11. Capítulo 11
V alda se quedó dormida escuchando la respiración suave de Maris y despertó apenas Cerbera brincó a los pies de la cama.
No la echó. La compañía de su gata siempre le ayudaba a dormir mejor; en cambio, despertar junto a otra mujer era algo a lo que Valda no estaba acostumbrada.
No es que se quejara. Hacía tiempo que quería llevar a Maris a su cama, pero no lo hubiera hecho sin su consentimiento.
Valda había dado el primer paso en la cámara de sirvientas y, tras ser rechazada, había pensado que Maris no cedería a su atracción, al menos no anoche. Valda aceptó la distracción con gusto. Moría por probar a Maris y no se había decepcionado.
Maris era lo más delicioso que había probado en su existencia y quería más.
Al pasarle la mano por el brazo, la piel de Maris se erizó. Valda besó los puntitos sin pensarlo. El gesto de afecto le salió natural, tanto como la necesidad de hacerla sentir más cómoda.
No iba a permitir que se marchara de sus aposentos.
Si quería que Maris se mudara a su habitación, este era el momento.
Podía ser la oportunidad que necesitaba para que Maris aceptara que quizá, solo quizá, era la pareja que los Oráculos habían mencionado.
Y si tenía que follarse a Maris hasta lograr que aceptara su oferta, Valda lo haría con gusto.
Aprovechando que su amante estaba dormida, Valda se levantó con cuidado y a trompicones caminó hacia la sala de estar, tropezando con la ropa olvidada en el suelo.
Desnuda, abrió la puerta y llamó a un guardia.
Le dio la instrucción de traer las pertenencias de Maris y dejarlas frente a la puerta.
El guardia asintió y sus pasos se desvanecieron por el pasillo.
Cerrando la puerta, Valda regresó a la cama.
La respiración de Maris seguía siendo profunda y acompasada, aún dormida.
Tanteando la cama, encontró la sábana y cubrió el cuerpo de Maris antes de pegarse a su espalda y rodearla con un brazo posesivo por la cintura.
Si iba a disfrutar cada segundo de su compañía, tenía que mantenerla caliente, cuidada y sana.
Valda no tenía manera de saber si Maris era su pareja del alma, pero por ahora, lograr que la otra mujer aceptara que tenían una conexión era crucial. Podría convencerla más adelante de ser su pareja del corazón. Ya después pensaría cómo revelar su relación con una mareña ante el reino, ante Arwin…
Suspirando contra el hombro de Maris, Valda la apretó contra su cuerpo y dejó descansar, al menos por un rato, su mente.
Maris despertó cuando la cama se movió bajo su cuerpo.
Sus ojos parpadearon en la oscuridad y oyó un crujir de las sábanas detrás de ella.
El amanecer se acercaba; lo sabía por el silencio inquieto de las criaturas nocturnas.
Todavía estaba oscuro y frío, pero pronto la luz del sol se colaría, calentando la habitación.
Sintió pequeños pasos a la altura de sus pies. Miró hacia abajo y encontró a Cerbera amasando el grueso edredón, sus ronroneos tan fuertes que reverberaban por la cama. —¿Estuviste aquí todo este tiempo?
Por supuesto, Cerbera no respondió; en cambio, siguió amasando hasta hacer un hueco perfecto donde acurrucarse y continuar su siesta.
Ya despierta, Maris miró el techo de piedra antes de girar la cabeza, solo para encontrarse con Valda.
Los labios entreabiertos y los suaves ronquidos de la reina indicaban que no se despertaría pronto.
Las semanas que había pasado cuidando de Valda la habían hecho familiarizarse con su cuerpo y sus gestos… anoche más que nunca.
Sus ojos azules recorrieron aquella figura fuerte, absorbiéndola mientras los recuerdos regresaban de golpe.
Maris se incorporó, observando sus líneas duras y curvas suaves.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que había dormido envuelta en las sábanas mientras Valda estaba descubierta.
Frunció el ceño. Las vendas de su pecho se habían soltado durante el sueño, dejándola desnuda frente a los ojos cerrados de la reina ciega.
Suspirando con frustración, mientras un ardor insistente se asentaba entre sus piernas, Maris se deslizó fuera de las cobijas y de la cama.
No debía quedarse. Aún podía sentir la mano de Valda aferrada a sus muslos, manteniéndola firme mientras su boca la llevaba al orgasmo más intenso de su vida.
No sería correcto quedarse en esa cama, despertar a la reina, exigir más.
Cerró los ojos y pasó las yemas por su cuello, recordando cómo se sentía aquella mano grande y callosa, apretándola, exigiendo atención.
«Que no se te olvide quién soy».
Las palabras la estrangularon más que la mano de Valda, y aun así no pudo evitar mirar la forma dormida de la reina.
Valda solo parecía en paz cuando dormía, y eso le daba cierto consuelo a Maris.
Quería que Valda estuviera en paz, sin preocupaciones, pero su posición en el reino y una vida tranquila no iban de la mano.
Maris se dirigió al baño, lavó la humedad entre sus piernas, luego su rostro y su boca. Cuando terminó, pasó al salón, donde encontró sus cosas acomodadas en un rincón. Tragó con dificultad, esperando que quien las hubiera traído no la hubiera visto en la cama con la reina.
