15. Capítulo 15 #2
—Valda… —Maris frunció los labios y le apretó la mano con firmeza.
—Está bien… —cedió Valda co n un suspiro resignado, regresando lentamente a la mesa.
Maris aprovechó para guardar el violín y, por fin, vestirse.
Eligió un vestido fluido, largo hasta el suelo, de tela ligera y vaporosa.
Las mangas eran largas y sueltas, cayendo hasta las muñecas, y el corpiño ajustado resaltaba sus curvas.
No tenía estampados ni adornos elaborados; era de un azul desgastado, sencillo y cómodo. Justo lo que necesitaba.
Mientras regresaba a la mesa, se pasó los dedos por el largo cabello ondulado y se sentó para terminar su desayuno.
Durante un rato, un silencio se instaló entre ambas, hasta que Valda lo rompió:
—Nunca te quitas el collar —comentó, mojando un trozo de pan en su café—. ¿Tiene valor sentimental?
Maris relamió sus labios para quitar los restos de miel antes de llevarse la mano al cuello y luego al pecho, encontrando los anillos que colgaban del collar.
—Sí.
No pensaba explicar nada más, pero el silencio expectante la empujó a continuar:
—Son los anillos de boda de mis padres —añadió, antes de dar un largo sorbo a su café.
—¿Parejas del corazón? —preguntó Valda, tomando otro trozo de pan y ofreciéndoselo a Cerbera.
—Almas gemelas —corrigió Maris, tragando saliva con dificultad. Mojó un trozo de pan en miel y le dio otro mordisco.
El silencio se volvió pesado, casi ensordecedor, hasta que Valda volvió a hablar.
—¿Por qué no quieres una pareja? ¿Tienes una oculta en algún lugar, Maris?
La vacilación en la voz de Valda era evidente, y Maris no pudo evitar sonreír.
—No. Nada que ver —respondió—. Además, aún no tengo veintiún años, así que no he conocido a la mía.
Su mirada se deslizó hacia Valda, que acariciaba la cabeza de Cerbera después de darle un trozo de pan.
—No creo que pudiera soportar ser la pareja del corazón de alguien y que luego esa persona encontrase su pareja del alma… o que yo terminara haciendo lo mismo.
Valda asintió, pero la tensión en su mandíbula no pasó desapercibida.
—Supongo que tú tampoco has conocido a la tuya —añadió Maris.
La leve curvatura de los labios de Valda la tomó por sorpresa. Disimuló un puchero mordiéndose el labio inferior.
—Habría jurado que tú y el señor Kayden eran casi almas gemelas.
Por fin lo había dicho. Solo esperaba no haber sonado como si estuviera a punto de vomitar de celos.
Valda soltó una risa suave y negó con la cabeza.
—Por los dioses sagrados, claro que no.
Maris dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
—Kayden es mi mejor amigo. Nada más —dijo Valda antes de tomar su café—. Aunque a veces puede ser un verdadero fastidio.
Se burló.
—Jamás me aparearía con alguien como él —murmuró, más para sí misma que para Maris—. Y además es un hombre. No me atraen los hombres.
«Por supuesto».
Maris negó con la cabeza. ¿Por qué le importaba? ¿Por qué le preocupaba que Valda tuviera pareja?
Tal vez porque, muy en el fondo, aunque no fueran almas gemelas, existía una mínima posibilidad de que pudieran ser pareja del corazón… y eso la aterrorizaba.
La sonrisa distraída que curvaba sus labios se desvaneció al darse cuenta de lo que estaba pensando: en ser pareja de la mujer sentada frente a ella.
Valda era una reina. Fuerte. Importante. Era… alguien.
—¿Has tenido amantes? —preguntó Valda con los ojos cerrados, llevándose a la boca la última fresa.
Maris frunció los labios, pensativa.
—Sí… he tenido amantes antes, pero nada serio.
«Algo así como ahora, ¿no?».
—Yo tampoco —dijo Valda al terminar su desayuno, recostándose en la silla y limpiándose las manos en los pantalones.
Sin saber si Valda quería seguir con la conversación, Maris guardó silencio mientras comía su avena, haciendo más ruido del necesario con el tazón, como si así pudiera evitar hablar de su pasado y del tema de las parejas.
—¿Y bien? —La voz firme de Valda rompió el breve silencio—. ¿Vamos a las piscinas o no?
«¡Las piscinas! ¡Claro que sí!»
Maris se levantó de un salto, de forma poco elegante. La sola idea de sumergir los pies en las aguas de su reino la atraía como si nunca hubiera visto agua en su vida.
—Vámonos. Estoy cansada de estar sentada.
Sin pensarlo, agarró a Valda del brazo y la sacó de la habitación. Mientras avanzaban por el gran salón, Valda le describió el camino hacia las piscinas interiores. Ignorando las miradas divertidas de los guardias junto a la puerta, Maris prácticamente arrastró a la reina.
Tras un par de giros, llegaron.
Maris empujó las grandes puertas de cristal y se quedó sin aliento al entrar en la cámara oculta.
Era un auténtico paraíso acuático.
Las paredes estaban adornadas con conchas iridiscentes que brillaban como escamas, y el suelo, pavimentado con rocas lisas y claras, evocaba la sensación de una playa.
Al fondo de la cámara, una pequeña cascada descendía desde un saliente rocoso. Su murmullo, una melodía constante que erizaba la piel de Maris.
