10. Capítulo 10 #3
Maris quería asegurarle que todo iba a estar bien, pero sabía que no era así. Después de la muerte de su propia madre, lo único bueno que le había sucedido había sido su empleo en el castillo. Todo lo demás, demasiado abrumador.
—Mi reina...
Necesitaba evitar que Valda cayera en ese pozo que conocía tan bien y sabía exactamente cómo hacerlo.
—Perdóneme, mi reina.
Valda frunció el ceño confundida. —¿Por qué…
Maris cerró los ojos con fuerza y presionó sus labios sobre la boca carnosa de Valda.
La atmósfera del cuarto cambió. El beso silenció todo ruido dentro de la cabeza de Maris. Todo se sentía tranquilo, como estar en casa. Tan pronto como la serenidad se apoderó de ella, una ola ondulante la invadió, empujándola más hacia Valda.
Valda irradiaba energía pura, y Maris disfrutó de esa calidez, absorbiendo el aroma íntimo de la piel de la reina, mezclado con su sabor único con notas de su whisky.
Su boca se abrió antes de que el beso se profundizara de nuevo.
Fue más abrupto, aunque todavía suave y tierno, pero esperaba que bastase para alejar todo el dolor de la reina.
Su reina.
Pero tan pronto como comenzó el ataque, terminó.
Maris fue la primera en apartarse, temerosa de lo que había hecho.
Había accedido a esto, a tener intimidad con la reina, pero era demasiado.
Sus labios, húmedos por el ataque, ardían con una incomprensible necesidad de volver a presionarse contra los de Valda.
Sus manos temblaban por hacer algo más que simplemente sujetarse a sus hombros.
Con total sorpresa, estudió los fuertes rasgos de Valda .
No había frialdad en su rostro. Parecía que no deseaba nada más que abrazar suavemente a Maris, como si temiera lastimarla de alguna manera, y Maris no pudo soportarlo. Debería haber escuchado a Melvian; debería haberse alejado. No quería esto. ¿Verdad?
«¿Qué he hecho?».
—P-por favor, perdóneme... Me pasé de la raya —susurró Maris, pero sus manos no se movieron. Sus labios se abrieron mientras estudiaba la boca de Valda.
A regañadientes, se apartó lo suficiente como para ponerse de pie.
Alejarse de Valda parecía ser lo mejor. Pero su cuerpo ansiaba ser abrazado de nuevo.
Ser abrazado, ser tocado por Valda. Temblando, cerró su mano en un puño e intentó con todas sus fuerzas controlar el deseo que se desataba en su estómago.
Le dio la espalda a Valda y se preguntó si sería buena idea irse esa noche, pero la voz resonante y temblorosa de ella la detuvo.
—No te vayas.
Esa súplica la asfixió. El corazón de Maris se encogió al girarse para mirarla.
—No tienes permiso.
Maris se estremeció ante la firmeza de la voz de Valda. Poco a poco, el miedo se desvaneció y fue sustituido por una necesidad ardiente que se enroscaba en su abdomen.
—Mi reina... — Maris tragó saliva. Se le cortó la respiración en cuanto Valda se irguió y se dirigió hacia ella, lenta y firmemente, buscándola. —Mi reina, yo...
—Quiero verte —declaró Valda, extendiendo la mano hacia Maris, que se dejó capturar. Una mano callosa le rodeó la nuca, acercándola más a ella antes de juntar sus frentes.
—Quiero ver cuánto me deseas, Caracol.
Y, Tártaro, la deseaba. La había deseado desde el primer instante.
No debía. Ni ahora. Ni nunca. Temblando, se aferró a la mandíbula de Valda, con los ojos azules clavados en su blanco.
Una tensión inconfundible en el estómago se derritió entre sus muslos.
Sus pulgares acariciaron lentamente las mejillas de Valda, separando sus labios, deseando pronunciar palabras que la acercaran a su corazón y calmaran su dolor.
—Tu voz...— Valda se inclinó mientras hablaba.
—Tu olor. Simplemente lo sé, puedo sentir lo hermosa que eres.
—Valda recorrió con sus dedos callosos el brazo de Maris, dejando un rastro de piel de gallina antes de rodear su cintura, acercándola aún más.
—Quiero más. —Inclinando la cabeza hacia un lado, Valda acortó la distancia, capturando los labios de Maris en un beso abrasador.
Gimiendo en su boca, Maris profundizó la caricia, su lengua lanzándose a saborear a Valda suavemente.
Valda sabía a poder puro, a whisky y a la salinidad de sus lágrimas.
Era deliciosa, y el deseo que florecía en su pecho la llenó de una sensación de pertenencia que no había sentido...
jamás. Como si hubiera encontrado algo que nunca creía haber perdido.
Dedos gruesos la sujetaron por el pelo de la nuca, con firmeza.
La lengua de Valda se deslizaba dentro de su boca con una desesperación que hacía a Maris gemir de necesidad.
Un suave rugido vibró desde el pecho de Valda.
Apartándose, las manos de Valda recorrieron su cintura, su trasero, la parte posterior de sus muslos y subieron de nuevo por su cintura, mientras sus labios trazaban un ardiente camino de besos con la boca abierta desde el cuello hasta el pecho.
