11. Capítulo 11 #5
—Está bien, mi reina. No me ofendo. Quizá al status quo le cuesta oír lo que hay que cambiar. —Maris ladeó la cabeza y encaró al general—. Si mi reina va a tomar dinero de los mareños, mejor usarlo para arreglar su reino y que puedan volver a casa.
—Hemos hecho más que suficiente por tu gente —escupió Arwin.
Valda cerró los ojos y respiró hondo. —¿En qué se está usando el dinero, Arwin?
—Según el informe, mayormente en el ejército.
Maris volvió a la libreta y anotó dos líneas. Tan concentrada estaba que no notó la mano de Valda meterse bajo la mesa y apretarle el muslo. Miró su regazo y luego a Arwin, distraído con la maraña de papeles. Valda se inclinó lo justo para susurrarle:
—Hablaremos luego.
De forma rápida y discreta, Maris apretó los dedos de Valda, asegurándole que sí.
—¿Qué sigue? —preguntó Valda.
—Puedo continuar con seguridad.
Valda agitó la mano para que siguiera.
—La agitación civil continúa en el sur. Tu última batalla antes de tu cumpleaños no disuadió a más rebeldes de unirse. Según reportes, hay más soldados abandonando el ejército para sumarse a estas… legiones.
—¿“Legiones”? Vaya palabra —se burló Valda.
Arwin se encogió de hombros.
—La gente se está rebelando. Tras la muerte de tu padre, todo fue cuesta abajo, sobre todo cuando tu madre asumió. Con su enfoque asistemático del gobierno…
—¿“Asistemático”? ¿Así lo llaman?
Arwin tragó, los labios apretados.
—¿Estás diciendo que no tienen razón?
—¡Por supuesto que no! Mi madre hizo lo que pudo. Se casó con la realeza; no sabía gobernar.
—¿Crees que a la gente le importa, Valda? —bufó—. No. Quieren a alguien que gobierne, que les permita vivir tranquilos. No están bendecidos por los dioses como tú. Por eso, cuando murió tu madre y tú tomaste el trono, los ataques bajaron un poco, pero con tu… situación, se desbordaron de nuevo.
Valda se frotó la frente.
—¿Qué has hecho para detenerlos mientras yo estuve fuera? Dijiste que te ocupabas.
—Dupliqué las tropas en Umbriel y las llanuras adyacentes. Intentamos sacarlos de sus guaridas, pero parecen organizados. Puede que tengan un líder.
Valda se frotó los nudillos llenos de cicatrices y bajó la cabeza.
—Esto no puede suceder.
—Valda, no puedo sacarme de la cabeza que esos canallas estén ligados de algún modo al asesinato de tu madre. —Se humedeció el labio y le echó una mirada rápida a Maris—. Quieren este desorden, quieren desestabilizar y quizá tomar el mando. ¿Qué mejor que eliminar a la reina?
Maris soltó un resoplido y negó, mirándolo con rabia.
—Si me permite, mi reina.
—Adelante.
—No creo que tenga sentido. Si lo que dice el general fuera cierto, ¿por qué no eliminarte a ti también?
La verdadera desestabilización habría llegado si se hubieran llevado a las dos mujeres de poder: la reina y la princesa.
Nadie más hubiera podido tomar el rol y el reino hubiera caído en un caos total.
—No pudo evitar mirar a Arwin—. No creo que quisieran sacar a tu madre del tablero.
—Se mordió el labio—. Creo que querían que tú reinaras.
—¿Con qué propósito? —preguntó Valda.
¿Para manipularla? Maris masticó el labio, sin atreverse a decirlo.
—Quizá quieren a una líder ciega. Quizá saben que aún eres nueva en materia de gobierno —dijo en su lugar, esperando que Valda entendiera lo que realmente quería decir.
Arwin rió.
—Ay, por favor. Si intentas decir que Valda es fácil de manipular, tal vez aciertas, pero si querían un golpe de Estado, debieron hacerlo cuando Brontes vivía.
—¿“Fácil de manipular”? ¿Según quién? ¿Tú? —chocó Valda.
—Yo, bueno… Lo que digo es…
—No. Tu a mí me respetas y no hables mal del difunto rey —advirtió, cerrando un puño.
La curiosidad de Maris se encendió. Para que Arwin hablara así de Brontes, no le debía de agradar.
—¿Su papá también murió de forma misteriosa, Su Alteza? — preguntó, mirando a Valda.
—Murió durante la tragedia del Reino del Mar —respondió Valda, moviéndose en la silla; la pierna le rebotaba bajo la mesa.
—¿Cómo?
—Sufrió grandes heridas cuando el castillo colapsó. No teníamos un devoto de Asclepio bendecido en el barco; murió de camino a casa —intervino Arwin, enderezándose.
