9. Capítulo 9
T ras una noche intranquila, Maris despertó con un jadeo. Melvian ya se había ido: su cama estaba impecable y la ropa de Maris doblada a la perfección. Al mirar por la ventana, supo que ya llegaba tarde. Esperaba que la princesa no la culpara.
Logró arreglarse en tiempo récord antes de salir corriendo de los aposentos del servicio.
No era lo suficientemente malo el haberse despertado casi helada a medianoche, también había vivido lo más parecido a algo de intimidad que jamás había tenido con la soberana. Aún podía sentir los dedos de Valda en su cuello, su aliento sobre su oreja, su olor.
Después de que Valda se fuera, Maris no había conseguido calmarse lo suficiente como para dormirse enseguida.
Se mantuvo despierta por la excitación que se deslizaba por sus muslos cada vez que la imagen de Valda venía a su mente.
No cabía duda de que los dioses habían esculpido el cuerpo de Valda, pero había algo más en su presencia que derretía a Maris de pura necesidad.
Había intentado evitar buscar alivio, consciente de que Melvian podía despertarse si hacía ruido, pero, a medida que los minutos pasaban, no tuvo más remedio que calmar su frustración en silencio.
Imaginó a Valda deslizándose bajo las sábanas por detrás y posándole su mano grande sobre la boca con la misma fuerza y violencia de antes.
La otra mano de la mujer bajaría entonces al encuentro de sus piernas para torturarla con caricias hasta el delirio.
Pero no era la mano de Valda la que la mantenía callada ni la que extendía la humedad por su centro, sino la suya propia .
Incluso después de venirse, seguía sin poder dormir bien. Todos sus sueños terminaban con la princesa entre sus piernas, ojos color miel mirándola mientras su lengua se hundía en la humedad de Maris. Cada vez, Maris despertaba en mitad de la noche empapada en sudor.
Y ahora estaba llegando tarde. Se había quedado dormida y, por ende, cruzaba a la carrera los pasillos del castillo, esperando y rogando que Valda hubiera logrado domar lo suficiente sus emociones como para no saltarle a la yugular al verla entrar.
Ese día sería el entierro de la reina, y Maris sabía que Valda iba a necesitar todo el apoyo emocional posible. En parte, tenía suerte de que Kayden estuviera cerca para eso. Maris se preguntó si siquiera estaría permitido que asistiera al entierro.
Suspiró, se recogió el cabello en una cola alta y tomó aire antes de abrir la puerta.
Encontró a Valda sentada en el borde de la cama, con una doncella atándole las botas. Una rabia ardiente de celos le encendió la sangre al ver a la muchacha tocando a Valda.
Cerbera estaba pegada a la princesa, sentada justo detrás de ella. La punta de su cola esponjada se movía de un lado a otro. En cuanto la gata vio a Maris, parpadeó despacio y soltó un trino suave y feliz. Al menos alguien se alegraba de verla.
Los rasgos imperturbables de Valda parecían lejanos hasta que oyó abrirse la puerta. Su fachada, que no demostraba emoción, se deshizo, reemplazada por curiosidad. Era como si no hubiera esperado a Maris.
—Puedes irte —murmuró Valda a la joven doncella, retirando la pierna.
La sirvienta asintió y se escabulló a toda prisa.
Una vez sola, Maris tomó aire y se volvió hacia Valda.
—Princesa, perdone que llegue tarde. Yo…
—Está bien —interrumpió Valda, haciendo un gesto displicente con la mano—. Fue culpa mía —añadió, poniéndose de pie.
La mirada de Maris recorrió el cuerpo de Valda; le encantaron los vendajes negros del pecho, pero notó que en la parte inferior ya vestía el mismo atuendo de su cumpleaños. Valda intentaba acomodarse el cinturón de cuero, moviéndolo como si quisiera que la hebilla quedara justo bajo el ombligo.
Maris caminó hacia ella y sus dedos rozaron la hebilla antes de ajustarla. Al alzar la vista, notó las ojeras bajo los ojos de Valda. Debió costarle dormir, ojalá por razones distintas a las de Maris.
—¿Qué necesita?
Valda apretó la mandíbula antes de responder .
—Necesito mi camisa negra de seda, mi chaqueta del uniforme y la caja con mis medallas. Las usaré en la coronación.
Maris asintió y se puso manos a la obra. Dejó la chaqueta y la camisa sobre la cama y volvió por la caja. Era de madera, con un cierre sencillo. Dentro, un montón de medallas de oro y plata, de distintos tamaños y cintas de varios colores. Tardarían un buen rato en colocarlas todas.
—¿La encontraste? —preguntó Valda, con una voz sorprendentemente suave comparada con la de anoche.
—Sí, aquí está —respondió Maris, regresando junto a ella—. También traje la camisa y la chaqueta —dijo, ayudando a Valda a ponérselas y revisando que no tuvieran arrugas ni motas antes de alisarle el cuello de la camisa. Luego se volvió hacia la caja—. Será mejor que se siente para esto.
Valda asintió y tanteó el borde de la cama antes de sentarse.
—Ayer no me sentía bien.
Maris asintió, sabiendo que ella no podía verla.
No estaba lista para hablar de lo que había pasado.
Aún estaba procesando cómo había reaccionado su cuerpo a Valda y lo que la princesa le pedía.
No es que no conociera de deseo carnal; había estado con hombres y mujeres antes de entrar al castillo.
