La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 12. Capítulo 12 #2
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12. Capítulo 12 #2

Maris entrecerró los ojos para protegerse de la arena, pero no pudo apartar la mirada. Valda se sacudió el polvo con movimientos elegantes, recuperó su espada y la envainó con calma. Se limpió el sudor de la frente antes de despedir a los soldados con un gesto.

Maris se acercó con cautela, anunciando su presencia al tocarle el brazo.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

Valda dejó escapar un suspiro. —Contenta… pero preocupada.

Maris frunció el ceño. —¿Y eso por qué?

—Porque ahora tengo que confiar en mi don —dijo Valda, frustración filtrándose en su voz—. No puedo pelear como antes, pero todavía puedo defenderme.

—¿Y qué tiene eso de malo?

—Que no puedo usarlo todo el tiempo. Los dioses nos dieron dones especiales a sus elegidos, pero nuestros cuerpos mortales tienen límites.

No estamos hechos para sostener ese poder como ellos lo harían.

—Valda suspiró y se frotó la nuca—. Oigo los pasos, sus gruñidos.

Puedo olerlos cuando se acercan… pero al final, me falta precisión.

—Creo que con un poco de práctica puedes llegar a donde quieres —dijo Maris con suavidad—. Estás reaprendiendo una destreza que te tomó años dominar. Es normal que tengas que ir poco a poco.

Valda dejó escapar una risa baja. —Eso es verdad. Por más que quiera volver a ser como antes, ya no es posible. —Hizo una pausa—. Aunque sí hay algo que me gustaría volver a hacer… algo que disfrutaba cuando era princesa.

—¿Y qué es?

Valda se apartó de Maris y alzó la voz hacia la entrada trasera del castillo. —¡Trae a Argo y a la otra yegua! Quiero salir.

Maris observó cómo el guardia asentía y se marchaba a toda prisa. —¿Argo?

—Mi caballo. —Valda sonrió—. Quiero que me acompañes a la Plaza de Ofelia a estirar las piernas y mezclarme con mi gente.

—¿Hacías eso cuando eras princesa?

—Claro que sí. —Valda ladeó la cabeza—. ¿Cómo crees que sabía lo que mi gente necesitaba?

Maris frunció el ceño. —Según el informe económico, no estabas muy en sintonía con las necesidades de tu pueblo.

Valda se tensó al instante y Maris reaccionó rápido.

—Sin ánimo de ofender.

—Las cosas van a cambiar —respondió Valda con firmeza—. Me voy a asegurar de que así sea.

El sonido de un galope suave llamó la atención de Maris. Se giró justo a tiempo para ver acercarse un magnífico caballo dorado de crin blanca, seguido por una yegua negra de pelaje brillante. Maris se quedó embobada ante la presencia de ambos animales.

—Sus caballos, mi reina —anunció un guardia, entregándole las riendas a Maris.

—Gracias. Eso es todo por ahora.

Valda pasó la mano hasta encontrar el pelaje de Argo bajo las yemas de los dedos. Sonrió y le dio una palmada cariñosa en el grueso cuello. —Por favor, dime que sabes montar.

Maris frunció el ceño, ofendida.

—Claro que sé montar a caballo —dijo, agarrando el cuerno de la silla y subiéndose con soltura. Si Valda pudiera verla, seguramente quedaría impresionada por la fluidez de su movimiento—. Tuve uno hace tiempo. Lo vendí antes de venir a trabajar para acá.

—Pues estamos bien, entonces —murmuró Valda con una risa suave.

Palpó la silla hasta encontrar el cuerno y, al igual que Maris, se incorporó con una elegancia natural.

—Necesito que vayas delante. Argo te seguirá hasta llegar a la plaza.

Después se moverá solo —explicó, dándole otra palmada al cuello—, conoce mis paradas.

—Preferiría ir a tu lado, si te parece bien.

Valda se encogió de hombros y chasqueó la lengua para poner a Argo en marcha.

—¿Sueles salir así, sin guardias?

—Soy la reina.

—Sí, pero ahora eres la reina. Me refería a antes.

—Mi gente no me haría daño y a mí me gusta estar rodeada de ellos —respondió Valda—. Cuando era princesa, iba y venía como me daba la gana. Todos estaban acostumbrados.

Maris no pudo evitar soltar una risa baja.

—¿Qué pasó? ¿Qué te da gracia? —preguntó Valda cuando Argo se colocó al paso de la yegua de Maris.

Maris negó con la cabeza mientras observaba, expectante, la entrada arqueada de la plaza.

Ya podía oler la comida y escuchar un murmullo vivo de risas y conversaciones.

La gente siempre la ponía nerviosa, una secuela de su crianza aislada de la que nunca había logrado desprenderse del todo.

Preferiría estar en el castillo, tranquila, a solas con Valda.

—Dime.

Valda la sacó de golpe de sus pensamientos. A veces olvidaba que no podía verla; aun así, se desenvolvía con sorprendente soltura sin ayuda.

—No es nada.

—¿Te ríes por nada?

—Es que me parece bastante irónico —empezó Maris, notando las sonrisas radiantes y los saludos que les dirigían mientras Valda avanzaba por los caminos de tierra.

—¿Qué cosa te parece irónica?

—De niña, mis padres me mantenían apartada de todo el mundo. Siempre vivían con el miedo de que me pasara algo malo… y, sin embargo, tú —Maris sonrió y giró el rostro hacia Valda—, la reina del Reino del Cielo, caminas entre tu gente sin miedo y de pequeña te dejaban hacer lo que quisieras.

—No diría que podía hacer lo que quisiera —respondió Valda con una media sonrisa.

