La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 10. Capítulo 10
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10. Capítulo 10

—¡Que viva Valda Aither, reina del Reino del Cielo! —el grito de Kayden rompió el silencio abrumador.

La multitud reunida repitió sus palabras al unísono, más fuerte, llenando la sala del trono con una cacofonía de vítores y una oleada de entusiasmo.

Desde su rincón, Maris observó cómo los dignatarios de las aldeas y los visires se inclinaban en el momento en que Valda colocó la tiara sobre su cabeza.

Tomando aire, Maris dudó si debía acercarse a Valda.

No fue hasta que la recién coronada giró la cabeza que reunió el valor suficiente para dar un paso al frente.

Sujetando la mano temblorosa de Valda, Maris le dio un apretón firme, dejándole saber que estaba allí, que no pensaba irse a ningún lado.

—Lo hizo bien —susurró Maris, frotando el pulgar sobre el dorso de la mano de Valda.

Valda se volvió hacia Maris y le dedicó una sonrisa leve, que se desvaneció en cuanto unos pasos apresurados se dirigieron hacia ellas.

Maris permaneció en silencio mientras veía a Arwin acercarse. Su rostro se frunció, incapaz de ocultar su disgusto.

Y parecía que no era la única molesta; el ceño del general se podía distinguir desde lejos.

—Mi reina —comenzó, sujetando con fuerza el antebrazo de Valda en un saludo marcial.

—General —gruñó Valda.

Aunque a Maris le dio curiosidad su tono, enterró la pregunta para rescatarla más tarde.

—Nunca pensé ver el día en que te convirtieras en reina. Estoy más que orgulloso de ti —dijo Arwin, tocando su hombro antes de deslizar la mano hasta su nuca—. Tienes toda mi lealtad.

Valda asintió, pero enseguida agarró su mano y la apartó.

—¿Sucede algo?

—No he tenido la cabeza despejada desde que…

—señaló su rostro—, me pasó esto, y mucho menos después de encontrar a mi mamá muerta.

—Suspiró y cuadró los hombros—. Pero ahora que puedo pensar con claridad, debo preguntarte: ¿dónde estabas cuando quedé ciega?

¿Por qué no me has visitado en todas estas semanas?

El general bufó.

—Mi querida tormenta —susurró, acercándose—. Tuve que ocuparme del reino. Contigo herida y tu madre viajando a Harmonia, tenía demasiado trabajo. Te entrené bien y sabía que lo superarías. ¡Eres fuerte! Y…

—Me llamarás Reina Valda, general. No te confundas —dijo Valda, empujándolo con la mano en el pecho—. ¿Maris?

—¿Sí, mi reina? —Aunque estaba acostumbrada a decirle “Su Alteza”, llamarla “reina” sonaba correcto ahora.

—¿La gente se está moviendo hacia el jardín?

—Creo que sí —susurró Maris, forzándose a mantener la vista en Valda e ignorar la mirada incandescente de Arwin—. La sala del trono se está vaciando.

Arwin resopló, relajando su postura, con una mano apoyada en la cintura.

—Lo siento, mi reina, pero tengo que preguntar. —Apuntó con un dedo acusador hacia Maris—. ¿Quién es esta mujer? ¿Y por qué actúa como su ayudante personal?

—Porque lo soy —respondió Maris con la barbilla erguida y los labios apretados en una fina línea.

Los ojos de Arwin se abrieron de par en par antes de soltar un gruñido.

—¿Cómo? Cada sirviente de este castillo debe pasar primero por mí.

—Maris no —intervino Valda, tocando los hombros de Maris para tranquilizarla—. Ella fue designada por mi madre.

—Nunca la había visto antes —dijo Arwin, recorriéndola de arriba abajo—. Jamás hemos tenido una mareña en el castillo, salvo al capitán Hurley. —Le tembló el labio superior—. Y nombrarlo no fue decisión mía.

—Soy capaz de decidir quién entra en mi ejército, general.

El encogimiento de hombros de Arwin, seguido de un asentimiento condescendiente, no le sentó nada bien a Maris.

—Todavía estás aprendiendo a ser líder. Es normal cometer errores.

—¿Perdón? —preguntó Maris, con el corazón acelerado. ¿Quién se creía este hombre para hablarle así a Valda, a la reina?

—Arwin —la voz de Valda se profundizó mientras daba un paso hacia él—. Ya no soy la chamaquita que entrenaste. No cometeré el error de seguir todas tus órdenes como antes.

—Cuando seguías órdenes, estabas mejor, Su Alteza —rechinaron los dientes del general—. Tener a una mareña en el castillo, aunque sea como sirvienta, no da buena imagen.

—Tampoco la da “la ayuda” que les hemos dado.

Arwin cuadró los hombros y volvió a mirar a Maris.

—Creo que hemos hecho suficiente por ellos. Lo mínimo que se espera es que sean agradecidos…

—¿De qué habla usted? —preguntó Maris, con los puños cerrados a su lado.

—¿Cómo entraste en este castillo sin que yo lo supiera?

Maris abrió la boca para contestar, pero el gruñido de advertencia de Valda la silenció.

—¡Ya, basta! Ella me responde a mí, general. No a ti. Ahora, por favor, sigue hacia el entierro. Quiero que este día termine.

Arwin respiró hondo y giró de Valda hacia Maris. Fijó sus ojos en ella, como si quisiera grabarla a fuego en su memoria.

