La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 17. Capítulo 17
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17. Capítulo 17

E l silencio incomodaba a Valda. Había estado tan emocionada por contarle a Maris lo que acababa de pasar, pero algo no estaba bien.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, escuchó los pasos de Maris acercándose, rodeándola.

Un suspiro llenó la habitación, seguido del sonido de alguien sentándose en el sofá.

Los chirridos de bienvenida de Cerbera le calentaron el corazón, pero el silencio de Maris la inquietaba.

Guiándose por los hilos que Maris había atado alrededor de la habitación, Valda caminó hacia donde estaba ella y luego giró bruscamente hacia la mesa de licor.

Se sirvió un trago y dudó un momento, preguntándose si también debía servirle uno a Maris.

—¿Cómo… fue tu conversación con el capitán Hurley? —preguntó Valda, con cierta vacilación, regresando hacia el sofá y chocando accidentalmente su bota con el pie de Maris.

Tras palpar el aire un momento, Maris la guió para que se sentara, procurando que no derramara la bebida.

Después de un par de minutos en silencio, Maris comenzó a contarle detalles del Reino del Mar.

Cosas que Valda ya conocía, que había estudiado una y otra vez cuando era más joven.

Aun así, escuchó con atención mientras Maris hablaba, con una emoción contenida en la voz.

Valda podía percibir el anhelo que se escondía en cada palabra, el deseo profundo de visitar su reino de origen, sin importar cuán destruido estuviera .

Valda sintió que era su deber mostrarle ese lugar.

No era justo que los padres de Maris le hubieran negado esa conexión con lo que era.

Mientras la escuchaba, recordó la última reunión con Arwin y cómo había mencionado que varios celestinos estaban mudándose al Reino del Mar, comprando las casas y estructuras destruidas a los mareños para reconstruirlas.

En teoría, no sonaba tan mal. Pero si aquello se convertía en un éxodo de celestinos buscando territorio barato para su propio beneficio, desplazando a los mareños de su propia tierra…

entonces no era bueno. Los mareños estaban perdiendo lo que les pertenecía, no solo por el huracán, sino porque no tenían los medios para recuperarlo.

—No hemos hablado de la reunión con Arwin.

La observación interrumpió el relato de Maris sobre los puentes que conectaban las islas.

Un suspiro cansado y el leve hundimiento del sofá indicaron que se había puesto de pie.

Valda se quedó en silencio, esperando que Maris hablara del tema.

En lugar de eso, escuchó cómo sus pasos se alejaban, y eso la tomó por sorpresa.

—¿Maris?

—¿Cuánta gente queda todavía en el Reino del Mar? —preguntó ella.

—Está difícil saberlo.

—¿Y los que están en Nueva Agenor? ¿Pueden moverse de aquí para allá?

—Sí, claro. Pueden usar nuestros barcos y…

—¿Por qué los impuestos para los mareños son tan altos?

Valda soltó un gruñido exasperado antes de terminar lo que quedaba en su vaso.

—Mi madre estableció esos impuestos por la cantidad de recursos que usamos en ustedes y en el reino cuando ocurrió la destrucción. Todavía estamos gastando mucho en eso.

—Y en el ejército, según Arwin.

—Ya pedí un informe para arreglar eso. Voy a arreglarlo, Maris. Sé que esto es importante.

—Sí, igual de importante como la capacidad de la gente para salir adelante. —Maris volvió a sentarse a su lado y le quitó el vaso de la mano. —Y estoy segura de que lo somos.

—¿Lo somos?

—Los mareños —aclaró Maris, tocándole el antebrazo para que supiera que estaba cerca—. ¿Te parece justo que paguemos impuestos tan altos cuando apenas podemos conseguir un trabajo en este reino?

Valda frunció el ceño .

—Entiendo eso. Pero tú trabajas en el castillo de Oberón. ¿No es eso lo suficientemente decente?

No quería sonar dura, así que moduló su tono con cuidado. Semanas atrás no le habría importado cómo sonaba, pero ahora realmente quería entender lo que Maris pensaba.

—¿Qué otro mareño, aparte de mí y del capitán Hurley, trabaja para la corona?

Valda apretó la mandíbula y giró el rostro en la otra dirección.

—Valda, yo he brincado de trabajo en trabajo desde que mi papá murió.

Yo solo tenía doce años. Cuando conseguía uno, era un milagro si me trataban o pagaban bien.

Tuve suerte de conseguir este. No todos tienen la misma suerte que yo…

—Maris hizo una pausa y suspiró—. Si es que se puede llamar suerte.

—Mi mamá culpó a tu gente por la muerte de mi papá. Creo que ese sentimiento se les pegó a algunos celestinos.

—Eso explicaría muchas cosas. Pero creo que, con un poco de ayuda, podríamos regresar al Reino del Mar o intentar hacernos una vida aquí, en Nueva Agenor.

Valda se recostó en el sofá. Para alguien sin conexión con su pueblo, Maris parecía entender muy bien por lo que estaban pasando. Lo que más le sorprendía era que una simple conversación con Isen la hubiera vuelto tan apasionada por su gente.

Un hilo de celos se instaló en el estómago de Valda y se frotó la mano contra los pantalones de lino.

