19. Capítulo 19 #2
Maris acercó su caballo al de Valda, tomó una de las riendas y la ató a la parte trasera de su silla.
—Entonces hay que apresurarnos.
Se volvió hacia los hombres dentro de la carreta y asintió.
—La reina enviará un aviso cuando lleguemos a salvo. No deben preocuparse.
—Esperaremos noticias de ambas. Buen viaje —dijo el conductor con una leve inclinación de cabeza.
Valda los saludó antes de que el suave eco de los cascos quedara atrás.
—Debemos darnos prisa.
Maris asintió y chasqueó la lengua, presionando los talones contra los costados de su caballo. Partieron, siguiendo el camino dañado rumbo a Nueva Agenor.
***
El camino hacia Nueva Agenor fue insoportable, y Maris no pudo ocultar su molestia. Cada vez que Valda le hablaba, respondía de forma cortante, sin ánimo de conversar ni de ser juguetona con nadie y menos con Valda.
Cuando llegaron al anochecer, la imagen que Maris tenía en su mente se desvaneció por completo. Todo el lugar parecía más un asentamiento abandonado que una aldea de verdad.
Maris estaba profundamente disgustada.
La entrada al asentamiento estaba pobremente adornada con una tabla de madera con las palabras “Nueva Agenor” pintadas en azul. Aquello era simplemente patético. Su labio superior tembló de rabia incontenible.
Un muchacho de no más de quince años estaba de pie en la entrada, sosteniendo una lanza de madera con tres puntas en el extremo. Sus ojos cansados se posaron en Valda y Maris cuando se acercaron.
Ansiedad se dibujó en su rostro al darse cuenta de que la mujer detrás de Maris no era otra que la reina.
—¡Saludos! —dijo Maris, esforzándose por sonar lo más calmada y serena posible.
El joven tragó saliva y salió corriendo de vuelta al asentamiento, donde Maris lo perdió de vista.
El lugar tenía muchas casas dispersas alrededor de una gran plaza.
En el lado este, un pequeño grupo de árboles rodeaba lo que parecían ser los cuerpos de agua artificiales que Valda había mencionado.
Desde el lomo de su caballo, Maris solo alcanzaba a distinguir los árboles que contrastaban dramáticamente con el entorno seco y arenoso.
Las casas, todas hechas con distintos tipos de madera, eran de varios tamaños. En los lados norte y sur de la plaza había dos casas grandes de dos pisos. El muchacho se había refugiado en la del sur, cuyas ventanas estaban iluminadas, a diferencia de la del norte .
Maris suspiró y su aliento se volvió visible frente a ella cuando la temperatura bajó de golpe. Por lo menos habían llegado. Cuando se giró para darle la noticia a Valda, vio que la puerta de la casa del sur se abría. El chico salió acompañado de una mujer.
Su cabello tenía el mismo tono aguamarina, y su rostro daba la impresión de que no tenía muchos amigos. Maris la reconoció de inmediato. Era la mujer de la audiencia.
Maris tragó saliva al observarla con más detenimiento. De cerca no parecía tan alta; su cuerpo era robusto y fuerte. Llevaba el cabello corto, rapado a los lados. Su profundo ceño fruncido le daba un aire amenazante.
Vestía una túnica negra sin mangas y pantalones oscuros y ajustados que se ceñían a sus muslos fuertes. Iba descalza y sus brazos estaban cubiertos de tenues marcas de tinta.
—¿Maris? —La voz de Valda la sacó de su escrutinio.
—Vienen hacia acá —respondió.
Valda movió su caballo para colocarse a su lado. Enderezó la espalda cansada y alzó el mentón.
Maris miró a Valda de reojo. De ella emanaban fuerza y seguridad mientras ambas esperaban al pequeño grupo que se acercaba.
El muchacho retrocedió cuando la mujer se detuvo frente a los dos caballos, cruzándose de brazos sobre el pecho.
Enderezó la espalda y alzó el mentón hacia Valda.
No llevaba arma alguna, a diferencia del triste intento de tridente del “guardia”.
—Buenas noches —dijo la mujer, con una voz grave y rica, casi melódica a pesar del veneno que la teñía—.
Creo que es bastante tarde para recibir una visita de la realeza.
—Inclinó la cabeza de forma teatral—. Bienvenida a Nueva Agenor, Su Alteza.
Soy Eyphah Hurley, la que siempre está pidiendo ayuda y la líder de este asentamiento.
Será un placer asistirla en lo que sea que mi preciosa reina necesite.
Los ojos de Maris se abrieron de golpe al reconocer el nombre.
Esa mujer era la hermana de Isen.
—Buenas noches —empezó Valda antes de bajar del caballo y pasar una mano por su cabello—. Nunca mencionaste que eres la líder.
Eyphah soltó una risa nasal y giró la mirada hacia Maris, suavizándola apenas se posó en ella. Sus ojos eran de un azul tan oscuro que, de no ser por la luz de las antorchas, podrían haberse confundido con negro.
—Hay muchas cosas que usted no sabe —dijo Eyphah, sin apartar la mirada de Maris—. Perdón si no estábamos preparados pa’ su llegada. No teníamos idea de que venía .
Maris se volvió hacia Valda, aunque todavía podía sentir la mirada ardiente de Eyphah sobre ella, así que decidió bajarse del caballo y acercarse a la reina.
