La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 6. Capítulo 6
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6. Capítulo 6

N ueve años…

¡Nueve, putos, años esperando para nada!

El Oráculo había mentido. Valda no encontró ni a su pareja del alma ni a una del corazón. Lo que sí descubrió fue que la habían maldecido. Como estaba ciega, incluso si el Oráculo había dicho la verdad, no podría reconocer a su pareja del alma con la vista ni formar un vínculo con ella.

Los ojos eran las ventanas del alma…

Y sus ventanas estaban cerradas.

Por más que quisiera decir que no necesitaba a nadie, sí que lo hacía.

Al menos hasta que llegara el bendecido adorador.

La oscuridad no se sentiría asfixiante si Valda supiera cuándo llegaría el nuevo adorador de Asclepio.

No se sobresaltaría con cada ruido. Haría su día como de costumbre, tratando con todas sus fuerzas de aguantar.

Pero la herida en proceso de sanación de su brazo era un recordatorio simple de que el adorador se había ido y que pasaría un tiempo hasta que su madre encontrara otro… si es que encontraba a alguien.

Por ahora, tendría que lidiar con esto de la única manera que sabía: ignorándolo.

Ahora, yacía en su cama en la madrugada. Aunque oyó movimiento afuera de su habitación, Valda se negó a abrir los ojos. Si lo hacía, le recordarían lo ocurrido.

—Sé que estás despierta. Cerbera me lo dijo —la voz de Maris atravesó su oscuridad.

El maullido feliz de la gata hizo que la criada soltara una risita.

Traicionera Cerbera. Se suponía que estaba de su lado.

Tenía que sisearle a todo el que la mirara.

Su compañera fiel y amorosa siempre estaba cerca, manteniendo a Valda con los pies en la tierra.

Pasara lo que pasara, con ella alrededor siempre había algo bueno que esperar.

Su querida Cerbera, cuyos maullidos y ronroneos callaban cualquier arrebato de ira. Anoche no había sido diferente.

—¡Cerbera! —llamó Valda, pero la gata no vino. En cambio, la cama rechinó bajo sus pasos cuando se alejó de Valda.

—¿Quieres cariñitos? —La voz de Maris no sonaba cansada—. Te gusta, ¿eh?

—No es amigable —murmuró Valda mientras apartaba las sábanas de su cuerpo, palpándose el pecho y notando que la blusa seguía en su sitio y no se había abierto mientras dormía.

—¿De verdad?

—Muerde a todo el mundo y le sisea a la gente nueva —añadió Valda, tanteando la mesita de noche y luego el poste de la cama.

Se incorporó y de inmediato se arrepintió, volviendo a sentarse, algo mareada.

Eso no era bueno. Quizás estaba adolorida.

Quizá necesitaba una buena comida sustanciosa y no solo frutas.

—Parece feroz, pero es una bebé. ¿Verdad que sí, Cerbera?

Cerbera soltó un maullido adorable mezclado con un ronroneo y Valda resopló.

—Increíble.

—No te voy a robar la gata, Su Alteza. Es toda tuya —dijo Maris, conteniendo una risita—. ¿Tienes hambre?

Valda agitó la mano hacia donde creyó que estaba la criada. Se impulsó de nuevo y suspiró satisfecha al lograr ponerse de pie por sí sola.

—Me muero del hambre.

—Claro. Ya regreso.

Los pasos de Maris se alejaron hasta que se abrió y cerró una puerta.

Valda apretó su agarre en el poste al tiempo que las piernas le temblaban bajo su peso.

Apretó los dientes hasta estabilizarse. Dio un par de pasos inseguros, con el cuerpo tenso, esperando el golpe.

Sabía que iba a ocurrir. Era cuestión de tiempo antes de chocarse con algo.

Solo esperaba que Cerbera no estuviera cerca.

Lo último que quería era pisarle la cola.

Nunca se perdonaría hacerle daño a su gata.

Valda extendió los brazos delante, con las manos abiertas, escaneando su entorno.

Caminó tambaleante por la habitación hasta llegar a la entrada del baño.

Celebró su logro con una sonrisa, y Cerbera también pareció orgullosa.

La gata frotó su cuerpo contra la pierna de Valda, dándole un topetazo un poco agresivo.

Al cruzar la entrada, Valda fue hacia donde creía que estaba la jofaina. Tocó agua tibia y exhaló feliz. Tal vez podía aguantar por ahora. Solo tenía que recordar dónde estaba todo.

Mientras se lavaba la cara y la boca, la puerta de su aposento se abrió y unas ruedas rechinaron.

—Soy yo, Su Alteza —anunció Maris cuando la puerta crujió.

—Buenos días.

Una segunda voz se coló en la habitación.

—Buenos días, mi reina —dijo Maris en un tono bajo y tímido.

—¿Mi hija está despierta?

—Sí, mi reina.

Valda salió del baño arrastrando los pies y volvió a su habitación. Los pasos de su madre se acercaron y, con ellos, un repentino jadeo. Valda hizo una mueca al oírlo y se alisó el pecho y el vientre, asegurándose de que, aunque desaliñada, aún se viera presentable.

—¿Tan mal me veo? —preguntó Valda con una sonrisa en broma, pero sabía que su madre se daría cuenta.

—Valda, tus ojos —dijo Rionach, con la voz temblorosa.

—Ma —advirtió Valda, adelantando las manos.

Una mano pequeña y suave le tocó los dedos y la jaló hacia delante.

No sabía adónde la llevaba, pero confiaba por completo en quien la guiaba.

