La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 17. Capítulo 17 #3
58%

17. Capítulo 17 #3

Maris estaba a su merced, y el hecho de que se entregara así decía más de lo que cualquier palabra podría expresar. Un jadeo silencioso escapó de ella y Valda lo ahogó con otro beso.

—¡Valda! —gritó Maris y Valda besó su frente.

—Me encanta cuando dices mi nombre —susurró, sus dedos rozando su cuello—. Que todo el castillo se entere de que soy yo quien te coge.

—No pares, por favor, Valda… no pares nunca.

Valda se inclinó sobre ella, su mano regresando a su cintura mientras bajaba, dejando besos húmedos y ardientes por su espalda, marcándola con cada movimiento. Sacudió la cabeza, los mechones cortos de su cabello rozando los hombros de Maris, y la atrajo contra sí, pegando su pecho a su espalda.

—No voy a parar —jadeó, haciendo que el cuerpo de Maris reaccionara—. Ni siquiera los dioses podrán arrancarme de ti.

Entonces se detuvo de pronto, retirándose.

Antes de que Maris pudiera protestar, la giró y la levantó. Sus piernas se enredaron automáticamente alrededor de su cintura. Valda sostuvo la base del juguete y, sin aviso, volvió a penetrarla.

El jadeo sorprendido que escapó de los labios de Maris hizo que Valda temblara de deseo. Se aferró a sus muslos y a sus caderas con firmeza antes de comenzar un nuevo ritmo.

—Aguántate de mí.

Maris se sujetó a ella con fuerza mientras Valda se movía con intensidad.

Sus pechos se presionaban como si solo pudieran respirar el aire de la otra.

El ceño de Valda se frunció en pura concentración, manteniéndola cerca mientras buscaba el ángulo perfecto.

Quería descubrir qué la hacía perder el control.

Quería hacerla llegar. Quería que nadie más pudiera ocupar ese lugar.

Con un gruñido posesivo, soltó uno de sus muslos, tomó la parte posterior de su cuello y reclamó su boca en otro beso ardiente. Maris se aferró a sus hombros mientras todo su cuerpo se tensaba, aferrándose a ella.

La mandíbula de Valda se aflojó, cerrando los ojos con fuerza cuando sintió la intensidad del momento. Su ritmo vaciló un instante antes de que ambas manos regresaran a las caderas de Maris, apretándola más, queriendo prolongar ese instante tanto como fuera posible.

—¡Puñeta, me vengo!

Sin previo aviso, Valda se dejó caer hacia atrás sobre la cama, sus fuertes brazos sosteniendo a Maris como si fuera lo más importante de toda su existencia, y solo pudo estremecerse cuando ese pensamiento cruzó su mente. Era demasiado para su corazón y cerró los ojos con fuerza.

Maris se desplomó sobre ella, aferrándose como si temiera que la soltara. Pero Valda la sostuvo con ternura. Jamás le haría daño, no a propósito.

—Eres perfecta —susurró Valda, sus manos curtidas manteniéndola pegada a su cuerpo—. Dioses… eres perfecta… Necesito que lo entiendas. Daría mi trono por ver aunque sea por un segundo tu rostro cuando acabas…

Maris negó contra su hombro. Con las palmas abiertas, se incorporó un poco, quedando sentada sobre su regazo.

—No lo dices en serio —dijo, sin aliento, completamente saciada y aún temblando.

Valda no deseaba nada más que poder verla: con el cabello desordenado y el sudor en la piel como una diosa.

—No sabes de lo que soy capaz, Caracol.

Maris soltó un suspiro, moviendo ligeramente las caderas, lo suficiente para despertar de nuevo el deseo en Valda.

La suavidad que la envolvía la hizo estremecerse.

La alzó, separándose apenas y volviendo a acercarla.

Un gemido bajo escapó de Valda cuando las manos de Maris se cerraron alrededor de su rostro.

Sus labios suaves se unieron a los suyos, abriéndole la boca para recibir su lengua.

Valda enredó los brazos detrás de ella, aprisionándola contra su cuerpo.

—¿Y por qué me dio todo eso, Su Alteza?

Valda abrió los ojos, con la absurda esperanza de que, por algún milagro, pudiera verla como había visto a su gata momentos antes.

—¿A qué te refieres?

