17. Capítulo 17 #2
Valda se movió con seguridad por la cámara hasta que sus rodillas tocaron la plataforma de madera de la cama.
Con cuidado, dejó a Maris sobre el lecho, besándola con fervor mientras sus manos exploraban las curvas de su cintura y sus nalgas.
Con cierta vacilación, se apartó, soltando una suave risa ante el leve gemido de Maris.
—Tengo que buscar algo —susurró contra su boca—. Pórtate bien y quítate la ropa, Caracol.
—¿Q-qué? ¿Qué vas a buscar?
—Confía en mí, te va a gustar —respondió Valda, sellando la promesa con otro beso profundo.
Se apartó, aunque las manos de Maris se aferraban todavía a ella, soltándola solo cuando se bajó de la cama y comenzó a caminar hacia el armario.
Los hilos que le servían de guía eran realmente una bendición.
Maris soltó un gruñido molesto y se escuchó el sonido de la tela moviéndose.
Valda esperaba poder encontrar una caja en específico.
Agradeció en silencio a Kayden por su obsesión con el sexo y por haber dejado aquel objeto mágico guardado por ahí.
¿O lo había creado especialmente para ella?
Fuera como fuera, pensaba usarlo y esperaba que Maris también quisiera hacerlo.
Mientras se movía por el armario, rebuscando entre los numerosos cajones de madera, Valda se preguntó si la caja siquiera estaba allí.
Había dado instrucciones claras para que el regalo se colocara en su habitación, pero con todo lo que había ocurrido, no había tenido un momento para buscarlo.
Impaciente, cayó de rodillas y abrió el último cajón, encontrando por fin lo que buscaba.
Al tocar la tapa, reconoció el símbolo de Harmonia. Retiró el broche metálico y abrió la caja. Su mano se deslizó sobre el objeto con forma fálica, y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.
Valda se puso de pie, dejó la caja sobre el tope de los cajones y comenzó a quitarse la ropa.
Su piel caliente recibió la brisa fría y un escalofrío le erizó la piel.
Desnuda, sostuvo el objeto entre sus manos, intentando entender cómo colocárselo.
Kayden le había dicho que estaba bendecido por la misma Afrodita.
Sabía que era una exageración… pero aun así…
Si lo usara, podría sentirlo todo. Podría sentir cada parte de Maris.
Guiándose al tacto, encontró el lado que debía colocar dentro de sí.
Separó las piernas, sintiendo su propio cuerpo, asegurándose de estar lista para que el objeto encajara sin problema.
Evidentemente, sus pensamientos previos sobre tomar a Maris en diversas posiciones habían sido suficientes.
Apoyada contra el marco del armario, dejó escapar un quejido ahogado.
Cerró los ojos con fuerza y tembló. ¿Qué clase de brujería era esa?
La mano le temblaba mientras sus dedos rodeaban la base.
Lo sentía. Sentía su propia mano, el calor y la suavidad de su piel en la base.
Al apretar el largo del objeto, la sensación que la recorrió fue tan intensa que casi le fallaron las rodillas.
Abrió la boca, soltando un gemido entrecortado. Necesitaba usarlo con Maris. Necesitaba sentirla.
Tomando aire con dificultad, regresó hacia la cama, donde una Maris impaciente y desesperada la esperaba.
Extendió la mano hasta que chocó con ella. Maris estaba de pie junto a la cama. La joven se pegó contra su cuerpo y Valda pudo sentirla contra ella. Gruñó suavemente, sujetándola por la cintura mientras apoyaba la nariz en la parte trasera de su cabeza, inhalando su aroma.
Maris le sostuvo la nuca y la otra mano se movió hacia atrás, tocando lo que Valda llevaba puesto. Sus manos eran suaves como seda, y Valda tuvo que morderse el labio para no gemir.
—¿Qué es esto? —preguntó Maris en voz baja, casi en un susurro.
La reina dejó escapar un sonido grave, con ganas de empujarla contra la cama y terminar con todo de una vez.
Pero quería disfrutar ese momento tanto como quería complacerla.
No le importaba si ella alcanzaba su placer o no, mientras Maris lo hiciera.
Haría lo que fuera por sentirla rendirse entre sus brazos.
Con la respiración desigual, Valda rodeó el torso de Maris con los brazos.
—Un regalo —logró decir.
—¿De quién, si se puede saber?
Valda se estremeció, trazando círculos suaves sobre la cadera de Maris.
—De Kayden.
—Por qué no me sorprende… ¿Tus sirvientas lo disfrutan? —Maris intentó girarse, pero Valda la sostuvo en su lugar y negó con la cabeza contra la parte trasera de la suya, pidiéndole en silencio que no se moviera.
—Nunca lo he usado con nadie —dijo Valda, sin aliento, luchando por mantener el control—. Serías la primera.
«La única».
Presionó un beso abierto sobre su hombro descubierto, conteniendo el impulso de hundir los dientes en su piel.
—Deberías sentirte muy especial.
Apartó el cabello ondulado del cuello de Maris y enterró el rostro allí.
—A menos que no quieras que lo use contigo. Puedo arreglármelas con mi boca y mis dedos, Caracol.
Gimió en voz baja, pegándose más a ella, queriendo que sintiera el largo y el peso del juguete.
—Pero nada me gustaría más que sentirte apretar esto.
