16. Capítulo 16
M aris hacía todo lo posible por prestar atención a la reunión, pero el sabor de Valda aún persistía en su lengua, y su aroma saturaba todos sus sentidos.
Incluso ahora, sentada a su lado, sin moverse ni coquetear, Maris tenía unas ganas terribles de apretarle el muslo bajo la enorme mesa.
Sin embargo, había recibido instrucciones claras: debía prestar atención, observar el lenguaje corporal de los presentes y anotar información importante para discutirla más tarde.
Después de las lecciones de natación —que terminaron exactamente como ella había esperado—, Valda había convocado una reunión con los consejeros y asesores del reino. A diferencia de Arwin, estos asesores llegaron listos para defender sus posturas.
El primero en hablar fue Angus Taskon, un hombre de mediana edad con un bigote plateado exageradamente espeso.
Informó con rapidez que las cosechas de esta temporada habían sido abundantes en las ciudades del norte, pero no tanto en las del sur.
Anunció un plan para ayudar al sur que, curiosamente, no incluía nada sobre reducir los impuestos.
Valda le agradeció su trabajo y su supervisión, mientras él mantenía la cabeza baja, aceptando los elogios.
Cuando terminó, volvió a sentarse con una sonrisa satisfecha en el rostro.
El siguiente tema fue la educación. Una mujer se puso de pie y saludó a Valda con el mayor de los respetos.
Lyra Lever, una maestra retirada de unos sesenta años, expuso los programas que deseaba implementar en todo el reino durante los próximos años.
Detalló un plan para integrar más lectura y escritura desde edades tempranas.
Primero, imprimirían tantos libros como fuera posible, los distribuirían por las aldeas, asignarían un maestro a cada escuela e invertirían en materiales para los niños más pequeños.
Para los siete años, todo celestino debería saber leer.
Su argumento era simple: ya era hora de avanzar.
Si algo tenía claro Maris, era que los celestinos eran vistos como bárbaros.
No como los vulcanianos, pero cerca. Valda aprobó el plan y pasó al siguiente tema.
Vivienda e infraestructura.
Un hombre joven, de unos treinta años, se levantó de su silla y se acomodó las mangas, arremangándoselas hasta los codos.
Una táctica evidente para parecer más maduro.
Maris soltó una risita y Valda se inclinó hacia ella para preguntarle qué era tan gracioso.
Cuando Maris le dio una descripción detallada del secretario de vivienda e infraestructura, Valda resopló y se recostó en su silla, nada impresionada.
Dristan Sato estaba nervioso. Su voz temblaba mientras se dirigía a Valda y explicaba que el presupuesto no era suficiente para llevar a cabo lo que tenía en mente.
Habló de la necesidad de construir casas mejores y más resistentes, capaces de soportar los tornados y las tormentas de arena del reino.
También mencionó la última audiencia y cómo Eyphah Hurley había suplicado por mejores materiales para que los mareños pudieran construir sus propios hogares.
Maris anotó todo, sintiendo una punzada de culpa. Ella estaba bajo la protección de Valda. Estaba a salvo, con comida y un techo, mientras otros mareños allá afuera luchaban por sobrevivir. Las cosas debían cambiar y rápido.
El consejero de presupuesto se levantó de su silla con evidente enojo. Hadeon Lain era un hombre mayor, de cabello plateado y ralo, con una actitud desagradable. Exigió que Dristan le cediera la palabra. Cuando alzó la voz, Valda puso fin a la discusión de inmediato, golpeando la mesa con la mano.
Maris resopló y se recostó para observar a la reina hacer lo que mejor sabía.
—Lain —comenzó Valda, con la voz baja y densa—. ¿Por qué estás interrumpiendo a Sato?
Hadeon tragó saliva con dificultad.
—Este nene…
—¡Este nene tiene nombre! —gruñó Dristan.
—Su Alteza, Sato quiere más dinero para vivienda cuando ya sabemos que le estamos exigiendo demasiado a nuestra gente.
Según el informe de seguridad del general Arwin, estamos al borde de una guerra civil total, y todo nuestro presupuesto debería destinarse al ejército y a la seguridad —dijo Hadeon mientras levantaba sus informes—. Estos invasores…
—Sobrevivientes —corrigió Valda, cerrando el puño derecho y apoyando los nudillos blancos contra la mesa.
—Sobrevivientes —murmuró Hadeon—. ¿No cree que están pidiendo demasiado?
—No —respondió Valda con sencillez—. Están trabajando y aportando a este reino tanto como tú, Lain.
Creo que merecen vivir con dignidad. Después de la última audiencia, ya no puedo ignorar sus necesidades como lo hizo mi madre.
Su reclamo por impuestos más bajos no caerá en oídos sordos.
Viven en mi reino, y si necesitan una casa para empezar de nuevo, ¿quién soy yo para negársela?
Maris inhaló profundamente y asintió sutilmente.
—Pero, Su Alteza, yo…
—Ya hablé con el general Arwin sobre el presupuesto del ejército —lo interrumpió Valda—.
He llegado a la conclusión de que estamos invirtiendo demasiado en él.
Quiero un informe en manos de mi asistente mañana.
