15. Capítulo 15 #4
Maris la tomó del codo y la guió hasta el borde de la piscina. Valda salió del agua y se sentó con las piernas colgando, salpicando distraídamente. Maris la imitó y se sentó a su lado.
—Los informes decían que murieron cuando el castillo colapsó sobre ellos.
—¿Todos?
—Sí. El rey, la reina y su hija. Sus estructuras no resistieron el huracán.
Maris frunció el ceño y volvió a mirar el agua.
—¿Quién redactó ese informe?
Valda ladeó la cabeza.
—El general Arwin.
—Mmm… —El labio superior de Maris se crispó.
—Sé que no te cae bien.
Arwin era el general de Valda, su mano derecha. Y aunque días atrás había estado a punto de estrangularlo, seguía siendo alguien mucho más cercano a la reina de lo que Maris jamás sería.
—No he tratado lo suficiente con él como para formarme una opinión —respondió con cuidado.
—¿Pero…?
Maris dudó. Hablar mal de Arwin podía meterla en problemas. Sabía que Valda tampoco sentía simpatía por él, pero seguía confiando en su criterio como general.
—Estaba con mis padres en la Plaza de Ofelia durante un Festival patronal.
Arwin se acercó… y mis padres parecían aterrados.
No recuerdo qué se dijeron, pero daba la impresión de que él no quería que yo estuviera allí.
Y después de eso, ese mismo día, mi padre desapareció.
Y mi madre perdió la cordura. Dijo que su vínculo se había roto, que él había muerto… pero nunca supimos nada más de él.
Maris tragó saliva, tocando las bandas del collar que colgaban sobre su pecho .
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces? —preguntó Valda con suavidad.
—Tenía doce años. Así que… casi nueve años.
Valda se removió incómoda.
—Fueron años duros para muchos. Las revueltas en Umbriel empezaban entonces. Y también mi entrenamiento como guerrera, bajo Arwin.
—¿Tan joven?
—Él diría que no. Quiso empezar antes. Mi mamá no se lo permitió. Aun así, me despertaba antes del amanecer y me hacía correr cinco millas solo para calentar.
—Vaya… —Maris se abrazó las rodillas y apoyó la barbilla en ellas—. Eso es un poco abusivo, ¿no crees?
Valda rió suavemente y negó con la cabeza.
—Fue duro —dijo, recostándose hacia atrás, dejando al descubierto su abdomen y sus piernas—, pero creo que salí bastante bien.
Maris puso los ojos en blanco y apartó la mirada, con las mejillas ardiendo. Ahí estaba otra vez. Ese descaro que rompía la coraza de Valda. A veces se preguntaba si era la única que veía ese lado de la reina. ¿Otras doncellas lo habrían visto también?
Los celos la atravesaron al imaginar a Valda coqueteando con alguien más. Los enterró de inmediato, empujándolos al fondo de su mente.
—¿Caracol?
La mirada de Maris subió desde los abdominales tensos de Valda hasta su rostro.
—¿Mmm?
—¿A ti te gustó?
—¿La piscina? Sí. Es mágica. Mi hombro está completamente curado.
—No me refiero a la piscina, Maris.
Valda bajó su voz mientras apoyaba el dorso de la mano sobre el muslo de Maris.
Maris se dio cuenta, una vez más, de lo adictiva que era la forma en que Valda decía su nombre. Cada sílaba le erizaba la piel.
—¿Entonces qué?
Valda inhaló profundamente y se acercó más, sus dedos recorriendo con lentitud el muslo de Maris.
—Nosotras.
—¿Me estás preguntando si disfruto tener sexo contigo?
Valda asintió, tensando la mandíbula.
Maris se humedeció los labios.
—Creo que mis gritos de anoche fueron prueba suficiente.
Valda pareció satisfecha, pero la intensidad de su expresión no se suavizó.
—Yo no voy a parar, Maris. No creo que lo haga. Puede que no sepa en qué me estoy metiendo al acostarme contigo, pero… no me importa.
—Yo…
—No, déjame explicarte. —Incorporándose, Valda apretó el muslo de Maris para que se callara—.
Cuando tenía dieciséis años, le pregunté al Oráculo cuándo conocería a mi pareja.
No fui lo suficientemente inteligente como para especificar a cuál, si a mi pareja del alma o del corazón.
Dijeron que la conocería el día de mi vigésimo quinto cumpleaños.
Esperé nueve largos años, solo para que...
—hizo un gesto hacia su rostro—, me pasara esto.
No quería una pareja del corazón, Maris.
Pero ahora solo puedo esperar al menos conseguirla.
—Valda... —Tragando saliva, Maris agarró la mano de Valda y la apretó—. Yo no quiero...
—Lo sé. Lo sé, lo entiendo, y créeme que cómo lo entiendo. Pero no niegues que hay algo entre nosotras porque puedo sentirte, puñeta. Puedo saborearte, y tú... —dijo Valda con un resoplido—, sabes a que estás hecha para mí.
—Valda. Tú eres la reina. Yo soy solo una doncella.
—Sí. Pero…
—Te di una bofetada.
—Sí y mira cómo terminamos —sonrió. —¿O niegas la atracción?
Maris negó con la cabeza.
—No lo negaré.
—Bien —dijo Valda. —Ahora, bésame.
La orden fue firme, pero llena de anhelo.
Respirando hondo, como si estuviera a punto de saltar de nuevo a la piscina, Maris se arrodilló y acunó el rostro de Valda.
Apretó sus labios contra los de la reina en un beso suave y casto, mucho más cariñoso que hambriento.
El miedo se encendió en el corazón de Maris como una linterna en la oscuridad al pensar que ya estaba demasiado involucrada en sus sentimientos por la reina.