—Veo que tu conversación con el capitán Hurley fue profunda.

—Fue interesante. Me contó muchas cosas y…

su madre murió cuando él y su hermana gemela venían de camino hacia acá.

Él tenía solo trece años. ¿Te imaginas lo horrible que debió ser para unos niños de esa edad llegar solos?

—Maris suspiró y apretó el muslo de Valda—.

Fue muy amable al contarme tanto. Quiere que sigamos hablando otro día.

Valda tragó con dificultad.

¿Estaría el capitán Hurley interesado en Maris? ¿Pensaría él que podía ser su pareja?

Si Maris aún no tenía veintiún años, no podía reconocer a su pareja del alma. Pero el capitán Hurley ya estaba bien entrado en los treinta. No tenía pareja. Y era un hombre muy atractivo.

¿Habría visto algo en ella?

—¿Y aceptaste?

—Claro.

Valda asintió y cubrió con su mano la de Maris sobre su muslo. Sabía que su impulso tal vez no le sentara bien, pero necesitaba saberlo .

—¿Te gusta el capitán Hurley?

El silencio repentino la incomodó. Se giró ligeramente hacia Maris y, tras unos segundos, la joven respondió con duda:

—Es un hombre muy encantador. Fue como hablar con un viejo amigo.

«Viejo amigo». Valda se tensó. Alzó una ceja y le hizo un gesto para que continuara.

—Me hizo sentir como si no me hubiera perdido de nada por haber crecido aquí y todo eso.

—¿Te… sentiste atraída por él?

Maris soltó un bufido, retirando la mano del muslo de Valda y alejándose un poco.

—Valda, ¿es en serio?

—Tengo mis razones. Recuerdo cómo se veía. Por eso te lo pregunto. —Enderezó los hombros y volvió a insistir—. ¿Te pareció atractivo?

Maris titubeó un momento antes de resoplar.

—Sí. Sí me lo pareció.

Valda respiró hondo al tiempo que Maris se acercó más a ella.

Apretó su cuerpo suave contra el suyo, firme y tenso, mientras las manos pequeñas de Maris volvían a posarse sobre sus muslos.

Maris trazó círculos lentos y delicados sobre su pierna, sin tener idea de lo que esa simple caricia estaba provocando en ella.

Valda la quería cerca, quería sentir su cuerpo, escuchar su voz y asegurarse de que no le estaba ocultando nada.

—¿Puedo hacerte una pregunta personal?

—¿Cuál? —Maris no sonó molesta ni incómoda, sino tranquila y ligeramente curiosa.

Aun así, Valda dudó. Maris no le pertenecía. Al menos, no como a ella le gustaría. Pero eso no apagaba su necesidad ardiente de saberlo todo sobre ella. Si le atraían los hombres, quería saberlo.

—¿Alguna vez has estado con un hombre?

Maris se tensó y su respiración se entrecortó. Se movió contra Valda, quizá buscando una forma de evitar responder, pero Valda no iba a dejarlo pasar. Su respuesta, fuera cual fuera, no cambiaría lo que pensaba de ella. Solo necesitaba saberlo.

Tras un segundo de silencio, Maris respondió en voz baja:

—Sí.

—¿Te has acostado con hombres antes? —preguntó Valda, tomando su rostro entre las manos.

Sintió cómo Maris asentía, y un fuego profundo le encendió el vientre. Celos. No podría tenerla de la misma manera en que un hombre lo haría…

De repente Valda se detuvo.

Abrió los ojos y giró el rostro hacia donde creía que estaba su armario. Una sonrisa ladina curvó su labio superior antes de apretar con suavidad la mandíbula de Maris, arrancándole un gemido bajo.

—¿Y te gustó? —preguntó en voz tan grave que parecía un gruñido.

Maris jadeó contra su rostro, sujetando la muñeca gruesa de Valda, no para apartarla, sino para mantenerla cerca. Valda había notado que a Maris le gustaba cuando era intensa y estaba más que dispuesta a complacerla.

—Sí —respondió Maris en un suspiro tembloroso.

—¿Te gusta que te agarren y te llenen hasta el borde? —preguntó Valda, sus manos deslizándose por la espalda de Maris hasta sus nalgas. Las apretó con fuerza.

—¿Te gusta sentirte llena? —Los labios de Valda se entreabrieron. Quería tener una mano en la cabeza de Maris, presionando su rostro contra las sábanas de seda, mientras la otra le sujetaba la cintura al embestirla. Maris sería suya y de nadie más.

—¿Maris? —la voz profunda y densa de Valda rompió el silencio.

Su otra mano sostuvo el rostro de Maris y sintió cómo asentía una vez más.

Valda siseó al tomar aire antes de capturar sus labios en un beso ardiente.

Un rayo de lujuria la atravesó cuando se puso de pie, sujetó a Maris por detrás de las rodillas y la acercó para que ella enredara las piernas alrededor de su cintura.

Valda la alzó con facilidad. Imaginó todas las posiciones, todos los escenarios en los que podría tomarla, una y otra vez.

Nadie más la tendría. Nadie más tendría permitido siquiera respirar cerca de ella. Si Isen siquiera se atreviera, no sentiría ningún remordimiento en acabar con su vida.