9. Capítulo 9 #2
—Me vas a acompañar al entierro de mi madre.
Maris se congeló.
—¿Qué?
—Me vas a acompañar al entierro de mi madre —repitió Valda, sin darle importancia.
—Pensé que iría con el Señor Kayden.
—Pensaste mal.
—¿Por qué…?
—Porque te estoy dando una orden —contestó Valda, abriendo los ojos y rascándose la sien con fastidio—.
Me está comenzando a cansar tantas preguntas.
Nunca he tenido este tipo de problema con ningún otro sirviente en este castillo.
Ni siquiera mi soldado más insubordinado se ha atrevido a cuestionarme.
—No creo que deba estar en el entierro. No soy de la realeza y voy a estorbar.
—Maris…
Maris tragó saliva y la miró fijamente. Se estremeció por la forma en que la princesa susurró su nombre. La futura reina sonaba cansada y enojada.
—No vas a estorbar. Estarás frente a mí, ayudándome. Quien se atreva a hacerte algo o siquiera murmurar una palabra en tu contra sufrirá las consecuencias.
Maris sabía que Valda decía la verdad, pero algo dentro de ella le gritaba que permaneciera oculta, que no saliera, que pasara desapercibida.
Tenía miedo y necesitaba que Valda lo supiera.
Respirando hondo, decidió abrirse más. Valda necesitaba confiar en ella y la única manera de lograrlo era hablando con franqueza.
—Me aterra estar allá afuera.
Valda ladeó la cabeza.
—¿Allá afuera?
—Entre la gente.
—¿Por qué?
Maris se mordió el labio inferior y bajó la vista a sus manos. A esas manos capaces de controlar y manipular el agua a su antojo, que sin embargo temblaban ante el pedido de Valda.
—Simplemente me aterra.
Valda asintió.
—No deberías temer nada y menos si estás conmigo.
—¿Ni siquiera a usted?
Valda soltó una risa.
—Tiendo a tener mal genio, pero nunca haría nada que te pusiera en peligro.
Maris asintió antes de dirigirse al armario.
—Está bien. Voy a cambiarme.
Entró al armario y encontró el vestido enseguida.
Era de lino, sencillo, con mangas anchas.
Amplio, sin ceñirse al cuerpo. Unos firuletes dorados adornaban los hombros, el cuello y la parte frontal.
Maris se preguntó si sería lo bastante largo para tropezar con el dobladillo; al fin y al cabo, Valda le sacaba casi un pie de altura.
Tomando el vestido, se lo midió por encima antes de ir hacia los biombos al otro lado de la habitación.
—¿De verdad? ¿Te vas a cambiar detrás del biombo? —se burló Valda, poniéndose de pie y moviéndose hasta la cómoda. Buscó la silla y la colocó en el centro del dormitorio—. No tienes que hacer eso. —Pasó la mano frente a sus ojos .
Se sentó a propósito frente al biombo, abrió las piernas, apoyó la barbilla en los nudillos y dejó los ojos abiertos. Si Maris no supiera que estaba ciega, habría jurado que la futura reina la estaba mirando.
—Por favor, no dejes que mi presencia te detenga.
«¿Qué está haciendo?».
Maris suspiró, puso el vestido sobre la cama y agarró el borde de su blusa, pero se detuvo, frunciendo el ceño.
—¿Por qué realmente fue a mi cuarto anoche?
Valda no respondió. En vez de eso, cruzó una pierna y la hizo rebotar sobre la otra.
—¿Qué pensaba que iba a pasar anoche, Su Alteza?
Valda siguió actuando como si no escuchara.
—¿Lo decía en serio?
—Te dije hace un momento que estaba dispuesta a mover todo a mi cuarto…
—Me pidió que fuera su pareja del corazón.
Valda se mordió el labio, cerró los ojos y se encogió de hombros.
—Pues, estaba borracha, después de todo.
Maris entrecerró los ojos.
—¿No lo recuerda?
—Escucha, hace tiempo que no chicho, Caracol. Nos hemos vuelto cercanas. ¿Por qué no aprovechar la situación?
—¿Caracol? —Maris arqueó una ceja—. Me pidió que fuera su pareja del corazón. ¿O quería decir amante?
Valda volvió a reír, hurgando en la parte carnosa de su mano mientras miraba a la nada.
—Suena chévere. Pero recuerdo claramente que me dijiste: «No». No tenemos que hacer nada que no quieras. Pareja del corazón, amante, querida… —Se encogió de hombros—. Puedes llamarlo como quieras.
—No voy a negar que es tentador —dijo Maris, frotando la tela de su blusa—. No voy a negar mi atracción por usted.
—Lo has dejado claro desde el primer día.
—Aparte de placer, ¿qué sacaría yo de esto?
—Si decides ser mi pareja del corazón…
—No deseo una pareja del corazón —lo cortó Maris—. Tengo mis razones.
Valda asintió.
—Entonces será puramente físico —contestó, cuadrando los hombros—. Igual tendrás que obedecer órdenes, hacer lo que diga y… comportarte como has hecho hasta ahora.
—¿Me he estado comportando?
Valda soltó una risa baja.
—No te pongas demasiado cómoda, Caracol.
—¿Ahora soy un caracol?
—Eres del Reino Marino y casi siempre te guardas para ti misma. Creo que te queda bien.
La comisura de los labios de Maris se curvó en una sonrisa juguetona. Le gustó el apodo: corto, dulce, con muchas posibilidades. Los caracoles a veces tenían perlas, algo valioso.
