13. Capítulo 13 #2
—Buenas tardes, mi reina. Soy Melvian —saludó una voz cálida y amable.
Maris exhaló aliviada al reconocer a su amiga, mientras Valda emitía un gemido claro de fastidio.
—Verdad es… Ven, entra. Adelante —respondió la reina, abriendo la puerta por completo para dejarla pasar.
Cerbera maulló de inmediato y se frotó contra la pierna de Melvian antes de pavonearse frente a ella con toda la dignidad felina posible. Estiró las patas, sacudió el pelaje y se acomodó como si el lugar le perteneciera.
Maris arqueó una ceja, divertida por el repentino afecto de la gata, y cruzó una mirada cómplice con Melvian, quien solo se encogió de hombros.
—¡Mira para allá! También le caes bien a Cerbera —comentó Valda, dedicándole a Cerbera una sonrisa burlona.
—Sabe juzgar bien a las personas —rió Melvian entre dientes, con un tono ligero y juguetón, dando un pequeño brinco al notar lo cerca que estaba Valda.
—Sígueme —ordenó Valda, su tono autoritario pero amigable, guiándola hacia el interior de la cámara.
Cuando Melvian se acercó a Maris, abrió los ojos de par en par. —¡Dioses, Maris! ¿Qué te pasó? —exclamó alarmada.
—Supongo que unos pendejos intentaron asaltarme —respondió Maris, encogiéndose de hombros con un intento de humor. No quiso entrar en detalles; no sabía si Valda deseaba que se supiera que sus atacantes eran guardias del castillo.
Valda tomó asiento cerca de la cama, dándole espacio suficiente a Melvian para trabajar.
—Dos guardias del castillo la atacaron en Lo De Lasmeer, en la Plaza de Ofelia. Yo me encargué de ellos —explicó con un orgullo contenido que apenas disimulaba.
Melvian frunció el ceño, claramente perturbada. —¿Guardias del castillo? La mayoría sabe que trabajas aquí… ¿por qué te atacarían?
Valda se encogió de hombros y señaló a Maris. —Por favor. ¿Podrías echarle un vistazo?
Maris negó con la cabeza y agarró la muñeca de Melvian. —Primero mírala a ella. Se dio un golpe bien fuerte en la cabeza. Sé que es testaruda, pero aun así me preocupa.
Melvian abrió los ojos de par en par, sorprendida, y se giró hacia Valda, quien respondió con una sonrisa ladeada ante el comentario de Maris.
—Entonces voy a buscar el botiquín —dijo Melvian con rapidez, saliendo casi corriendo hacia el baño, no sin antes sonrojarse al mirar algo que estaba en el suelo.
Valda se recostó en la silla y volvió su atención a Maris. —¿Confías en ella? —preguntó.
—¿En Melvian? Con mi vida. Es mi mejor amiga. Ella… ella fue quien me trajo aquí —respondió Maris con seriedad.
Valda asintió. En ese momento, Melvian regresó y, con cuidado, le tocó la mandíbula a Valda, levantándole el rostro para examinarla. Frunció el ceño. —Esto puede doler un poco —advirtió.
—Avanza para que revises a Maris —replicó Valda—. Ella necesita tu atención más que yo.
Melvian trabajó rápido. Limpió la herida con un paño empapado en alcohol, retiró la sangre seca del rostro de Valda y le colocó una venda firme antes de girarse hacia Maris. Con una sonrisa cálida, le pidió que se sentara en el borde de la cama más cercano.
—Mientras la examinas, voy a hablar con Arwin —dijo Valda, poniéndose de pie y metiendo la mano en el bolsillo.
—No se preocupe. Voy a cuidar bien de Maris, Su Alteza —la tranquilizó Melvian.
—Más te vale —respondió Valda, intentando sonar juguetona, aunque su voz carecía de su ligereza habitual.
Maris notó cómo Melvian se tensaba cuando Valda agarró su bastón y salió de la habitación, cerrando la puerta tras ella.
Apenas Valda se fue, Melvian se volvió hacia Maris con una sonrisa cargada de complicidad.
—Tú te estas chingando a la reina, ¿verdad?
Maris abrió los ojos de par en par, pero antes de poder negar nada, Melvian le apretó el hombro, arrancándole un grito de dolor.
—Ni se te ocurra decir que no. Vi tus pantaletas en el piso y, cuando entré, tu cara estaba roja como un tomate. Y ni hablemos de que esta habitación apesta a sexo.
Maris parpadeó, horrorizada.
—¿Tú… tú lo hueles?
Melvian soltó un gruñido frustrado antes de darse la vuelta y sentarse en la silla que había ocupado Valda.
—Maris, yo te dije que…
—Sé lo que me dijiste, Melvian. Y de verdad aprecio que te preocupes por mí. En serio —suspiró Maris, enderezándose—. Pero hay algo en Valda que me atrae. No puedo evitarlo.
—Ajá, claro, de eso no hay duda. Lo que te atrae y lo que te hala es su mano que se pasa quitándote las pantaletas.
—Melvian, hablo en serio.
—¡Y yo también! —exclamó, llevándose las manos al rostro—. Maris, no puedes involucrarte con la reina. No puedes. Mira, estás herida. Dos “guardias” te atacaron. No tienes hemorragias internas, pero vas a tener moretones … y casi te dislocan el hombro.
Melvian se cubrió los ojos, claramente alterada.
—Coño… sí que eres buena diagnosticando —murmuró Maris.
—Gracias… —respondió Melvian, apoyando los codos en las rodillas—. Pero dime la verdad. ¿Te estás acostando con la reina o no?
Maris frunció los labios y asintió.
—Sí. Y no pienso parar.
Melvian inhaló profundamente y se frotó los muslos antes de levantar la mirada.
