10. Capítulo 10 #4
Maris, abrumada por el anhelo, levantó a Valda y la besó con urgencia; el viento aullante en su cabeza ahogaba todo lo demás.
Se sentía mareada y perdida. Su única ancla eran las manos firmes y callosas de la guerrera que le abría las piernas.
Maris jadeó y bajó la vista para ver las manos de Valda en cada muslo, separándolas con determinación.
—Valda, espera.
—¿Para qué? — Valda se estremeció y se acercó más, apretando sus pechos cubiertos.
—Puedo oler lo mojadita que estás para mí.
—Bajó la mano por el suave vientre de Maris, sobre el mullido montículo y finalmente entre sus piernas.
Sus dedos se deslizaron por la humedad de Maris.
Maris jadeó, arrancándole un gemido a Valda.
—Mi querido Caracol… —Valda frunció el ceño, fingiendo preocupación.
—Estás enchumbá... —Sonrió, su rostro a centímetros del de Maris.
—Si sabes tan dulce como hueles... —Retiró la mano, llevándosela a los labios y lamiéndose el dedo corazón antes de soltar un suspiro de alegría.
Se mordió el labio inferior, acercando a Maris al borde de la cama.
—Dioses, sabes tan dulce como la ambrosía.
Maris se apoyó en los codos, mirando hacia abajo para contemplar finalmente la imagen que había estado atormentando sus sueños.
La reina cayó de rodillas y atrajo a Maris hacia sí hasta que sus nalgas colgaron del borde de la cama.
Valda separó aún más las piernas de Maris y acercó su rostro a su centro.
El primer roce de su lengua sobre la chocha de Maris fue amplio, intenso, tomando todo lo que pudo en una sola caricia. Valda cerró los ojos con una expresión de puro éxtasis mientras un profundo estruendo de placer brotaba de lo más profundo de su ser.
La repentina caricia deshizo a Maris. Sus ojos se pusieron en blanco cuando las manos de Valda agarraron con fuerza sus muslos, clavándose sus uñas romas en suave carne, manteniéndola obscenamente abierta.
Con los labios entreabiertos, la respiración agitada de Maris y sus gemidos inundaron la habitación, acallando el ruido en su cabeza hasta que no existió nada más que ellas .
Las caricias de Valda eran lentas, dolorosamente lentas.
Lamió sus pliegues, desde su entrada hasta su clítoris dolorido, rodeándolo con la punta de la lengua, enviando oleadas de éxtasis que se enroscaban y acumulaban en su bajo vientre.
Maris temblaba bajo la lengua mientras su mano buscaba algo a lo que aferrarse.
Apretó la sábana de seda en su puño, antes de abrir los ojos y atreverse a mirar hacia abajo.
Valda seguía enterrada entre sus piernas, con los ojos cerrados como si estuviera devorando una granada.
De repente, Valda se apartó, lamiéndose los labios y presionando su mejilla contra los muslos de Maris.
La reina parecía estar luchando con su propio deseo, como si estuviera a punto de correrse de solo comer a Maris.
Sin embargo, Maris no quería nada de eso; Valda no podía dejarla al borde del orgasmo.
Si necesitaba agarrarla del pelo y jalarla hacia atrás para que volviera a sus muslos...
—No, no, por favor. No pares.
La risa entrecortada de Valda interrumpió a Maris.
Nunca había oído un sonido tan delicioso salir de la reina.
Abrió los ojos de par en par y contempló a la enorme mujer que tenía delante.
Su figura irradiaba fuerza y poder, suficiente para acobardar a cualquiera, pero Maris se estremeció al sentir a su chocha latiendo de necesidad.
—Maris —la voz de Valda salió temblorosa, descontrolada. Sus manos se movieron para apretar las caderas de Maris, exigiendo atención—. Mantén los ojos abiertos.
Maris tragó saliva con dificultad, con la garganta seca por tanto jadear. Se apoyó de nuevo sobre los codos mientras Valda se desabrochaba las vendas del pecho.
—Quiero que veas por las dos. —Tiró las vendas y se llevó las manos al cinturón. La reina fue rápida. Se quitó la prenda de cuero antes de tirar rápidamente los pantalones a un lado. Ahora, finalmente desnuda, sonrió con toda la confianza del mundo—. Dame tus manos.
Los ojos azules de Maris recorrieron el torso de la reina, memorizando cada línea suave y dura del cuerpo de Valda, cada grotesca cicatriz que lucía con orgullo.
Maris se mordió el labio inferior, frunciendo el ceño mientras intentaba cerrar las piernas.
Necesitaba encontrar algún alivio al dolor que se había estado acumulando en su interior. —Dame tus manos, Maris.
Maris no podía desobedecer, aunque quisiera.
Las palabras de Valda la atravesaron como una daga.
Incorporándose, movió las manos y las colocó sobre el vientre cincelado de Valda.
Su agarre fue sorprendentemente suave. Valda acunó las manos de Maris entre las suyas, más grandes, antes de llevárselas a los labios.