Su bolso y el estuche gastado del violín parecían intactos, pero los abrió de todas formas, esperando que todo siguiera allí.
Al desenganchar el estuche, encontró el instrumento sin daños, aunque aún sin cuerdas.
Lo cerró y lo dejó a un lado, abriendo después su bolso.
Allí estaban sus ropas viejas, un par de zapatos y un costurero improvisado.
Había remendado su ropa muchas veces; al no tener dinero para comprar más, se las arreglaba con lo que tenía.
Movió a un lado una bola de hilo y lana antes de que se le ocurriese una idea.
Se giró hacia la cama y vio a Valda moviéndose. La reina pronto despertaría…
Maris se vistió rápido con el uniforme de criada, asegurándose de ocultar los anillos de sus padres bajo la ropa.
Con la bola de hilo en mano, volvió a la cama y ató unas hebras al poste.
Desenrolló el hilo, creando un camino hacia la letrina, otro hacia la sala de estar.
Lo conectó a la puerta, al gran sofá, a la mesa donde comían y finalmente al sitio donde Valda guardaba el licor.
No era gran cosa, pero si Valda podía seguir el hilo para moverse, recuperaría un poco de su independencia, algo que Maris sabía que extrañaba más que nada.
Satisfecha con lo que había hecho, guardó la bola justo cuando Valda despertó .
—¿Maris?
Jadeando, cerró los ojos con fuerza mientras intentaba controlar sus nervios. Nunca imaginó que sería cercana a la reina, mucho menos dormir en la misma cama. Ahora, al verla despertar, la ansiedad de interactuar con ella le apretaba el pecho.
—Aquí estoy.
Escuchó a Valda suspirar aliviada. La mujer se incorporó en la cama, desnuda, el cabello alborotado. Se veía hermosa.
—¿Qué haces? —preguntó Valda, peinándose con las manos, apartando los mechones de su frente.
—Estaba viendo mis cosas. Las trajeron para acá. No me había dado cuenta —dijo Maris, volviendo a tomar su maleta y el violín—. No sé dónde ponerlas.
—En el armario, ¿dónde más? —respondió Valda al levantarse, tocando el poste de la cama. Sus dedos se toparon con el hilo que Maris había atado. Frunció el ceño y lo tiró—. ¿Qué es esto?
Maris sonrió, orgullosa pero insegura de cómo reaccionaría Valda. —Es un hilo —dijo, tomando sus manos y guiándolas hasta otra línea—. Este lleva a la sala.
El ceño de Valda se desvaneció, reemplazado por una sonrisa suave. —Ah. —Se irguió y soltó una risa breve—. No quiero deshacerme de ti, Maris. No después de anoche.
—Bueno… —balbuceó Maris, sintiendo las mejillas arder—. Pensé que quizá disfrutarías de un poco más de libertad para moverte, especialmente en tu propia recámara.
—Gracias —asintió Valda—. De verdad lo aprecio. —Exhaló, aún con la mano en el hilo.
—Hay más dando vueltas, pero prefiero que los descubras tú sola. Yo estaré aquí si necesitas algo.
—Claro. No vas a ir a ninguna parte; tus cosas están aquí —dijo, caminando hacia el baño guiándose con el hilo.
—Sobre eso… —Maris volvió a mirar sus pertenencias—. Dices que las ponga en tu armario, pero tus cosas están allí. No sería correcto.
—Si te digo que las pongas allí, es por una razón. Hazlo. —Aunque somnolienta, Valda habló con firmeza y un dejo de molestia.
Entró al baño y llegó al gran lavabo. Se lavó el rostro con un paño, luego buscó un miswak con pasta de menta. Se limpió la boca y enjuagó. Todo era parte de su rutina; una que Maris conocía bien y agradecía que Valda supiera dónde estaba cada cosa.
—¿Aún deseas traer tu cama a mi recámara? ¿O ya superamos eso? —preguntó Valda, secándose el rostro.
La pregunta tomó a Maris por sorpresa. Miró la cama grande y luego a la diosa desnuda. No sabía si su respuesta definiría lo que sucedía entre ellas. ¿O solo había sido cosa de una noche?
Maris bufó, haciéndose reír a sí misma y haciendo que Valda alzara una ceja.
¿A quién engañaba? Era la criada de la reina y estaba allí, en la intimidad de su dormitorio. Claro que no había sido solo una vez. Ahora lo único en su mente era devolverle a Valda lo que ella le había dado.
—¿Tengo alguna otra opción?
La sonrisa de Valda se transformó en una carcajada, y Maris sintió cómo se le humedecían las bragas de nuevo. La mujer era una obra de arte y lo sabía. Sabía el efecto que tenía sobre Maris y no le importaba mostrarlo.
—Tú dime. ¿Quieres chichar de nuevo?
Valda y la vulgaridad eran una combinación incendiaria, y Maris contuvo el aire.
—Sí —exhaló al fin, con los ojos fijos en Valda—. Después de todo, tengo asuntos pendientes.
Valda rió y las rodillas de Maris casi flaquearon.
—Tengo asuntos importantes que atender antes de que me pagues tu deuda —dijo la reina—. Necesito que me saques la ropa, por favor.
Un cosquilleo de emoción recorrió a Maris. Valda le prometía algo que esperar.