12. Capítulo 12 #3
Se giró hacia Maris y, con un gesto amplio de la mano, les indicó que se sentaran cerca de una pequeña barra.
Maris asintió y ayudó a Valda a acomodarse antes de sentarse a su lado. El quiosco distaba mucho de ser un lugar propio de la realeza. Era sucio, abierto al público, ruidoso… pero al mismo tiempo cálido y acogedor. Tenía ese encanto que no necesitaba pulirse para ser querido.
Lasmeer era como cualquier otro celestino, salvo por su espesa barba. La cabeza rapada le brillaba por el sudor mientras se movía detrás de la barra. Sus ojos miel se deslizaron hacia Maris, recorriéndola con curiosidad antes de volver a posarse en Valda.
Maris calculó que el hombre no tendría más de cincuenta años y, por las cicatrices que marcaban sus brazos y la leve cojera al caminar, dedujo que habría sido soldado.
Sin preguntar, Lasmeer sacó dos grandes copas de cristal de debajo de la barra y las colocó frente a ellas. Luego sirvió cerveza en ambas.
—También he oído lo de tu ceguera —dijo, lanzando las botellas vacías a un costado—. ¿Cómo andas con eso?
Valda se encogió de hombros y dio unas palmaditas sobre la barra de madera hasta encontrar el vaso. —Todavía puedo darte una paliza —respondió con una sonrisa antes de llevarse la copa a los labios y dar dos tragos largos.
Maris observó, casi horrorizada, cómo la cerveza desaparecía por la garganta de Valda antes de que esta dejara caer el vaso vacío sobre la barra.
Cerró los ojos con leve desaprobación y dio un sorbo pequeño.
No era amante del alcohol, pero no quería parecer grosera con Lasmeer.
Para su sorpresa, el líquido frío le resultó… agradable.
—Ay, Valda —rió Lasmeer—. Te diría que me mires, pero pues… —se encogió de hombros—. Estoy viejo y gordo. Cualquiera podría darme una paliza.
Valda soltó una carcajada y golpeó la madera con los dedos, pidiendo más. —Otra. Y sin vaso, por favor.
Lasmeer asintió, abrió otra botella y la colocó cerca de Valda. —Entonces, ¿quieres lo de siempre?
Valda frunció los labios y giró el rostro hacia Maris. —¿Tienes hambre?
Lasmeer arqueó una ceja oscura y se apoyó en la barra mientras observaba a ambas mujeres. Una sonrisa traviesa se dibujó sobre sus rasgos toscos.
—Podría traerle el menú a tu amiga.
—Ah. Mis disculpas —intervino Valda—. Lasmeer, ella es Maris. Después de perder la vista, se convirtió en mi asistente personal.
—Maris —añadió, girándose apenas hacia ella—, él es mi buen amigo Lasmeer.
—Permiso, tu pana, Lasmeer.
Valda rió. —¡Exacto! Mi pana Lasmeer. Fue soldado en el ejército de mi padre, pero decidió seguir su sueño y… abrir este lugar.
—Pero mira, este no es cualquier sitio —replicó Lasmeer con orgullo—.
¿A quién no le gusta una buena carne a la parrilla metida entre dos panecillos dulces?
¡Te lo aseguro! He viajado por todos los reinos y no he probado nada igual.
Escojo ingredientes distintos de cada lugar y los uso como se supone. Te va a encantar, ya verás.
Maris sonrió ante su entusiasmo. —¿Has viajado por todos los reinos?
—¡Por todos! —afirmó Lasmeer, levantando un dedo—. He tocado nieve; me he quemado la piel con las rocas volcánicas de Vulcano. He bebido agua de los ríos de Rhea y me he bañado en las playas del Reino del Mar.
Maris sintió una punzada de celos. Había leído sobre los distintos ecosistemas de los reinos, pero solo podía imaginar cómo sería tocar la nieve, adentrarse en una selva tropical o ver una playa con sus propios ojos. Suspiró, perdida en sus pensamientos.
«Una playa.»
Había visto imágenes, leído descripciones… pero no era suficiente.
Sabía que era su sangre mareña la que la llamaba. La necesidad de ver esas costas, sentir la arena bajo los pies, el agua tibia rodeándola. El vaivén de las olas.
«Nadar…».
¿Sabía siquiera nadar?
—¿Tienes hambre, Maris? —preguntó Valda de nuevo.
Esta vez, su mano se deslizó hasta posarse sobre su muslo, arrancándola de golpe de sus pensamientos.
Tartamudeando, Maris atrapó la mano de Valda, impidiéndole cualquier muestra pública de afecto… o incluso de cercanía.
Valda, manteniendo los ojos cerrados, se inclinó sobre el taburete, invadiendo el espacio personal de Maris. Y aunque Maris deseaba mantenerla a prudente distancia, aquella cercanía le provocó una sensación de seguridad.
Una que necesitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir, ahora que estaba en público .
Maris tarareó en voz baja y frunció los labios antes de aceptar el menú de Lasmeer. Recorrió los nombres de los platos con la mirada y dejó escapar un suspiro nervioso.
—Sí, pero no sé qué pedir.
Valda asintió y se apartó un poco, luego giró el rostro hacia donde creía que estaba Lasmeer.
—Dos dobles con queso y unas tiras de papas fritas.
—Entendido —respondió Lasmeer, esbozando una sonrisa cómplice antes de dirigirse a la cocina.
Un silencio incómodo se instaló entre ellas. Valda llevó la botella a sus labios y bebió en silencio.
—Suena como mucha comida —comentó Maris, dando otro sorbo a su cerveza.
—Lo es.
