19. Capítulo 19
S alieron al amanecer.
La carreta iba rodeada de guardias del castillo, dos al frente y dos atrás, todos a caballo.
Maris había insistido en llevar escolta, no solo porque no tenía idea de dónde quedaba Nueva Agenor, sino también porque realmente creía que necesitaban protección extra.
El incidente en el lugar de Lasmeer la había dejado alerta ante todo lo que la rodeaba.
Gruñendo con exasperación, Valda había aceptado llevar a los guardias.
Al principio se había negado, mencionando que, si antes los guardias habían intentado hacerle daño, ¿por qué llevarlos ahora a Nueva Agenor?
Dentro de la carreta, Valda tenía los brazos cruzados e intentaba robarse unos minutos de sueño mientras Maris escribía en su libreta con furia. Sabía que el sonido de su escritura estaba molestando a la reina, que de vez en cuando soltaba suspiros irritados.
Los miedos de Maris eran reales y le alegraba que Valda pudiera entenderla por completo.
¡Cómo no iba a entenderla! Había visto a Valda de pie en el balcón de la recámara de la difunta reina, haciendo promesas a miles de celestinos que tal vez no podría cumplir.
Cargar con un peso así sobre los hombros era algo que Maris jamás podría soportar, y sin embargo Valda lo hacía.
Antes de partir hacia Nueva Agenor, Maris se había topado con Melvian y le había contado todo.
Antes de que Valda pudiera oponerse, ambas mujeres ya estaban en su recámara, hablando de todo lo que Maris debía llevar.
El viaje a Nueva Agenor les tomaría día y medio; uno solo si no usaban la carreta.
Por eso, Melvian había traído su bolso y comenzado a enseñarle distintas plantas y ungüentos que podía usar en caso de emergencia.
Le dio prioridad a una planta que supuestamente ayudaba con la acidez.
Tartamudeando y reprimiendo un sonrojo, Melvian explicó que la comida mareña era muy condimentada y solía causar ardor estomacal.
Maris no pudo evitar soltar una risa al ver el ceño confundido de Valda, probablemente preguntándose dónde había probado Melvian comida mareña.
Después de que Melvian se fue, un millón de mariposas invadieron el estómago de Maris.
Aunque no quería admitirlo, estaba nerviosa.
Valda pareció notarlo en su silencio: con una suave caricia en el brazo, la reina le preguntó sin palabras cómo se sentía.
Maris podría haber pasado horas diciéndole que estaba aterrada, que pensaba que su presencia en Nueva Agenor solo traería más problemas a los sobrevivientes.
Era una extraña mirándolos desde fuera, pero todo lo que quería era ayudarlos.
Nunca se había planteado mudarse cerca de Nueva Agenor; la opinión de Melvian al respecto le hubiera venido bien, pero no había querido molestarla con sus problemas.
Ella parecía estar contenta, y Maris no quería desanimarla.
Vivir en la choza que había compartido con su madre siempre le había parecido lo más lógico, pero ahora, mientras se dirigía a Nueva Agenor, ya no le parecía la mejor idea.
Al contrario, si su conexión con la reina podía beneficiarlos, entonces la aprovecharía de la manera que fuera posible.
La carreta se sacudió con violencia, y Valda tocó la pared detrás de ella mientras llamaba a Maris, que acababa de cerrar su libreta, molesta por lo irregular del camino.
—Estoy aquí —respondió, tratando de ocultar su fastidio, pero Valda lo notó enseguida.
—De verdad tenemos que arreglar estos caminos —murmuró Valda, gruñendo al acomodarse en su asiento mientras otro bache las sacudía—. ¿Qué estás haciendo?
—Haciendo una lista de cosas de las que quiero hablar y ver. —Maris suspiró y se rascó la cabeza antes de girarse hacia ella—. ¿Los mareños tienen barcos propios para viajar al Reino del Mar y regresar?
Valda frunció el ceño y negó con la cabeza.
—Usan nuestros barcos y solo si están disponibles.
—Y si quieren prestárselos. Supongo que no mucha gente quiere ir al Reino del Mar. No hay mucho que buscar allí.
—No hay quejas que yo sepa.
—Que tú sepas… —Maris asintió y escribió algo más en su libreta—.
Sé que no pueden comerciar con otros reinos si no es por medio de tus barcos, pero tal vez podrías empezar po r cambiar eso.
¿No sería bueno que tuvieran sus propias embarcaciones para hacer lo que quisieran?
Digo, puede que haya cosas en el Reino del Mar que necesiten.
Valda se dejó caer en el asiento por un momento antes de apretar los labios. Maris inhaló profundo y cerró la libreta.
—¿Este es el camino que usan todos los días para conseguir provisiones? —No ocultó el fastidio en su voz.
—Sí, lo es.
Maris resopló y se movió incómoda.
—¿Y te parece aceptable?
Valda alzó el mentón.
—No, no lo es.
Hubo un largo y ensordecedor silencio entre ellas hasta que Maris lo rompió con un suspiro irritado.
—Valda —Maris tocó su rodilla—. ¿Por qué no me dejaste leer los informes? Podría haber visto lo que Dristan quería hacer con los caminos, podría haber hecho anotaciones para mejorar su trabajo… pero ni siquiera me dejaste tocarlos. ¿Por qué?
