11. Capítulo 11 #3
Maris tragó duro. La mujer estaba desesperada y con razón.
Ella sabía de primera mano cómo trataban a los mareños.
Al menos Maris había tenido padres celestinos que intentaron facilitarle la vida.
Claro que todo se vino abajo cuando su padre murió y su madre enfermó.
Ella lo aceptó como lo que creía que era: parte de la vida.
Había que ingeniárselas para sobrevivir porque nada era justo, pero…
mirando a Eyphah, no podía imaginar lo que estaban pasando ella y la gente de Nueva Agenor.
Tenía que hacer algo, pero ¿qué? No le correspondía decirle a Valda qué hacer.
—Saben lo mal que están y aun así siguen pariendo —bufó un viejo—. Eso es lo único para lo que sirven ustedes: para chingar y reproducirse, y que otros se hagan cargo.
Valda estampó la mano en el apoyabrazos y le ordenó callar a gritos. Sin que se lo pidieran, dos guardias sacaron al hombre del salón. El silencio cayó de nuevo hasta que Valda habló, más calmada:
—¿Qué quieres, Eyphah?
Eyphah inhaló hondo.
—Bajen nuestros impuestos y fallen a nuestro favor. Mano, no es justo pagar casi el doble que los celestinos por lo básico.
—¿Algo más?
Eyphah negó.
—No, Su Alteza.
—Siento que estén pasándolo tan mal en mi reino. Te aseguro que no era la intención cuando les cedimos una parte de nuestras tierras hace dos décadas. No puedo concederte lo que pides. No ahora, al menos.
—¿Q-Qué? ¿Hablas en serio?
—¿Acaso no fui clara? —Alzó la barbilla—. Es mi primer día como reina. Cuando tenga mis reuniones, decidiré qué hacer con sus impuestos, y no solo los suyos: los de todo el reino .
—Tú… —resopló Eyphah, rechinando los dientes—. Da gracias a los dioses por el decreto de tu madre; si no, ya habrían sentido el encabronamiento de los mareños.
—¿Me estás amenazando?
Eyphah no respondió; en cambio, clavó sus ojos oscuros en los de Maris. Su rabia se suavizó por un segundo: sus labios se entreabrieron y sus puños se aflojaron y se quedó allí, mirándola con asombro.
—¿Mareña? —insistió Valda.
La mandíbula de Eyphah se cerró de golpe antes de volver la atención a Valda.
—P-Puede que sí —balbuceó.
Valda hizo un gesto y dos guardias se interpusieron entre ambas.
—Escolten a esta mujer fuera del castillo.
—No hará falta. Puedo salir sola —dijo Eyphah, inclinándose una vez y lanzando una última mirada a Maris antes de darse la vuelta y abandonar el salón con los guardias tras ella.
Maris soltó un suspiro profundo cuando Eyphah se fue. Aquello de la audiencia era agotador, pero le daba a Maris una ventana a ver cómo escuchaba la realeza a su gente. También podía servirle para enterarse de lo que ocurría fuera de los muros del castillo.
Pasado el revuelo, tres hombres se acercaron al estrado. Se inclinaron ante Valda con respeto solemne y luego se miraron entre sí, decidiendo quién hablaría primero.
—Buenos días, reina Valda. Espero que se encuentre bien —dijo uno, con la voz firme—. Soy Jaltious, líder del pueblo de Calibán.
Valda asintió.
—Qué bueno oír de ti, Jaltious. ¿Qué buscas en la audiencia de hoy?
La mano de Jaltious cayó sobre la empuñadura de su espada mientras aspiraba con fuerza.
—Con el debido respeto, venimos a pedir que nos bajen los impuestos.
Entendemos que su madre los subió por… —hizo un gesto desdeñoso—, la razón que haya sido.
Pero como ahora usted es nuestra soberana, creemos que sería lo mejor para nosotros que nos ayudara.
Al pagar impuestos tan altos no nos alcanza para asistir al pueblo.
Nuestro ganado sufre; hemos perdido más de una docena de vacas.
Me preocupa no poder comerciar con otros pueblos en el mes de Astralón.
—Además de bajar impuestos, ¿qué necesitas?
Jaltious soltó una risa nerviosa.
—Su Alteza, si nos reduce los impuestos…
—¿Qué necesitas?
La mandíbula de Jaltious se tensó. Respiró hondo y se rascó la nuca.
—Necesitamos pagar a los jornaleros para que se queden más horas y…
—¿Cuánto?
Tartamudeando, Jaltious calculó de cabeza y soltó la cifra. Era una suma exorbitante. Maris pensó que Valda se la negaría.
—Hecho. Añadiré además veinte vacas para compensar las que perdiste. ¿Algo más?
Jaltious bufó, frotándose la frente.
—Sería mejor si…
—Como le dije a la mareña, no tomaré decisiones sobre los impuestos hasta después de mis reuniones. Si hay cambios, se enterarán.
—Su madre fue rápida para subirlos sin consultarnos. ¿Por qué no…
—Mi forma de decidir no es de tu incumbencia. ¿Algo más?
Jaltious bajó la mirada.
—No, eso sería todo, Su Alteza. Gracias. —Hizo una reverencia profunda y se retiró a la par que otros dos hombres se acercaban.
Uno se presentó como Edemus, jefe del pueblo de Pérdita, y a su lado iba su guardia de mayor rango.
Edemus era mayor, de pelo blanco corto, mirada cansada y un ceño profundo.
Al saludar a Valda, el veneno se coló en cada sílaba antes de dispararle una mirada desagradable a Maris y volver a la reina.
—Venimos a pedir más guardias en nuestra frontera con Umbriel. Los ladrones saquean el pueblo; se llevan todo. ¡A duras penas tenemos para comer!