—Bueno… ya que estamos siendo honestas… hay algo que tengo que decirte.
Maris frunció el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—Yo… podría ser una adoradora.
El corazón de Maris se encogió.
—¿Una adoradora de Asclepio?
Melvian asintió, rascándose el brazo y evitando mirarla.
—Y bendecida, además. Te acabo de curar. Así que lo que te dije de los moretones, pues no van a aparecer en realidad.
—¿Y cuándo pasó esto?
—Fui bendecida hace meses. Curé a un soldado con una costilla rota. Un toque, Maris. Solo uno. Cuando me di cuenta de lo que había pasado… —soltó una risa nerviosa—. Supongo que todas esas horas rezando valieron la pena. Asclepio me escuchó.
Maris se quedó sin aliento. Muchos sanadores adoraban a Asclepio, pero no todos eran benditos. Los elegidos podían sanar heridas y enfermedades con un solo toque; algunos incluso arrancaban a la gente del borde de la muerte. Por eso eran tan codiciados… y tan perseguidos.
—¡Melvian! ¡Eso es está brutal! ¡Tenemos que decírselo a Valda!
—¡No! ¡No lo hagas! —respondió agarrando las manos de Maris.
—¿Por qué no? ¡Melvian! Podrías curar su ceguera…
—Lo… lo intenté —confesó Melvian en voz baja—. Justo ahora. Mientras le vendaba la herida. Maris… esto no es una enfermedad. Ella no está enferma. Lo que tiene no es natural.
—¿Qué quieres decir? ¿ Cómo que no puedes curarlo?
—Cualquier herida o enfermedad natural, sí —dijo, apretándole la mano—. Pero esto… —tragó saliva—. Está maldita, Maris. Esto es obra de un dios.
Maris sintió un escalofrío.
—¿Por qué un dios la maldeciría?
—No lo sé. Pero los rumores no paran. El reino está inquieto. Buscarán cualquier forma de dañar y desmoralizar a la reina. ¿Te imaginas si supieran esto? —exhaló con frustración—. Incluso ahora… ya empiezan a sospechar.
—¿No hay forma de curarla?
Melvian se encogió de hombros y negó con la cabeza, frotándose los brazos con visible angustia.
—No y eso me preocupa. Si el reino ya tiene una mala impresión de Valda… muchos no creen que esté lista para liderar. Saben que es ciega; imagínate si se enteran de que es por la maldición de una deidad.
—Hizo una pausa y bajó la voz—. Y si además descubren que su amante es una sirvienta del castillo…
Melvian se mordió el labio inferior, clavando la mirada en Maris.
—Una mareña…
Maris frunció el ceño. Apartó la vista y se concentró en Cerbera, que estiraba las patas delanteras y abría la boca en un bostezo enorme, completamente ajena al peso de la conversación.
—¿Son pareja? —preguntó Melvian con cautela.
Maris soltó una risa amarga.
—No. Tuvimos sexo una vez, Melvian. No somos almas gemelas. ¿No dijiste que solía acostarse con sirvientas?
—Sí, pero ninguna duró tanto como tú. Ninguna se atrevió a bromear con ella ni a llamarla testaruda sin consecuencias —replicó Melvian—. Ustedes no actúan como un desliz y ya. Actúan como una pareja, Maris.
—No lo somos —respondió Maris con firmeza—. Y puedes estar segura de que esto no va a escalar. No quiero una pareja. Ella lo sabe y…
—Entonces —la interrumpió Melvian—, ¿por qué sigues aquí? Ella ya puede moverse libremente; acaba de salir a hablar con Arwin. ¿Por qué tú sigues a su lado?
Maris negó con la cabeza.
—No lo sé, Melvian.
—¿Alguien más lo sabe?
—¡No estamos tan expuestas!
—¡Entonces por qué te atacaron, Maris! —exclamó Melvian, alzando la voz.
—¡No lo sé! —gritó Maris, con el miedo desbordándose como un grifo roto en su interior—. No lo sé… y me aterra averiguarlo.
Melvian se levantó y la abrazó con fuerza.
—No quiero que te pase nada malo.
—Yo voy a estar bien… —murmuró Maris, aunque ni ella misma sonaba convencida.
—Las cosas van a empeorar antes de mejorar —dijo Melvian en voz baja—. El reino está al borde de una guerra civil. Y ahora que sabemos que incluso los guardias del castillo están en contra de Valda… ¿en quién se supone que confiemos?
—Tú sabes más que yo, Melvian —dijo Maris, aferrándose a ella—. Tú escuchas cosas desde afuera.
Melvian apretó la boca en una fina línea.
—Sí. Pero necesito que esto quede entre nosotras.
Maris sonrió con cansancio, apoyó la cabeza en el pecho de Melvian y suspiró.
—Cuenta con ello.
Valda esperaba que Arwin estuviera en su estudio.
Cuando no se encontraba en el patio de entrenamiento, instruyendo a los nuevos soldados o guardias, solía estar allí.
Aunque supervisaba a todo el ejército y al personal del castillo, al final era Valda quien tenía la última palabra sobre cualquier decisión que Arwin tomara.
Con manos temblorosas, Valda abrió la puerta y entró en el estudio. Arwin se anunció con un gruñido furioso en cuanto percibió su presencia.
—¿En qué puedo ayudarla, mi reina?
Valda no respondió de inmediato. Se dirigió con paso seguro hacia donde sabía que estaba el escritorio, metió la mano en el bolsillo y sacó las dos insignias que había arrancado de los cadáveres. Con movimientos inusualmente elegantes, las dejó sobre la madera y se sentó sin ayuda.
Arwin acomodó unos papeles antes de hablar.
—¿Estás bien? ¿ Qué pasó? Estás herida.