La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 14. Capítulo 14
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14. Capítulo 14

V alda cerró la puerta tras ella. La recibió el crujido de las sábanas. Esperaba encontrar a Maris despierta, pero se sorprendió cuando Melvian se aclaró la garganta antes de hablar.

—Su Alteza, le di a Maris una medicina para el dolor. Tenía el hombro golpeado; no hay de qué preocuparse, pero le di algo para que pudiera descansar esta noche sin incomodidad —dijo Melvian desde cerca de la cama.

—¿Está descansando en este momento? —preguntó Valda.

—Sí. Acaba de cerrar los ojos. Estaba esperando a que regresara antes de irme —respondió Melvian.

—Yo me encargo ahora. Gracias, Melvian.

—También dejé una medicina en su mesa de noche, por si le duele la cabeza —añadió.

—No será necesario, pero te lo agradezco —respondió Valda, dirigiéndose hacia la cama.

—Si necesita algo más, estaré en la cocina —dijo Melvian antes de salir y cerrar la puerta con llave.

Valda suspiró cansada, llevando su mano derecha a la nuca mientras un fuerte dolor de cabeza se intensificaba más por el estrés que por el corte en la ceja.

Consideró tomar la medicina, dándose cuenta de que, después de todo, quizá la necesitaría.

Se acostó, girándose hacia Maris, que dormía profundamente.

Suaves ronquidos llenaron la habitación, y Valda sonrió al oírlos.

Se acercó un poco más, apoyando la mano en la cintura de Maris, confirmando lo profundamente dormida que estaba.

Las yemas de los dedos de Valda recorrieron con suavidad el rostro de Maris, trazando sus cejas, la curva de su nariz, sus labios, como si quisiera grabar cada detalle en su mente.

Luchó contra el impulso de despertarla, apartando algunos mechones de cabello de su rostro antes de inclinarse y besarla en la frente.

En cuanto se dio cuenta de lo que había hecho, se apartó de golpe, con la respiración entrecortada.

Se giró hasta quedar boca arriba, mirando al techo, frunciendo el ceño.

Valda estaba confundida, dividida. No quería involucrar a Arwin. No quería que investigara a Maris. Pero necesitaba saber que Arwin estaba equivocado con respecto a ella. Maris no estaba en el castillo para causar problemas; estaba allí porque el Oráculo había tenido razón.

Porque Maris era su pareja.

Pareja del corazón, pareja del alma… lo que fuera. Daba igual. Aunque Valda no quisiera una pareja del corazón, seguía queriendo a Maris.

Pero si Arwin tenía razón sobre ella… ¿qué sería capaz de hacer Valda?

Se giró de nuevo hacia Maris, sus cuerpos entrelazados en la cama compartida.

Maris dormía profundamente, en su habitación, en su territorio.

Valda sintió una oleada de intimidad invadirla al acercarse de nuevo, su mano encontrando la cintura de Maris y atrayéndola contra su pecho.

Maris gimió suavemente, acurrucándose de forma instintiva, sus piernas enredándose con las de Valda como si fueran amantes desde siempre.

Valda no pudo resistirse a su aroma: ese intenso olor marino que la calmaba y, al mismo tiempo, despertaba algo profundo en su interior. Era embriagador, adictivo y Valda se descubría ansiándolo cada vez más.

—Su Alteza debería descansar —murmuró Maris con voz somnolienta, rompiendo el silencio.

Valda no pudo evitar reírse entre dientes al oír la preocupación en su tono.

—Estás esbaratá. Melvian me lo dijo, a pesar de tus intentos de ocultarlo —respondió Valda, trazando círculos lentos en la espalda de Maris.

—Esa chota —murmuró Maris contra su pecho, aferrándose a la espalda de su camisa—. Te diría que no le creas, pero sé que mi sugerencia caería en oídos sordos.

—Ya estoy ciega. ¿No es suficiente? —bromeó Valda, con el corazón henchido de cariño.

—Lo es, mi reina —respondió Maris, rozando su hombro con ternura.

Valda rió suavemente y volvió a hundir la nariz en el cabello de Maris .

—Si te duele mucho, puedo llevarte a las piscinas para que nades allí —sugirió—. Hago lo que sea para que estés mejor.

Cuando Maris se tensó entre sus brazos, Valda apoyó con cuidado su frente contra la de ella.

—La piscina está llena de agua mareña —explicó en voz baja—. Es conocida por sus propiedades medicinales. Al ser de tu reino, el contacto puede ayudarte.

Maris contuvo el aliento y se apartó apenas un poco, susurrando:

—¿Una piscina llena de agua mareña?

La mano de Valda recorrió despacio la piel erizada de sus brazos.

—Sí —respondió Valda—. La construimos con la esperanza de que esas aguas también nos curaran, pero no funcionó. Aun así, mi mamá insistió en conservarla. Podríamos ir mañana al amanecer, si te interesa.

Maris dudó antes de preguntar:

—¿Es… es profunda?

Valda abrió los ojos, sorprendida por la pregunta.

—Sí —respondió, notando la tensión en el cuerpo de Maris—. ¿Es eso un problema?

Maris confesó avergonzada:

—No sé nadar.

Valda se tensó al instante.

—Tú… —Se apartó un poco, dándose tiempo para procesar lo que acababa de oír—. Tu eres mareña. Todos ustedes nacen con la habilidad natural de nadar.

—Nunca he nadado —admitió Maris.

Valda frunció el ceño, confundida e incrédula. Desenredó sus piernas de las de Maris y se sentó erguida.