Valda se acomodó en el trono, erguida, los hombros cuadrados.
—¿Cuándo empezó?
—¡Siempre ha sido un problema! —gruñó el viejo, agitando la mano—. Desde que el rey murió nos han echado a los lobos. Siento como si nos hubieran olvidado.
—No los han…
—Así lo siento. La reina Rionach no hizo nada en mi última audiencia y Su Alteza no parece ver el problema. Y yo…
—Cuidado con lo próximo que salga de tu boca, Edemus. Bien podría no ayudarte en absoluto —apoyó los antebrazos en las rodillas, el rostro al frente, como mirándolo—. Habla mal de mi madre y haré que tu cabeza ruede por el Gran Salón.
El viejo se mordió el labio y dio un paso atrás, chocando con su guardia. Asintió y se inclinó .
—¿Bien? —apremió Valda.
—Perdóneme —dijo Edemus, conteniendo otro gruñido.
—Tendrás seis guardias reales en la frontera de Umbriel. Se turnarán para mantener a Pérdita segura. Pero tú tendrás que alimentarlos y alojarlos. ¿Entendido?
Edemus asintió otra vez, el rostro deformado por la rabia.
—Te hice una pregunta, Edemus.
—Sí, Su Alteza.
—Bien. Ahora vete antes de que me arrepienta. —Edemus se marchó, murmurando algo que Maris no alcanzó a oír.
Maris dio un paso junto a Valda y le tocó el hombro, provocando un gruñido sorprendido.
—¿Está bien? ¿Desea salir?
—Estoy bien.
La respuesta seca no la sorprendió. Volvió detrás de ella justo cuando llegaba el último peticionario, arrastrando de la mano a una mujer joven que, a su vez, sostenía a una niña.
Maris frunció el ceño y carraspeó, como para avisarle a Valda que algo no estaba bien.
El hombre, de rasgos celestinos, piel castigada por el sol, arrugas profundas en el ceño y comisuras, mostró los dientes antes de soltar a la mujer, que trastabilló.
La mujer apretó a la niña contra sí e hizo una reverencia.
También era celestina y llevaba un manto cubriéndole el cabello, igual que la pequeña.
Maris no pudo determinar el vínculo entre los adultos; no quería imaginar que fueran compañeros.
—Reina Valda, vengo a pedir resolución a este asunto. —Subió al estrado. Los guardias avanzaron para detenerlo, pero Valda levantó la mano, permitiéndole acercarse.
—Habla.
El hombre se volvió hacia la joven y le apuntó un dedo acusador. La ira le rezumaba con cada palabra.
—Esta mujer no me permite estar con mi pareja —dijo, avanzando hacia la mujer y agarrándole la mano para arrancarle a la niña.
El corazón de Maris cayó y los ojos se le abrieron de par en par. Miró a Valda y vio cómo se le fruncía el ceño. Se inclinó y le susurró al oído:
—Está con otra mujer. Más joven que él. Y… tiene una niña. No pasa de diez.
Valda asintió y se volvió al hombre.
—¿Quién es tu pareja?
El hombre bufó, agarró a la niña y la arrancó del abrazo de su madre.
—Su hija.
El salón quedó mudo al entender la frase.
Murmullos y susurros corrieron como pólvora; rostros contraídos de sorpresa y alarma.
Algunos intercambiaron miradas incrédulas; otros negaron.
La tensión podía palparse; el aire espeso de incomodidad.
Unos pocos valientes alzaron la voz para oponerse, mientras otros se removían, sin saber cómo reaccionar.
El gesto de Valda era inescrutable mientras tomaba nota de las reacciones.
El hombre tragó, nervioso, sudor perlándole la frente al tomar conciencia de la gravedad. Soltó a la niña, que corrió de vuelta al regazo de su madre.
—¡Su Alteza, es una niña! —suplicó la mujer, apretando a la pequeña—. Este hombre irrumpió en nuestras vidas; no nos deja en paz. ¡Asegura que mi hija es su pareja!
—¡Lo es!
—¡¿Cómo lo sabes?! ¡Es una niña; no tiene veintiuno!
—¡Basta! —tronó Valda, poniéndose de pie. Un silencio reverente cayó. Todas las miradas se volvieron hacia ella. Maris contuvo el aliento cuando Valda posó con cautela la mano sobre la empuñadura de la Espada Celestial—. ¿Afirmas que esta niña es tu pareja?
El hombre asintió y lo dijo en voz alta:
—Lo es.
—¿Y qué quieres hacer?
—Pues… —miró a la mujer y a la niña—, llevármela a casa.
—¡Su casa es conmigo! —bramó la madre.
—Las parejas, las almas gemelas, deben estar juntas. ¡Ella no tiene por qué meterse!
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Valda, el ceño hondo—. Suenas lo bastante viejo como para ser su padre.
—No importa…
—Responde.
Al hombre se le cortó la respiración y se frotó nerviosamente el pantalón antes de hablar:
—Cuarenta y cinco, Su Alteza.
—Su Alteza, mi nena lo que tiene son ocho años. No sabe lo que es ser pareja, ella…
La mano alzada de Valda la silenció. La mujer retrocedió, encogida, alejándose del hombre.
—¿Quieres formar un vínculo de pareja con una niña de ocho años?
—No… yo… Quiero estar con mi pareja. ¡Es mi derecho! Mi… Mi pareja murió hace nueve años. En cuanto vi a esta niña y ella me miró supe que mi Arla estaba en ella. Está allí y… —tragó duro—, la necesito conmigo.
—Siento la muerte de tu pareja. Solo puedo imaginar tremendo vacío.