Besó sus nudillos lentamente, uno a uno, con una ternura que amenazaba con deshacer el control de Maris .
—No tengas miedo de tocarme, Maris —dijo Valda, rozando con los labios las yemas de los dedos de Maris. —Mi cuerpo es tuyo para que lo disfrutes.
Maris miró fijamente a Valda, entreabrió los labios, pero lo único que salió de su boca fue un profundo gemido cuando la reina guió sus delicados dedos contra su propio pecho.
Sus ojos azules recorrieron la expresión de Valda antes de deslizarse hacia sus manos.
A diferencia suya, los pechos de Valda no eran grandes ni pequeños, sino perfectamente redondos, ligeramente pesados, coronados por pezones oscuros y duros.
Probó su peso ahuecándolos en las palmas de las manos.
Maris no pudo evitarlo y se inclinó para besar el esternón de Valda, sin llegar a sus pechos y deseando llevarse un pezón a la boca.
—Qué buena eres.
«Puñeta». Maris se estremeció; el pequeño elogio le provocó un escalofrío en la espalda. Quería oír eso otra vez; quería oír a Valda decir eso otra vez.
—Tócame.
Maris asintió contra su estómago, con la mirada nublada por el anhelo mientras Valda la empujaba hacia atrás en la cama.
Deslizó las manos por los muslos de Maris, acariciándole la parte posterior de las rodillas.
Arrodillándose de nuevo, la reina presionó su lengua contra los pliegues de Maris, combinando dulces caricias con fuertes succiones.
Maris estaba completamente perdida, pero obedeció las órdenes.
Mantuvo los ojos abiertos, memorizando cómo Valda la complacía con la boca.
Era demasiado surrealista. La reina la estaba sirviendo, follándola, bebiendo de su centro.
Maris se estremecía con cada embestida hasta creer no poder soportarlo más.
Queriendo que esto durara, Maris agarró su cabello negro e hizo todo lo posible por calmar las caricias de la reina, pero fue en vano.
Valda no se detuvo. Cada vez que lamía un lugar que hacía a Maris jadear, gemir o temblar, repetía el movimiento.
Maris sintió su liberación con un último latigazo de la lengua de Valda. Su agarre se hizo más fuerte mientras dejaba escapar un grito silencioso que la consumió. Tuvo que cerrar los ojos mientras Valda la anclaba a la cama y la ayudaba a disfrutar de las últimas oleadas de placer contra su boca.
Lentamente, Valda la soltó y se apartó, no sin antes dejar un rastro de besos en los muslos temblorosos de Maris.
—Que rica —murmuró Valda, rozando sus labios sobre la parte baja de su estómago. —Eres absolutamente deliciosa.
Maris abrió los ojos justo a tiempo para ver a Valda lamiéndose los labios y limpiándose la barbilla como si no quisiera desperdiciar ni una gota de ella.
Tragó saliva con dificultad y notó enseguida que necesitaba algo para refrescarse la garganta seca.
Intentó apartarse, pero Valda rápidamente le puso la mano en la parte baja del vientre.
—Vald…
—No —la interrumpió Valda, arrastrándose hasta la cama, cubriendo el cuerpo de Maris con el suyo. —Quédate aquí.
Maris asintió, mirando el rostro de Valda, observándola, con el cansancio envolviéndola. Eso no sería justo, ¿verdad? ¿Venirse y dejar a la reina con las ganas? Humedeciéndose los labios, Maris llevó la mano a los hombros de Valda. —Valda.
—Quiero que pruebes lo rica que sabes —Valda gruñó, agarrando de nuevo el rostro de Maris y apretando su boca contra la de ella.
El beso fue intenso, especialmente cuando sus lenguas se encontraron.
Maris se probó a sí misma y volvió a poner los ojos en blanco ante lo poderosa y dominante que era su reina.
Arremolinó su lengua sobre la de Valda, lamiéndola y tirando de ella con fuerza para cubrir su cuerpo con el de la reina.
Valda era adictiva y ella también quería probarla. Con sus bocas unidas, Maris movió la mano para tocar el montículo de pelo negro antes de que una mano la agarrara por la muñeca.
Siseando molesta, Maris se apartó, solo para encontrar a Valda con los ojos abiertos y negando con la cabeza.
—Esta noche no. Ya tuve mi premio; quiero que duermas.
—¿Cómo? Pero yo también quiero probarte...
—No hay apuro. —Su voz ronca sacó a Maris de la nube de placer y la acomodó en un cálido abrazo reconfortante. Valda presionó su nariz contra la sien de Maris, retumbando con satisfacción antes de inhalar profundamente. —Puedes comerme más tarde. Total, tú no vas para ningún lado.
Maris la soltó y vio cómo la alta mujer se acomodaba de costado a su lado.
Su brazo musculoso la rodeó con fuerza por la cintura, atrayendo la espalda de Maris hacia su pecho.
Su respiración y su calor la adormecieron hasta sumirla en un sueño que no se había dado cuenta de que necesitaba.
Mientras se quedaba dormida, oyó a Valda susurrar: —Tu entusiasmo será recompensado, Caracol.