La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 15. Capítulo 15
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15. Capítulo 15

U nas patas pesadas presionaban su pecho, amasándola, asfixiándola. Luego, una breve pausa, seguida del impacto seco de una cabeza estrellándose contra su rostro.

Maris despertó de golpe y se encontró con un par de ojos amarillos mirándola fijamente.

Aún aturdida, oyó la voz apagada de Valda poner fin a una conversación justo antes de que la puerta se cerrara. Cuando escuchó pasos acercándose, Cerbera volvió a abalanzarse sobre ella y le golpeó la cara con la cabeza, reclamando su atención una vez más.

—¡Cerbera, me estás aplastando! —gimió Maris, palmeando los flancos de la gata para convencerla de que se apartara.

—¡Cerbera! ¡Bájate! —ordenó Valda.

La gata negra se tensó y salió disparada hasta los pies de la cama, alzando la cabeza justo a tiempo para recibir un leve golpe de la mano extendida de Valda.

—No dejes que se te suba encima así —añadió—. Te va a matar mientras duermes.

—Ay, por favor —bufó Maris—. Parece aterradora, pero apuesto a que es bien blandita.

—No estoy tan segura de eso.

Valda vestía una camisa amarilla sin mangas que acentuaba la fuerza de sus brazos y su piel bronceada.

Unos pantalones ajustados cubrían sus largas y musculosas piernas, dejando muy poco a la imaginación.

Iba descalza, con el cabello apenas acomodado con las manos.

El resplandor del amanecer le sentaba peligrosamente bien, y Maris no pudo evitar sonreír, orgullosa —y un poco culpable— de su obra.

—Buenos días —saludó Maris, apartando las sábanas y sentándose en la enorme cama.

Cerbera regresó de inmediato y se acomodó en su regazo, aceptando complacida todas las caricias.

Valda sonrió y curvó un dedo, invitándola a acercarse.

—Ven a comer —dijo, usando los hilos como guía para sentarse a la pequeña mesa.

—¿Otra vez? ¿Eres insaciable? —sonrió Maris, jugueteando con los largos y finos pelos de la cola de Cerbera.

—Maris… —advirtió Valda, aunque no pudo ocultar la sonrisa burlona—. Ven a desayunar.

Maris puso los ojos en blanco. Evidentemente, Valda no estaba de humor para bromas. Se levantó de la cama, no sin antes acariciar con suavidad a Cerbera. La gata ocupó todo el espacio que su enorme cuerpo le permitió mientras Maris se dirigía al armario.

Como asistente de Valda, no tenía que usar el uniforme de criada, pero al abrir el vestidor sintió un nudo en el estómago al ver su ropa junto a la de la reina. Sus vestidos de lino, gastados por el uso, contrastaban de forma casi obscena con las prendas impecables de Valda.

¿Era prudente tener su ropa en el mismo armario?

—No necesitas vestirte todavía —dijo Valda antes de dar un sorbo a su café.

—¿Quieres que desayune desnuda? —preguntó Maris, arqueando una ceja.

—No es que vaya a disfrutarlo —replicó Valda mientras tomaba una fresa y se la llevaba a la boca.

Maris no discutió. Se sentó frente a ella y tomó un trozo de salchicha, agitándolo distraídamente. Cerbera alzó la cabeza, olfateó el aire y salió corriendo hacia Valda. Tomó la salchicha y desapareció rumbo a la sala de estar.

—¿Cuánto tiempo llevas despierta? —preguntó Maris.

—No mucho. ¿Quizá una hora? —respondió Valda, metiendo la mano en el bolsillo—. Te traje algo.

Maris estaba a punto de llevarse una cucharada de avena a la boca cuando la curiosidad la detuvo.

—¿Qué?

Valda sacó una pequeña caja y la colocó con cuidado sobre la mesa.

—Toma.

Maris apartó el tazón, clavando la mirada en el regalo.

—¿Qué es esto?

Valda sonrió.

—Ábrelo.

Maris arqueó una ceja al tomar la caja. Dentro había innumerables hilos plateados, brillando con los rayos del sol matutino reflejados en ellos. Contuvo el aliento. Alzó la vista hacia Valda —que sonreía— y luego volvió a mirar los hilos.

—¿Son…?

—Dijiste que necesitabas cuerdas —explicó Valda—. Envié un mensajero para que me las trajera. Sé que hay muchos tipos, materiales y calibres. Espero que estas sirvan para tu instrumento.

Al no recibir respuesta, frunció el ceño.

—¿Maris?

Maris abrió la boca, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta. La sonrisa de Valda, pequeña pero sincera, seguía ahí. Parecía orgullosa. Feliz.

Con eso podría volver a tocar su violín, el instrumento que había dejado de lado durante demasiados años para su gusto.

Con un suspiro tembloroso, cerró la caja.

—Muchísimas gracias.

Valda se tensó.

—¿Estás llorando?

—Hace cinco años que no toco el violín…

—¿Tienes miedo de haber olvidado cómo tocar?

—Espero que no. Si lo hubiera hecho… —Maris se secó las lágrimas y negó con la cabeza—. Dioses, si olvidé lo que mi mamá me enseñó… —soltó una risita nerviosa antes de volver a tocar la caja—, probablemente me encuentre con ella en su próxima vida y me dé una bofetada.

—Estoy segura de que aún lo recuerdas —dijo Valda con tono tranquilizador—. Mira a ver.

Se inclinó hacia adelante.