Maris soltó una risa baja y rozó su nariz contra la mandíbula marcada de Valda.

—Al regalo.

Valda la atrajo más hacia sí .

—Solo quería que supieras que no necesitas a un hombre para satisfacer tus necesidades. Conmigo tienes todo lo que necesitas.

—¿Ah, sí? Eso suena más a como si tuvieses celos. ¿Te preocupaba que mi atención se fuera con el capitán Hurley?

Valda se encogió de hombros con un tono juguetón.

—Eres mi asistente. No tienes nada que asistirle a él.

—Tal vez necesite ayuda para recogerse el pelo.

—Bueno, supongo que ya es hora de una reforma en los uniformes. Empezaremos con el corte de pelo. Rapado para todos.

Maris soltó una carcajada, mientras Valda presionaba la mano contra su pecho.

Su corazón latía de forma irregular. La risa de Maris se fue apagando y, por alguna razón, Valda supo que la estaba observando.

Maris le apartó la mano con suavidad y pasó la yema de los dedos por las cicatrices de su brazo.

La reina aspiró con fuerza, tensándose ante la caricia inesperada.

Tan rápido como la había tocado, Maris retiró la mano.

—Perdón. No debería haberlo hecho.

Valda negó con la cabeza.

—No. No pasa nada. Solo me tomó por sorpresa, eso es todo.

Con cuidado, apartó a Maris un poco, sintiendo la pérdida del calor, aunque sabía que la noche recién comenzaba. La sostuvo cerca mientras se acomodaba mejor en la cama, apoyando la cabeza en uno de los muchos cojines.

—¿Cómo te pasó esto? —preguntó Maris, su mano rozándole la piel debajo de una cicatriz en la parte alta del muslo.

Valda gruñó suavemente mientras buscaba una posición cómoda; su mano cayó desde el hombro de Maris hasta la cama.

—No recuerdo, de verdad.

—Trata —susurró Maris, una súplica silenciosa por conocer más sobre Valda.

Valda exhaló con fuerza, recostando la cabeza contra las almohadas. Mantuvo los ojos cerrados mientras hacía todo lo posible por recordar. El frío corte de una espada atravesó su memoria, seguido por sus propios gritos desgarradores y el brillo intenso de la sangre.

—Herida de espada.

—¿Cuántos años tenías?

Valda alzó una ceja.

—Diecisiete.

Maris asintió. —¿Y esta? Esta se ve… grande.

Pasó los dedos desde el abdomen firme de Valda hasta su espalda.

—Otra espada, a los veinte.

—¿Y esta? —Tocó su ceja.

—El borde de una mesa, a los tres.

Maris soltó una risita por lo bajo y Valda sonrió.

—Ay, perdón. No debí reírme.

—Está bien. Me gusta escucharte reír —dijo Valda—. Me calma mucho.

—Bueno saberlo. Me gusta cuando estás tranquila.

—¿Y cuando no lo estoy?

—Entonces no me gustas —respondió Maris con total naturalidad. Entrelazó las manos sobre el pecho de Valda y apoyó la barbilla allí.

—¿Y tú? ¿Tienes cicatrices? —preguntó Valda.

—¡Sí, claro! Tengo un montón. Dame la mano.

Valda frunció el ceño y extendió la mano.

Maris tomó su mano y llevó las yemas de sus dedos hasta la parte baja de su barbilla.

—¿Lo sientes?

Valda pasó los dedos por una pequeña línea en forma de medialuna. —Sí.

—El piso, a los cuatro años.

Valda soltó una risa.

—¿Quién ganó?

—El piso dio una buena batalla, pero yo salí victoriosa.

Maris intentó sonar seria, pero falló miserablemente cuando Valda le tomó la barbilla.

—No lo dudo —dijo Valda, acariciando la cicatriz con el pulgar una vez más—. Eres fuerte.

—¿Tú crees? —preguntó Maris, suspirando y apoyándose contra su caricia hasta presionar los labios contra su palma.

—Más de lo que crees.

El pecho de Valda vibró suavemente mientras cerraba los ojos y se acurrucaba más cerca de su amante. El peso y el cansancio del día cayeron sobre ella como un ladrillo. El cuerpo cálido de Maris la envolvió en una sensación de calma hasta que, poco a poco, se quedó dormida.