La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 11. Capítulo 11 #2
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11. Capítulo 11 #2

—No me interpondré en tu reinado, mi reina —respondió Maris con un dejo juguetón. Fue al armario, sacó primero una camisa blanca sencilla y unos pantalones negros. Luego, puso unas botas cerca de la cama, justo cuando alguien tocaba la puerta.

Cerbera levantó la cabeza, las orejas tiesas. Se estiró y saltó al suelo, corriendo hacia la puerta. Quien fuera, seguramente traía el desayuno.

Maris la apartó con la pierna suavemente antes de abrir. —Tú no vas a salir… —Del otro lado, una sonriente Melvian la saludó.

—Buenos días, Maris.

—Buenos días, Melvian. —Siempre era un alivio ver una cara amable además de la de Valda.

—Traje lo favorito de la reina para desayunar —dijo Melvian, empujando el carrito adentro.

Era un banquete de frutas, avena, salchichas y pan con mantequilla.

Para beber, agua fría, jugo recién exprimido y café.

El estómago de Maris gruñó al instante por el aroma que inundó la sala.

—Puedes comer también, a menos que quieras otra cosa —añadió Melvian, mirando su vientre con disimulo.

—Esto está perfecto —dijo Maris, acomodando el carrito cerca de la mesa.

Ambas estaban tan concentradas en poner la mesa que no notaron a Valda entrar en la sala, ya vestida y peinándose con los dedos.

—Huele riquísimo —comentó Valda, arremangándose.

Maris se apresuró a su lado. —Yo lo arreglo —dijo, acomodándole las mangas para que la reina se viera impecable.

—Buenos días, mi reina —saludó Melvian con una reverencia. —Le traje lo que más le gusta.

—Sí, lo huelo. Gracias —respondió Valda con una sonrisa, tomando un hilo y guiándose hacia la mesa.

Melvian mordió su labio, nerviosa. —Mi reina, ¿puedo hablar con usted? Le juro que solo tomará un minuto.

Valda frunció el ceño, tomando un pañuelo de las manos de Maris. —Habla.

—Mi papá, Hephast, hizo algo para usted y quería que yo se lo entregara.

La reina sonrió apenas oyó el nombre. —Hephast, claro. El herrero favorito de mi padre.

—Sí, es muy devoto de su familia. Quizá demasiado… no lo digo en mal sentido.

—Relájate, Melvian. ¿Qué es? ¿Qué quiso darme tu papá?

Melvian se agachó y sacó de debajo del carrito una caja alargada, entregándosela a Maris.

—¿Abro tu regalo? —preguntó Maris, poniendo la mano en el hombro de Valda.

—Por favor —dijo Valda, tomando una taza de café caliente.

Maris abrió la caja con cuidado. Al ver el contenido, volteó hacia Melvian con una sonrisa traviesa. —¿Quieres quitarme el trabajo? Pensé que eras mi amiga.

Melvian se sonrojó. —¡No! Yo… —gruñó frustrada—. Le dije que no era buena idea.

—¿Qué es? —preguntó Valda, curiosa.

—Es un bastón blanco —respondió Maris, colocando el mango en su mano—. Pero no cualquiera…

—Papi quiso hacerse el gracioso e imitó el mango de la Espada Celestial

Valda apretó el mango y rió. —Me encanta.

—También sirve como porra. Dice que debe protegerse mejor ahora que… ay, dioses benditos... —Melvian dudó.

—Suéltalo. Sé cómo es Hephast. No te asustes.

—Dice que debe protegerse mejor ahora que es una guerrera inútil —confesó Melvian.

Maris se tensó, pero para sorpresa de ambas, Valda echó la cabeza atrás y soltó una carcajada.

—Dile a tu papá que él es un borrachón inútil que necesita un pasatiempo y que se puede ir pal carajo. —Movió la muñeca y el bastón se desplegó de golpe, casi golpeando a Maris y a Melvian—. Se siente resistente…

—¡Por favor úselo con cuidado! —Maris lo cerró rápido y lo devolvió a la caja.

—Gracias, Melvian. Dile a tu papá que aprecio su regalo y su humor. Quizá lo visite pronto.

—Lo haré… lo siento tanto.

—Lo conozco. No te preocupes, no lo ejecutaré.

Melvian suspiró aliviada, agradeció con una mirada y salió antes de que Valda cambiara de opinión.

—Te encanta torturar a tus criadas, ¿verdad? —bromeó Maris.

—Puede ser entretenido —dijo Valda, bebiendo café. —Siéntate. Sé que tienes hambre; te suena el estómago desde lejos.

Maris rió y tomó asiento frente a ella.

—Gracias —dijo Valda.

—¿Por la comida?

—Por lo de anoche… Pude dormir sin pesadillas.

—¿Dormiste toda la noche?

—Ni una sola vez me desperté. Dormir contigo tiene cualidades curativas.

Maris suspiró. —No vas a olvidar lo que pasó. Nunca se olvida. Pero un día despertarás y no será en lo primero que pienses.

—Aprecio tu honestidad —respondió Valda—. Y tu compañía.

—Fue un placer.

Valda casi se atragantó de la risa. —Claro que lo fue.

Maris la observó comer con calma. Ya no era el desastre de la noche anterior.

Cerbera saltó a la mesa, tirando platos. Valda la agarró del cuello y la bajó. —Quédate abajo.

Maris sonrió, ya encariñada con la traviesa gata.