—Me retiro. Pero necesito saber cuándo estarás disponible para tu primer informe.

—Más tarde.

Maris sonrió ante la respuesta cortante y la molestia del general.

—Por supuesto —concluyó Arwin, llevando la mano a la empuñadura de su espada antes de alejarse.

Valda esperó unos segundos antes de cerrar los ojos y exhalar.

—Es insoportable —dijo, acercándose a Maris—. A veces no lo aguanto.

—¿Ah, sí? —preguntó Maris, tocando la mano de Valda sobre su hombro—. Parece bastante controlador.

—La mayoría de nosotros los celestinos somos así, te lo aseguro —sonrió Valda con malicia.

Maris observó esa sonrisa y no pudo evitar devolver el gesto mientras Valda enderezaba la espalda y apretaba su hombro una vez más .

—Llévame al cementerio, por favor.

El sol celestino era implacable. El calor que se filtraba a través de su ropa quemaba sus hombros y su espalda. Sin embargo, Valda estaba acostumbrada al calor. Las muchas batallas que había librado en los desiertos del sur habían endurecido su piel. Su tono marrón oscuro era prueba de ello.

De pie frente al féretro cerrado de su madre, Valda escuchaba las palabras de una alta sacerdotisa, leyendo del Códice Olímpica, específicamente del libro de Ouranós.

Valda, en su infancia, había memorizado cada verso sobre el viaje del dios por el mundo, aunque nunca había seguido realmente sus enseñanzas.

Quizás por eso estaba maldita. Quizás por no haber continuado sus estudios era que todo esto estaba pasando.

La sacerdotisa cerró el Códice y pronunció las palabras que todos deseaban escuchar: —La reina Rionach renacerá, encontrará a su pareja y continuará el ciclo interminable de vida y muerte.

Valda se movió incómoda de una pierna a la otra, y Maris presionó su costado contra su brazo. Valda agradeció a los dioses por ella. Incluso con un simple toque, era capaz de calmarla lo suficiente para soportar el horrible trance de enterrar a su madre.

Intentó no llorar, pero en cuanto Maris le dijo que estaban colocando rosas del desierto y bajando el féretro a la tierra, una furtiva lágrima se deslizó por su mejilla ardiente.

Iba a extrañar a su mamá —su sonrisa, sus bromas, la forma en que la protegía—.

Cómo siempre intentaba tener una solución a sus problemas, fueran grandes o pequeños.

Extrañaría su calidez y cómo envolvía a Valda por completo en sus brazos esbeltos.

Extrañaría el sonido de su risa, la tibieza de sus labios en su mejilla y sobre su frente.

Extrañaría verla angustiada cada vez que partía a una misión y la chispa en sus ojos cuando regresaba ilesa.

—¡Larga vida a la reina Rionach! —gritó Valda con la voz rota, incapaz de ocultar el dolor de despedirse al fin. Se llevó el puño al pecho, saludando a su madre por última vez. No se movió hasta que Maris le indicó que todo había terminado y que el féretro de la reina ya estaba cubierto de tierra .

Tras vaciarse el cementerio, Valda regresó a los aposentos principales del castillo. La habitación pertenecía a la reina y al rey. Estaba situada en uno de los pilares más altos. Su balcón daba una vista completa de la Plaza Ofelia y algunas de las aldeas circundantes.

Era momento de que Valda se dirigiera a su pueblo, y aunque no estaba lista para hablar ante miles de celestinos, su corazón sufría por ellos.

Estaban asustados y tenían razones para temer lo desconocido.

El amanecer del nuevo reino lucía sombrío, como si una cortina oscura se hubiera cernido sobre todos, y aunque Valda no podía ver, podía sentir la tensión en el aire.

Valda se plantó en el balcón, apoyando suavemente las manos en la baranda fría. Ciega a las bulliciosas calles de abajo, la energía era palpable. Inspiró hondo y alzó el mentón, decidida a ser lo que su pueblo necesitara que fuera.

—Reino del Cielo—comenzó, su voz resonando fuerte y clara—. Me presento ante ustedes como su reina.

Hizo una pausa, escuchando el murmullo de la multitud, esperando que percibieran la sinceridad en sus palabras.

—Les prometo la paz en la que hemos vivido, el orden al que están acostumbrados y la prosperidad que todos esperan —continuó—.

Sé que son tiempos difíciles, pero trabajaremos juntos para superar cualquier obstáculo.

El Reino del Cielo será más fuerte, más sabio y justo para todos, donde cada persona pueda prosperar, y sí, eso incluye a nuestros hermanos y hermanas mareños, que han venido a nuestra tierra con la esperanza y los sueños de crear un futuro para ellos y sus hijos.

Mientras vivan aquí, yo también soy su reina y haré lo necesario para construir un mejor reino para todos.

Hizo una nueva pausa, sus manos moviéndose sutilmente mientras reunía sus pensamientos.

Sentía un nudo en su pecho, apretado con la certeza de que el peso del reino estaba sobre sus hombros.

Cada decisión a partir de ahora afectaría a millones, y no estaba segura de poder soportar si algo salía mal.

—Puede que no luzca como la Valda que todos estaban acostumbrados a ver, pero sepan que esto no me impedirá protegerlos de enemigos dentro y fuera de nuestras tierras —agregó con firmeza—. No dudaré en hacer lo que deba hacerse.

La multitud estalló en vítores, y la reina sonrió, sus manos moviéndose con gracia al reconocer los aplausos.