El agua caía en una gran piscina rectangular que ocupaba casi toda la estancia. Era de un turquesa cristalino, rodeada de conchas marinas, corales y madera flotante dispuestos con cuidado para crear un ambiente natural.
En la esquina derecha, una piscina circular más pequeña invitaba con sus aguas templadas. El vapor que se elevaba de ella tenía un suave aroma salino.
Maris se imaginó hundiéndose allí, dejando que el calor aflojara la tensión de sus músculos mientras contemplaba la claraboya en forma de estrella.
—Si quieres, podemos empezar por la piscina pequeña —dijo Valda—. No quiero que te ahogues.
—¡Valda! ¡No empieces! —Maris hizo un puchero y soltó su mano mientras Valda reía.
—Cierra las puertas.
Maris respiró hondo y miró a Valda, luego a las puertas de cristal.
Antes de que pudiera preguntar para qué servían, Valda le explicó que se empañarían en cuanto se cerraran.
Nadie podría ver el interior de la habitación.
Maris se sintió aliviada al saber que no haría el ridículo frente a los transeúntes ni a los guardias del castillo.
Cuando las puertas se cerraron con un fuerte clic, Maris se giró y vio a Valda quitándose la blusa amarilla. Las fajas que llevaba eran blancas, al igual que su ropa interior. Mientras Maris volvía a recorrer con la mirada el cuerpo de Valda, la voz de la reina resonó en la cámara.
—Quítate la ropa.
Fue una orden que Maris no pudo ignorar del todo.
—¿Toda? —preguntó, al notar que Valda aún conservaba la ropa interior.
Valda giró el rostro hacia su voz y se encogió de hombros.
—Tú eliges .
Maris se apartó de ella y se quitó el vestido, quedándose con sus fajas oscuras y la ropa interior a juego con la de Valda. Luego dobló el vestido con cuidado y lo colocó sobre una mesita junto a las puertas.
—Necesito tu ayuda —dijo Valda—. Llévame a la cascada más pequeña. Hace mucho que no vengo y no recuerdo bien dónde está todo.
—¡Por supuesto!
Maris corrió hasta ella, le tomó la mano callosa y la guió con cuidado hacia las cascadas. Valda se colocó bajo el chorro constante; la ropa interior blanca se le pegó al cuerpo, revelándolo todo ante la mirada hambrienta de Maris.
Maris la observó sin poder apartar la vista mientras Valda se pasaba los dedos por el cabello, empapándolo por completo.
—Si no me equivoco, a la izquierda está la parte menos profunda, con unos escalones, ¿verdad?
Maris se giró para confirmarlo.
—Sí. ¿Te llevo?
—Si me permites.
Maris asintió, volvió a tomar la mano de Valda y la condujo hacia los escalones blancos de la piscina. Valda fue la primera en entrar. Maris se aseguró de que no tropezara ni resbalara. Cuando por fin estuvo dentro, el agua le llegaba hasta la cintura.
—Entra.
El agua parecía prístina, clara, casi invisible. De no ser por las ondas que se formaban cuando Valda se movía, Maris habría pensado que la piscina estaba vacía.
Respirando hondo, bajó los escalones con las rodillas temblorosas.
«Vamos, Maris. Tú quieres esto. Puedes hacerlo».
Dio un paso. Luego otro. Y otro más.
Su mano temblorosa se aferró al antebrazo firme de Valda y un sollozo se le escapó del pecho.
Aquello era algo que había deseado desde que sus padres le habían hablado de su adopción, desde que le habían dicho que venía del Reino del Mar y que era natural que anhelara estar cerca del agua. Todo se sentía irreal, demasiado intenso. No podía controlar sus emociones como solía hacerlo.
El agua le llegaba por debajo de los pechos, empapándole la ropa interior y las puntas del cabello. La salinidad era como una manta cálida que la envolvía con suavidad.
Antes de que pudiera abandonarse a esa sensación, Valda la estabilizó rodeándole la cintura con un brazo fuerte y sosteniéndola con firmeza. Al avanzar hacia la parte más profunda, Maris notó que sus pies dejaban de tocar el fondo. Contuvo la respiración y rodeó el cuello de Valda con sus brazos.
—Valda, espera un segundo —dijo, estremeciéndose mientras se aferraba a ella.
—¿Está muy fría el agua?
—No, es que yo…
Maris cerró los ojos con fuerza y enganchó las piernas alrededor de las caderas de Valda, aferrándose a ella con todo su cuerpo, temblando.
—Tengo miedo.
Y eso se quedaba corto.
No solo estaba asustada; estaba avergonzada.
«Una mareña que no sabe nadar».
Si no aprendía pronto, cargaría con eso durante años. ¿Y si nunca aprendía? ¿Y si simplemente no podía?
—Está bien tener miedo. No te voy a soltar a menos que tú quieras.
—No puedo tocar fondo —dijo Maris, clavándole las uñas en los hombros.
—Yo sí puedo. No te preocupes. Yo te aguanto —respondió Valda, agarrándola por el muslo con la otra mano—. No te voy a soltar.
Por la forma en que Valda se aferraba a ella y por cómo su rostro se inclinaba como si pudiera verla, Maris supo que no se refería sólo a la piscina.
—Voy a meterme un poco más en lo profundo. ¿Te parece bien? —preguntó Valda.