Valda chupó la punta de una fresa antes de morderla, y Maris recordó que la reina había ignorado sus pechos la noche anterior. Se preguntó cómo se sentiría su lengua en sus pezones.

—Dioses… —murmuró.

—¿Qué pasa?

—El café está frío —mintió, cruzando las piernas.

Valda lamió sus labios. —Puedes tomar el mío.

—Estoy bien. Comeré avena.

—Necesito un favor. Ve a los guardias y diles que llamo a una reunión con el general Arwin. Espera… ¿en qué semana estamos?

—Tercer día de Stellaris.

—Hoy tenemos audiencia —dijo Valda, masajeándose las sienes—. Ve a dar el mensaje.

—Sí, claro. ¿Algo más?

—Vienes conmigo a la audiencia y a la reunión.

—¿Ya? ¿No vas a esperar?

—No. Quiero que estés a mi lado. Necesito que tomes notas y observes su lenguaje corporal.

Un escalofrío recorrió a Maris al pensar en el general.

—Valda, ese hombre no me soporta…

—No me importa. Necesito escuchar lo que sabe de la muerte de mi mamá y lo que pasa en mi reino. Si le incomoda tu presencia, es su problema.

Maris sabía que discutir era inútil. Tomó aire y aceptó. —Está bien. Iré a darles el mensaje.

***

El estómago de Maris se encogió en cuanto cruzó el umbral del salón del trono.

Un escalofrío helado le recorrió la espalda a la vez que una tensión se le formaba en la nuca.

Había esperado que, con los años, su miedo a estar rodeada de tanta gente se fuera disipando, pero no.

Ni siquiera después de la muerte de sus padres, Maris cargaba con su ansiedad cada vez que entraba en un lugar lleno de personas.

Tragó con fuerza, obligando a sus nervios a bajar por la garganta, apartándolos por ahora para concentrarse en lo que estaba por suceder.

Nunca había presenciado ni formado parte de una audiencia.

Pero no le sorprendió ver el salón del trono repleto de gente esperando su turno para hablar con Valda.

El aire estaba tan cargado de expectativas y nervios que casi podía palparse.

Los cortesanos y funcionarios, vestidos con sus mejores galas, se revolvían en sus asientos o iban y venían mientras aguardaban.

Muchos parecían recelosos, sin saber cómo acercarse a la reina.

Intercambiaban miradas cautas y hablaban en susurros, midiendo palabras y gestos.

Algunos apartaban la vista o inclinaban la cabeza cuando Valda pasaba; otros intentaban llamar su atención con reverencias medidas y saludos respetuosos.

Había un desasosiego tácito mientras todos intentaban calibrar el humor y la disposición de Valda.

Sin embargo, Maris no percibía tensión en Valda.

La mano sobre su hombro jamás se endureció.

Al contrario, el pulgar de la reina trazaba círculos suaves, afectuosos, que le sacudían el cuerpo.

Un toque tan leve podía hacerla sentir tanto. Era… excitante.

Valda tomó asiento en el trono, con un gesto sereno digno de la realeza, los ojos cerrados mientras apretaba el apoyabrazos.

Maris se mantuvo cerca, atenta y lista para tomar notas como le habían instruido.

Los cortesanos se acercaban uno a uno, exponiendo peticiones o inquietudes.

Algunos se trababan al hablar o manoseaban sus papeles; otros se expresaban con precisión medida, intentando dar con el tono justo.

Todo iba en orden hasta que Maris notó a una mujer acercarse.

Lo primero que le llamó la atención fue el cabello azul oscuro.

Lo llevaba corto, rapado a un costado. Maris nunca había conocido ni cruzado palabra con otra mareña; verla tan de cerca la emocionó.

Se concentró en la mujer. No parecía mayor de cuarenta.

De estatura similar a la de Maris, brazos y piernas gruesos, espalda ancha y curvas marcadas.

Vestía pantalones oscuros y una túnica púrpura hasta media pierna.

La ropa era distinta a lo que Maris estaba acostumbrada a ver; aun así, le pareció hermosa, como también la mujer que la llevaba.

Su ceño estaba fruncido, con las manos cerradas en puños a los costados. A diferencia de los demás, estaba sola.

—¿Qué hace aquí otra vez? —Oyó que alguien del público murmuraba, negando con desaprobación cuando la otra mareña se plantó ante el estrado.

¿Otra vez? ¿Ya había venido?

—Soy Eyphah Hurley, mareña de Nueva Agenor —anunció la mujer—. Vengo a pedir clemencia a la corona… —volteó hacia el corrillo de hombres que cuchicheaban—, otra vez —gruñó y encaró de nuevo a Valda—. Mi gente está sufriendo. Necesitamos un maldito respiro.

La audacia la sorprendió, y Maris no pudo apartar la mirada mientras Eyphah seguía:

—Nuestros impuestos son los más altos de to’ el reino. No nos queda na’ pa’ la comida ni pa’ materiales de construcción. Y cuando por fin tenemos, sus vendedores celestinos nos lo venden to’ al doble. ¿Cómo se supone que superemos nuestra tragedia si todo conspira en nuestra contra ?

Inquieta, Maris fijó la mirada en Valda, cuyo porte no cambió, salvo por el golpeteo de un dedo en el apoyabrazos.

—¿Ya terminaste?

El ceño de Eyphah se frunció más.

—No. Si pudieras ver, quizá notarías el estado de Nueva Agenor. Caminos rotos, casas que se caen. ¡Tenemos muchos niños en Nueva Agenor! ¡Necesitan hogares dignos y seguros!