—¿Es normal que la gente en este reino muera en embarcaciones y de formas misteriosas? —soltó Maris.
El rostro de Arwin se ensombreció. —¿Qué insinúas? —Se inclinó sobre la mesa, acercándose demasiado—. ¿Qué sabes?
—No sé nada. Estoy escupiendo teorías y preguntas, igual que usted, general.
—¿Ah, sí? Suena más a que sabes cosas que nosotros no. Fijate que desde que apareciste, empezaron a pasar cosas malas.
—¿Qué estás insinuando, Arwin? —preguntó Valda, su pierna inmóvil de repente.
—Digo que esta mujer jamás pasó por uno de mis controles. —Se encogió—. Tú dirás.
—Jamás le haría daño a la familia real —dijo Maris, mientras un hilo de miedo le reptaba por la espalda al notar que Valda se volvía hacia ella—. Me crió un soldado que juró lealtad eterna a la corona.
—¿Un soldado celestino te crió? ¿De veras? No me sorprendería que también estuvieras mintiendo.
—Me enseñaron fidelidad, general. Y no me gusta…
—Me importa un soberano carajo lo que te guste o no.
—Arwin se volvió hacia Valda y estampó la mano sobre la madera—.
Este es el problema, Valda. Te pones a chichar con cuanta criada hay en el castillo; te acuestas una o dos veces y ya se creen con derecho a venir aquí a hablar, cuando lo único para lo que sirven es para abrirse de piernas y boca.
—Arwin… —gruñó Valda por segunda vez en el día.
—No. No voy a callarme. Está clarísimo: eres hija de tu padre.
Te ponen una carita bonita y una chocha mojada delante y ya no puedes tomar una decisión correcta para tu reino.
Mira lo que pasa: está haciendo exactamente lo que esos cabrones de Umbriel quieren: desestabilizar.
A saber, si no está con ellos y la empujaron aquí para joderlo todo.
Como ella misma dijo, probablemente querían que tú reinaras.
Saben lo fácil que te manipulan un par de tetas y un…
El aire le fue arrancado de los pulmones.
Jadeando, abrió grande los ojos hacia Valda, con la mano extendida y los ojos abiertos.
Llevó sus dedos al cuello, pero lo único que encontró fue el viento arremolinado a su alrededor.
La cara roja de Arwin dejó a Maris helada.
Lo que más la asustó fue que no quería que Valda se detuviera.
Quería que lo lastimara. Si ella no podía hacerlo, que lo hiciera Valda por ella.
¿O no debía? Pero entonces, ¿quién respondería sus preguntas sobre la muerte de su padre? ¿Cuándo obtendría un cierre?
Debatiéndose, Maris gruñó de frustración y llamó a Valda:
—¡Basta! ¡Para! —Se levantó y aferró el antebrazo grueso de Valda, intentando bajarle la mano. Pero la rabia de Valda se desbordaba por cada poro. La reina enseñó los dientes como loba rabiosa, concentrada en los jadeos del general.
—Valda —susurró Maris, acariciándole el rostro con manos suaves—. Por favor. No.
Los ojos de Arwin se fueron hacia atrás, sus brazos cayendo a los costados. Maris entró en pánico y apretó la mano de Valda otra vez.
—¡Para ya! ¡Lo estás matando!
De pronto, Valda aflojó. Arwin se desplomó hacia atrás, tosiendo y boqueando.
Al apartarse la reina, Maris retiró la mano, notando la furia que la envolvía.
La mujer calmada de la mañana había desaparecido; en su lugar estaba la guerrera, envuelta en llamas, lista para destruir a quien se le pusiera enfrente.
Maris dudó si hablar de nuevo, tocarla, razonar con ella, pero cuando movió sus manos, Valda también.
Estrelló el puño sobre el escritorio: la madera crujió bajo su golpe, se rajó desde dentro y se partió en dos.
Maris soltó un chillido y se echó atrás, esquivando astillas. Miró desde el escritorio a Valda y luego a Arwin, aún en el suelo, intentando regular la respiración.
—Quiero que me escuches bien, Arwin —dijo Valda, inclinándose—.
Yo soy la reina. No soy mi mamá. No soy mi papá.
No me vas a intimidar ni a manipular para hacer o pensar lo que tú quieras.
¡Ya no! ¡No soy una chamaquita! Me respetarás como a tu superior.
Si te atreves a faltarme el respeto otra vez, juro sobre la tumba de mi madre que no dudaré en sofocarte. ¿Me entendiste?
Arwin se arrastró alejándose y asintió.
—¡Habla, puñeta! —ladró Valda.
—S-Sí, Su Alteza.
El labio de Valda volvió a contraerse. Se irguió y dio un paso atrás, prudentemente.
—Esta reunión se pospone para otro día.