Tras la muerte de su madre, había encontrado consuelo en los brazos de algunos compañeros de trabajo. Desgracia compartida, menos sentida.
Pero con Valda era distinto. Ardía por la princesa; desde la primera vez que la había visto, necesitaba estar cerca suyo, ser tocada por ella.
Quería cada interacción con Valda. Incluso ahora, mientras prendía las medallas una tras otra en la chaqueta, Maris seguía deseando sentir la mano de Valda sobre su piel, en el cuello, la cintura o el pecho.
Lo quería todo y aún no podía creer que había estado a segundos de aceptar ser la amante o la pareja del corazón de la princesa.
—Entiendo por lo que está pasando. La pena y el duelo pueden nublar el juicio.
—Te pido disculpas si te hice sentir incómoda —dijo Valda, ladeando la cabeza como si intentara mirarla.
Maris negó.
—No lo hizo —dijo… y enseguida notó el desliz de su confesión—. O sea, sí, me incomodé, pero la comprendo. Soy buena escuchando y si necesita hablar con alguien, puedo ser esa persona —alzó la vista hacia Valda, cuyos ojos ahora estaban cerrados—. Solo le pido que escoja horas más razonables…
Valda resopló y escondió la risa .
Maris casi se derritió cuando los hombros de Valda se relajaron.
—Si mi compañera de cuarto se hubiese despertado y nos hubiese visto, no sé qué habría pasado.
—Sí, estaba por preguntarte. ¿No se despertó? —La princesa se mordió el labio inferior mientras contenía una risa.
Fue el turno de Maris de reírse.
—¡Espero que no! No creo que pudiera mantener la cara seria si tuviera que decirle a Melvian que la princesa del Reino del Cielo logró encontrar mi cuarto borracha y perdida.
—No estaba tan ida —bufó Valda.
—Sí que lo estaba. Básicamente me pidió que fuera su pareja del corazón.
La picardía desapareció de los rasgos de Valda en cuestión de segundos.
—No estaba tan ida —repitió con severidad.
Maris respiró hondo y colocó la última medalla alrededor del cuello de Valda. Decidió que era mejor cambiar de tema.
—¿Quiere que busque la Espada Celestial? —preguntó, sin esperar respuesta. Se levantó y caminó hacia la cómoda.
—Dije la verdad —la voz de Valda le recorrió la espalda como un escalofrío—. Aunque rechaces mi ofrecimiento de ser mi pareja del corazón, te quiero en mi cuarto en todo momento. Ya hablé con un encargado; traerán una cama y te instalarán aquí. —Valda se levantó, erguida y enorme frente a Maris.
—No quiero dormir aquí —dijo Maris, mirándola hacia arriba—. Tengo un cuarto y pertenencias que quiero mantener protegidas.
—Este castillo está protegido. Tus pertenencias estarán a salvo. Si lo deseas, también pediré que las traigan aquí.
¿Qué estaba pasando? Maris no quería que tocaran ni movieran sus cosas. Tenía su cuarto y aunque la idea de estar cerca de la princesa resultaba extremadamente atractiva, aún necesitaba su espacio.
—No tiene derecho. ¡Necesito privacidad!
—Estoy a minutos de ser tu reina —Valda alzó la barbilla y cuadró los hombros—. Tengo todo el derecho sobre las decisiones que se tomen en mi castillo. O aceptas las condiciones o aceptas las condiciones.
Valda escondía algo. ¿Por qué quería tenerla cerca? ¿Para qué? Podía manejarse en el castillo perfectamente. ¡Tártaro! ¡Había llegado a los aposentos del servicio! Maris se mordió el labio inferior, conteniendo la rabia.
—¿Por qué la urgencia?
—¿Qué urgencia? No hay urgencia. La última orden de mi madre fue que te quedaras cerca de mí. Que me ayudaras. Sería una pena que no cumplieras lo que ella pidió.
La rigidez en el rostro de Valda asustó a Maris. La forma en que se plantaba, como si la observara desde arriba, leyendo cada uno de sus movimientos, tan segura y dominante, le hizo flaquear las rodillas. ¿Cómo podía estar enojada y excitada a la vez?
—Necesito mi espada… —dijo Valda, extendiendo su mano.
Los hombros de Maris cayeron. Se volvió hacia la cómoda y encontró la Espada Celestial donde Valda la había dejado la última vez, cuando su madre se la trajo. Llevó la caja hasta Valda. Para que supiera que estaba cerca, tomó su mano extendida.
—Pónmela —ordenó Valda.
Maris suspiró. Bajó la vista al cinturón de cuero y lo desabrochó lentamente.
Con toda intención de alargar el momento, ajustó lentamente la vaina al costado derecho de Valda antes de volver a abrocharle el cinturón.
Su mano se quedó un instante más en la cintura de la princesa antes de alzar la vista hacia sus rasgos vacíos.
—Gracias —dijo Valda, sentándose de nuevo—. ¿Qué llevas puesto?
Maris frunció el ceño ante la pregunta repentina.
—Mi uniforme…
—Pues no. —Valda palmeó sus muslos gruesos antes de volverse hacia el armario—. Al fondo a la izquierda encontrarás un vestido negro. —Sonrió de costado—. Lo usé hace mucho tiempo. Una vez.
Maris miró el armario y luego a Valda.
—¿Y qué con eso?