Valda exhaló con fuerza al mover la mano que sostenía la cintura de Maris y descenderla entre sus piernas, posándola sobre su centro.
—Ay, mi caracol… —murmuró con voz espesa, deslizando un dedo entre su humedad—. Estás loca porque te lo meta, ¿verdad ?
La respuesta de Maris fue un grito entrecortado y abrir más sus piernas. Valda se tomó su tiempo para jugar con ella, rozando su clítoris con movimientos suaves y provocadores mientras sus labios seguían la curva de su oreja. Maris movía las caderas en una súplica silenciosa.
Valda inhaló con fuerza y llevó sus dedos, empapados de Maris, hasta su boca para probarlos. Maris jadeó, sorprendida, y le agarró la mano.
—Valda.
Maris sonaba al borde mismo del orgasmo.
Eso no podía ser. Valda quería tomarse su tiempo, provocarla, desarmarla poco a poco antes de tomarla, pero al mismo tiempo deseaba sentirla rodeándola.
Con un gesto posesivo, la sujetó por la cintura y la inclinó sobre la cama, presionando su rostro contra las sábanas suaves.
—Ni se te ocurra moverte —advirtió Valda, soltando su espesa melena antes de deslizar la mano por su espalda y sus caderas.
Al ponerse de rodillas, separó los muslos de Maris y hundió la lengua entre su calor. Rodeó su punto sensible antes de tomarlo entre los labios, succionando con suavidad al principio.
El jadeo de Maris fue música para sus oídos. Quería más. Quería llenar la habitación con sus gemidos y sus gritos.
—Dime que quieres esto, Maris —susurró Valda, deteniéndose para esperar una respuesta. En lugar de palabras, solo escuchó pequeños quejidos cargados de deseo—. Siempre puedo usar mi lengua… llenarme de ti… hacerte venirte así.
Esperó, pero de nuevo lo único que recibió fueron sonidos ahogados y palabras sin sentido. Una mano buscó su cabello y la atrajo hacia ella. Pero eso no era lo que quería. Necesitaba oírlo de sus labios.
—Vamos dímelo… usa tus palabras.
Un gemido bajo y frustrado escapó de Maris, y Valda sonrió con orgullo. Saber que apenas podía formar una frase la llenaba de satisfacción.
—P-por favor…
—¿Por favor qué, Caracol? —preguntó Valda, encontrando de nuevo la humedad de Maris con su mano.
Se puso de pie detrás de ella, dejando que la punta del juguete rozara su intimidad. Entonces fue su turno de jadear. Se mordió el labio ante lo bien que se sentía el calor emanando de Maris.
Maris se aferró a la mano que sostenía su cadera .
—Por favor… métemelo.
La respiración de Valda se entrecortó y dejó escapar un gemido largo. Sus uñas se clavaron en la piel suave de sus caderas mientras se acomodaba en su entrada.
Temblando, separó sus pliegues y presionó la punta contra ella.
—Ay puñeta, Caracol…
—Valda, por favor —murmuró Maris, guiándola con la mano.
Al principio, Valda fue despacio, dejando que el calor la envolviera mientras avanzaba con cuidado, estremeciéndose ante la suavidad de su amante.
La dulce tortura no era solo para ella; Maris también la sentía.
La joven gemía y echaba las caderas hacia atrás para recibirla.
Valda se inclinó y dejó besos sobre la piel salada de su espalda mientras avanzaba un poco más.
Maris era perfecta. Caliente, húmeda, sedosa.
Valda empujó con firmeza hasta acomodarse por completo dentro de ella.
—Que rica te sientes —murmuró con la voz baja y ronca.
Maris se tensó bajo ella, respirando con dificultad mientras intentaba hablar.
—¿Puedes… sentirme?
Valda soltó una risa baja, sus dedos deslizándose por el cabello de Maris, sujetándolo con suavidad para girarle el rostro de lado.
—Puedo sentirlo todo.
La soltó y volvió a aferrarse a su cintura, retirándose apenas para volver a moverse con un ritmo constante. Maris se aferró a ella con fuerza, su cuerpo reaccionando a cada movimiento.
—Valda… —gimió, arqueando la espalda y dándole más espacio.
—Sí —murmuró Valda contra su piel, besando su espalda mientras el calor se concentraba en su vientre con cada movimiento—. Eres perfecta… tan perfecta para mí.
Se retiró apenas y volvió a avanzar con más firmeza.
—Aquí es donde pertenezco, ¿no? Haciéndote perder el control… dentro de ti.
El largo cabello de Maris rozó los nudillos curtidos de Valda cuando su agarre sobre ella se hizo más firme.
—Sí… por favor —gimió Maris, moviendo las caderas para encontrarse con sus embestidas lentas, suplicándole en silencio que fuera más rápido.
—Dioses, sí —tembló Valda, acelerando el ritmo, mientras el sonido de sus cuerpos chocando llenaba la gran cámara.
Soltó sus caderas y acarició la espalda arqueada de Maris, encontrando los puntos que la hacían estremecerse, hasta subir por su cuello. Con su figura inclinada sobre ella, le tomó el rostro y alzó su barbilla cuanto pudo.
—Dame tu boca, Caracol. Quiero tragarme tus gritos cuando te vengas.
Valda apagó los sonidos con sus labios. La besó profundamente, su lengua deslizándose contra la de Maris mientras continuaba moviéndose con un ritmo implacable.