Mientras avanzaba hacia Valda, notó como la princesa ladeaba su cabeza para escuchar sus pasos. Valda se inclinó hacia atrás en la silla cuando Maris se puso a un par de pulgadas frente a ella. Sin pronunciar palabra, Maris soltó los botones de su falda y la dejó caer con un golpe seco.
Valda se enderezó en la silla, apoyó los antebrazos en los reposabrazos y aspiró hondo.
Maris enganchó el pulgar en el borde de su blusa ajustada, se la sacó por la cabeza y la tiró junto a la falda. Quedando en ropa interior, dejó escapar un gemido cansado, intencional, lo bastante alto para que Valda supiera dónde estaba.
—¿Estás intentando que te chinge a horas de enterrar a mi madre? —preguntó Valda—. ¿No tienes respeto?
Maris parpadeó y retrocedió un paso por precaución. La voz de la princesa sonaba más dura que segundos atrás.
Valda dejó salir un gruñido profundo desde el pecho y se puso de pie.
—Vístete.
«¿Qué está pasando?».
—Sé lo que está haciendo —dijo Maris, trotando hasta la cama. Se puso el vestido sobre los hombros y se aseguró de que no se arrastrara. No lo hacía; la cubría hasta los tobillos. Debía haber pertenecido a una Valda más joven.
Valda frunció el ceño.
—¿Ah, sí?
—Se siente mal por querer mantener la mente ocupada en vez de pensar en la muerte de su madre. —Ató las cintas detrás de su espalda y se acercó a Valda—. Pero lo entiendo. El no querer caer en la desesperación.
La princesa no reaccionó. Caminó con vacilación hasta la mesita donde estaban las botellas de licor.
—¿Tú lo hiciste? ¿Mantener tu mente ocupada cuando murió tu mamá?
Maris apartó la mirada un momento, reuniendo valor para responder.
—Claro que lo hice. Eso es lo que quiere, ¿verdad? ¿Por eso fue a mi cuarto anoche?
—Quizá.
—¿Cree que sea una decisión sabia? —preguntó Maris.
Valda negó con la cabeza.
—¿También vas a cuestionar mis decisiones?
Maris maldijo en silencio.
—Perdóneme. No me corresponde hacerlo.
Valda asintió y extendió la mano. Maris la tomó con gusto y la puso sobre su hombro. De pronto, la otra mano de Valda le agarró la cintura. Maris se tensó al sentir su palma rozarle el estómago y subir hasta debajo del pecho.
—El vestido te queda bien.
—¿Gracias?
—De nada. —Soltó su mano y se arregló el cabello por última vez—. Caminarás siempre delante de mí. Primero iremos a la sala del trono. Tomaré la tiara de mi madre y me coronaré reina. Después llevarán su cuerpo al cementerio en las afueras del castillo. Y descansará junto a mi papá.
Maris asintió a las palabras de Valda hasta sentir de nuevo la mano sobre su hombro.
—Será rápido… Luego hablaré con mi pueblo. Creo que ya se está reuniendo una multitud en la Plaza Ofelia.
—Me aseguraré de seguir órdenes, princesa.
Un golpe en la puerta indicó que alguien esperaba.
Maris guió a Valda hasta la entrada y la abrió.
Afuera estaba Kayden, con la mirada cansada, sus ojos azules apagados y ojeras marcadas.
Junto a él, un hombre alto y hosco, de cabello plateado y despeinado, como si también llevara noches sin dormir.
Maris lo observó de lado, reconociendo la cicatriz.
Arwin Tuuli.
Habían pasado semanas desde la última vez que lo había visto. El estómago se le revolvió al notar lo cerca que estaba.
El súbito bufido de Cerbera la hizo saltar. Miró hacia abajo y vio a la gata con la cola erizada, el cuerpo arqueado y las pupilas dilatadas, mirando fijamente al general. Maris arqueó una ceja, agradeciendo a Ouranós no ser la única que se inquietaba con su presencia.
«Bien dicho, bola de pelos».
—Buenos días, Valda.
—Buenos días, Kayden —respondió Valda.
Maris le dio a Kayden una sonrisa cálida, que él devolvió enseguida. Su sola presencia era sinónimo de consuelo, aunque los celos que sentía cada vez que veía juntos a Kayden y Valda siempre le arruinaban el momento.
Pero en ese momento, sin embargo, se saludaron con un respeto cuasi protocolar, como colegas más que amigos.
—Estoy acompañado por el general Arwin Tuuli. Ha venido a escoltarte —dijo Kayden con una ligera molestia en su tono.
Maris miró rápido a Arwin y volvió la vista a Kayden.
Desde el rabillo del ojo podía sentir la mirada ardiente del hombre sobre ella.
Los ojos color avellana de Arwin se agrandaron al recorrerle el cuerpo hasta detenerse en su rostro.
Los de Maris se entrecerraron; inclinó la cabeza y le sostuvo la mirada.
Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
Arwin la observaba como si hubiese visto un fantasma. El labio superior se le crispó por un segundo mientras cerraba un puño contra su costado.
Si al menos tuviera un puñal… si estuviera a solas con él… Solo quería hacerle un par de preguntas, hablar con él, pero al abrir la boca, las manos de Valda apretaron sus hombros. Aceptó su toque y desvió la vista.
—¿Cómo te sientes, Valda? —preguntó Arwin, aunque su atención seguía en Maris.
—Como cualquiera que ha perdido a un ser querido, general —replicó Valda con dureza.
Arwin asintió e inclinó la cabeza.
—Por supuesto. Perdone mi imprudencia, princesa. —Su tono evidenciaba un deje de vergüenza.
—¿Nos vamos? —intervino Kayden.