Dio los siguientes pasos con más seguridad hasta que una segunda mano le alisó la espalda, presionando lo suficiente para sentarla.

Tanteó a su alrededor y notó que estaba en su mesa pequeña.

—Me quedaré a su lado, Su Alteza —dijo Maris, haciendo que Valda diera un pequeño brinco por lo cerca que estaba.

—No sabía que habías perdido la vista… —dijo Rionach, mientras una silla raspaba el suelo duro. La madera crujió y una tela se agitó delante de Valda.

—Era de esperarse —dijo Valda, llevándose los dedos a la ceja y las sienes y siseando. La piel de la zona seguía sensible. Un roce en la pierna le anunció que Cerbera estaba cerca. Tras un par de caricias, el peso de la gata se posó sobre el pie de Valda.

—Bueno… —suspiró Rionach, tamborileando los dedos en la mesa—.

Hablé con Kayden y su familia. Nos iremos a Harmonia en busca de un adorador bendito.

Con suerte estarás bien antes de la próxima luna llena.

—Rionach sonaba esperanzada, pero siempre ha bía sido buena escondiendo sus sentimientos.

Sin su vista, a Valda le resultaría difícil saber qué sentía realmente.

Suspirando, Valda se frotó la sien y asintió. Era más fácil así: aceptar y tener esperanza de que todo se arreglaría.

—Supongo que te llevarás a Arwin contigo.

—No. Él se quedará a cargo mientras estoy fuera. No puedo dejar todo el reino a merced de los rebeldes.

Valda resopló y se señaló a sí misma con la mano.

—Yo sigo viva.

—Sí, pero no estás bien.

—No poder ver no me quita la capacidad de tomar el mando y dar órdenes, Ma.

—Me sentiré más segura si Arwin se queda aquí.

Valda tragó en seco; un escozor agudo le nació en el borde de los ojos. Su madre no confiaba en que tomara buenas decisiones. Prefería que lo hiciera Arwin. De algún modo, Valda no la culpaba, pero deseaba tener la oportunidad de probarse.

Desde detrás de Valda, Maris carraspeó, lo que la hizo girarse en un intento por buscarla.

—¿Me dijeron que la nombraste para mantenerme a salvo? —preguntó Valda, señalando hacia donde creía que estaba Maris.

—Así es.

—¿Por qué? —preguntó Valda.

Maris resopló detrás de ella.

—Para empezar, te manejó bien.

—¿Me manejó?

—¿Te duele la cara, Valda? —preguntó Rionach.

Valda abrió la boca para hablar, pero al hacerlo, la leve quemazón de la mandíbula le recordó que sí, le dolía la cara. Se frotó la mejilla y asintió.

—Eso fue por Martha.

—Maris, Su Alteza —corrigió Maris.

—Sí, eso. Fue la única que logró detenerte antes de que lo destruyeras todo.

—Discúlpame por arruinar mi propia celebración de cumpleaños —murmuró Valda.

—No hay nada que disculpar. Pero quiero que aproveches este tiempo para tomar un descanso.

Valda asintió, rozándose los pómulos con las yemas de sus dedos.

—¿Cuándo te vas?

—En cuanto pueda. Estoy esperando a Kayden. Ahora mismo está hablando con su madre para irnos en su barco. Después de eso, tardaré un tiempo en volver… —Rionach se detuvo con una leve vacilación—. Ya sabes cómo son los adoradores de Asclepio…

—¿Recuerdas cuando dije que era justo si el sanador se iba sin dejar rastro?

—Sí.

—Estaba hablando mierda —masculló Valda—. Tráelos de vuelta como pueda y como sea.

Rionach soltó una risa y dio una palmada en las manos de Valda.

—Yo hago lo que sea por mi hija. También vine a traerte esto. La soltaste y te olvidaste de ella durante todo el revolú, así que la tomé y la guardé —dijo Rionach, dándole la vuelta a la mano de Valda y poniendo algo sobre ella—. Es la Espada Celestial.

Valda inhaló bruscamente y bajó los ojos como si de alguna forma fuera a ver el cofre allí. Acarició la caja durante un par de segundos antes de encontrar el broche. En cuanto lo abrió, pasó las manos por la empuñadura enjoyada y luego a lo largo.

—Gracias.

—Volverás a ver, Valda. Créelo.

—Sostengo como promesa tus palabras —dijo Valda y movió la caja hacia donde estaba Maris. Ella se la tomó y sus pasos se alejaron hacia el fondo—. Por favor, ten cuidado. Me preocupa que ni yo ni Arwin vayamos contigo.

—Pero Kayden sí viene. Volveré antes de que me extrañes —rió Rionach y anunció—: Y ahora voy a besarte —antes de que el sonido de madera rozando el suelo hiciera que Valda se encogiera.

Su madre la estrechó entre los brazos y posó un beso cálido en su frente, justo entre los ojos—.

Quiero que te concentres en estar mejor y más fuerte, ¿de acuerdo?

—Lo haré, Ma —dijo Valda, cerrando los ojos al sentir de nuevo los besos de su madre.

Demasiado pronto, su madre se apartó, le acarició la mejilla y se marchó, dejando en Valda una punzada repentina que no supo explicar. Abrió los ojos orientándose hacia donde creía que estaba su madre.

—¿Maris, era? —preguntó Rionach.

—Sí, mi Reina.

—Cuídala. Si tienes que restrallarla contra el suelo para que descanse, hazlo. Te lo permitiré.

Valda alzó una ceja y bufó.

—Lo tendré presente, mi reina —dijo Maris, con diversión en la voz .