11. Capítulo 11 #4
El hombre asintió, una sonrisa temblorosa abriéndose paso.
—Entonces, Su Alteza, sé que suena descabellado, pero…
—Creo que ocho años de diferencia son mejores que treinta y siete —dijo Valda.
El corazón de Maris volvió a desplomarse al comprender lo que iba a pasar.
En un solo movimiento, Valda desenvainó la Espada Celestial.
La hoja brilló con la luz y le atravesó el vientre al hombre.
Con un grito furioso, Valda tiró de la hoja hacia arriba y dio un paso atrás.
El acero cortó el aire con un silbido, seccionándolo con precisión sin esfuerzo.
La sangre salpicó en todas direcciones y el hombre cayó, sin vida.
La mujer gritó detrás, girando el rostro de la niña y cubriéndola con su propio cuerpo.
Maris presenció la escena horrorizada. La mano voló a su boca, los ojos abiertos de incredulidad.
Los cortesanos se echaron atrás: unos jadearon, otros se taparon los ojos.
Valda se alzó sobre el cadáver, el pecho subiendo y bajando, la espada aún goteando.
Abrió los ojos y alzó la barbilla, desafiando a cualquiera a contradecirla.
El salón quedó helado, todos pálidos, con los ojos muy abiertos.
Los susurros crecieron, temblando de miedo e incertidumbre.
—No toleraré que se use la conexión sagrada de las parejas como excusa para semejantes aberraciones —gruñó Valda, enfundando la espada ensangrentada—.
Si lo que decía era cierto, se reencontrarán cuando él renazca.
—El murmullo se apagó en un suspiro, salvo por los sollozos de la mujer y su hija—.
Vete a casa. Estás a salvo. No volverá a molestarte.
La mujer se volvió evitando la sangre, se inclinó y dio gracias antes de que los guardias la escoltaran afuera.
—Esta audiencia ha terminado —declaró Valda, girándose hacia Maris.
Cuando Valda le tendió la mano, un torrente de miedo y excitación sacudió a Maris.
Dudó por un parpadeo; la mente le bullía de emociones contrapuestas.
No podía decir con honestidad que aprobara lo que había pasado, pero tampoco habría permitido que ese hombre hiciera lo que pretendía.
Algo repugnante, algo… horrendo. Con dedos temblorosos, Maris alcanzó la mano de Valda.
El agarre de la reina era firme; el contacto, eléctrico, y un escalofrío le recorrió la espalda.
Su demostración de poder crudo y resolución inflexible la había dejado sin aire.
Su cuerpo la traicionó: el pulso se le aceleró, el aliento le quedó corto.
Cuando Valda posó la mano en su hombro, pidiéndole en silencio qu e la guiara de vuelta al trono, un cóctel de terror y deseo corrió por sus venas.
Intentó componerse, pero todavía le cosquilleaba la piel por la intensidad del momento.
Lanzó una mirada furtiva a Valda, que cerró los ojos y soltó un suspiro fuerte.
El rubor le subió a Maris a las mejillas y apartó la vista, el corazón desbocado.
Sabía que debía ser cauta en presencia de Valda, después de ver lo que era capaz de hacer ante una multitud, pero no podía negar el imán que ejercía sobre ella.
Sus labios temblaron ligeramente cuando un guardia se acercó por un costado y, entre susurros, le avisó que Arwin la esperaba en el gabinete.
Maris asintió, respiró hondo y se calmó antes de tocar a Valda para llamar su atención.
Le dio el recado y, otra vez, su estómago se hundió.
Quería hacerle tantas preguntas a Arwin, pero con Valda presente no sería prudente.
Con el salón vacío, Maris condujo a Valda al gabinete.
Al entrar, Maris se fijó en los tapices ricos que cubrían las paredes, escenas de batalla y conquista.
El techo lucía relieves dorados. La estancia estaba en penumbra, con velas parpadeantes lanzando sombras móviles.
En el centro, un escritorio suntuoso rebosaba pergaminos, plumas y tinteros, indicando que era un lugar para conducir importantes asuntos de Estado.
Estanterías repletas de tomos encuadernados en cuero y manuscritos antiguos adornaban las paredes. Sillones mullidos y cojines por doquier, pensados para tener conversaciones privadas.
Arwin ya estaba sentado al otro lado del escritorio, sus dedos tamborileando sobre los apoyabrazos.
Al abrirse la puerta, las miró; de inmediato frunció el ceño y se irguió.
La mirada que le dirigió a Maris voló como dagas al vientre enemigo.
Una vez que Valda tomó asiento, Maris se mantuvo detrás de ella, sosteniéndole la mirada al general.
Sus ojos avellana ardieron contra los azules de Maris antes de volver a Valda.
Arwin olfateó el aire y movió sus dedos para tamborilear ahora la mesa de madera frente a él.
—Te llamé para que me des el informe y, sin embargo, siento que algo te incomoda, general —Valda se recostó en el sillón—. ¿Quieres decirme?
—No diré nada mientras esta mujer siga aquí.
El labio superior de Valda se contrajo. Llevó la mano a la silla contigua, la echó hacia atrás y sonrió.
—Maris, por favor.
