La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 5. Capítulo 5 #2
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5. Capítulo 5 #2

El gato negro desvió su atención hacia él.

Preguntándose si sería amistoso, Maris extendió la mano hacia él.

El gato se incorporó y olfateó sus dedos.

Sus bigotes y su nariz fría rozaron las yemas de Maris.

Eso era bueno. La curiosidad del gato era más bienvenida que cualquier forma de agresión.

Después de un segundo de exploración, el gato presionó la comisura de su hocico contra la mano de Maris, frotando su cara contra ella.

Perfecto. Al gato le agradaba.

—Que bolita de pelo tan bella —susurró Maris, rascando con cautela la parte superior de la cabeza del gato y luego jugando con los mechones adorables de sus orejas puntiagudas—. ¿Me vas a morder si te acaricio demasiado?

El gato se apartó, sacudió la cabeza y dejó escapar un suave maullido, mientras parpadeaba lentamente.

—Qué nene bueno. —Mientras lo elogiaba, la princesa se agitó bajo las sábanas.

Maris se giró hacia ella, cuya mano se aferraba a las sábanas blancas.

Los labios se le entreabrieron, jadeando suavemente mientras murmuraba algo que Maris no pudo entender del todo.

Tenía que hablarle. No quería que la princesa pensara que estaba sola.

El gato saltó de la cama y se fue hacia la sala de estar mientras Maris se acercaba más a Valda.

—Su Alteza.

Valda jadeó, sobresaltándose como si acabara de notar que alguien estaba justo a su lado.

—¿Quién eres?

Maris dio un paso atrás.

—No estoy aquí para hacerle daño —dijo rápidamente—. Estoy aquí para ayudarla.

Valda intentó incorporarse, pero su cuerpo, especialmente sus brazos, estaba demasiado débil para sostenerse. Ni siquiera podía mantenerse erguida. La poderosa princesa guerrera parecía débil y frágil. Nada que ver con la mujer que había visto días atrás.

La princesa suspiró con exasperación, rindiéndose a su inmovilidad. La piel se le erizó cuando el aire frío de la noche se coló por las puertas abiertas del balcón.

Escalofríos le recorrieron los brazos, subieron por el cuello y cruzaron la piel expuesta de su pecho. Maris sabía que debía apartar la vista, pero algo se lo impedía. Incluso en ese estado, la presencia de la princesa la atraía.

Maris verbalizó cada movimiento. Lo último que quería era recibir un puñetazo en la cara como Kayden en la fiesta:

—Su Alteza, voy a ayudarla a incorporarse, ¿de acuerdo?

Valda gruñó en respuesta y Maris se sorprendió.

—¿Eso es un “no”?

En lugar de responder, Valda se recostó hacia atrás, siseando de dolor. Maris podía darse cuenta de que esto no era nada fácil para ella. Si los rumores eran ciertos y siempre había sido una guerrera fuerte, depender de alguien debía de ser difícil.

—Avanza —dijo Valda, rindiéndose.

Maris enganchó sus brazos bajo los de Valda y la levantó hasta que quedó apoyada contra el cabecero.

Las sábanas cayeron a su cintura, dejando expuestos su pecho y estómago.

Más escalofríos se extendieron sobre su piel bronceada.

Maris tragó saliva, su atención cayendo en el rostro de Valda.

Estaba sufriendo, tal vez no debería estar haciéndole esto.

Tal vez debería dejarla descansar hasta que pudiera sentarse sin molestias.

—¿Está cómoda…?

—Lárgate. Quiero estar sola.

La boca de Maris se cerró de golpe. No esperaba eso. Bueno, tal vez sí, pero no tan temprano en su interacción. Con las manos en la cintura, miró a la jadeante princesa antes de sacudir la cabeza.

—Lo siento, princesa, pero está atrapada conmigo. Su madre me dio órdenes claras…

—Lárgate de mi cuarto antes de que te asfixie.

Maris resopló.

—Perdón. Creo que no nos estamos comunicando bien. Su madre, la reina Rionach, me dijo que me quedara aquí y la cuidara.

En lugar de volver a pelear, Valda recostó la cabeza contra el cabecero, la boca entreabierta mientras tomaba bocanadas de aire.

Maris estaba segura de que esa imagen, medio desnuda y sudorosa, se apreciaría mejor en otro contexto.

Sin embargo, no podía quitarse la sensación de que algo mucho peor de lo que imaginaban estaba sucediéndole a la princesa.

—Voy a revisarle la fiebre —anunció Maris. En efecto iba a hacerlo, pero al mismo tiempo, algo dentro suyo quería volver a tocar a Valda.

Inhalando profundamente y captando el tenue aroma del perfume de la princesa, Maris presionó su mano contra el rostro sudoroso de Valda. Estaba ardiendo.

Mierda.

—¿Por qué tengo los ojos vendados?

Sorprendida por la pregunta, Maris inclinó la cabeza y presionó el nudillo contra la mejilla de Valda.

Para su deleite, la princesa se inclinó apenas hacia su toque.

¿No recordaba lo que había pasado? ¿Cómo le sangraron los ojos y una luz brillante salió de ellos?

Maris se mordió el labio inferior y pensó en cómo responder.