Se dio cuenta de que Valda no solo la estaba tocando; esta era su forma de verla y venerar su cuerpo. —Mi reina… espere…
De repente, un rugido emanó de lo más profundo de Valda, su mano aferrándose a la mejilla de Maris, obligándola a abrir la boca.
—Escúchame, Caracol—comenzó Valda, su pecho subiendo y bajando con la respiración agitada. —Quiero que digas mi nombre.
Maris tragó saliva con dificultad, su mano aferrándose al poderoso antebrazo de Valda, escrutando sus rasgos con la mirada. Llamarla por su nombre sería demasiado íntimo, demasiado provocativo.
—Quiero que grites mi nombre cuando te vengas.
Liberando a Maris, Valda se concentró en los botones de su ropa, desabrochándolos tan rápido como pudo.
Maris la observó forcejear hasta que algo en su interior se quebró.
Apartó las manos de la reina, desabrochando los botones e ignorando que, en su desesperación, había roto un par.
Si Valda los oyó caer al suelo, no le importó.
Eso, o estaba tan desesperada por saborearla como Maris por saborearla a ella.
Al revelar el pecho envuelto de la reina, se le hizo agua la boca por la necesidad de rozar con los labios su suave piel.
Pero antes de que pudiera reaccionar, Valda tiró de su vestido, revelando sus muslos gruesos y fuertes al frío aire de la noche.
—Quítatelo —ordenó Valda, cogiendo el vestido de Maris por los hombros y arrojándolo a un lado, para quedar olvidado en el suelo de la habitación. Sus manos volaron a la piel ahora expuesta de la espalda, del trasero y de la cintura de Maris.
—Ay, benditos sean los dioses —susurró Valda entre besos apasionados en la mandíbula, el cuello y finalmente el hombro de Maris.
Maris se estremeció mientras Valda pintaba su piel con pinceladas de pura lujuria.
Cobraba vida con cada roce de sus labios, con cada caricia áspera y exigente de sus manos .
—Benditos sean por regalarte este cuerpo —Valda gimió, hundiendo las manos en el trasero de Maris antes de quitarle la ropa interior, sujetándola con la fuerza suficiente para levantarla del suelo. —Me tomaré mi tiempo para probarte toda.
El deseo se acumuló entre sus muslos ante la ronquera de la voz de Valda.
La necesidad de la reina era palpable, y la forma en que la tocaba, la forma en que expresaba sus ansias, hacía palpitar su chocha, sabiendo bien que la reina era una mujer de palabra.
Nunca se había sentido cohibida con su cuerpo, pero tampoco nunca se había sentido tan deseada en su vida.
Maris cerró los ojos cuando los dientes de Valda le rozaron el cuello, suplicando sumisión, algo que aún no estaba lista para dar. Respiraba con dificultad, el corazón le latía con fuerza y una humedad le corría por los muslos.
—Valda. —El nombre salió como un susurro, suplicando a la otra mujer que hiciera lo que quisiera. Se bajó los pantalones y empujó a la reina hacia la cama grande.
Valda no iba a tolerarlo. Gruñó y agarró a Maris por el cuello, impidiéndole moverse por completo.
Maris se quedó paralizada; su mano voló a agarrar el tenso antebrazo de Valda, temiendo haber hecho algo malo que provocara la ira de la otra mujer. Pero Valda no estaba enojada; luchaba por mantener el control.
—Para. —La voz de Valda estaba impregnada de lujuria.
Estaba a punto de perderse por completo, y Maris tomaría las riendas felizmente si fuera necesario.
Aunque anhelaba estar bajo su mando, Valda la devolvió a la realidad con un suave apretón, disipando la niebla del deseo lo suficiente como para que pudiera escuchar.
—Yo soy la que manda. Yo tengo el control —Valda susurró sobre los labios entreabiertos y húmedos de Maris. —Que no se te olvide quién soy.
—Pero quiero aliviar tus preocupaciones. —Maris fue quien tomó la iniciativa y, aunque sentía que no debía hacerlo, que Valda correspondiera a su deseo alimentaba su necesidad. Quería complacerla, hacerla olvidar de todo, al menos por esta noche.
Valda negó con la cabeza. —No. Déjame a mí. Te mereces todo el placer que estés dispuesta a darme.
Con un gruñido, Valda reclamó su boca en un beso brusco y violento. Sus brazos rodearon la cintura de Maris, y Valda las giró con destreza, haciendo que Maris aterrizara con gracia en la cama, con las piernas colgando juguetonamente del borde .
Valda se colocó junto a la cama, inclinándose con las manos a ambos lados del flexible torso de Maris. Sin dudarlo, sus labios descendieron para acariciar tiernamente la sedosa llanura de su vientre, dejando un rastro de piel erizada a su paso.
—Mi reina —logró decir Maris entre estremecimientos y jadeos. Dudaba que pudiera formar una frase coherente si Valda seguía tocándola como lo estaba haciendo.
—No. Di mi nombre otra vez... —susurró Valda, retirándose ligeramente para permitir que sus manos continuaran las tiernas caricias que sus labios habían comenzado. —Quiero oír mi nombre en tu boca. Dilo otra vez.