Disimulando los nervios, Maris arrastró más la silla y se sentó a su lado. Valda abrió un cajón pequeño en el escritorio y se lo mostró; dentro la esperaban una libretita y un lápiz. Maris los tomó y los colocó sobre la mesa, frente a Arwin .
—Maris me ayudará tomando notas. Es mi asistente y la respetarás como me respetas a mí.
—Esta mujer no lleva ni un mes aquí y ya te tomas libertades con ella.
—Empieza el informe, si eres tan amable.
—Valda, pero…
—Empieza. El. Informe.
Arwin le dedicó a Maris una última mirada antes de limpiarse el sudor de la barbilla y bajar la vista a sus notas. Revolvió papeles mientras Maris abría la libreta y escribía.
—Tengo varios reportes que quiero compartir —empezó—. ¿Por dónde quieres que empiece?
Valda se encogió de hombros y agitó la mano.
—Donde sea.
Arwin asintió, se lamió el labio inferior y, antes de hablar, Maris lo interrumpió:
—Quisiera una copia de esos reportes al final de la reunión. —Le sostuvo la mirada, sonrió y añadió: —Por favor.
—Por supuesto… —Le devolvió una sonrisa condescendiente.
Sacó uno de los tantos informes de los consejos.
Los repasó, explicando que, pese a haber subido los impuestos, se preveía una caída en la recaudación por la sequía y la baja en las exportaciones.
También habló de la preocupación por la escasez de importaciones del reino de Rea y la falta de medicinas.
Siguió con otro dato: estaba habiendo un flujo de celestinos mudándose a las islas devastadas de Agenor, en el Reino del Mar.
Maris arqueó una ceja.
Arwin explicó que muchos lores y caballeros de alto rango se estaban trasladando a las islas más cercanas al Reino del Cielo y comprando casas y tierras destruidas y abandonadas por mareños para restaurarlas.
Al principio, Maris sonrió: jamás había oído hablar de ninguna restauración en el Reino del Mar.
Le alegraba el corazón imaginar volver y verlo como antes de la destrucción.
Pero Arwin continuó: tras cada restauración, o bien los lores se quedaban con las tierras o las revendían a los sobrevivientes a precios exorbitantes.
La sonrisa de Maris se desvaneció. ¿Cómo podía ser eso justo? Los mareños que seguían en Agenor no tenían medios para comprar o reconstruir. ¿Por qué los celestinos les estaban arrebatando su tierra?
—Como sabes, también hemos duplicado los impuestos a los mareños de Nueva Agenor.
Les proporcionamos un lote de agua mareña y casi nos cuesta otro barco —añadió Arwin, clavándole ahora una mirada a Maris.
La mueca sardónica le revolvió el estómago.
Ella apuntó un par de cosas, apartando la vista antes de perder los estribos.
—¿Qué pasa? —preguntó Valda, interrumpiendo al general.
—¿Su Alteza? —Arwin alzó una ceja blanca hacia la reina.
Maris se removió incómoda y negó:
—Nada, mi reina.
—Habla.
Arwin bufó.
—¿Ahora es tu consejera?
—General, le sugiero que se guarde los comentarios —dijo Valda. Se volvió hacia Maris—. Dime.
—Creo que esta “revitalización” del Reino del Mar con manos celestinas… no es lo que necesitan —la voz le tembló y evitó mirar a Arwin—. Y además, ¿por qué cobrarles impuestos más altos si ya lo perdieron todo?
—Si en veinte años no han hecho nada para arreglar lo suyo, son unos vagos e incompetentes.
Maris ladeó la cabeza, incrédula. Recordó a Eyphah en la audiencia: su rabia, su frustración por no ser escuchada.
Estaba sola, suplicándole a Valda ayuda y, aunque Valda ni negó ni concedió, seguía sintiéndose como si los mareños, su gente, estuvieran librados a su suerte.
No era correcto. Nada de lo que salía de la boca de Arwin lo era.
Los mareños no eran vagos: tenían a todo un reino en contra mientras intentaban mantenerse a flote.
Tenía que hacer algo, lo que fuera, para que recibieran ayuda. ¿Por qué no intentarlo ahora?
—¿Vagos? Trabajo desde que murió mi papá.
Me costó encontrar empleo, ya que con solo ver mi pelo me cerraban la puerta, y no hablaré de cómo me trataron en los lugares donde sí me contrataron.
—La rabia le burbujeó en el pecho mientras Arwin desechaba sus palabras con un bufido.
Miró a Valda—. ¿El Reino del Cielo ha pasado por algo así en su historia?
Valda negó.
—Que yo sepa, no.
—Entonces no deberían juzgarlos —añadió Maris—. ¿No quieren bajarles los… nuestros impuestos? ¡Bien! Entonces creen leyes para que su gente contrate mareños. ¡Puñeta, den incentivos a quien les dé trabajo! ¡Denos una oportunidad!
—¿No te gusta cómo hacemos las cosas en este reino, muchacha? —sonrió Arwin, ácido—. Siempre puedes volver al Reino del Mar y probar suerte en ese erial olvidado por los dioses.
—¡Arwin! —gruñó Valda—. ¡Basta!