La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 13. Capítulo 13
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13. Capítulo 13

E l viaje de regreso fue incómodo, pero curiosamente encantador.

Aunque Maris no quería que la cargaran, no había forma de decirle que no a Valda. Lo había intentado.

Valda le había exigido que se sentara en su regazo durante todo el trayecto de vuelta al castillo. Argo era un buen caballo y conocía el camino de memoria. La yegua de Maris avanzaba justo detrás, como si estuviera atada a él.

Por mucho que Maris quisiera relajarse y disfrutar del viaje, el gruñido constante y profundo que vibraba en el pecho de Valda la mantenía tensa.

Entendía su enojo, pero no sabía qué decir para calmarla.

Ella misma seguía alterada. Estar en público ya la ponía nerviosa; después de lo ocurrido, el miedo se le había quedado incrustado en el cuerpo.

Había terminado de lavarse las manos cuando los dos guardias entraron al baño.

Al principio no pensó nada malo. Incluso les sonrió al reconocer los uniformes. No tenía motivos para temerles. Hasta que la sujetaron por la fuerza.

La interrogaron sobre qué hacía en el castillo, la amenazaron de muerte si no hablaba y, cuando se negó, la estrellaron contra la pared. Su silencio no fue valentía, sino puro terror.

Por suerte, Valda llegó a tiempo para detenerlos. Pero Maris no podía quedarse al margen. Cuando uno de los guardias golpeó a Valda con el codo en la frente, ella usó su don y lo envolvió en agua, asfixiándolo el tiempo suficiente para que Valda contraatacara.

A veces Maris deseaba ser más fuerte. Estaba cansada de observar desde un lado. Ella quería luchar y ayudar .

Moviéndose ligeramente en su regazo, Maris giró el rostro para mirarla. Valda tenía el ceño profundamente fruncido y los ojos cerrados.

—Estoy bien —susurró Maris otra vez.

La respuesta fue otro gruñido cargado de furia.

—De verdad, estoy…

—Veremos si estás bien o no cuando lleguemos al castillo.

Maris decidió guardar silencio el resto del camino. No protestó cuando Valda la cargó hasta su habitación ni cuando la acomodó sobre la cama grande antes de mandar a llamar a Melvian.

Maris no pudo evitar reírse. Estaba segura de que su amiga no tenía ni idea de que la estaban llamando para atenderla. Maris conocía la curiosidad de Melvian por la medicina y los métodos de curación, pero nunca le había dado demasiada importancia.

Valda se sentó junto a la cama mientras esperaban.

Cerbera saltó sobre el colchón, maullándole a Maris, y luego se acercó con calma a Valda. Ella se inclinó para permitir que la gata frotara su cabeza contra la suya. Maris intentó acercarse también, pero el simple gesto de estirar el brazo la hizo encogerse de dolor.

El rostro de Valda se endureció al instante. Agarró a Cerbera, que soltó un gruñido molesto antes de que la bajara al suelo. —Esto no va a funcionar. No puedo tenerte así y esperar que me ayudes.

—Valda, por los dioses, yo estoy bien —replicó Maris, justo cuando Cerbera volvió a saltar a la cama para sentarse entre ambas.

—Casi no puedes moverte. ¿Qué te hicieron?

—Nada, yo… ¡Cerbera! ¡Ya, para! —siseó Maris, agitando la mano y empujando a la gata fuera de su regazo.

—Ni siquiera puedes soportar el peso de Cerbera.

—Bueno, pero vamos a hablar claro, tu gata es bastante grande —dijo Maris, apartando el rostro mientras Cerbera intentaba frotarse contra sus brazos—. ¿Qué le pasa? Nunca ha sido tan pegajosa.

Valda rió por lo bajo. —Sabe que te sientes mal.

—No es así.

—Deja de mentir…

El tono bajo de Valda le recorrió la espalda como un escalofrío. Maris chasqueó los dedos, haciendo que Cerbera se apartara y regresara al lado de Valda.

— Cerbera, abajo. —La gata siseó cuando Valda la tomó por la nuca, la dejó en el suelo y le dio una palmada lo suficientemente firme como para hacerla salir corriendo.

—Escúchame bien, Maris.

—¿Qué pasa?

—Contéstame lo que te pregunté.

Maris estaba a punto de hacerlo, pero entonces notó la suave curva en el borde del labio de Valda: una provocación sutil que no pudo ignorar. Quería que supiera que, aunque le dolía el cuerpo, estaba bien. Y la mejor forma de demostrárselo era devolverle el gesto.

—¿O si no, qué? —preguntó Maris, sonriendo en cuanto Valda se giró lo suficiente para enfrentarla.

«Ay». Había tocado un nervio en ella… y pensaba disfrutar cada segundo.

—Maris, yo tu dejaría de decir esas cosas… —dijo Valda—. Mucho menos a mí.

—¿Qué cosas?

El cambio apenas perceptible en los rasgos de Valda desató una oleada de deseo en Maris. Sus muslos se tensaron sin que pudiera evitarlo. Anhelaba su tacto, que Valda calmara su incomodidad con placer y luego devolverle cada caricia. El cuerpo le dolía de anticipación.

Maris se mordió el labio inferior al inhalar el aroma embriagador de Valda: lino limpio, madera y especias. Dioses. Valda podía estar cubierta de sudor y aun así oler deliciosa.

—Tú sabes bien de qué hablo.

El gruñido de Valda hizo que Maris reaccionara. Colocó su mano sobre la de ella y la guió hasta el exterior de su muslo. El roce encendió una llamarada entre sus piernas, haciéndola temblar.