—¿Y tú quién eres? —preguntó Eyphah, aún con las manos en la cintura.
—Maris Era. Soy la asistente de la reina. He venido para ayudar, para ser el vínculo entre la corona y Nueva Agenor —dijo Maris, con el tono iluminado por un atisbo de esperanza.
La mirada de Eyphah recorrió desde la cabeza hasta las botas de Maris.
Ella se había cambiado para parecerse más a los colonos.
Llevaba una túnica blanca, similar al estilo de Isen el día que se conocieron, y un pantalón ajustado que llegaba hasta los tobillos.
Sus zapatos eran nuevos, aún sin gastarse lo suficiente para resultar cómodos.
Había llevado el cabello suelto durante casi todo el viaje, pero luego se había recogido el flequillo hacia atrás, dejando que el resto cayera en ondas sobre sus hombros.
La intensidad de la mirada de la mujer la quemaba, y Maris buscó refugio en el contacto con Valda. Rozó su brazo contra el de la reina y se aclaró la garganta antes de hablar.
—No queremos imponernos, pero…
—Ustedes llegando en plena noche no se siente pa’ nada imponente, claro —interrumpió Eyphah.
Maris sintió el gruñido furioso que vibró en el pecho de Valda. Para calmarla, apoyó una mano en su omóplato y respiró hondo.
—Perdón. Que malcriada soy —Eyphah rió y se volvió hacia el muchacho a su lado—.
Ve a la Casa de Proteo, diles que tenemos a la realeza de visita y que preparen comida.
Luego diles que arreglen la cama en la Casa de Arago.
—Se volvió hacia Valda y Maris, con una sonrisa condescendiente—.
Espero que no les moleste que en la Casa de Arago solo haya una cama.
Sus guardias pueden quedarse en la casa de al la’o.
Necesita algunos arreglillos, pero aguanta todavía.
Espero que no haya problema con eso. —Alzó una ceja azul.
—¿Hay un sofá? —preguntó Maris.
Valda cambió el peso de un pie al otro mientras un gruñido bajo vibraba en su pecho.
—Sí, lo hay —respondió Eyphah con desdén, inclinando la cabeza para indicarle al chico que se marchara.
Él asintió, le hizo un torpe saludo y salió corriendo.
Cruzó la plaza y entró en la casa de donde había salido Eyphah—.
Espero que encuentren nuestras casas tan placenteras como su poderoso castillo, Su Alteza.
—Estoy segura de que así será .
—Por supuesto. Deben de estar cansadas. Se pueden dar un baño pa’ luego comer con nosotros. Después, quizá nos digan que las trajo hasta acá. —Con un gesto de la mano, Eyphah indicó al pequeño grupo que regresara.
Se inclinó teatralmente una vez más y se marchó.
Apretando la mano de Valda, Maris alzó la mirada hacia la reina.
—No sabía que era la hermana del capitán Hurley —comentó.
Valda arqueó una ceja e inclinó la cabeza hacia ella.
—Si no fueran gemelos, preguntaría si realmente los criaron los mismos padres —susurró solo para que Maris la oyera.
Maris arrugó la nariz y le dio un suave codazo mientras soltaba una risa ligera.
—Son diferentes.
—Uno es encantador, la otra todo lo contrario —dijo Valda, apartándose el cabello de la frente—. Creo que necesito asearme. Siento que tengo arena en lugares que prefiero no mencionar. —Luego hizo un gesto a los guardias para que la siguieran.
Sonriendo, Maris apoyó la mano sobre el hombro de Valda y siguió a Eyphah, con la esperanza de que el agua estuviera caliente. Ya estaba cansada del frío.
Sus caballos quedaron atados afuera de la Casa de Arago. La gran casa se utilizaba principalmente para visitantes importantes. En el primer piso había una sala, una pequeña cocina rústica y un área para comer. En el segundo piso, una gran habitación principal y un cuarto de baño.
Mientras los ayudantes dejaban sus pertenencias en el suelo, anunciaron que la cena estaría lista en aproximadamente una hora y luego se marcharon.
Valda se quedó quieta junto a la puerta, sin saber hacia dónde dar el siguiente paso.
Nunca pensó que estar lejos de la familiaridad del castillo, de las cuerdas…
le pasaría tanta factura emocional y mental.
Movió la mano y tocó la pared a su lado antes de dar un par de pasos inseguros hacia adelante.
—Estoy aquí —dijo Maris, apresurándose a tomar su mano con firmeza—. ¿Qué necesitas?
—¿Estamos solas?
—Sí, estamos solas.
Valda dejó escapar un suspiro satisfecho mientras sus hombros se relajaban.
—Bien.
—¿Quieres bañarte ahora? —preguntó Maris, con un tono suave en contraste con su conversación anterior.
—Me encantaría —declaró Valda, dejando que Maris la guiara escaleras arriba.
Con pasos inseguros, Valda subió hasta el segundo piso, hasta que Maris la detuvo.
Manos suaves y delicadas desabotonaron la camisa de seda y apartaron la costosa tela de sus hombros.
Maris pasó a sus pantalones, desabrochó el cinturón, tomó la Espada Celestial y la dejó en algún lugar de la habitación.
—Ya prepararpm el baño y la tina parece lo suficientemente grande para las dos.
Valda sonrió. —¿Quieres bañarte conmigo?