.

Maris se apartó, el agua salpicando al girarse. Valda sonrió al oír su respiración agitada.

—Supongo que ahora estás un poco más relajada —dijo en tono juguetón.

Antes de que Maris respondiera, Valda pasó el pulgar por su labio inferior y luego se lo llevó lentamente a la boca.

—Tomaré tu silencio como un «Me has relajado por completo, Su Alteza. Gracias».

Maris soltó una risa entrecortada.

Sonriendo, Valda se sujetó de los bordes de la tina y se puso de pie. El agua resbaló por sus hombros anchos, sus pechos y su abdomen firme. Sabía que Maris la estaba mirando.

—Tenemos que irnos pronto. Nos están esperando —dijo, aún jadeante.

—¿Cómo se supone que siga con mi día después de eso? —gimió Maris, apoyando la cabeza contra la tina.

—Empieza por vestirte.

Maris mantenía un agarre firme sobre la mano de Valda bajo la mesa de madera.

Muchas personas, de diversas contexturas y tonos de piel, habían acudido a recibirlas en la Casa de Proteus.

Había, sin embargo, algo que no cambiaba entre sus rasgos: todos tenían el cabello azul y rizado.

Algunos lo llevaban corto, otros largo y abundante.

Quienes tenían barbas también las lucían azules.

Los tatuajes abundaban, y Maris se preguntó cómo se vería ella con uno como el de Isen.

Valda apretó su mano con dulzura, regresando la atención de Maris hacia ella.

—¿Quieres algo de beber? —preguntó Maris, siempre atenta, siempre preocupándose por ella.

Valda asintió mientras Maris tomaba un vaso alto con un líquido amarillo claro. Le tomó la mano y colocó el vaso en su palma.

—¿Qué es esto? —preguntó Valda.

—Lo llaman meidiala —dijo Maris, esforzándose por pronunciar bien el nombre—. Es una bebida alcohólica. Dicen que es muy refrescante.

Valda asintió, llevó el vaso a los labios y tomó un pequeño sorbo.

—¿Está buena?

—Sí. A diferencia del licor celestino, este no es amargo. Es bastante suave —dijo Valda antes de inclinar la cabeza hacia atrás y beber hasta vaciar el vaso.

—¿Más? —preguntó Maris, aunque no esperó respuesta; tomó el vaso vacío y lo reemplazó por otro lleno.

Inclinándose cerca para que solo ella la oyera, Valda preguntó:

—¿Cuánta gente hay aquí?

Maris recorrió la sala llena de movimiento con la mirada. La gente seguía entrando; algunos se sentaban en la larga mesa esperando la comida. Por el momento, solo servían bebidas.

—Hay mucha gente. Diría que unas veinte personas. Tal vez más. El chico de la entrada ahora está vigilando la puerta.

—¿Chico? —preguntó Valda, deteniéndose antes de dar otro trago—. ¿Qué edad tiene?

—No le doy más de dieciséis. —Maris volvió a meter la mano bajo la mesa y apretó el muslo de Valda—. Hay personas de distintas edades. Todos tienen el cabello azul en diferentes tonos.