—No tengo ni idea de qué quiere decir, Su Alteza —murmuró Maris, su aliento rozando los labios húmedos de Valda.

—No me importa si estás herida —respondió Valda—. Haré contigo lo que me dé la gana si sigues comportándote como una malcriada.

La advertencia solo avivó el deseo de Maris. Soltó una risa entrecortada, con la mirada fija en el rostro perfecto de Valda, ignorando por completo el corte en su ceja.

—Ay, yo creo que el cantazo que te dieron te dejó un poco mal —bromeó, recorriendo con los dedos la mandíbula y el cuello de Valda—. No tienes fiebre; eso es bueno.

Inclinó la cabeza, acercando sus labios a los de Valda, suficiente como para provocarla.

—Creo que tienes que sentarte.

—Ya estoy sentada…

La ceja alzada de Valda delató su sorpresa y Maris no pudo resistirse.

—No donde me gustaría.

Un escalofrío le recorrió la espalda cuando la otra mano de Valda se movió, alzándole la falda y exponiendo su piel.

—¿Ah, sí? —preguntó Valda—. ¿Dónde quieres que me siente, Caracol?

Sus ojos blancos destellaron con un leve tono miel antes de apagarse. Maris inclinó la cabeza, hipnotizada.

—Quiero que te sientes en mi cara, mi reina.

A Valda se le cortó la respiración. Maris no le dio tiempo a reaccionar: reclamó sus labios en un beso abrasador, saboreando la calidez de su boca, sabiendo —con una certeza peligrosa— que la tenía exactamente donde la quería.

Valda cerró los ojos y dejó escapar un gemido bajo, respondiendo al beso con hambre.

Sus lenguas se encontraron, se enredaron, arrancándole escalofríos a Maris.

Las manos de Valda trazaron un camino de calor desde sus rodillas hasta la cintura, tirando de su ropa, dejando más piel expuesta para su exploración.

Con un suspiro de satisfacción, Maris se apartó apenas, observando las manos temblorosas de Valda mientras se deshacían de su ropa interior sin cuidado alguno.

—A usted no le gusta seguir instrucciones, ¿no? —bromeó Maris, con la voz ronca.

Valda gruñó contra su oído, la respiración entrecortada. —Usaré tu rostro como mi trono… eventualmente —murmuró, rozando peligrosamente el centro de sus piernas—. Pero ahora mismo necesito probarte otra vez antes de que pierda la puta cabeza.

Las palabras encendieron a Maris por completo. El pulso se le aceleró; un gran deseo latía con fuerza entre sus piernas. Se dejó llevar por esa hambre compartida, intensa, urgente, imposible de resistir.

Pero justo cuando Valda iba a bajar más…

Maris la sujetó por la camisa y la obligó a incorporarse. Tomó su rostro entre las manos.

—Quiero que hagas algo más que probarme, Su Alteza —susurró, con la voz cargada de necesidad.

Valda tembló, presionando su pecho contra el de Maris. Sus manos recorrieron su cuerpo con avidez, como si quisiera memorizar cada curva, cada sensación.

—¿Qué quieres? —preguntó, con la voz baja y áspera.

Maris tragó saliva. Por primera vez, una timidez le apretó el pecho… pero la mirada fija de Valda le dio valor. Se humedeció los labios.

—Quiero que me adores, Valda —confesó, apenas en un susurro.

Valda vaciló apenas un instante, los labios temblándole de deseo, y algo en ella cambió por completo. La reina segura y poderosa se resquebrajó por un segundo, dejando ver una faceta más vulnerable, como si lo único que quisiera en ese momento fuera hacerle el amor a Maris.

Maris frunció el ceño, sorprendida por aquella reacción tan inesperada, y dejó escapar una risa involuntaria, sin darse cuenta de que Valda podía interpretarla como un desprecio.

La mano de Valda se movió con brusquedad, atrapando el rostro de Maris con una mezcla embriagadora de posesividad y anhelo. Maris gimió, la boca entreabierta, rindiéndose a la oleada de sensaciones que le recorrían el cuerpo.

—¿Cómo quieres que te adore? —susurró Valda, con los labios peligrosamente cerca de los de Maris.

Maris tragó saliva, incapaz de formar palabras coherentes bajo el toque firme y dominante de Valda.

La voz de la reina se volvió pura tentación al ofrecerle una elección.

—¿Como a una reina? —murmuró, rozando con su boca húmeda el labio inferior de Maris y arrancándole un escalofrío.

—¿Como a una diosa? —añadió, mordisqueando su mandíbula temblorosa, dejando tras de sí una estela de calor.

—¿O de verdad quieres que me siente en tu cara?

La sugerencia hizo que el cuerpo de Maris latiera con fuerza, la mente completamente nublada por el deseo.

Cerró los ojos con fuerza, intentando recuperar algo de control, pero la intensidad de lo que ardía entre ellas era abrumadora. Justo cuando estaba a punto de responder, Cerbera maulló con insistencia frente a la puerta, arañándola con sus garras, seguida de un golpe seco que quebró el momento.

Maldiciendo, Valda soltó a Maris y tomó una bocanada de aire, respirando con dificultad. Maris no pudo evitar sonreír al darse cuenta de que Valda estaba tan afectada por su juego como ella.

Un segundo golpe resonó en la puerta.

Valda, usando las cuerdas que Maris había colocado alrededor de la habitación, caminó hasta ella se acomodó el cabello antes de abrir finalmente.