13. Capítulo 13 #3
Si estaba bromeando, Valda no tenía forma de saberlo. No sin verle la cara.
—Estoy bien —respondió, recostándose y cruzando las piernas—. Pero mi asistente no.
—¿Ah, sí?
—La atacaron durante nuestra salida. Otra criada la está revisando ahora mismo.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? —Su voz no ocultaba el enfado.
Valda ladeó la cabeza.
—Según Maris, dos guardias del castillo la atacaron. Si yo no hubiera intervenido, la habrían matado… o algo peor. Ya conoces nuestro código para ese tipo de agresión.
—Muerte.
—Exactamente. Les quité las placas —dijo con frialdad— y quería que me leyeras sus nombres en voz alta.
Arwin resopló, irritado. Las insignias rasparon la madera del escritorio al tomarlas. Entonces leyó:
—Acton y Karlec.
Valda asintió despacio.
—Eran jóvenes. Los conocía.
—Estúpidos —añadió Arwin—. No muy brillantes.
—Pero sabían obedecer órdenes —replicó Valda, abriendo sus ojos blancos—. O al menos eso creí.
—Eran unos chamacos, Valda. Ya sabes cómo es esto. Los hombres solo piensan con la cabeza del bi…
—Ni te atrevas a terminar esa frase… —gruñó Valda, antes de respirar hondo.
Arwin siempre había tenido el don de sacarla de quicio. Hoy no era la excepción.
—Estoy segura de que esos guardias obedecían órdenes.
—Las mías no eran.
—Nunca dije que obedecieran las tuyas —replicó ella—. Pero estoy viendo un patrón. La gente que traes a trabajar aquí o se va… o no es buena en lo que hace. O no los conoces lo suficiente, como Melvian. ¿Quién iba a imaginar que teníamos una sanadora excepcional entre los sirvientes?
La risa que escapó de Valda fue breve, tensa.
—Yo no.
Arwin guardó silencio unos segundos.
—¿Qué estás insinuando, Valda?
—¿Te acuerdas de Lasmeer?
Arwin soltó una risa nasal.
—¿El soldado que renunció para convertirse en cocinero?
Valda asintió. —Ese mismo.
—Lo recuerdo.
—Lo visité hoy. Allí fue donde atacaron a Maris. Me dijo que mis propios soldados se están uniendo a la rebelión… y que tienen un líder. ¿Cómo es posible que tenga que enterarme de esto por un maldito cocinero de la Plaza de Ofelia? —bramó Valda, incapaz de contener la rabia por más tiempo.
—Puedo explicarlo.
—Entonces habla, Arwin. Porque estoy a punto de romper algo… y esta vez no será tu escritorio.
Arwin suspiró hondo.
—Te lo oculté por tu situación. Tenías demasiadas cosas encima. Tu ceguera, la muerte de tu mamá…
—Pedí una reunión precisamente para que me lo contaras todo —lo interrumpió Valda, con la voz afilada—.
No necesito que me endulces la verdad ni que me la dosifiques.
Ahora mismo tengo mil cosas en la cabeza y la que más me jode es pensar si todavía puedo confiar en la mano derecha de mi papá, o sea, en ti.
Un pesado silencio cayó sobre la habitación. El suave clic metálico de las placas al chocar contra la madera del escritorio tomó a Valda por sorpresa. Se removió en la silla al mismo tiempo que Arwin suspiró nuevamente.
—Fíjate, tu papá también tuvo problemas para confiar en mí.
Valda frunció el ceño. Estuvo a punto de preguntar por qué, pero Arwin se adelantó.
—Supongo que me veía como competencia.
—¿Por qué un rey vería a un soldado como competencia? —preguntó Valda.
Arwin soltó un gruñido.
—No lo sé. Simplemente sabía que se sentía amenazado —rió entre dientes y su silla crujió bajo el movimiento—. Él fue quien me dejó esta cicatriz.
