La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 14. Capítulo 14 #3
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14. Capítulo 14 #3

Maris quedó cautivada por la vista, como si fuera la primera vez que veía a Valda sin ropa, a pesar de haber memorizado cada línea y cicatriz de su cuerpo.

No pudo evitar mirarla fijamente, completamente hipnotizada por la imponente guerrera que tenía ante ella.

El pecho de Valda subía y bajaba con respiraciones entrecortadas; una mezcla de deseo y frustración llenaba el aire entre ellas.

Las súplicas de Valda para que Maris continuara la anclaron entre sus piernas, sus manos agarrando sus firmes muslos con anticipación. Estaba decidida a hacer que Valda se corriera de nuevo, incluso si eso significara asfixiarse entre sus piernas.

Las manos de Valda se extendieron, agarrando los rizos azul oscuro de Maris y acercándola más. —Dioses, sí, ahí. No te atrevas a parar —jadeó Valda.

Maris gimió mientras su lengua se deslizaba por la abertura de Valda, saboreándola.

El poder y la fuerza que Valda poseía, capaces de matarla con un chasquido de sus dedos, solo aumentaban la excitación de Maris.

Incapaz de contener su deseo, Maris deslizó dos dedos en la humedad de Valda, curvándolos para acariciar ese punto dulce una vez más.

Sus labios se aferraron al clítoris de Valda, provocando y tirando.

Su otra mano presionó contra la parte baja del vientre de Valda, añadiendo más presión, mientras sus gemidos llenaban la habitación.

El cuerpo de Valda respondió con entusiasmo, sus caderas moviéndose al ritmo de las expertas atenciones de Maris, su agarre enredándose en su cabello. La intensidad del momento fue electrizante, y Maris se perdió en las sensaciones, el sabor y los sonidos.

La segunda liberación de Valda llegó rápidamente, mientras su cuerpo se estremecía de placer. Sus manos sujetaron la cabeza de Maris, levantando sus caderas para capear las olas de su orgasmo.

Mientras las ondas menguaban, Maris retiró sus dedos, extrañando la sensación de las paredes de Valda apretándose a su alrededor. Se arrastró hasta la cama, ansiosa por ver el resultado de sus esfuerzos. Quería presenciar cada detalle del placer de Valda.

—Pensé que tendrías más resistencia. Después de todo, eres una guerrera —Maris sonrió.

Valda soltó una risa entrecortada, cerrando los ojos y reclinándose contra las suaves sábanas de seda, como si estuviera flotando en un estado de éxtasis.

Una sonrisa de satisfacción se extendió por sus labios carnosos y habló con picardía.

—Que mucha mierda hablas para ser una mareña que no sabe nadar.

La sonrisa juguetona de Maris persistió. —Sin embargo, sobreviví a tu intento de ahogarme.

Valda soltó una carcajada, moviendo su mano para buscar a Maris. Trazó suaves círculos sobre su piel con sus dedos, provocándole escalofríos. Valda se hundió aún más en la cama, apoyando la cabeza en una almohada, y dejó escapar un suspiro de satisfacción. Extendió su mano para que Maris la tomara.

Cerrando su mano sobre la de Valda, Maris se dejó arrastrar por un beso lento y apasionado. El gemido de satisfacción de Valda avivó aún más el deseo de Maris. Su propia excitación aún le goteaba por los muslos, y el beso de Valda no logró saciar su necesidad.

Valda se apartó del beso, su aliento cálido contra los labios de Maris. —¿Así de rica estoy? —preguntó, frotando su nariz contra la de Maris.

Maris asintió, limpiando con el pulgar el labio inferior de Valda. —Riquísima.

—Me pregunto —Valda ladeó la cabeza y se lanzó a besarla de nuevo, explorando con su lengua la boca de Maris antes de apartarse con una sonrisa traviesa—: entre tú y yo, ¿quién sabe más dulce?

Maris bromeó: —¿Ya has olvidado mi sabor? ¿Tan pronto?

Una risa de profunda diversión retumbó en el pecho de Valda, haciéndola sonreír juguetonamente. —Qué tonta soy. —Su expresión se intensificó al incorporarse. —Quítate la ropa, Caracol.