Valda se tensó bajo el suave contacto. Apretó la mandíbula antes de tomar la mano de Maris.
—Había cosas que no quería que vieras.
Maris frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Era una investigación.
—¿Sobre qué?
Valda tragó con dificultad mientras un gruñido profundo subía desde su pecho.
Maris entrecerró los ojos y un entendimiento la golpeó de pronto.
—¿Sobre mí?
La reina bajó el mentón hacia su pecho.
Maris retiró la mano lentamente del fuerte agarre de Valda. Un silencio se adueñó de la carreta; lo único que se oía era el golpeteo de los cascos y el crujir de la madera.
—Todavía no confías en mí, ¿verdad? —Su voz tembló, incapaz de mirarla.
—Confío en ti.
—No parece —murmuró.
—Maris —susurró Valda—. Leeremos ese informe juntas, si quieres. —Sus manos se movieron hacia su pantalón, frotándose las palmas contra las rodillas. Maris sabía que hacía eso cuando estaba nerviosa, como si intentara limpiarse algo.
La carreta volvió a sacudirse al pasar por otro bache. Maris miró por la pequeña ventana, observando las vastas llanuras del desierto.
—¿Para qué era la investigación? —preguntó, sin voltear a verla.
—Quiero saber más de ti. Tu papá fue soldado en mi ejército, pero dices que no te cuidamos después de su muerte. Quiero saber por qué.
—Entonces, ¿no era sobre mí? ¿Estás investigando a mi papá?
Valda asintió.
—Solo quería saber quién era.
Maris se volvió hacia Valda, su labio superior temblando ligeramente.
—Era el hombre más amable y cariñoso que he conocido. Era un soldado fiel y su nombre era Raan Era. Listo. Ya no necesitas que nadie lea el informe. Lo obtuviste de la fuente.
Valda abrió la boca para responder, pero la carreta se detuvo de golpe.
—¿Qué está pasando? —preguntó Valda, buscando el seguro de la puerta. La abrió de un empujón brusco y bajó, con Maris siguiéndola de cerca.
El semblante de Maris cambió automáticamente al de asistente de la reina. Estiró el cuello para mirar al conductor y luego se plantó con las manos en la cintura.
—¿Qué ocurrió? ¿Por qué nos detenemos?
—Es imposible seguir en la carreta, señorita. —El conductor se encogió de hombros y señaló el camino con el rostro.
—Quédese aquí, Su Alteza. —Maris apoyó la mano en la espalda de Valda por un segundo ante de adelantarse a revisar el camino.
La maleza de espinas y cactus a los lados lastimaría a los caballos, y el propio camino estaba tan desigual y agrietado que era imposible continuar sobre ruedas. Maris se rascó la parte de atrás de la cabeza y regresó con Valda.
Las cejas de la reina estaban fruncidas, entre preocupación e inquietud, mientras esperaba confirmación.
—¿Qué ocurre? —preguntó cuando Maris se acercó.
—Tiene razón. Las ruedas no van a resistir. O seguimos a pie o regresamos.
—Obvio que no. Estamos a horas de distancia y no estamos preparadas para caminar. —Valda se frotó el rostro con frustración antes de girarse hacia los guardias detrás de la carreta—. Necesito dos caballos. Empaquen lo necesario para que podamos continuar y regresen al castillo junto con la carreta.
Uno de los guardias asintió y bajó de su caballo para obedecer.
—¿Ya? ¿Así? ¿Solo vamos a llevar dos guardias? —preguntó Maris en voz baja, para que solo Valda la oyera.
Valda asintió antes de desenvainar la Espada Celestial.
—Tengo toda la protección que necesitamos aquí mismo. —Agitó la espada y Maris dio un paso atrás para no lastimarse.
—Mi reina, sé que es más que capaz de matar a cualquiera que intente acercarse, pero aun así… deberíamos quedarnos con todos.
—Ya no confío en ninguno de los guardias de mi castillo. Estate tranquila de que al menos llevaremos dos.
—Mi reina, los caballos están listos con provisiones —dijo uno de los guardias antes de volverse hacia Maris—. Y nosotros nos iremos en cuanto nos den la orden.
Maris abrió la boca para protestar, pero Valda fue más rápida.
—Retírense —ordenó Valda, extendiendo la mano para buscar a Maris.
Valda rozó su hombro con la mano y Maris se inclinó enseguida para tomarla.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres?
—Confía en mí —murmuró Valda.
Maris cerró los ojos y asintió, apretando su mano antes de fijarse en los caballos.
—Pues, vámonos. —La guió hasta tocar el arzón de la silla. Valda se impulsó con facilidad y se acomodó sobre el caballo, con las bolsas de provisiones atadas a la montura.
Maris montó el suyo, tomó las riendas y giró hacia el camino irregular. Los dos guardias al frente intercambiaron posiciones con los que se marchaban.
—Aun así, será un viaje difícil. ¿Estás segura de que quieres hacer esto?
—Más que nada en el mundo —respondió Valda antes de chasquear la lengua y presionar los talones contra los costados del caballo—. Si empezamos ahora, quizá lleguemos antes de que anochezca. No queremos quedarnos afuera por la noche. Hará demasiado frío y no tendremos la carreta para cubrirnos.