La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 16. Capítulo 16 #2
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16. Capítulo 16 #2

Maris lo descartó con un gesto de la mano. Todo eso de “señorita” le parecía demasiado y, francamente, no le gustaba.

—Ay, por favor. No soy ninguna señorita. Puedes llamarme Maris, insisto.

Isen se volvió hacia Valda, como pidiéndole permiso.

—Si mi reina lo considera apropiado.

—Capitán Hurley, lo he llamado para presentarle a mi asistente —dijo Valda—. Ella me ha expresado que no tiene recuerdos de su reino natal y que nunca ha conocido a otro mareño.

Isen observó a Maris con una expresión extraña hasta que sus ojos se abrieron de golpe, como si algo encajara de repente.

Su mirada pasó de la confusión al asombro y luego a una abierta adoración.

Maris se removió incómoda en su asiento antes de aclararse la garganta y mirar a Valda.

Por supuesto, la reina no le estaba prestando tanta atención como Isen.

Valda parecía distante, con la mente en otro lugar.

—Quiero que conversen —dijo Valda, posando los dedos sobre el brazo de Maris—. Cuéntale lo que sabes del Reino del Mar.

Isen entrecerró los ojos al notar el lugar donde los dedos de Valda rozaban la piel de Maris. Forzó una sonrisa incómoda mientras apoyaba sus manos sobre las rodillas.

—No hay na’ que disfrute más que hablar de mi reino.

Valda asintió y se giró hacia Maris.

—Los dejaré para que hablen —dijo—. Iré a mis aposentos. Tengo algo que poner en orden.

Confusión brilló en los ojos de Maris. No pudo evitarlo. Sabía cuál era su lugar, sobre todo frente a otros, pero aun así estiró su mano y tomó la de Valda, sujetándola con firmeza cuando estaba a punto de marcharse.

—¿Qué te pasa?

Valda no respondió. En su lugar, se volvió hacia Maris y arqueó una ceja.

—Quiero decir… —Maris soltó su mano de inmediato y la llevó a su regazo—, entonces nos vemos más tarde, Su Alteza.

Apretando con más fuerza el bastón, Valda abandonó la sala del trono y cerró la puerta tras de sí.

Un escalofrío recorrió la espalda de Maris cuando sus ojos se encontraron con los de Isen, de un azul más oscuro. Sonrió con cortesía y apoyó las manos sobre la mesa frente a ella.

—Bueno…

—Bueno —rió Isen, imitando la postura de Maris—. ¿Qué es lo que quieres saber?

Maris tragó saliva; de pronto tenía la garganta seca.

—¿Todo?

La mirada de Isen ardía sobre ella, recorriéndola de arriba abajo.

—Maris, puedo asegurarte que, aunque te observo porque me fascina tu belleza, no deseo llevarte a la cama.

Maris bufó. Vaya, directo al grano.

—Entonces, ¿por qué me miras así?

—Porque —respondió, ensanchando el pecho al tomar una respiración profunda—, llevas el aroma del mar como si hubieras nacido en su reino. —Inclinó la cabeza—. Eres más joven que yo… ¿Naciste aquí?

—No. Tenía apenas unos meses cuando… todo ocurrió.

Isen asintió.

—Yo nací y crecí en la isla norte de Nereida. Tenía trece años cuando llegó el huracán. Logré escapar con mi hermana gemela y mi madre herida en uno de los muchos barcos que estaban cerca de la costa.

El rostro de Isen se suavizó y apartó la mirada de Maris, fijándola en los tatuajes de su brazo.

—¿Tenían acceso a un barco ?

Isen asintió.

—Mi madre era soldado del ejército mareño; mi padre trabajaba como pescador —soltó una pequeña risa, ocultando la tristeza en su voz.

Maris se frotó los nudillos mientras observaba con más atención los rasgos de Isen ahora que estaba más cerca. Una sombra oscura y sutil teñía su rostro, una barba azulada que recordaba el color de su melena. También había un pequeño claro en su ceja derecha, probablemente de una vieja cicatriz.

—Yo pude escapar. Mi padre no. No sé si sigue con vida. Volví por él, pero nuestra casa estaba destruida y las pocas personas que vivían allí no pudieron decirme si sobrevivió o no. Dijeron que intentó venir hasta aquí en una embarcación más pequeña, pero desapareció y nunca más se supo d’él.

—¿Y tu madre?

—Mi madre no sobrevivió al viaje.

El estómago de Maris se hundió. Un niño de trece años, solo con su hermana, en un reino desconocido y con costumbres extrañas…

—¿Y tu hermana?

—Actualmente vive en Nueva Agenor. Se casó con otra mareña. Ella… ella es feliz, supongo —dijo, aunque no sonaba del todo convencido.

—Cuéntame sobre las islas.

La sonrisa de Isen se ensanchó.

—¡Ah! ¡Claro! La isla más grande de nuestro reino se llamaba Tritón; allí se encontraba el castillo.

Maris se inclinó hacia adelante, con los ojos brillantes de emoción, imaginándolo todo, pintando cada detalle en su mente como si fueran recuerdos propios.

—Tritón estaba conectada a varios grupos de islas. Cada isla era el hogar de un clan.

Maris apoyó la mejilla en la mano, mirándolo fijamente mientras Isen le explicaba las costumbres del reino.

Era común que las mujeres cuidaran los cultivos mientras los hombres pasaban los días en el agua, pescando.

La educación era muy valorada en todo el reino, y el arte se fomentaba desde edades tempranas.