No había lugar para objeciones; además, Maris necesitaba liberar su piel acalorada de sus ataduras.

De pie junto a la cama, se quitó la camisa ajustada del uniforme y las vendas, dejando que sus pesados pechos se desbordaran.

Mientras tanto, vio a Valda acomodarse más arriba en la cama, cerca del cabecero.

Maris volvió a subirse al colchón, acomodándose en el regazo de Valda, a horcajadas sobre ella.

—Ahora voy yo —anunció Valda, dejando un rastro de besos en el pecho de Maris, mientras sus manos se dirigían a sus nalgas.

Cada vez más impaciente, Maris sujetó el rostro de Valda y dirigió su boca hacia su pezón izquierdo, provocándole una carcajada.

—Eres tan impaciente, Caracol.

—Y a ti te gusta alargar las cosas innecesariamente —respondió Maris molesta. Agarró un mechón del cabello negro de Valda y la atrajo hacia sí.

Valda tomó el pezón de Maris en su boca, sus labios calientes y suaves contra su piel sensible. Succionó con avidez, sus manos recorriendo desde las nalgas de Maris hasta su espalda, acariciándola con desesperación.

Mientras Valda continuaba, Maris echó la cabeza hacia atrás. Los labios de Valda se movieron de su teta a la mitad de su pecho y luego a su cuello. Su largo cabello azul rozó el rostro y los brazos de Valda, lo que la impulsó a retroceder y pasar sus manos por su melena con satisfacción.

—Qué largo tienes el pelo —murmuró Valda, sintiendo la textura y acercando un mechón para olerlo. —Siempre hueles a playa. — Valda rozó la clavícula de Maris con los labios. —Eres absolutamente perfecta, ¿verdad?

—Valda —gimió Maris, con una súplica silenciosa escapando de sus labios.

Anhelaba una liberación; había estado deseando a Valda desde que se había despertado a su lado esa mañana.

Deseaba a esta mujer más que a nada en su vida.

Pero Valda la torturaba, lamiéndole el cuello, el pecho, el espacio entre sus mamas, echándole la cabeza hacia atrás para mordisquear su piel y guiando las caderas de Maris para que se frotaran contra sus propios muslos musculosos. Maris estaba perdiendo la cabeza.

—¡Por los dioses, Maris! Estás enchumbá —ronroneó Valda, rozando el lóbulo de la oreja de Maris con sus labios. —Pobrecita. —Separándose, Valda acercó el rostro de Maris al suyo y la besó de nuevo, lenta y ardientemente, vertiendo su deseo en cada caricia de su lengua.

Maris rompió el beso, aferrándose a los hombros de Valda con fuerza.

Sus caderas se mecían adelante y atrás, buscando la fricción que la liberaría.

Pero Valda tenía otros planes. La reina se recostó, apoyando la cabeza en la almohada y, sin esfuerzo, levantó a Maris de sus muslos, colocando su cuerpo sobre el suyo hasta que Maris quedó suspendida sobre su rostro.

Maris se tensó. No estaba preparada para esto, para sentarse sobre el rostro de Valda. No era precisamente ligera y no quería lastimarla. Sus muslos se apretaron mientras intentaba sostenerse por su cuenta, al tiempo que Valda la acercaba aún más.

—Valda, espera.

—¿Me dices que alargo demasiado las cosas y ahora quieres que espere? —Valda la atrajo de nuevo.

—Yo… no creo que deba —balbuceó Maris. Valda ignoró su protesta y tomó las riendas.

—No te quedes ahí. Siéntate. Por ahora, tú serás la reina y yo seré el trono —Decidida, Valda jaló a Maris, obligándola a sentarse sobre su cara, antes de separarla y sumergir su lengua en su centro.

Maris se sintió abrumada por la intensidad de la sensación.

Sus manos, que agarraban las almohadas junto a la cabeza de Valda, volaron hacia el cabecero, clavando las uñas en la madera mientras abría la boca en un grito silencioso.

Valda frunció el ceño ante el silencio de Maris y la levantó sin esfuerzo, emitiendo un gruñido profundo.

—Grita si es necesario, Caracol. Deja que los guardias de afuera sepan quién es la que te está haciendo venir.