Quiero un plan de cómo dividirás el presupuesto del reino para cumplir con lo que Sato propone sin subir los impuestos a los mareños ni a nuestra gente.
—La mano de Valda se relajó—. De hecho… —apoyó la palma abierta sobre la mesa y respiró hondo—, quiero ver qué tan viable es reducir los impuestos.
—¿Cómo que… qué? —exclamó alguien.
—Lain —Valda mostró los dientes en una sonrisa vacía—, quiero ese informe mañana. Hasta entonces, la reunión ha terminado. Los veré a todos la próxima semana.
Los consejeros se levantaron y abandonaron la sala de reuniones, todos excepto Dristan, que permaneció inmóvil hasta que Maris lo notó. Se frotó las manos antes de pasarlas por su cabello.
—Mi reina, si me permite… —llamó Dristan.
Valda acababa de desplegar su bastón cuando se giró hacia Dristan.
—Sato. ¿En qué puedo ayudarte?
El hombre se aclaró la garganta y lanzó una rápida mirada a Maris antes de dirigirse a la reina.
—Solo quería darle las gracias, Su Alteza —dijo, con la voz temblándole de nervios—.
Quería saber si podría presentarle un plan detallado sobre las ideas de vivienda que he estado desarrollando, así como sobre los caminos y las calles de nuestro reino.
Creo que ya necesitan una mejora y estaría más que dispuesto a ayudar .
Maris observó el aspecto joven y un tanto desaliñado de Dristan.
Era atractivo, como muchos celestinos, alto como un árbol y con un aire juvenil que la hizo apartar la mirada.
En cuanto sus ojos se posaron en Valda, el recuerdo del aspecto de Dristan se desvaneció.
Valda era más alta que él, con esa deliciosa combinación de belleza femenina y porte imponente.
Maris no pudo evitar sonreírle mientras la reina extendía el brazo y asentía.
—Mañana. Busca a Maris y entrégaselo a ella. Yo lo revisaré y luego tomaré una decisión.
Dristan soltó el aire que había estado conteniendo y agarró el antebrazo de Valda con un apretón firme.
—Cuente con ello, mi reina. ¡Gracias! —Su sonrisa podía iluminar toda la sala. Inclinó la cabeza ante Valda y luego ante Maris antes de darse la vuelta para marcharse.
Maris mantuvo la mirada fija en él hasta que abrió la puerta. Al salir, Dristan chocó con alguien, inclinando la cabeza en señal de disculpa antes de continuar su camino.
Entonces entró el hombre más apuesto que Maris había visto en toda su vida.
Tan alto como Valda, llevaba el largo cabello color aguamarina recogido en un moño suelto sobre la cabeza.
Su piel era tan pálida como la luna, y sus ojos del azul más oscuro que Maris hubiera visto jamás.
Vestía una túnica oscura que realzaba el tono cremoso de su piel, con pequeños detalles plateados a lo largo de un cuello alto, a juego con los botones del frente.
Llevaba pantalones blancos y botas negras atadas alrededor de sus pantorrillas gruesas.
Sus pasos resonaron en la sala de reuniones mientras se acercaba a ellas; su rostro inexpresivo excepto cuando sus ojos se encontraron con los de Maris.
Entonces, sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa suave, a modo de saludo cordial.
Las mangas de su túnica le llegaban hasta los codos, dejando al descubierto una serie de tatuajes azules en sus antebrazos tonificados. Los diseños parecían olas del océano rompiendo contra rocas. En su muñeca llevaba varios brazaletes de cuentas negras y un caracol amarillo.
Al estar lo suficientemente cerca, entrelazó las manos detrás de la espalda y se irguió, con la mirada fija en un punto indefinido de la pared.
—Mi reina, le habla el capitán Isen Hurley. Me dijeron que necesitaba verme.
La mandíbula de Maris se aflojó. ¿Era capitán? ¿Del ejército celestino? Sus ojos fueron de Isen a Valda, esperando que sus sospechas se confirmaran.
—Saludos, capitán —dijo Valda, extendiéndole el brazo.
Isen tomó la mano de la reina y la estrechó con firmeza antes de que Valda le ofreciera asiento .
—Capitán Hurley, lo mandé a llamar para pedirle un favor bastante personal. Espero que no le moleste.
Él sonrió, mostrando unos dientes blancos y perfectos.
—Vivo pa’ servir al reino que me dio una segunda oportunidad y también a usted, mi reina.
Valda rió suavemente y se giró hacia Maris, indicándole que se sentara también.
—Capitán Hurley, quiero que conozca a mi asistente personal.
Maris le dedicó una sonrisa radiante al capitán, con los ojos brillándole de asombro.
—Maris Era —dijo, soltando una risa nerviosa mientras se alisaba el vestido con las manos—. Es un placer conocer a otro mareño.
Toda la actitud de Valda cambió de inmediato. Sus ojos se abrieron mientras se giraba hacia Maris, frunciendo el ceño con preocupación. Antes de que Maris pudiera decir algo, Isen la saludó de manera formal, colocando el puño sobre su pecho e inclinándose.
—Un placer, señorita Era.