12. Capítulo 12 #4
—Pero yo tengo una excusa —respondió Valda, pasándose una mano cubierta de queso por delante de los ojos.
—Tiene un punto —intervino Lasmeer, secándose las manos con el delantal.
—Por supuesto… —suspiró Maris mientras tomaba una servilleta y trataba de limpiarse un poco—. Lasmeer, ¿hay algún baño cerca?
—Afuera, rodeando el negocio por detrás — contestó él, inclinándose sobre la barra cerca de Valda.
—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Valda.
—Ay, no. Come, no me esperes —dijo Maris con una pequeña sonrisa—. Habla con Lasmeer. Seguro hay cosas que te gustaría decirle sin que yo esté escuchando.
—No sobre lo que tú estás pensando —murmuró Valda a la defensiva.
—Claro —respondió Maris—. Vuelvo ahora. Saltó del taburete y salió del local.
Lasmeer carraspeó, llamando la atención de Valda. —Explícame esto…
Valda frunció el ceño mientras se limpiaba el labio inferior con una servilleta. —¿Qué cosa?
—No te hagas la boba. Siempre pensé que terminarías con ese muchacho de Harmonia… y mírate ahora, aquí sentada con esta chica de la que jamás había oído hablar.
—Es solo mi asistente.
—No sabía que los asistentes besaban a sus jefes en el cachete.
Valda se burló suavemente. —Tráeme otra cerveza.
—Como desee, mi reina —rió Lasmeer por lo bajo mientras tomaba otra botella—. Aunque te soy sincero, me sorprende. Pensé que después de todo lo que viene pasando te habrías quedado encerrada en el castillo.
Valda se removió en el taburete, alzando la mano para recibir la botella fría.
—Lo que me pasó no es razón para esconderme. Ya estuve confinada en mi cuarto demasiado tiempo las primeras semanas.
—No me refiero a eso —replicó Lasmeer—. Me refiero a la rebelión.
Valda estaba a punto de tomar un trago, pero las palabras la detuvieron en seco. —¿Rebelión?
—Creí que el general Arwin ya te lo había dicho.
—¿Qué rebelión?
Lasmeer dudó. —No debería ser yo quien te lo diga.
—Si empiezas, terminas.
Suspiró. —Ha habido mucho movimiento en el sur.
Lo último que supe, por un grupo de soldados que pasó por aquí hace unos días, es que hay un aumento alarmante de renegados.
Cientos. Soldados que rompieron su juramento y se unieron a un grupo de bandidos.
El rumor es que podrían estar planeando derrocarte… pronto.
—El general mencionó algunos movimientos —dijo Valda con rigidez—, pero no sabía que fueran tan grandes.
—Nadie lo hubiera creído. Pero hasta tienen un líder, aunque nadie sabe quién es… o no quieren decirlo.
—¿Un líder? —murmuró Valda.
—Eso es lo que se dice. Lamento que no estuvieras al tanto. No tengo mucho más para añadir.
—No. Está bien.
Valda respiró hondo, procesando la información. De golpe perdió el apetito. La ira le revolvió el estómago. ¿Cómo era posible que se enterara de más cosas mediante el dueño de un quiosco que por su propio general?
Su labio superior se crispó mientras giraba hacia el lugar donde Maris había estado sentada. Tocó el taburete vacío.
«¿Por qué tarda tanto?».
—El baño no quedaba lejos, ¿verdad? —preguntó.
—No. Está justo atrás.
Un gruñido profundo vibró en su pecho. Valda se puso de pie, tomó su bastón y se dirigió hacia la parte trasera. Conocía el lugar de memoria; había estado allí incontables veces.
Avanzó sin dificultad hasta la pequeña construcción de madera y piedra. Con el bastón rozó la puerta entreabierta.
—¿Maris?
Entró.
Solo el murmullo distante de la plaza le respondió.
Cerró la puerta y el ruido exterior se apagó lo suficiente como para que pudiera sentir el espacio. Movió el bastón de un lado a otro, dibujando el lugar en su mente. Su mano chocó contra una palangana de piedra, áspera, llena de agua.
Apretó el bastón con más fuerza.
—¿Maris ?
El bastón golpeó la pared de un cubículo. Dentro, lo que recordaba como una formación de roca servía de asiento improvisado.
El olor a mierda que emanaba era fuerte… pero entre todo eso, Valda distinguió algo más.
El aroma tenue de Maris.
Había estado allí. O seguía allí.
Entonces lo oyó.
Ropa moviéndose. Susurros tensos. Una voz baja, amenazante:
—No te muevas. Cállate.
Valda abrió el cubículo de golpe e inhaló.
Maris no estaba.
—¿Maris?
Se giró hacia el segundo cubículo. El olor se intensificaba. Introdujo el bastón primero…
Maris no estaba.
Haciéndose la tonta, Valda avanzó hacia el tercer y último cubículo y empujó la puerta.
Alguien respiraba con dificultad.
Valda inspiró hondo. Una tensión trepó por su pecho como una bestia encerrada. Reuniendo su compostura, exhaló lentamente, soltando el aire de forma controlada. Sintió una mirada ardiente clavada en su espalda y el leve sonido de alguien arrastrándose frente a ella.
Retrocedió un paso, apretando el bastón con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Sin decir una palabra, lo blandió con todas sus fuerzas.
El impacto resonó con un crujido seco contra el rostro de alguien.
