La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 18. Capítulo 18 #3
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18. Capítulo 18 #3

—Intentaré creerte, Su Alteza. —Maris rozó su mejilla con su nariz, arrancándole un suspiro suave.

—Claro. —Valda selló su promesa con otro beso y se apartó, dejando que su mano descansara un instante sobre la cintura de Maris antes de soltarla—. Pero quiero pedirte algo.

—Lo que sea por ti.

Los labios de Valda se curvaron en una sonrisa.

—Quiero llevarte a Nueva Agenor.

Maris abrió los ojos de par en par.

—¿Qué?

Valda extendió la mano hacia ella y Maris la tomó de inmediato. Tocar a Valda se había convertido en una de sus cosas favoritas. La suavidad de su piel, combinada con la fuerza de sus músculos, era adictiva.

—Hay muchas cosas que quiero hacer por los mareños, Maris. —La reina suspiró y se rascó la nuca—. Sé que no has vivido lo que ellos vivieron, pero como mi asistente… —Se detuvo, apretó la mano de Maris y negó con la cabeza—. No. Ya no eres mi asistente.

El corazón de Maris se desplomó y, antes de que pudiera protestar, Valda habló de nuevo.

—Deberías ser su portavoz en todos los asuntos que se decidan en el castillo.

Maris se mordió el labio inferior mientras un nudo incómodo se formaba en su estómago. Dio un paso atrás para procesar sus palabras.

—¿Portavoz?

—Representante.

—Pero ya tienen una. Esa mujer que vino a la audiencia, ella…

—Está llena de ira. Necesito una mirada fresca. Me ayudarás a tomar decisiones que les incumban. No estoy en condiciones de decidir sin su opinión. Tú puedes ayudarme con eso. Por eso quiero llevarte con ellos.

—No van a hablar con alguien que simplemente aparece de la nada.

—Tú eres una de ellos.

—No, no lo soy. Me mantuvieron escondida, ¿recuerdas? ¡Por los dioses, Valda! Fue tan solo ayer que hablé con Isen. ¡Es el único mareño con el que he interactuado! Y me sentí como una extraña ante todo.

Valda se encogió de hombros.

—¿Qué mejor manera de conectar con quién eres que rodeándote de ellos?

Maris alzó la mirada frustrada hacia el alto techo abovedado de la sala del trono.

Fue entonces cuando notó las numerosas ventanas que adornaban las paredes.

La luz entraba suave, ni muy brillante ni muy tenue, sino justo en su punto.

Respiró hondo y llevó sus manos temblorosas a las sienes, intentando recuperar la compostura.

—No tengo idea de quién soy —susurró, casi para sí misma.

El brazo fuerte de Valda rodeó su cintura y la atrajo hacia sí.

—Por ahora eres Maris, una mareña de buen corazón que estuvo en el lugar correcto en el momento indicado.

Entiendo que sientas que te estoy poniendo mucho peso encima, pero si yo tuviera la oportunidad de guiar a mi gente, de ayudarlos a reorganizarse después de lo que les pasó, la tomaría. No confiaría esta misión a nadie más.

—No soy una líder, Valda.

—¿Quién dice eso? —Valda inclinó la cabeza antes de sostener su mejilla—.

Lo que te dije en mi cama era verdad. Eres más fuerte de lo que crees y más inteligente.

Además, puedes encontrar mil maneras de mejorar la vida de tu gente.

Para eso necesitas estar en contacto directo con ellos y yo también.

Vamos juntas. Ayúdame a entender qué necesitan de verdad.

Y si esto no funciona, puedes culparme a mí. Ellos ya lo hacen.

La sonrisa luminosa de Valda hizo que el corazón de Maris se agitara.

Maris subió su mano hasta el cuello de la blusa de Valda, jugando con la tela antes de inhalar profundamente.

Toda su vida había estado escondida, sus habilidades ocultas.

Nunca les había hablado a sus padres de sus poderes.

No había habido razón para hacerlo. Ni siquiera Melvian lo sabía.

Sus habilidades aparecían y desaparecían cuando era más joven, pero con cada día que pasaba sentía que podía controlarlas un poco más.

Cuántas veces se había entretenido jugando con el agua al bañarse o con los charcos después de una rara tormenta. El Reino del Cielo era un lugar tan seco. Siempre se quejaba del calor y Saha la miraba con lástima.

Sus trucos eran torpes, desordenados. Aunque quería perfeccionarlos, el miedo a que la descubrieran era más fuerte. Si iba a convertirse en una representante de su gente, en una líder, tenía que dejar todo eso atrás. Tenía que ser más fuerte, más valiente.

Un miedo se asentó en su estómago, haciéndola sentir mareada ante la idea de conocerlos a todos. Valda la atrajo hacia un abrazo íntimo.

Maris hundió la cabeza bajo su barbilla y la rodeó por la cintura, apretándola con un suspiro lleno de calma. Valda estaba allí, sosteniéndola, y eso le daba seguridad. El pecho de Maris parecía a punto de estallar de todo el amor que sentía.

Amor.

Valda la hacía sentir amada y nunca se había sentido así. Incluso ahora, al sostenerla y pedirle algo tan importante como liderar, no la presionaba para que respondiera de inmediato. Solo la abrazaba, como si supiera que la decisión que estaba a punto de tomar era importante y debía pensarse bien.

Pero Maris ya conocía la respuesta. Sabía lo que tenía que hacer: tenía que proteger y ayudar a su gente.

—¿Valda? —susurró, aferrándose a la tela de su blusa—. Llévame a Nueva Agenor.