La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 9. Capítulo 9 #3
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9. Capítulo 9 #3

—Sí, estoy lista —respondió Valda, empujando levemente a Maris hacia adelante.

Antes de avanzar, Maris agitó la mano hacia Cerbera, pidiéndole en silencio que se quedara en el cuarto. La gata, con la cola todavía azotando el aire, dio unos pasos atrás y se escondió en un rincón.

Maris caminó al frente del grupo. Mantuvo la vista fija en el largo pasillo y en los guardias apostados a los lados. Detrás de ella, oyó a Arwin murmurarle a Kayden, preguntando quién era y por qué estaba allí. Kayden contestó la verdad: Maris estaba para ayudar a Valda.

Siguió por los pasillos hasta llegar a las grandes puertas que conectaban la sala del trono con el salón principal. Respirando hondo, extendió la mano y la colocó suavemente sobre la de Valda, entrelazando sus dedos con los de la alta mujer.

—Todo saldrá bien —susurró Maris, solo para que Valda la oyera.

El peso de todo un reino cayó sobre los hombros de Valda.

Conocía la sala del trono como la palma de su mano, pero los nervios le dificultaban avanzar.

Era consciente de los susurros. Algunos se preguntaban en silencio qué le había sucedido; otros se burlaban, incrédulos de que una mujer ciega estuviera a punto de convertirse en la nueva soberana.

En varias ocasiones, Maris tuvo que ayudarla a subir los escalones del estrado que conducía al trono.

A la par, Maris le susurraba para describirle qué cosas habían cambiado: en lugar de los dos tronos de costumbre, solo había uno.

Su memoria le mostraba la imagen de una silla intrincada, como si hubiera sido tallada en arena.

Frente al trono se encontraba el féretro abierto de la difunta reina celestina.

De pie a la cabecera del féretro, Valda ordenó a Maris que la dejara sola para la ceremonia, íntima, pero de suma importancia. La noticia ya había corrido por todo el reino: cada alma sabía de la muerte de la reina.

En la sala estaban reunidos los lores de las grandes ciudades, así como de las aldeas menores.

No todos cabían en el salón, ni todos habían podido llegar al Castillo Oberón con tan poco aviso, pero los presentes eran suficientes para atestiguar la ascensión de una nueva soberana, alguien que debía prometer mantener la paz.

Valda sentía una presión crecer en su pecho y, aunque su rostro permanecía estoico, sus manos contaban otra historia.

La izquierda pendía a su costado, cerrada en un puño de nudillos blancos, mientras la derecha apretaba con furia la empuñadura de la Espada Celestial.

Mantenía los ojos abiertos, sin ver nada, pero escuchando y sintiendo la atmósfera de la sala.

El aire estaba denso, lúgubre; la pesadumbre de la pérdida impregnaba el ambiente .

Era asfixiante.

Inspiró profundamente y dio un paso firme hacia adelante. Relajó las manos, tocó el féretro y pronto se encontró con la frialdad de unas mejillas muertas. Valda tragó el nudo en su garganta. Necesitaba despedirse apropiadamente de la mujer que siempre había intentado mantener a flote su humanidad.

La presión se intensificó, subiendo por su garganta en forma de llanto, pero resistió.

Se inclinó hasta que su frente descansó sobre la de su madre.

Era parte de la ceremonia: despedirse tocando frentes.

Los celestinos creían que la marca de los dioses servía para transmitir sabiduría, de gobernante a gobernante, generación tras generación.

Su madre había hecho lo mismo con su padre, aunque ella no llevaba la sangre bendecida con el don, como sí lo hacía Valda.

Sentir la piel fría de su madre casi la destrozó, pero respirar hondo y aferrarse a su núcleo disipó el impulso de gritar.

Debía ser solo un toque, nada más, pero Valda no podía apartarse. Si lo hacía, todos verían escapar una lágrima. Con un resoplido violento, se enderezó: su rostro era una máscara vacía, aunque las mejillas húmedas la delataban.

—Despedirse nunca es fácil —empezó Valda. El zumbido de los murmullos en la sala se apagó hasta que no quedó un alma que no estuviera en silencio—. No cuando sucede de forma tan repentina. Nunca esperé esto. Jamás lo hice. Hubo momentos en mi vida en los que pensé que moriría siendo princesa.

»En todas las guerras que luché, mi mamá siempre me despedía fervorosamente, convencida de que no regresaría.

Le pedía a Ouranós que me bendijera y me mantuviera a salvo, pero me besaba las mejillas una y otra vez, hasta estar segura de que su cariño quedaría impregnado en mi piel incluso después de dejar la seguridad del castillo.

»La reina Rionach fue una excelente soberana.

Puso las necesidades de su pueblo por encima de las suyas.

Se preocupó por cada aldea, por cada ciudad de este reino.

Solo ruego ser la mitad de buena gobernante que ella.

Trabajó incansablemente, sola y con una hija.

Honrar esa labor pesa… pero espero poder llevarla.

Los dedos de Valda recorrieron el rostro de su madre hasta toparse con el frío y duro oro.

La tiara de la reina, hecha de oro puro y adornada con gemas raras, delicadamente labrada con diseños que evocaban dunas de arena arrastradas por el viento, reposaba sobre la cabeza de Rionach.

Lentamente, como si temiera dañar la perfección que representaba, Valda tomó la tiara en sus manos y la presentó a los soldados y líderes del reino.

Aunque pequeña, la tiara pesaba como el mismo cielo .

Enderezando la espalda, Valda inclinó la cabeza hacia la delicada corona. Entonces, su voz retumbó, inundando el silencio solemne de la sala del trono:

—Yo, Valda Aither, hija de Brontes y Rionach Aither, alta comandante del Ejército celestino, descendiente del dios, portadora del don del viento y símbolo de Ouranós, me corono a mí misma Reina Valda Aither del Reino del Cielo.