La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 14. Capítulo 14 #4
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14. Capítulo 14 #4

Gimiendo, Maris no pudo contenerse más. Un grito escapó de sus labios mientras sus manos forcejeaban con el reposacabezas, inclinando su cuerpo para encontrarse con la boca hambrienta de Valda.

No pudo resistir la tentación de aferrarse a su cabello oscuro, manteniéndola firme mientras mecía sus caderas, frotando su clítoris hinchado contra su lengua experta.

Su excitación la estaba destrozando, pero no le importaba.

—¡Puñeta, Valda! —jadeó Maris al sentir la presión acumulada en su cuerpo. La risa profunda y retumbante de Valda la recorrió, provocando escalofríos por toda su columna. Las manos de Valda en su espalda baja y muslos solo la acercaban más al borde, y Maris sabía que estaba a punto de correrse.

Al llegar su clímax, una cálida sensación le recorrió la frente y se le extendió por el cuello y los pechos.

Nunca antes había sentido algo así. Era ardiente, a la vez le hacía cosquillas y, por muy extraña que fuera, Maris no encontraba motivos para temerla.

No pudo contener los gritos que escapaban de sus labios, convirtiéndose en maldiciones hasta ser reemplazados por suaves gemidos de satisfacción.

Las caricias de Valda se intensificaron, anclando a Maris a su rostro hasta que no pudo más.

Maris se desplomó, con los brazos inertes, pero Valda no se detuvo.

Sus lamidas implacables continuaron, acariciando el clítoris de Maris hasta que una segunda oleada de placer la invadió.

Su cuerpo se relajó y Valda se incorporó, deslizando suavemente a Maris hacia abajo hasta dejarla cómodamente tumbada a su lado.

La sonrisa satisfecha de Valda dejó a Maris sin aliento, o tal vez fueron los orgasmos devastadores que acababa de experimentar. —Eres mucho más dulce, Caracol —dijo Valda, lamiéndose los labios con deleite—. Mucho más dulce...

Maris se acercó más y apoyó la cabeza en el pecho de Valda, escuchando los latidos frenéticos de su corazón, sabiendo que ella era la causa.

Valda emitió un rugido de placer y atrajo a Maris aún más cerca, hasta que sus piernas se entrelazaron en un abrazo íntimo.

Cerrando los ojos, concentrándose en la calidez que se extendía a través del contacto, Maris no pudo evitar sentirse posesiva con la reina.

Su mano se aferró a su costado mientras Valda respiraba profundamente y exhalaba con alegría.

Maris no estaba segura de su postura con respecto a Valda.

Eran amantes, no le cabía duda, pero Maris no estaba segura de si ella en algún momento le pediría que fuera su pareja de nuevo.

De cualquier manera, no estaba dispuesta a preguntarle y arruinar lo que fuera que tuviesen.

Disfrutaba de estar con ella, de las disputas, su personalidad difícil, su pasión; disfrutaba de todo.

Simplemente no quería el dolor que conllevaba estar emparejada.

—Lo siento —murmuró Valda, con una voz suave y lenta, con una cadencia que pareció arrullar a Maris hasta dejarla relajada.

—Nunca quise insultar a tus padres o hacerte sentir mal —dijo Valda, cada palabra cuidadosamente medida, pronunciada con una intensidad silenciosa que denotaba un dejo de somnolencia.

Su voz atrajo a Maris, envolviéndola en un cálido abrazo.

Maris admiró la actitud abierta y sin prejuicios de Valda mientras se abría a revelar más sobre sí misma. —Para responder a tu pregunta —comenzó Maris, inclinándose más cerca y presionando su pecho desnudo contra el de Valda—, mi madre me enseñó a tocar el violín.

Valda arqueó una ceja. —¿Tocas un instrumento? ¿Tocarías para mí?

—Hace tiempo que no toco, desde que se rompió —admitió Maris.

—Puedo conseguirte uno nuevo —ofreció Valda.

—No quiero uno nuevo. Quiero el que me regaló mi mamá.

La determinación de Valda era evidente. —Entonces lo arreglaré.

Maris rió entre dientes. —Solo necesito unas cuerdas nuevas.

—Ya. Mañana tendrás tus cuerdas —prometió Valda, moviéndose hacia un lado mientras Maris se recostaba contra ella, apoyando la frente en su mejilla, reconfortada por su presencia. La habitación quedó en silencio y Maris se quedó dormida hasta que Valda volvió a hablar en un tono curioso:

—¿Has conocido a otro mareño?

La mente de Maris corría mientras buscaba en sus recuerdos, pero no recordaba haber conocido a otro mareño excepto a la de la audiencia.

Suspiró, dándose cuenta una vez más de hasta qué punto sus padres la habían mantenido protegida.

—He visto a otros mareños, pero nunca hablé realmente con uno.

Creo que esa mujer de la audiencia fue lo más cerca que he estado de mi gente.

La tensión de Valda era palpable. —Me cuesta entender como tus padres te mantuvieron tan lejos de quién eres. ¿Cuáles fueron sus razones para hacerte esto?

Maris, inquieta, no quería ahondar en su pasado. —No lo sé, pero estoy segura de que tenían sus razones. Supongo... —Se mordió el labio inferior, conteniéndose.

—¿Qué pasa ?

—Mis padres no podían tener hijos. Mi papá me encontró en medio de la destrucción. ¿Quizás tenían miedo de que alguien me reconociera y me llevara? —respondió, con la esperanza de cambiar de tema—. ¿Podemos irnos a dormir, por favor?

Valda exhaló y su tacto se volvió más reconfortante al acariciar la piel de Maris. —Mañana te llevaré a las piscinas y conocerás a otro mareño —dijo Valda, y su promesa arrulló a Maris para que volviera a dormir plácidamente.