—¿Encontraste este lugar con el Señor Kayden?
Valda asintió. —Sí. Cuando venía de visita, veníamos aquí, comíamos, nos tomábamos una cerveza y armábamos un lío —sonrió y Maris se acomodó, apoyando la mejilla en la palma de su propia mano—. O sea, sé que no se suponía que bebiera…
Maris rió. —Tu secreto está a salvo conmigo, mi reina.
—Espera a probar la comida. De verdad es una mezcla de sabores de todos los reinos.
—¿Has estado en todos?
—He estado en la mayoría —respondió Valda, reclinándose en el taburete alto y separando las piernas con comodidad.
—¿Cuáles te faltan?
Valda frunció los labios e inclinó la cabeza, pensativa.
—No he estado en el Reino Vulcano.
—¿Por qué no?
—Nunca se dio la oportunidad. Vulcano está lleno de volcanes activos, listos para entrar en erupción en cualquier momento. Dicen que su dios se apiada de ellos, manteniéndolos a raya y a su gente a salvo.
—¿Y… el Reino del Mar? —Maris intentó ahogar su nerviosismo con otro trago largo de cerveza—. ¿Has estado allí alguna vez?
Valda asintió. —Sí. Fui hace dos años por última vez.
—¿Cómo fue?
Maris sabía que Valda podía percibir su curiosidad.
—Es hermoso. Islas sobre islas, unidas por puentes flotantes.
En la isla más grande, el Castillo Tritón se alzaba orgulloso.
Alrededor de él, el sonido suave de las olas calmaba incluso al alma más triste, con una calidez familiar que solo el mar puede ofrecer.
El mismo mar que protegió a Tritón durante milenios.
Es un lugar precioso. Aunque era muy pequeña, aún recuerdo cómo se veía antes… de su destrucción.
Valda suspiró y bebió de la botella hasta dejarla vacía.
—Lo último que supe es que todavía quedaba gente allí. Intenté traerlos aquí, darles comida y un lugar donde quedarse. Dicen que están esperando a su reina. Rió entre dientes y negó con la cabeza.
»Los puentes se vinieron abajo cuando el mar los destrozó. Las islas están desoladas, y las ruinas de Tritón han sido erosionadas por las olas durante casi veinte años. ¿Qué los hace querer quedarse allí?
—¿Tú te habrías ido? —preguntó Maris, interrumpiéndola.
—No lo sé —respondió Valda con honestidad—. Amo a mi gente, amo mi reino, pero si fuera destruido como lo fue el Reino del Mar, sin esperanza de recuperar su esplendor… ¿por qué quedarme?
—Quizás aún quede algo de esplendor allí. Creo que siempre habrá esperanza mientras haya gente dispuesta a trabajar. El Reino del Mar no se construyó en un solo día… ¿Por qué tendría que ser breve su renacimiento?
Valda frunció el ceño y asintió despacio. —Sé que no te gustó lo que oíste en mi reunión con Arwin sobre los celestinos yendo a reconstruir para su propio beneficio.
—Están robando tierras…
—Lo sé y lo voy a arreglar —respondió Valda con firmeza—. No es justo, como dijiste. Llegar allí, tomar el control y luego cobrarles más impuestos por usar nuestros propios recursos. No está bien. Lo arreglaré.
Maris le creía. En el fondo sabía que Valda quería revocar muchos de los decretos y decisiones de su madre. Apenas llevaba un día como reina; necesitaba tiempo para acomodarse, para pensar.
—Me encantaría ir al Reino del Mar —dijo Maris, cambiando de tema, aunque el anhelo en su voz era imposible de ocultar.
—Quizás algún día te lleve allí —dijo Valda—. Mereces verlo.
Los labios de Maris se curvaron en una sonrisa suave, satisfecha. Su mano se deslizó desde el vaso hasta aferrar el grueso antebrazo de Valda, apretándolo con cuidado.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por regalarme una imagen de mi gente y de mi tierra. Nadie lo había hecho antes. Los libros que he leído no le hacen justicia.
—Yo tampoco le hago justicia.
—Y aun así lo intentaste —dijo Maris.
Sin pensarlo, se inclinó y rozó con un beso la mejilla de Valda. Esta se tensó de inmediato y Maris se apartó justo al mismo tiempo en que Lasmeer apareció con la comida.
—¡Valda! ¡Esto es demasiada comida! —exclamó Maris al ver cómo colocaba ambos platos frente a ellas.
—Come lo que puedas —comentó Valda—. Yo me encargo del resto.
Maris observó cómo Valda tomaba la comida con las manos. Era descuidada, tanto que trozos de carne se le caían de entre los pedazos de pan. Dio un mordisco enorme y más carne —y verduras— terminaron cayendo. Maris hizo una mueca; no estaba acostumbrada a ensuciarse al comer.
Acomodó la comida entre los dedos, bajó la mirada y estudió qué lado sería el mejor para morder. Valda ya iba por el tercer mordisco y ella todavía no sabía por dónde empezar. Gimoteando, abrió la boca lo más que pudo y mordió.
La explosión de sabores la tomó completamente por sorpresa.
—¡Dioses!
—Lo sé, ¿verdad? —rió Valda entre dientes antes de darle un cuarto mordisco.
—¡Come más despacio! —protestó Maris, mirando el desastre que Valda había armado.
—¡No puedo! ¡Hace años que no vengo! ¡Esto me hacía falta!
Maris arrugó la nariz antes de dejar la comida sobre el plato.
—Estoy haciendo un desastre…
—Tienes que abrir más la boca —bromeó Valda, con una sonrisa pícara dibujándosele en los labios.
—Tú también estás hecha un desastre.