La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 18. Capítulo 18 #2
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18. Capítulo 18 #2

—Además… —hizo un gesto despectivo hacia Arwin—, to’ el mundo sabe quién es el general Arwin. Y es muy fácil de reconocer. —Señaló su mejilla.

Maris apretó los labios para no reírse. Isen claramente no era fan de Arwin y, por esa sola razón, le caía aún mejor.

—Capitán Hurley, si me permite —dijo Valda, con una curva divertida en los labios.

—Bueno, si alguien sabe quién soy, siempre puedo encargarme de él. Fácil, sin problema —afirmó Arwin, intentando salvar las apariencias.

—Entonces la operación sería una perdía de tiempo. —Isen negó con la cabeza y se frotó la sien—. Déjeme ir a mí. Nadie sabe quién soy; apenas estoy en el castillo.

—Hurley —advirtió Valda, levantando una mano para hacerlo callar.

—Mis disculpas, mi reina.

—Lo entendemos, capitán. Quiere entregar su corazón y su alma a su segundo hogar. Pero a veces es imperativo no enviar a un muchacho a hacer el trabajo de un hombre.

—Tiene celos de que todavía me vea joven, ¿verdad, general? —Isen le dedicó a Arwin una sonrisa perfecta, y Maris ocultó la vergüenza ajena que la invadió detrás de su mano.

—Mi reina —Arwin volvió su atención a Valda—. Déjeme ir. Tendré esto resuelto antes de que termine el mes. Si pudiera llevarla conmigo a esta operación, lo haría, pero…

—Lo entiendo —lo interrumpió Valda—. Pero me temo que lo que dice Hurley es cierto. Eres muy conocido, Arwin.

—Siempre encuentro la manera de hacer las cosas.

Valda cruzó los brazos sobre el pecho, pensativa. Frunció los labios mientras el ceño se le marcaba.

—Está bien —dijo finalmente, poniéndose de pie—. Lo permitiré.

Isen gimió y negó con la cabeza. —Mi reina, por favor, reconsidere.

—¿Estás dudando de mí, capitán Hurley?

Él jadeó y negó con rapidez. —Para nada. Perdóneme.

—A mí me pareció que sí. Tendremos una pequeña charla después de esta reunión.

Maris se estremeció. Si ese comentario hubiera sido dirigido a ella… bueno, probablemente se habría excitado.

—Gracias, Su Alteza —dijo Arwin mientras se ponía de pie y hacía una reverencia—. Partiré en dos días.

Valda asintió. —Toma todo lo que necesites. Tendrás todo a tu disposición.

—Gracias, así lo haré. Ahora, si me disculpan, debo preparar a las tropas.

Salió de la sala.

Isen tragó con dificultad antes de girarse hacia Valda.

—Mi reina. Por favor. —Se arrodilló—. No quise dudar de usted. Solo que yo…

—Conociéndote, debes estar inclinado con el puño sobre el corazón…

Maris confirmó: —Lo está.

—Levántate, chico.

Él lo hizo y se acomodó la túnica en el proceso.

—Tengo una misión especial para ti —dijo Valda, bajando la voz mientras se acercaba a él.

—Usted mande por esa boca lo que sea.

—Quiero que sigas al general Arwin.

Isen alzó las cejas y también bajó la voz. —¿Cómo eh?

Valda asintió. —Quiero que lo espíes y luego me informes. Haz lo que tengas que hacer, pero necesito que lo hagas solo. Si te llevas a una tropa, sabrá que algo pasa. Debe hacerse con la mayor discreción posible. Nadie más debe saber de esta tarea.

Maris mantuvo los ojos fijos en Isen. Su expresión pasó de la preocupación a algo más solemne y serio. Se enderezó antes de sujetar el hombro de Valda.

—Puede contar conmigo, mi reina.

Valda asintió y tocó su mano.

—Ve. No regreses hasta tener algo que nos sirva.

Isen se volvió hacia Maris y bajó la cabeza en señal de respeto antes de salir de la sala del trono.

Maris soltó un suspiro nervioso antes de girarse hacia Valda.

—Estamos solas —anunció, cerrando su libreta y poniéndose de pie—. El capitán Hurley parecía listo para entrar en batalla, mientras que Arwin… —negó con la cabeza—. Parecía desesperado por irse.

Valda dejó escapar un gruñido peligroso.

—Por eso envié a Hurley tras él. Solo espero que no lo atrapen.

—¿Cree que lo harán?

Valda murmuró algo entre dientes.

—Arwin es un soldado muy astuto. Es una fuerza para tener en cuenta. Todo lo que sé es gracias a él… —Se quedó en silencio y abrió los ojos hacia un punto indefinido sobre la mesa—. Y sé mucho, o al menos antes era así.

Maris frunció el ceño.

—Sabes mucho. El hecho de que estés ciega no borra tu memoria ni tu conocimiento, ¿verdad?

Valda asintió.

—Pero no puedo usar todo mi potencial.

—O eso crees —dijo Maris, acercándose lo suficiente para posar su mano sobre el antebrazo de Valda—. Hoy te sientes distinta. —Apretó el duro músculo que encontró allí antes de pegarse a su costado—. Tensa.

Valda giró el rostro hacia ella.

—Estoy bien.

—No. No lo estás. Lo siento. —Maris necesitaba saber qué pasaba. ¿Por qué estaba tan distante? ¿Por qué se estaba alejando?—. Hay algo que no me estás diciendo y lo sé. Sé que no es mi lugar, pero…

Maris tembló y, atreviéndose, colocó la mano en el rostro de Valda y la atrajo hasta apoyar su frente contra la de la reina. Estaban en un lugar público; no debería tocarla, pero Valda no se apartó.

—Puedo encontrar la manera de aliviar tus preocupaciones si me lo dices.

—Caracol… —Valda la acercó más—. No es nada. De verdad.

—Puedes decir que no es nada, pero tu cara dice lo contrario.

Valda apretó los labios antes de presionarlos contra los de Maris.

—Estoy bien.

Maris se quedó inmóvil ante aquella muestra de afecto en público.

Algo definitivamente no estaba bien. Valda jamás la tocaba fuera de su recámara.

La sostenía con una intensidad que la hizo estremecer y, aunque sabía que era inapropiado, le devolvió el beso.

Fue un beso tierno, lleno de cariño, muy distinto a los besos intensos y posesivos que compartían en privado.