Valda se quedó helada. Siempre había asumido que aquella marca era fruto de una batalla lejana, de una guerra antigua. Jamás se le había pasado por la cabeza que su padre…
—¿Por qué?
Arwin inhaló despacio .
—Como te digo, tal vez se sentía amenazado. Pero le demostré mi valía. Acepté sus decisiones, incluso las que no estaba de acuerdo. Me nombró su general. Si él pudo confiar en mí… tú también puedes.
Hizo una pausa breve.
—Siempre puedes confiar en mí, Valda.
—Entonces demuéstralo —dijo ella, con la voz baja pero firme—. Deja de ocultarme cosas como si fuera una niña. Puedo manejarlas.
—¿Puedes? ¿Y si te dijera que un golpe de Estado es inminente?
Que estamos a meses… quizá semanas… de una guerra civil.
Que tendremos que ir a Umbriel, matar a todos y cada uno de esos hijos de puta y exhibir sus cabezas en las dunas para que cualquiera que piense en destronarte vuelva corriendo al agujero del que salió. ¿Qué harías?
Valda tragó con esfuerzo.
—¿Estamos a semanas de una guerra civil?
—Contéstame.
—Ya sabes la respuesta. La misma de siempre. Iría a la batalla, como antes de convertirme en reina. Me conoces, Arwin. Sabes de lo que soy capaz.
—Claro que sé de lo que eres capaz, si yo mismo te entré. Pero también sé que dudas —respondió—. Te pido que confíes en mí porque sé que ahora mismo no confías ni en ti misma.
Valda dio un respingo al sentir la mano del general posarse en su hombro. La tensión la ahogaba. Y por mucho que le doliera admitirlo, necesitaba confiar en la única persona que sabía gobernar además de ella.
—Te guiaré hacia la victoria. Te protegeré del mal como siempre he hecho.
Siempre habrá amenazas: rebeliones, golpes de Estado.
Pero ya sabes cómo lidiar con eso. No te he llevado a Umbriel por razones obvias.
Mi próximo viaje será en un par de días.
No puedo pedirte que vengas conmigo. No hasta saber quién es realmente el enemigo. Confía en mí, Valda.
Mordiéndose la mejilla, Valda apoyó su mano sobre la de Arwin antes de que él le diera una palmada en el hombro y se apartara.
—Hay algo que necesito que hagas por mí —dijo ella, buscándolo inútilmente con sus ojos blancos—. Quiero que investigues a alguien.
—¿A quién?
Valda exhaló con manos temblorosas .
—Maris. —Cerró los ojos—. Necesito todo lo que puedas conseguir sobre ella. Su familia. Dónde vivía. Qué hacía antes de venir al castillo. Su educación… su papá.
—¿Su papá?
Valda asintió, humedeciéndose el labio inferior.
—Era soldado de nuestro ejército. Pero Maris dice que la corona las abandonó cuando murió.
—La única razón por la que la corona habría abandonado a una familia es si…
—Si era un traidor —susurró Valda, miedo apretándole el pecho. Se frotó las palmas contra los pantalones para calmarse.
—Lo investigaré —respondió Arwin sin dudar—. Por supuesto.
Valda suspiró y volvió a cruzar las piernas.
—¿Alguna novedad sobre la muerte de mi mamá?
—La investigación avanza. El rey Hagan me enviará un informe completo. —Hizo una pausa—. Lo que le ocurrió sucedió en el Reino de Vulcano.
El sonido de sus dedos tamborileando sobre la madera llamó la atención de Valda.
—¿Qué?
—Si logramos vincular la muerte de tu mamá con ellos… ¿qué pasará?
Valda alzó la barbilla.
—Sabes perfectamente qué pasará. Dije que quería sangre… y así será.
Un silencio volvió a apoderarse del estudio.
—¿Arwin? —preguntó ella—. ¿Qué ocurre?
El general resopló en respuesta; su tamborileo cesó.
—Me pregunto…
—¿Qué?
—¿Está el Reino del Cielo listo para entrar en guerra con los vulcanianos?