La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 18. Capítulo 18
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18. Capítulo 18

M aris despertó al sentir algo golpeándole la cabeza.

Una vez más, el rostro peludo de Cerbera fue lo primero que vio en la mañana.

Sus grandes patas amasaban la almohada a su lado.

Valda salía del baño. Un repentino calor le subió por el cuerpo a Maris al ver a la reina completamente desnuda.

Inhaló hondo y se incorporó, jalando la sábana sobre su cuerpo mientras notaba unas marcas.

Las actividades de la noche anterior eran evidentes en su cintura y muslos, pintadas por las manos ásperas de Valda.

Cerbera empujó su cabeza contra la espalda de Maris, maullando fuerte en busca de atención, lo que le ganó una breve sesión de caricias bajo la barbilla.

Valda caminó hacia ella, con una sonrisa brillante dibujada en sus labios llenos.

Con la mano extendida, se acercó a Maris, quien tomó sus dedos y los apretó con firmeza.

—¿Dormiste bien, Caracol? —preguntó Valda mientras se inclinaba hacia ella.

Maris le sostuvo el rostro y le dio un beso casto y rápido.

—Sí, estaba agotada.

Valda soltó una risa baja, le sujetó la mandíbula y profundizó el beso. Un gemido complacido escapó de la reina antes de alejarse.

—Ojalá no tuviera nada que hacer. Podríamos echar un polvo ahora mismo.

—Valda… —ronroneó Maris, sintiendo cómo su vientre bajo se tensaba al recordar la noche anterior entre la neblina de su mente aún adormilada.

—¿Qué? ¿Eso es un no?

Cerbera maulló y levantó una pata hacia Valda. La reina suspiró y alcanzó a su mascota, que hundió su adorable cara en su mano.

—No creo que la pobre Cerbera aguante otra de nuestras sesiones.

—Puedo sacarla afuera —sugirió Valda, alzando a Cerbera en brazos con un gruñido—. Por Ouranós… pesas demasiado. ¿Qué te están dando de comer?

—Como si no fueras tú la que le da comida —rió Maris mientras Valda, sin mucha ceremonia, lanzaba a Cerbera en dirección al sofá.

Por suerte, la gata cayó justo donde ella había calculado. Sus pupilas se dilataron mientras corría por toda la habitación con la cola erizada.

—¿Qué le pasa?

Valda abrió la puerta del clóset y Cerbera salió disparada entre sus piernas, saltó al sofá y soltó un maullido exageradamente emocionado.

Luego corrió hacia la pequeña mesa del desayuno, tirando las tazas vacías.

Los platos se hicieron añicos. Maris hizo una mueca ante el escándalo mientras la cabeza de Valda caía en señal de derrota.

—¡Cerbera!

—Creo que de verdad necesita salir —dijo Maris mientras se acercaba a Valda y revisaba el clóset. Sacó un vestido de lino y unos zapatos que usaría después de bañarse, además de una blusa de seda negra y unos pantalones para la reina—. Deberías sacarla antes de que destruya todo el cuarto.

Valda resopló, pasando los dedos por las costuras para orientarse y distinguir el frente de la espalda antes de ponerse los pantalones.

Maris la ayudó a abotonar la blusa y a acomodarla dentro del pantalón.

El ánimo de la reina cambió, y Maris se dejó envolver por ello.

Amaba la leve sonrisa en la comisura de sus labios, sus hombros relajados, su expresión tranquila.

Quería besarla. Quería abrazarla, apretarla contra sí y mantenerla cerca.

Quería cancelar todo lo que Valda tenía planeado ese día y quedarse en la cama, recorriendo cada cicatriz y cada peca de su piel.

La… quería. El pecho de Maris se tensó mientras alisaba una arruga en la blusa de Valda.

—No puedo vigilarla —murmuró Valda con fastidio.

—Yo lo haré —dijo Maris mientras Cerbera volvía a pasar como un rayo entre sus pies hacia la sala, donde saltó sobre la mesa de las bebidas. La gata tiró un vaso al suelo y luego bajó a olfatear el licor derramado—. ¡Cerbera! —exclamó Maris, acercándose para apartarla del desastre.

—¿Qué pasó?

Maris cargó a la gata y tocó la parte superior de su cabeza, húmeda donde el licor había caído sobre su pelaje.

—Se echó whisky encima. —La acarició otra vez—. Creo que mejor te doy un baño. Hueles feo.

Cerbera se echó hacia atrás, le dio un manotazo y siseó.

—Ay, cállate. Tú te buscaste esto.

Valda soltó una risa y se inclinó sobre Maris. Tocó a Cerbera, golpeando sin querer el hombro de Maris con su mano.

—Cerbera, vas a dejar que Maris te bañe.

La gata gruñó.

—Y no vas a pelear. —Luego se volvió hacia Maris—. Llamaré a alguien para que limpie este desastre.

—Voy a aprovechar y bañarme también —anunció Maris, dirigiéndose al baño.

Una tina llena de agua caliente ya la esperaba.

Aun así, no quería meter a Cerbera en la misma agua que usaría para bañarse ella.

Cerró la puerta detrás de sí, acomodó a la gata y se sentó en el suelo.

Con poco esfuerzo, usó su poder para arrastrar un flujo constante de agua desde la tina hacia Cerbera.

—Este será nuestro pequeño secreto, ¿de acuerdo?

Cerbera cerró los ojos con suavidad cuando una cinta de agua tibia cayó sobre su cabeza. Mientras el chorro continuaba, Maris frotó su cuerpo, prestando especial atención a la parte superior de su cabeza. No pudo evitar rascarle debajo de la barbilla para ver cómo fruncía los labios con deleite.