—¿Nunca?

Maris explicó, en voz baja:

—No sé si se ha dado cuenta, pero este reino es puro desierto. No he tenido muchas oportunidades de irme por ahí a nadar.

Valda se quedó boquiabierta y arqueó las cejas.

—Claro que las tenías. Cuando mi papá murió, mi mamá preparó un espacio para los sobrevivientes del huracán. Había lagos artificiales, como en Nueva Agenor —resopló—. Estaban abiertos a todos, incluidos los mareños que no vivían allí.

—Yo no lo sabía… —balbuceó Maris.

Valda la interrumpió:

—¿Lo sabían tus padres?

Maris se incorporó un poco, con la voz firme pero serena.

—No lo sé.

—¿Tú me estás diciendo que te adoptaron de bebé, te criaron hasta…? —Valda hizo una pausa, incrédula—. ¿Cuántos años tenías cuando tu madre se suicidó?

Su tono era cortante, sin filtro.

—Valda —advirtió Maris, con una mezcla de firmeza y dulzura.

—¿Y nunca te llevaron a disfrutar de las aguas de tu reino? —continuó Valda—. En vez de eso, te mantuvieron encerrada como a una presa.

Su voz destilaba veneno. Sus manos apretaron las sábanas mientras se inclinaba hacia ella. No estaba enfadada con Maris, sino con sus padres. Con la forma en que le habían negado conocer quién era.

—¡Valda! —repitió Maris, esta vez con más dureza—. No toleraré que faltes el respeto a la memoria de mis padres. Quiero que esta conversación se termine.

Las palabras fueron claras. Definitivas.

La ira se apoderó de Valda.

—Hablaré de lo que yo quiera en mi cuarto, en mi castillo, en mi reino.

Se inclinó aún más, invadiendo el espacio de Maris con su presencia imponente.

—Ahora dime… ¿qué te enseñaron tus padres?

—Me enseñaron a no soportar faltas de respeto de quien sea.

La respuesta de Maris fue calmada, controlada.

Valda frunció el ceño profundamente.

—¿Quién tu eres, Maris? —Apretó el puño contra la cama—. Una mareña sin conexión con su tierra, criada por padres que la mantuvieron encerrada como a un animal exótico. Llegas a mi castillo, a mi dormitorio, estás aquí conmigo, cambiándolo todo… ¿y para qué?

—Yo no vine aquí por ti, v-vine… —Maris tartamudeó; la cama volvió a moverse bajo su peso.

—¿Para qué estás aquí, Maris? —insistió Valda—. ¿Formas parte del golpe?

Arqueó una ceja.

—Arwin tenía razón.

—¡No! —la voz de Maris fue una súplica—. Basta, Valda.

—¿Por eso la corona nunca ayudó a tu familia cuando murió tu papá? —continuó Valda—. ¿Porque era un jodido traidor? ¿Un loco?

Las palabras salieron cargadas de rabia. De miedo.

«¿Arwin tenía razón?».

Valda jadeó al sentir un repentino escozor en la mejilla. No por el dolor… sino por la audacia de Maris al alzar su mano contra ella.

Y, contra toda lógica, el deseo se apoderó de ella.

Maris se apartó con rapidez, la palma palpitándole por el contacto con la mejilla de Valda. Se frotó la falda con la mano, su mirada fija en la mujer furioso frente a ella.

La ira de Valda era palpable: puños apretados, cuello tenso, fosas nasales dilatadas.

—Valda… —empezó Maris, con la voz temblorosa.

—¿Cómo te atreves a ponerme las manos encima? —Valda abrió los ojos de par en par, incrédula—. ¿Cómo te atreves a golpearme? ¿En mi propia habitación?

Su tono era cortante, cargado de indignación.

Maris se levantó de la cama, poniendo distancia entre ambas con movimientos lentos y cautelosos.

—Hablas de mis padres como si los conocieras —dijo, su voz quebrándose—. No sabes nada de ellos.

—Lo sabría si hablaras de ellos —gruñó Valda, respirando hondo para contenerse—. Pero en vez de eso, entras en mi vida como un misterio que se niega a ser explicado.

—¡Nunca pedí nada de esto! —replicó Maris, esquivándola para ponerse fuera de su alcance.

En su apuro, pisó sin querer la cola de Cerbera. La gata siseó con fuerza antes de desaparecer bajo la cama.

—¡Cerbera! ¡Lo siento! —exclamó Maris, inclinándose para intentar buscarla.

—¡¿Entonces qué pretendías?! —exigió Valda.

—¡¿Qué te importa?! —respondió Maris—. ¿Te preocupa que esté loca como mi padre? No te preocupes, mi reina: mis heridas son más fáciles de soportar.

El hombro le latía, todavía sensible a pesar de la curación de Melvian. No tenía moretones visibles, pero el dolor seguía ahí. Aun así, se mantuvo firme.

El labio superior de Valda se contrajo. Sus manos se abrían y cerraban mientras respiraba profundamente.

—A diferencia de ti, yo jamás te pondría una mano encima —dijo entre dientes—. Te lo he dicho antes y lo repito: nunca te haré daño.

—Y aun así, tus manos dicen lo contrario —replicó Maris, recordando cómo Valda había usado su don contra ella en el pasado, sin necesidad de tocarla.

Valda inclinó la cabeza, pero su voz ya no tenía rastro del tono juguetón al que Maris se había acostumbrado.

—Maris —dijo, suave y distante—. Entiendo tu reacción.

—¿La entiendes? —la desafió Maris, sin bajar la guardia.