Isen le contó que su hermana podía dibujar y pintar con una perfección asombrosa; sus dibujos eran tan realistas que parecían saltar del papel, mientras que él sabía cantar.

Maris rió ante eso. Isen interpretó su risa como incredulidad, así que comenzó a entonar todas las canciones marineras que su padre y su madre le habían enseñado de niño.

Ella no pudo evitar sonrojarse de vergüenza .

Isen también le habló de cómo celebraban un festival anual en la isla de Tritón, donde los niños organizaban exposiciones de arte o pequeños conciertos para sus padres.

Sentía nostalgia por un lugar que no recordaba.

El brillo en los ojos de Isen la hacía desear haber vivido todo lo que él.

La vehemencia con la que hablaba la hacía pensar que quizá exageraba, pero los libros a los que había tenido acceso no le hacían justicia alguna a sus recuerdos.

Para ella todo eso sonaba como un paraíso, y aunque amaba el Reino del Cielo, seguía sintiéndose como una forastera.

La energía de Isen se apagó al notar la tristeza en el rostro de Maris. Sus ademanes —que él mismo había mencionado que eran muy mareños— se volvieron más lentos y se inclinó hacia ella. Sus grandes manos tomaron las de Maris con ternura, con afecto… de forma fraternal.

—Si quieres que pare, lo haré.

Maris miró sus manos entrelazadas. Las suyas parecían diminutas comparadas con las de él. Se soltó con suavidad, solo para apartar rápidamente una pequeña lágrima traicionera.

—Está bien. De verdad. Solo estoy…

—¿Abrumada?

Ella asintió.

Isen inhaló hondo y se recostó en su asiento.

—Podemos continuar otro día.

—No, por favor… —Maris quería que ese momento durara para siempre; quería absorber todo lo relacionado con su gente y su reino más que cualquier otra cosa—. Háblame del rey y la reina. ¿Cómo eran?

El capitán infló el pecho con orgullo.

—Fueron los gobernantes más amables y amorosos de to’ el planeta. Y puedo asegurarte que es verdad, ¡porque he viajado por toda Gaia!

Maris rió suavemente mientras las lágrimas le recorrían las mejillas.

—No digas eso tan alto. La reina Valda podría oírte.

Los rasgos de Isen se suavizaron al verla sonreír.

—Qué linda te ves feliz, Maris.

Ella no pudo evitar sonrojarse ante el cumplido.

—Cuéntame sobre ellos, por favor.

—Pues mira, El rey Aegaeón era… —suspiró al recordarlo—. Aterrador.

—¿No dijiste que eran amables y amorosos?

—¡Lo eran! Pero el rey Aegaeón era fuerte y poderoso también.

Tenía un gran sentido del humor y siempre hacía bromas sobre su aspecto intimidante.

Él no poseía el don; era la reina quien manejaba ese poder.

Pero el rey Aegaeón era alguien con quien no se debía joder.

Habría da’o su vida por proteger al reino y a su reina.

—El rostro de Isen se suavizó al darse cuenta—. Y lo hizo.

Maris tragó saliva, conmovida por la idea de un rey dando la vida por la gente que amaba.

—¿Y la reina?

Isen se quedó mirando a Maris. Mordisqueó su labio inferior, como buscando las palabras adecuadas.

Su alta figura ocupó casi todo el espacio cuando acercó su asiento al de ella.

Una vez más, colocó su mano sobre la de Maris y la sostuvo con firmeza.

Sus ojos se entrecerraron y de pronto Maris se sintió nerviosa por la cercanía de su cuerpo.

—¿Capitán?

—Perdóname el comportamiento, pero… —Isen tragó saliva antes de continuar—. Cuando te vi por primera vez, juré que estaba viendo a la reina Anfítrite frente a mí.

Colocó la mano de Maris sobre su pecho; su corazón latía con fuerza mientras sus profundos ojos oceánicos la observaban.

No había rastro de segundas intenciones ni de mentiras.

En su mirada había una adoración sincera, una que ella no sabía que necesitaba.

Con su mano libre, Maris recorrió la pequeña cicatriz en su rostro y acomodó un mechón suelto de su cabello color aguamarina detrás de su oreja.

Por alguna razón, un instinto de protección hacia ese hombre surgió desde lo más profundo de su ser…

Esto la aterrorizó más de lo que podía expresar.

Isen cerró los ojos, inclinándose hacia esa caricia suave, apretando la mano de Maris con más fuerza contra su pecho.

—Y pensar que he estado buscándote durante décadas… —susurró, abriendo los ojos para perderse en su mirada—. Eres mi princesa perdida, ¿verdá’?

De pronto, los ojos de Isen se abrieron de par en par y, justo cuando estaba a punto de girarse, el sonido de un vidrio rompiéndose resonó por toda la pequeña sala. Maris jadeó y se volvió hacia la puerta, mientras Isen se ponía de pie, petrificado.

Melvian estaba de pie en la entrada. Ira ardía en su mirada.

—¡Melvian! —Isen soltó una risa nerviosa e incómoda.

—Buenas tardes, capitán Hurley —las palabras de Melvian estaban cargadas de veneno mientras su mirada pasaba de Isen a Maris, suavizándose al posarse en su amiga—. Buenas tardes, Maris.

—Melvian… —Isen parecía un manojo de ne rvios—, no es lo que crees.

Los ojos de Maris se abrieron de golpe. «¿Qué? ¿Cómo?». Giró la cabeza tan rápido entre Isen y Melvian que casi se la torció.