—Se lastimó. Estaba sangrando y golpeando a todos a su alrededor. —Se acercó más a Valda, con las manos suspendidas. No tenía otra buena razón para tocarla y, aun así, anhelaba sentir su piel otra vez. Aliviar sus preocupaciones y calmarla.

Valda movió una mano para palpar las vendas sobre sus ojos, pero perdió el equilibrio. Si no fuera por Maris, se habría desplomado.

—Quítame las vendas —dijo Valda suavemente al principio.

—No creo que deba…

—¡Quítame las putas vendas! —bramó Valda.

Maris exhaló fuerte para que Valda la oyera. Quería que la princesa supiera que sus gritos le estaban fastidiando. Tal vez a otras criadas les gustaban su mal humor y los gritos, pero a ella no, y no iba a aguantarlos .

—Está bien. ¿Qué sé yo de primeros auxilios básicos?

—Haz lo que se te dice…

—Ya, ya —murmuró para sí misma.

Esta vez Maris fue un poco brusca. Movió las manos a los costados de la cabeza de Valda y tiró de las vendas. ¿Estaba débil? ¿Herida? No era culpa de Maris.

La princesa gruñó con fastidio y Maris lo ignoró. Tal vez quería lastimar a Valda lo suficiente como para que dejara de gritarle. Maris tiró de la última venda y la colocó en la mesita de noche cercana, esperando entonces la siguiente orden.

Valda gimió y lentamente empezó a abrir los ojos.

Para horror de Maris, los ojos de la princesa estaban completamente blancos.

No había rastro de iris color miel ni de pupilas oscuras.

Alrededor de los ojos, moretones contrastaban drásticamente con su piel.

Como si la hubieran golpeado una y otra vez.

Valda tragó saliva, con la mandíbula floja. Tomó grandes bocanadas de aire mientras la realidad caía lentamente sobre ella. Una mano tocó la cama debajo de ella, luego se movió hacia un lado, tanteando la mesita de noche.

—¿Dónde…? —Jadeó—. Yo… —Se tocó la cara otra vez—. ¡¿Qué está pasando?!

El gato regresó. Sus orejas erguidas se movían de un lado a otro, los ojos bien abiertos. Luego, como si presintiera que algo estaba a punto de ocurrir, se metió bajo la cama.

Eso no era bueno…

—¿Estoy ciega?

Maris se tensó. Sus manos se cerraron en forma de puños a los costados. ¿Cómo se suponía que debía responder a eso?

Valda se deslizó hacia abajo del cabecero hasta quedar acostada de nuevo en la cama.

—Estoy ciega. —Fue más una afirmación que una pregunta—. Estoy ciega —repitió, mirando el techo alto.

—¿Su Alteza?

—¿Qué hora es?

Maris frunció el ceño. ¿Qué clase de pregunta era esa? ¿Qué importaba?

—Debe de ser medianoche, probablemente. No estoy segura.

—Dioses, no… —gimió Valda, cerrando los ojos y apretando con fuerza las sábanas—. ¡No, no, no!

—¿Por qué necesita saber la…?

De pronto, la habitación se llenó de un rugido ensordecedor. El viento irrumpió, aullando y arrancando todo a su paso. Las puertas del balcón crujieron en sus bisagras. Las cortinas fueron arrancadas de sus anclajes, arremolinándose alrededor de la princesa como un torbellino.

Maris retrocedió tambaleándose, con los ojos muy abiertos de miedo, mientras el viento levantaba los muebles y los arrojaba por la habitación. La cama gimió y tembló, sus postes retorciéndose como las ramas de un árbol torturado. Las paredes vibraron bajo el embate.

Era Valda. Todo esto era Valda. La furia de la princesa alimentaba el viento, haciéndolo más fuerte y destructivo a cada instante.

Maris se agachó detrás de un armario cercano, las puertas de madera golpeando sus marcos mientras el viento las sacudía sin tregua. Apenas podía oírse pensar sobre el rugido, pero podía sentir la agonía y la desesperación de la princesa.

Mientras la tormenta continuaba, Maris supo que tenía que hacer algo para ayudarla. Cautelosamente salió de su escondite, el corazón martillándole en el pecho. Tomó aire hondo y dio un paso al frente, con la voz firme y resuelta.

—¡Princesa! —gritó, sus palabras casi perdiéndose en el viento—. ¡Deténgase!

Al principio, no hubo respuesta. El viento siguió desatado, los escombros volando por la habitación.

De pronto, una jarra grande de agua cayó de una mesa cercana y se hizo añicos en el suelo.

El agua se derramó en todas direcciones, empapando todo a su paso.

Maris comprendió enseguida que esa era su oportunidad.

Concentró toda su atención en el agua, convocándola a su voluntad con un movimiento de muñeca.

Cerró los ojos y el rugido del viento se desvaneció mientras se concentraba en el líquido. Podía sentirlo arremolinarse a su alrededor, respondiendo a sus órdenes. Con un gesto brusco, alzó el brazo y lanzó una esfera de agua.

La esfera alcanzó a Valda con un golpe satisfactorio, empapándola y cortándole el aire al viento.

Las ráfagas vacilaron y luego se disiparon por completo.

La habitación cayó en silencio, excepto por la tos de la princesa.

Debió de entrarle agua por la nariz. «Bien». Se lo merecía por actuar de esa manera.