5. Capítulo 5 #4
Restregándose las manos nerviosas, Maris caminó hasta la sala y se sentó en el sofá. Que no hubiera un adorador de Asclepio significaba que no había cura para lo que fuera que tuviera la princesa, y eso era aterrador.
—¿Crees que estará bien?
Melvian se encogió de hombros de nuevo.
—Tendrá que estarlo.
—Sí, pero… He visto lo que pasa cuando a la gente le arrebatan algo importante. Y no es nada bonito.
Frunciendo los labios, Melvian se acercó a Maris.
—No te hagas eso.
—¿Cómo no hacerlo, Melvian?
—Simplemente no lo hagas, por favor. —Le agarró la mano y la jaló hacia la puerta—.
Nunca te dije por qué vine. Traje comida para la princesa en caso de que despertara.
— Metió un carrito lleno de frutas, nueces y diferentes tipos de té—.
Estos son todos sus favoritos. No creo que se lo coma todo, así que supongo que tú también puedes comer.
—Gracias porque estaba muerta de hambre. No he podido comer nada.
—¡Maris!
—¡Es ella! —Maris la tomó por los hombros y la giró—. Tienes que irte.
—¡Oye! ¿Qué… espera un…? —Las palabras se le murieron en la boca. Miraba hacia el fondo del cuarto real, con los ojos bien abiertos de sorpresa.
Maris siguió su mirada y encontró la figura alta de Valda apoyada en la entrada del baño, sin nada que la cubriera.
—¿Maris, estás ahí?
—Aquí estoy —respondió Maris.
Ahora que Valda estaba de pie por sí misma, Maris pudo ver todas las demás cicatrices que adornaban su cuerpo.
No eran tantas como para hacerla lucir extraña, pero sí suficientes para volverla interesante a la vista.
Una de esas cicatrices cruzaba su muslo musculoso.
Aun así, no hacía que su pierna resultara menos deseable, por el contrario.
Ambos muslos estaban tonificados y fuertes.
Claramente debía correr mucho en las batallas, como contaban las leyendas sobre ella, no para huir, sino para embestir a sus enemigos y saltar sobre ellos.
Tenía otra cicatriz en su abdomen. Los abdominales marcados lucían una línea diagonal que cruzaba hacia su espalda. Quizá habría sido herida en una pelea de espadas años atrás. Eso podría haberla dejado en cama semanas… o tal vez solo unos días, a juzgar por su carácter.
—Estoy empapada —dijo Valda.
Maris clavó el codo en las costillas de Melvian y susurró:
—Yo también.
—¡Maris! —siseó Melvian.
Valda arqueó una ceja y agitó el brazo.
—Necesito una toalla.
Maris se giró y miró a Melvian con los ojos bien abiertos. Le imploró mentalmente que se fuera y, gracias a los dioses, Melvian entendió. Palmoteando el brazo de Maris, salió cerrando la puerta tras de sí.
—¿Ya te fuiste? —preguntó Valda, casi sorprendida.
—¡No, Su Alteza! Aquí estoy. Una doncella acaba de traerle comida —respondió Maris, corriendo al lado de la princesa. Ni le preguntó cómo había salido de la tina sin ayuda. Por supuesto que Valda recuperaría su fuerza poco a poco, pero tenía que admitir que todavía la sorprendía un poco la rapidez.
—Estante de abajo, a la izquierda —dijo Valda, señalando dónde estaban las toallas como si hubiera leído su mente.
Velozmente, Maris tomó una toalla blanca y la colocó sobre sus hombros mientras la guiaba a sentarse en la cama. La observó en silencio mientras se secaba la cara con cuidado, especialmente alrededor de los ojos. Aun así, la princesa siseó de dolor al tocarse las cejas.
—¿Qué quiere ponerse? —preguntó Maris, deseando mantener la mente de la princesa ocupada en algo distinto al hecho de que estaba desnuda y adolorida.
—Diría casual, pero es medianoche —dijo Valda, pasándose los dedos por el cabello mojado—. Algo cómodo para poder dormir un poco más después de comer.
Maris asintió, lamentando que así hubiera terminado el cumpleaños de la princesa.
Al entrar al vestidor, se encontró con un mundo de elegancia y sofisticación: estaba lleno de colores, estampados y texturas que captaron su atención de inmediato.
Por donde mirara, había ropa que solía reservarse para la población masculina hecha de seda, algodón y otras telas. Pasó los dedos por las prendas, maravillándose de lo suaves que eran contra su piel.
—¿Maris? —la llamó Valda desde fuera. Sacudiéndose el ensueño, Maris tomó una camisa de seda con botones y un pantalón negro de lino. Cuando salió, Valda estaba doblando la toalla y colocándola en la mesa para que Maris la recogiera después.
—Veo que poco a poco recupera fuerzas. Ya puede dar algunos pasos sola.
Valda soltó una risa.
—Claramente no me conoces. Siempre me recupero rápido después de cada pelea.
—Pero esto no fue una pelea —dijo Maris, dejando la ropa sobre la cama.
El labio superior de Valda se contrajo, los músculos de su mandíbula tensándose antes de decir:
—Todo lo que necesito es un adorador bendito de Asclepio. Estaré bien. Puedo manejarlo.
Maris sonrió y asintió.
—Y yo estaré aquí hasta que se recupere. Esto es solo temporal —anunció, cruzándose de brazos mientras observaba la sonrisa astuta que se dibujaba en el rostro de la princesa.
—¿Ya quieres deshacerte de mí, Maris? —La picardía en su tono seguía ahí; incluso después del dolor y el cansancio, Valda aún lograba mostrar un lado juguetón suyo que Maris no conocía .
Alzando una ceja, Maris rió.
—No es eso, princesa. Fue orden de su mamá y, por lo visto, usted es la que tiene prisa. No necesita mi ayuda para moverse por su cuarto.
—Sí la necesito, Maris. Todavía puedo darme un golpe en el pie contra la pata de una mesa… o destrozarme la rodilla contra la cabeza de un niño. El peligro acecha en cada esquina.
—Eso sería una tragedia, pobre niño.
—Oye, espérate. Yo necesito mis rodillas. Los niños celestinos tienen la cabeza bien dura.
—Nunca lo dudaría —replicó Maris con sorna.
—¿Ya me estás coqueteando, Maris? Aprovecharte de alguien en mi situación es bastante horrendo y castigado por la ley celestina.
Maris rió y rápidamente se tapó la boca.
—Perdóneme, princesa. La ley celestina no es cosa de risa.
—No lo es. Me tomo mi trabajo muy en serio. —Valda rió y la tensión de sus hombros se disipó poco a poco—. De todos modos, estás perdonada. Ninguna ley entrará en vigor hoy.
—Gracias por ser tan misericordiosa, Su Alteza.
—Maris sonrió, mirando a Valda frente a ella.
Si no fuera por los moretones alrededor de sus ojos y por la ausencia de iris, Maris hubiera jurado que la estaba mirando directamente.
Con suavidad, se acercó a la aún desnuda princesa, le tocó la muñeca y la guió hacia la cama, donde estaba la ropa.
Le entregó una prenda a la vez, asegurándose de que al ponérsela no quedara desarreglada.
La quietud de la habitación resultaba bastante calmante.
Hasta que Valda habló…
—Puedes usar mi toalla, Maris.
Maris frunció el ceño mientras ajustaba el cuello de la camisa de Valda.
—¿Para qué, Su Alteza?
Valda rió.
—¿No estabas mojada?