Una vez que terminó de quitarle el olor a whisky del pelaje, Maris abrió la puerta y dejó que la gata saliera corriendo otra vez.

Luego se metió en la tina y se lavó el cabello.

Antes de sumergir la cabeza en el agua caliente, alcanzó a oír a Valda abrir la puerta a alguien.

La reina dio la bienvenida al visitante, pero sus palabras se apagaron cuando Maris se hundió bajo el agua para enjuagarse el jabón.

No le prestó atención a la conversación.

Sabía que Valda tenía que atender asuntos de reina todos los días, y ella solo era su asistente; no necesitaba saber todo lo que ocurría en el castillo.

Cuando terminó su baño, Maris se puso la bata grande sobre su cuerpo desnudo y salió. Valda, sentada en el gran sofá del área de estar, ladeó la cabeza cuando la puerta se cerró. Maris caminó descalza hacia ella, sus pasos suaves alertando a la reina.

—¿Quién era?

Valda se giró hacia Maris y apretó un montón de carpetas contra su cuerpo .

—El general Arwin —respondió, poniéndose de pie.

La mirada de Maris bajó del rostro serio de Valda hacia su mano.

—¿Qué es eso?

—Los informes de Sato y Lain.

El rostro de Valda estaba vacío de expresión, y Maris frunció el ceño ante el repentino levantamiento de esos muros que antes había logrado derribar.

—¡Ah, claro! Puedo leerlos si quieres —dijo, recordando los planes de Dristan y lo mucho que quería aportar.

Si lograba acercarse un poco más, tal vez podría darle a Valda una mejor idea de lo que su gente necesitaba.

El pecho de Maris estaba a punto de estallar de emoción.

Sus ojos se movieron del ceño tenso de Valda a las carpetas.

Cuando estiró la mano para tomarlas, la mano grande y fuerte de la reina le sujetó la muñeca, deteniéndola.

—¿Valda? —la llamó Maris, colocando su otra mano sobre la de la reina.

Valda jadeó, como si regresara de golpe a la realidad, y la soltó.

—Perdón.

Maris frunció más el ceño al estudiar su rostro. Parecía perdida, conflictuada por algo. Inclinó la cabeza y le tocó el antebrazo con suavidad.

—¿Está todo bien?

Valda asintió y forzó una sonrisa.

—Sí. Sí, claro, todo está bien. —Se alejó de Maris, caminando hacia el buró y dejando las carpetas allí—. No te preocupes por esos informes por ahora. ¿Tienes hambre?

—Sí —susurró Maris, con la atención todavía fija en las carpetas.

—Perfecto. —Valda asintió y le tocó los hombros, sintiendo la tela de la bata—. Deberías vestirte. Vamos a desayunar en el comedor y luego vamos a una reunión de emergencia que convocó el general Arwin.

Valda sonrió, pero su sonrisa lucía vacía.

Maris la atrajo hacia sí, apoyando las manos en su pecho.

—¿Valda? ¿De verdad está todo bien?

Valda asintió y luego soltó una pequeña risa seca.

—Si, es que me muero de hambre.

—Ah.

Maris decidió dejarlo pasar por el momento. Valda no iba a decirle qué le ocurría, pero fuera lo que fuera, tenía que ver con Arwin. Se apartó para vestirse.

Mientras lo hacía, vio a la reina moverse por la habitación con nerviosismo, cerca de las carpetas. Valda las tomó en sus manos, tanteó la superficie del buró, abrió un cajón y guardó los papeles dentro antes de cerrarlo.

***

La reunión fue improvisada y, como Isen ya estaba en el castillo, Valda le pidió que se uniera, muy a pesar de Arwin. Valda se sentó a la cabecera de la mesa, con las manos entrelazadas con elegancia, Arwin a su izquierda e Isen de pie junto a Maris, con las manos sujetas detrás de la espalda.

Mientras Arwin hablaba, su agitación crecía y Maris se aseguró de anotarlo. En cambio, la actitud calmada de Isen la tomó por sorpresa.

Arwin explicó que había recibido informes sobre las actividades en Umbriel, y Valda escuchó con atención. Él nunca miró a Maris. Era como si ella no existiera, pero a Maris no le molestaba. De hecho, prefería que fuera así. También deseaba que él no existiera.

—Creo que sería mejor si bajo a allá encubierto. Necesito averiguar quién está al mando.

Valda negó con la cabeza antes de que terminara.

—Arwin…

—Su Alteza, puedo ir con un grupo de soldados experimentados. Estoy más que seguro de que puedo infiltrarme entre los rebeldes, averiguar quién está detrás de todo esto y acabar con el problema. Tenemos suficiente información como para acercarnos.

—Puedo ir en tu lugar —interrumpió Isen—. Puedo infiltrarme mejor que tú.

Arwin resopló.

—Sin ofender, capitán, pero ¿un mareño infiltrándose? ¿En serio?

—¿Cuál es el problema, general? —preguntó Isen, enderezándose y cruzando los brazos sobre su amplio pecho.

—Te diré cuál es el problema. Un mareño jamás traicionaría al trono. Deberías saberlo.

—Lo tomaré como un cumplido —asintió Isen—. Aun así, es posible que un mareño se una a los rebeldes de Umbriel si ese mareño no está contento con lo que está pasando con su gente en este reino.

El hombre miró de reojo a Maris antes de volver la atención a la reina.