—Pero podías andar libremente. Yo estaba encerrada.

—Qué extraño… ¿no tenías amigos?

—Solo Melvian.

—¿Y tu educación?

—Me educaron en casa.

—¿Con un tutor privado?

—No, mis padres.

Valda frunció el ceño. —¿Y ya? ¿Solo dos tutores? Pero tu papá era soldado… ¿y tu mamá?

—Ama de casa.

Valda apretó los labios y luego asintió despacio. —Coño… y aun así no suenas nada torpe.

—No sé si tomar eso como un cumplido o como un insulto a mis padres —dijo Maris, arqueando una ceja mientras se giraba hacia ella.

Valda pareció ponerse nerviosa. —Perdóname. No quise decir…

Maris soltó una risa por lo bajo. —Tranquila, lo sé… Además, siempre he leído bastante.

Maris se inclinó hacia un lado y tomó las riendas de Argo. Una vez más, pensó que lo más sensato era cambiar de tema. Aunque se estaba acostumbrando a Valda, todavía no se sentía lista para contarle todo. Acercó a Argo a su yegua negra y retomó la conversación de la reunión.

—Lo que todavía no entiendo es esto: dices que tu pueblo te quiere, pero el general Arwin habla de un posible golpe de Estado.

Valda se tensó; su labio superior se torció con fastidio.

—¿Y?

—¿No tienes miedo?

—Siempre habrá una amenaza de golpe de Estado —respondió Valda—. Nadie está completamente conforme con cómo van las cosas. No espero que lo estén. Pero estoy segura de que, si voy al sur, apaciguo a los rebeldes y los purgo, esos rumores desaparecerán junto con ellos.

—O también podrían replantearse el sistema tributario —dijo Maris, encogiéndose de hombros—. Tal vez esa idea del golpe tenga raíces ahí. Quizás, si empiezan a cuidar de los más vulnerables de esta sociedad, las cosas se calmen un poco.

—A ti te criaron celestinos, y aun así hablas como si el sistema tributario fuera lo que más perjudicó a tu familia —replicó Valda, con el tono cargado de fastidio.

Cuando Maris tardó demasiado en responder, Valda insistió:

—¿O no?

—Creo que todo el mundo está molesto con el sistema tributario.

—Pero hay algo más…

Maris apretó los labios antes de hablar.

—Mi papá fue soldado de tu ejército. Después de su muerte, mi mamá y yo fuimos prácticamente abandonadas por la corona. Ella no podía trabajar… tuve que hacerme cargo yo. Yo… —se le quebró la voz—, yo era demasiado joven.

—¿Abandonadas? —repitió Valda, incrédula—. Nosotros nunca abandonamos a las familias de nuestros soldados.

—Eso mismo pensaba yo… —susurró Maris.

Deseó que la conversación terminara ahí. Sin embargo, sabía que Valda podía obtener cualquier respuesta que quisiera; al fin y al cabo, era la reina.

Antes de que Valda pudiera hacer otra pregunta, un aroma delicioso inundó los sentidos de Maris. La reina tiró suavemente de las riendas de Argo y, con ello, hizo que la yegua de Maris también se detuviera.

—¿Hueles eso? —preguntó Valda, inhalando con evidente satisfacción.

Maris inhaló profundamente y suspiró. —Ay, sí. Lo huelo.

—Por favor, dime que estamos cerca de Lo De Lasmeer.

Maris había oído hablar de Lo De Lasmeer. Era un pequeño quiosco cerca del centro de la Plaza de Ofelia. Melvian lo había mencionado más de una vez y le había prometido llevarla allí algún día para darse el gusto con sus carnes a la parrilla servidas en pan.

Maris se giró para ver la entrada y el humo que salía del quiosco. —Sí… ¿Quieres parar aquí? —preguntó.

Pero la reina ya había bajado del caballo. Maris no perdió ni un segundo. Saltó de su yegua y enseguida le agarró el antebrazo a Valda. —Deberías esperarme.

—Me muero de hambre y ese olor me está volviendo loca —gruñó Valda, sin disculparse.

Maris ató las riendas afuera del quiosco y luego siguió a Valda de cerca. La reina ya había sacado el bastón blanco y lo utilizaba con total soltura mientras entraba. Una sonrisa amplia y luminosa se dibujó en su rostro.

—¡No puedo creer lo que ven mis ojos! ¡Valda! —exclamó una voz—. Oh… espérate, no, no…

Un hombre corpulento, que tenía la camisa y los pantalones de algodón manchados de grasa y parecía ser el dueño, salió con los brazos abiertos e hizo una reverencia exagerada y burlona antes de saludar con teatralidad.

—¡La Reina Valda Aither!

La sonrisa de Valda llegaba casi hasta sus orejas cuando el hombre la tomó y envolvió en un fuerte abrazo familiar.

Maris se preocupó por un segundo, temiendo que se estuviera acercando demasiado a Valda, pero al ver cómo ella le devolvía el abrazo con total naturalidad, entendió que no había peligro.

—¡Dioses! ¡Tanto tiempo, mi pana!

—Lasmeer… me alegra saber que sigues bien —dijo Valda, separándose para luego sujetarle el antebrazo en un saludo firme, casi militar.

—Supe lo que pasó. Mi más sentido pésame —añadió Lasmeer, con un tono más serio—. La muerte de tu madre es una tragedia, pero debo decirlo: me siento orgulloso y honrado de llamarte mi reina.

—Te lo agradezco, Lasmeer —respondió Valda—, pero solo por hoy no quiero ser tu reina. Hoy quiero ser tu amiga… como en los viejos ti empos.

—¡Ah! ¡Claro que sí! —exclamó Lasmeer.