—Tócame algo… —una sonrisa radiante se dibujó en sus labios rosados—, por favor.

Un cosquilleo le consumió el estómago.

¿Tocar para Valda?

«Te consiguió las cuerdas para algo, Maris. Dale».

—Está bien. Déjame buscar el violín y prepararme —dijo, soltando una risa entrecortada antes de correr al armario y sacar el estuche gastado del violín.

Valda giró el rostro en su dirección, siguiendo el sonido de sus pasos.

Mientras Maris se arrodillaba, Cerbera, curiosa como siempre, se acercó, olfateó el estuche y luego golpeó el violín con la cabeza mientras ella lo sacaba.

Maris rió entre dientes y le devolvió el gesto, jugando a empujarla con suavidad.

Pero la gata terminó dejándose caer a su lado y estirándose, ocupando más espacio del razonable para cualquier felino.

Maris no pudo evitar detenerse para acariciarle la barriga.

—Creo que tu gata se ha convertido en mi gata.

Valda rió entre dientes.

—Tendré que poner un límite, Caracol. Nadie me quita a Cerbera.

Maris sonrió, deslizando los dedos por su pelaje antes de darle una última caricia.

—Vuelve con tu mamá. No quiero que se enoje conmigo.

Cerbera negó con la cabeza y emitió un suave trino, pero se incorporó cuando Valda la llamó. Caminó con calma hasta ella, se subió a su regazo y la reina soltó un leve gruñido complacido.

A Maris siempre le hacía gracia que una criatura tan imponente decidiera ser un gato faldero. Cerbera era más grande que cualquier felino que hubiera visto jamás; si se irguiera sobre sus patas traseras, estaba segura de que podría alcanzarle el estómago.

Ya sin distracciones, Maris colocó las cuerdas nuevas en el violín y comenzó a afinarlo, ajustando con cuidado hasta que el sonido quedó perfecto.

—Muy bien… ¿estás lista? —preguntó, apoyando el violín sobre el hombro y acomodando la mandíbula mientras sostenía el arco con la otra mano.

—Métele—respondió Valda, apoyando su codo en la mesa y la barbilla en los nudillos mientras acariciaba la cabeza de Cerbera.

Maris respiró hondo, cerró los ojos y deslizó el arco sobre las cuerdas impecables del violín.

Una melodía suave llenó el silencio de la gran cámara, resonando contra las paredes de piedra. Al principio, Maris permaneció inmóvil, construyendo el tema a partir de fragmentos de las canciones que su madre le había enseñado años atrás.

Con una leve torpeza inicial, comenzó a tejer la música sobre la marcha. Las primeras notas eran luminosas y alegres, dibujando la imagen de un prado soleado, con flores balanceándose al ritmo de una brisa. Sus dedos danzaban con destreza y emoción, dando vida a la melodía.

Valda cerró los ojos, reclinada en la silla, mientras Cerbera la observaba en silencio.

Poco a poco, la música cambió. Se volvió más oscura, más profunda y la interpretación de Maris ganó intensidad.

Las notas se cargaron de añoranza y tristeza, mientras los recuerdos de su madre inundaban su mente: las tardes interminables enseñándole a sujetar el arco, a colocar el violín sobre el hombro, la calidez de sus manos guiando las suyas a través de cada nota.

Los recuerdos de su padre tampoco se quedaron atrás.

Él, sentado en la sala de estar de su casa, observándola con una sonrisa orgullosa mientras ella tocaba.

El ritmo se aceleró y la música adquirió una urgencia palpable.

Los dedos de Maris se movían a una velocidad increíble; la melodía subía y bajaba como olas rompiendo contra una orilla rocosa.

Con un último gesto, Maris detuvo la música poco a poco, dejando que las notas se desvanecieran en el aire.

Bajó el violín.

Cuando alzó la mirada, se encontró con Valda.

Sus inquietantes ojos blancos parecían fijos en ella, como si atravesaran la música y alcanzaran algo más profundo, algo íntimo.

Maris se apartó de inmediato, desviando la mirada, escondiéndose de la reina.

Se sintió vista, expuesta y no se sentía preparada para tanta vulnerabilidad… no con Valda.

Valda dio una palmada suave en la espalda de Cerbera antes de levantarse de la mesa. Dio un par de pasos inseguros hacia Maris. Evitarla era imposible.

Extendió la mano, le tomó el antebrazo y la atrajo hacia ella.

Maris esperaba palabras. No esperaba que Valda la rodeara con sus fuertes brazos y la estrechara en un abrazo firme, profundo, necesario. La mano de Maris quedó apoyada en su espalda, los ojos abiertos por la sorpresa, mientras Valda la acercaba aún más, presionando su cuerpo contra el suyo.

Maris se derritió, apoyando los labios contra su hombro tenso.

Le ardían los ojos, pero tragó saliva con fuerza y contuvo las lágrimas.

—Eso fue hermoso —susurró Valda contra su sien.

Las mejillas de Maris se encendieron. Alzó la mirada y se sonrojó aún más cuando Valda apoyó la frente contra la suya, mientras su mano se deslizaba hasta sujetarle la cintura con una intimidad que le robó el aliento.

Antes de que las emociones la desbordaran, Maris le dio una palmada suave en la espalda y se apartó.

—Me dijiste que hoy me llevarías a la piscina —dijo, retrocediendo un paso y apartando la mano de Valda—. Será mejor que terminemos de desayunar. Si seguimos así, podríamos quedarnos aquí todo el día.

—No me parece mala idea.