La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 5. Capítulo 5 #3
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5. Capítulo 5 #3

Maris suspiró con molestia y se pasó los dedos por el cabello, que se había soltado de su moño.

Se volvió hacia Valda, con las aletas de la nariz dilatadas y el pecho subiendo y bajando con agitación.

Entendía la ira de Valda. Que te quitaran algo de golpe y sin explicación enfurecería a cualquiera.

Pero la princesa necesitaba pensar con claridad antes de destruir todo a su paso.

—Tiene que controlarse —murmuró Maris, chistando mientras recogía los objetos que el berrinche de Valda había tirado al suelo .

—¿Tú lo harías?

Maris pensó que sería mejor quedarse callada. En su lugar, siguió ordenando el dormitorio y se mantuvo ocupada.

—Eso pensé… —dijo Valda, girando para recostarse de lado—. ¿Quién eres?

—Supongo que soy su nueva criada exclusiva. —Maris recogió otro objeto del suelo y lo dejó con un golpe sobre la mesa de noche. Menos mal que era solo un cepillo o lo habría hecho trizas de la rabia.

—¿Cuál es tu nombre?

Cerrando los ojos e inhalando hondo, Maris decidió seguirle el juego al cuestionario de la princesa. Si eso significaba que se calmaría y quizá confiaría en ella, ¿qué podía salir mal?

—Me llamo Maris, Su Alteza.

—Maris.

Al pronunciar su nombre, Maris no pudo evitar notar cómo la voz de la princesa lo acariciaba, saboreando cada sílaba con suavidad. Era como si Valda hubiera tomado el nombre de Maris para transformarlo en algo más, algo mágico y seductor. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—Maris —repitió, probando la palabra en la lengua.

El gato saltó a la cama, soltando un ronroneo suave y rápido.

Buen momento. Quizá podría cambiar de tema.

—Hay un animal en su cama. Espero que sea suyo.

—¿Cerbera? —llamó Valda, mientras el gato maullaba fuerte y presionaba su cabeza contra la cara de Valda.

—Él ha estado pendiente de usted.

—Ella.

—¿Perdón?

—Es hembra —corrigió Valda, palmoteando el costado de Cerbera.

—¿Cerbera es hembra? —preguntó Maris, incrédula.

La princesa se encogió de hombros con indiferencia. —Fue lo primero que se me ocurrió…

—Claro. Ponerle a una gata el nombre de un perro macho de tres cabezas. Una contradicción completa.

Valda soltó una risa. —Es original.

Maris dejó el último objeto en la mesa y se quedó mirando la espalda musculosa de la princesa, que yacía de lado acariciando a la gata. —No puedo decir que no lo es…

—¿Estás aquí para estar encima mío todo el tiempo? —interrumpió Valda—. ¿Vas a ver si me caigo o si me rompo un dedo del pie?

Maris se frotó las sienes. —Si no se queda quieta, sí, probablemente.

—No había escuchado tu nombre antes. ¿Eres nueva?

—Sí, señora. Llevo apenas un par de días trabajando en el castillo.

—¿Y mi mamá te designó para quedarte conmigo?

—Sí.

Valda resopló e hizo el mayor esfuerzo por incorporarse. Para sorpresa de Maris, lo logró sin ayuda. Cerbera se acomodó en su regazo y se hizo un ovillo.

—¿Tiene hambre, Su Alteza? —preguntó Maris, pensando que quizá sería bueno llevarle algo de comer y, de paso, buscar algo para ella. No había podido comer nada. Un buen bocadillo nocturno, quizá un poco de leche tibia, le vendría bien.

—No puedo comer oliendo así. Necesito quitarme el olor a sangre. Después de eso, podré comer. —Dicho esto, Valda apartó las sábanas de su cuerpo. Cerbera lanzó un gruñido molesto y se acomodó a los pies de la cama, mirando de Valda hacia Maris.

Valda llevó las piernas al borde de la cama e inhaló fuerte, casi con dolor.

—Princesa, por favor. Déjeme…

—Necesito saber si puedo hacer esto sola. No quiero que me estén llevando de la mano.

Maris se mordió la lengua y se encogió de hombros. —Adelante.

Valda dejó escapar un sonido de disgusto. Tanteó con la mano hasta agarrar el poste de la cama y se impulsó. Al principio logró ponerse en pie, pero apenas lo hizo, volvió a caer sobre la cama.

—Puñeta —murmuró, antes de intentarlo de nuevo.

—Ay, por favor, déjeme ayudarla por ahora. Luego puede botarme si quiere.

—Hablas demasiado para ser una criada.

—Me voy a callar después de que lleguemos al baño, lo prometo.

—Sin darle a la princesa un segundo para rechazar la oferta, Maris colocó un brazo musculoso sobre sus hombros y la sostuvo por la cintura.

En esa posición, por fin pudo apreciar la estatura de Valda.

La mujer era casi un pie más alta que ella.

—Llévame al baño. Siempre hay una tina llena de agua caliente allí —dijo Valda, apretando con más fuerza el hombro de Maris mientras daba un paso vacilante.

La princesa luchó con su equilibrio en los primeros pasos.

Sus piernas temblaban, débiles e inseguras.

Su otra mano tanteaba a un lado, con los dedos extendidos, procurando no chocar con nada, pero Maris se aseguró de llevarla hasta el retrete.

Allí había una tina de patas nacaradas. Luchando contra el peso imponente de Valda, la ayudó a entrar poco a poco, metiendo primero una pierna y luego la otra.