Oyó a Maris soltar un suspiro ahogado cuando quien la sujetaba la soltó. Valda dejó caer el bastón, extendió la mano y atrapó al atacante. Giró sobre sí misma y estampó su cara contra el lavabo de piedra.
El sonido repugnante de huesos y roca quebrándose llenó el espacio.
Valda gruñó cuando el olor metálico de la sangre se mezcló con el hedor del lugar.
Antes de que pudiera reaccionar, un segundo asaltante la golpeó con un codazo brutal en la frente. El impacto la hizo perder el equilibrio y cayó de cara contra el suelo de piedra.
Dolor estalló dentro suyo .
Luchó por mantenerse consciente, forzando sus sentidos a agudizarse mientras oía los jadeos débiles y aterrados de Maris.
Pasos.
Luego, tos. Aspereza. Ahogos desesperados.
El atacante luchaba por respirar mientras se incorporaba, y esos sonidos horribles delataron su posición.
Valda estiró la mano. Encontró su rostro. Con un movimiento rápido y preciso, giró las manos y le partió el cuello.
El cuerpo cayó al suelo con un golpe seco.
Maris dejó escapar un grito de puro terror.
Valda frunció el ceño al llevarse la mano a la frente. La sintió caliente, húmeda. Su propia sangre resbalaba por su rostro. Maldijo en voz baja cuando el dolor de cabeza se asentó.
—¿Maris? —llamó con urgencia, la voz cargada de una preocupación que le quemaba el pecho.
Una oleada de energía la atravesó, impulsada por el miedo visceral de que algo le hubiera pasado.
—Estoy aquí —susurró Maris, temblando.
—Ven conmigo —ordenó Valda.
No podía esperar.
Cayó de rodillas y se arrastró hacia donde creía que estaba Maris, ignorando el chapoteo del agua bajo sus manos.
—¿Estás bien? —preguntó con ansiedad cuando por fin encontró su cintura—. ¿Te hicieron daño?
—No… Estoy bien —la tranquilizó Maris.
Valda abrió los ojos, como si pudiera ver más allá de la oscuridad solo para asegurarse de que seguía viva.
—Me dieron una paliza, pero estoy b… —empezó Maris.
Valda gruñó y se giró bruscamente, como si necesitara confirmar que ambos atacantes estaban realmente muertos.
—Valda, por favor —suplicó Maris.
Valda volvió hacia ella, la mandíbula tensa.
—¿Quiénes eran? —preguntó, la voz cargada de furia contenida.
—No lo sé… llevaban el mismo uniforme que los guardias del castillo —respondió Maris con la voz llena de incertidumbre.
Los ojos de Valda se abrieron de par en par, incrédulos.
Se apartó de Maris con brusquedad y tanteó el suelo hasta encontrar uno de los cadáveres.
Con una mezcla de ira y traición ardiéndole en el pecho, palpó el torso del guardia hasta sentir la placa fría, idéntica a la del Castillo de Oberón, cosida en el lado derecho de su uniforme.
—Traidores hijos de puta —murmuró entre dientes mientras arrancaba la insignia—. ¿Puedes ayudarme a encontrar la otra placa? —preguntó luego, suavizando la voz al dirigirse a Maris.
Maris tardó un instante en recomponerse. Se puso de pie arrastrando los pies y se alejó de Valda. Gimió al mover el cuerpo del segundo atacante y, tras un breve silencio, soltó un suspiro de alivio antes de regresar. —Toma —dijo, tendiéndole la placa.
Valda atrapó la muñeca de Maris con rapidez y la obligó a arrodillarse junto a ella. Un siseo de dolor escapó de los labios de la joven, y la dureza del rostro de Valda se quebró al instante, transformándose en pura preocupación.
—Te hicieron daño —susurró, con la voz cargada de culpa—. Te lastimaron porque no pude ayudarte.
—Sí me ayudaste —respondió Maris con una gratitud temblorosa—. Estás aquí. Y ellos están… literalmente muertos a nuestros pies.
Cuando la mano temblorosa de Maris tocó la frente de Valda, esta se estremeció bajo una oleada de dolor, pero no se apartó. Aceptó la caricia suave y reconfortante, como si se aferrara a ella.
—Estoy bien… —murmuró Maris, apenas audible.
Valda suspiró y apoyó su rostro contra la mano de Maris.
—Perdóname —dijo en voz baja.
—No. No hay nada que perdonar —respondió Maris con ternura.
Antes de que Valda pudiera protestar, unos labios suaves se posaron sobre los suyos, calmándola al instante. Valda rodeó a Maris con los brazos, deseando estrecharla con fuerza, pero conteniéndose para no hacerle daño.
Se puso de pie y ayudó a Maris a levantarse. Sus manos recorrieron sus brazos con cuidado, buscándola, comprobando cada centímetro en busca de heridas.
—Volvamos al castillo. Haré que Melvian te examine. Después descansarás —ordenó con firmeza.
—Estoy bie… —intentó protestar Maris.
—Es una orden —ladró Valda, tensándose al instante al oír pasos apresurados acercándose.
—¿Qué pasó? —preguntó Lasmeer sin aliento.
—Nos atacaron, pero estamos bien —respondió Valda, rodeando a Maris con un brazo—. ¿Podrías traer nuestros caballos, Lasmeer? —pidió con cortesía, guardándose las insignias en el bolsillo.
—Y me encantaría algo de comida para llevar, por favor —añadió Maris, claramente intentando aliviar el ambiente.