Al hundirse en el agua, el sonido que escapó de la boca de Valda fue sumamente placentero. Echó la cabeza hacia atrás y gimió feliz cuando el agua tibia cubrió su cuerpo.

Maris la miraba en silencio, maravillada. La mano de Valda bajó hasta la banda de su ropa interior. Enganchando el pulgar bajo la tela, la deslizó lentamente por sus largas piernas y la dejó caer junto a la tina con un “plop” húmedo.

Luego tiró de los vendajes con brusquedad hasta liberar sus pechos. La princesa suspiró, y un calor se expandió por el rostro de Maris, incapaz de apartar la vista.

Todas esas historias eran ciertas. La princesa era hermosa a su manera: con sus músculos ondulantes bajo la piel tostada por el sol, las pecas, las sutiles líneas de bronceado en sus piernas y brazos, las cicatrices…

Maris detuvo su exploración al fijarse en esas numerosas cicatrices que adornaban el cuerpo de Valda. Estaba segura de que cada una tendría una historia y, por alguna razón, no podía esperar para conocerlas.

Preguntándose si Valda sabía que aún estaba allí, Maris carraspeó, esperando una reacción. Valda gimió, abrió los ojos y agitó la mano en el aire.

—Tráeme un paño y jabón.

Maris se quedó helada. ¿La princesa quería que Maris la bañara? Maldijo por lo bajo mientras sus ojos recorrían el retrete.

—No sé dónde están sus cosas, Su Alteza.

Valda suspiró, molesta. Levantó la mano y señaló la esquina izquierda de la sala.

—En el tercer cajón a tu derecha están los paños y en el último cajón del medio encontrarás el jabón.

—Muy bien… —Maris se dirigió al mueble y obedeció.

Había, sin embargo, muchos jabones distintos.

Echó un vistazo a Valda y luego al cajón.

Tomó una barra verde y la llevó a la nariz.

Menta. La devolvió y agarró otra. Vainilla.

Suspiró de satisfacción. Cogió una tercera, esta vez rosa con puntitos rojos. Fresas.

—Menta.

Maris dio un brinco y el jabón se le resbaló de la mano, cayendo con estrépito en el cajón.

—¿Qué estás haciendo? Avanza —murmuró Valda, apoyando ahora los brazos en el borde de la tina.

—S-sí, señora. —Maris corrió con el jabón y el paño hacia Valda. La mano de ella ya estaba extendida, esperándola. Tras entregarle el jabón y el paño, Maris salió de la sala por orden de Valda.

Era lo mejor para ambas. No debía invadir su intimidad. Valda necesitaba tiempo para asearse y quizá acostumbrarse al hecho de que no podía ver.

Maris se frotó los brazos y dejó escapar un gruñido frustrado mientras alzaba la vista al techo. Necesitaba concentrarse en algo que no fuera la imagen de Valda bañándose.

—Tengo que controlarme. Tengo que… —Exhaló y apretó la tensión que se formaba en la base de su cuello. Estaba allí para ayudar y eso iba a hacer, ¿no?

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Frunció el ceño. Era bastante tarde. En el castillo solo quedaban guardias, y la mayoría de las sirvientas estaban limpiando el desastre en la sala del trono. No podía ser la reina; ella no llamaría a la puerta.

Maris descorrió el cerrojo y se asomó.

—¡Melvian! —Abrió de par en par y la atrajo con un abrazo fuerte.

—¡Por los dioses, Maris! ¡Qué carajo! —Melvian le devolvió el abrazo, apretándola un momento antes de apartarse—. ¡Pensé que te habían botado!

—Yo también lo pensé, pero creo que les gustó que fuera ruda con la princesa.

Melvian se encogió de hombros, confundida.

—¿Por qué?

—Soy como su doncella personal ahora.

Los ojos de Melvian se abrieron de terror.

—Ay, no.

—Ay, sí. Aunque no creo que sea tan problemático.

Melvian frunció el ceño.

—¿Está muerta?

Maris parpadeó.

—¿Cómo voy a ser la doncella personal de un cadáver, Melvian?

Melvian murmuró algo y volvió a encogerse de hombros.

—Está ciega.

La expresión de Melvian pasó de sorprendida a triste en segundos.

—¿Ciega?

Maris asintió.

—Se está bañando ahora y, como notarás, no estaba nada contenta con estar ciega. Casi destruye toda la habitación.

—Pues qué mierda.

—¡Melvian!

—¡No! — Levantó las manos—. Escucha, esto significa que ahora no podrá luchar junto a su ejército. Nunca he oído de un soldado ciego que sobreviviera a una guerra, ni siquiera que se uniera a una.

Maris tragó saliva. No lo había pensado. ¿Qué sería de la princesa ahora que estaba ciega? ¿La respetarían siquiera o la verían como su superior? Recordó al general Arwin. Con todo esto, no había podido buscarlo luego de la fiesta. ¿Estaba siquiera en el castillo?

—¿Has visto al general?

Melvian negó con la cabeza.

—Después de lo del salón del trono, desapareció.

Maris se mordió el labio y volvió la vista al desastre del cuarto.

—¿Qué crees que dirá cuando se entere de esto?

—¿Por qué te importa?

—No me importa.

—Eres rara —dijo Melvian, bufando.

—Todo estará bien porque un adorador de Asclepio vendrá y sanará a Valda, ¿verdad?

Melvian dudó en responder. Se encogió de hombros y asintió con desgana.

—Cierto, pero no hay ningún sanador en el castillo. El último se fue corriendo tan pronto como pudo escapar.