5. Capítulo 5
M aris irrumpió en la habitación con Melvian siguiéndola de cerca.
Su mejor amiga cerró la puerta y la aseguró con el pestillo antes de soltar el aliento que contenía.
Maris se sentó al borde de su cama, las manos temblándole de miedo.
Había estado nerviosa por servir las bebidas en la sala del trono.
Y, por supuesto, Maris tenía que hacer el ridículo tirando la bandeja con todas las copas. Pero entonces la vio.
La princesa Valda estaba tan cerca y, a la vez, tan lejos, consumida por el dolor y la ira.
Nadie podía ayudarla. Ella necesitaba hacer algo para detener su sufrimiento.
Un escalofrío le recorrió la espalda al pensar en lo que podría haber pasado si no hubiera tenido la fuerza suficiente para sujetarla.
Melvian se sentó a su lado, tratando de tranquilizarla.
—Ya basta. No hiciste nada mal —susurró—. Hiciste lo que tenías que hacer. La princesa estaba fuera de control.
—No me correspondía hacer nada. —Maris levantó la vista hacia Melvian, los ojos muy abiertos de miedo—. ¿Qué pasará ahora? ¿Y si me botan por lo que hice?
Melvian negó con la cabeza.
—No creo que eso pase.
—Cuando se la llevaron… —murmuró Maris—. Había tanta sangre…
—Nadie pudo hacer nada. Ni siquiera el Señor Kayden. Él intentó detenerla y… hiciste lo que tenías que hacer para mantenerla a salvo. Ellos entenderán que solo tratabas de ayudar .
Maris asintió, pero aún se sentía intranquila. Nunca había estado tan cerca de la princesa, pero no podía quitarse de encima la sensación de que algo andaba muy mal.
—Simplemente no sé qué le estaba pasando —dijo Maris, en un susurro apenas audible—. Sus ojos… estaban completamente blancos y sus mejillas…
—Lo sé, Maris. Fue un jodido desastre. —Melvian suspiró y se frotó la cara—. No hay nada que podamos hacer ahora más que esperar instrucciones.
Melvian estaba más asustada que ella, si eso era posible. Sin embargo, intentaba mantenerse calmada. Maris no tenía idea de lo que sería su vida sin ella.
Dándole una palmada en la espalda, Melvian se giró y la abrazó con fuerza.
—No te vas a ir de este castillo, eso te lo aseguro.
Maris se recostó en el abrazo de Melvian, aceptando el consuelo que la envolvía.
Sabía que no estaba sola en su miedo y que harían lo que fuera necesario para ayudar a la princesa con lo que la estuviera atormentando.
Pero el recuerdo de su furia aún persistía.
Maris intuía una tormenta gestándose en el castillo que tal vez no podrían detener.
Un golpe en la puerta hizo que ambas dieran un brinco. Melvian maldijo, antes de soltarse de su abrazo para abrirla.
Del otro lado, la jefa de criadas pidió por Maris.
Su estómago cayó al suelo en el instante en que escuchó su nombre. Maris se puso de pie y apartó a Melvian. Detrás de la jefa de criadas, estaba el Señor Kayden, con las manos a la espalda y su sonrisa habitual completamente ausente.
Maris tragó en seco y salió, echándole una última mirada a Melvian antes de cerrar la puerta.
—Quiero que vayas con el Señor Kayden —dijo la jefa de criadas, una mujer de mediana edad con mechones plateados en el cabello y manos callosas. Su sonrisa apesadumbrada no hizo nada por calmar los nervios de Maris.
Maris no encontró palabras, así que solo asintió y se colocó al lado de Kayden.
—Vamos. La reina pidió por ti.
«Mierda.»
Asintiendo de nuevo, Maris siguió a Kayden por el pasillo.
Una palpable calma tensa hacía que Maris se sintiera sumamente incómoda.
Kayden caminaba a su lado con un aire de poder y gentileza, aunque sus pasos eran rápidos, urgentes.
Maris intentó seguirle el ritmo y su pecho se apretó cuando se detuvieron frente a la recámara de la princesa.
Kayden asintió en dirección a los guardias y luego tomó el picaporte antes de girarse hacia ella .
—Quiero que hables solo cuando se te hable. —La voz de Kayden era firme, seria, muy distinta a su habitual tono alegre, travieso y juguetón.
Maris frunció el ceño ante eso, pero asintió.
—Por supuesto.
Kayden entró y sostuvo la puerta para que Maris pasara.
Apenas hubo entrado, un olor a sangre impregnó el aire.
Se tapó la boca y la nariz, exhalando mientras intentaba sacarse el olor del sistema.
Al cerrar los ojos, los recuerdos de lo ocurrido horas antes la golpearon de lleno.
La princesa gritando, sangre y pánico en sus ojos.
El suelo ya no blanco puro, sino rojo carmesí.
Si no hubiera sido porque la había derribado…
Maris se preguntaba cuál habría sido la causa. ¿Quién tendría la culpa de esto? ¿Por qué la habían llamado a la recámara de la princesa? Seguía sin saberlo.
Un pinchazo de miedo le retorció el estómago. ¿La iban a despedir? ¿Sería por haber tirado las copas o por haber tumbado a la princesa contra el suelo?
No alcanzó a entender la conversación entre Kayden y la reina. Solo escuchaba las palabras apagadas, ahogadas por la visión de la mujer herida en la cama blanca.
La princesa estaba pálida. Tenía los labios entreabiertos como si hubiera estado gimiendo de dolor. Sus ojos estaban protegidos por un vendaje manchado de sangre que cubría sus orejas y el puente de su nariz. Su rostro brillaba con lo que parecía ser agua o sudor.
Entonces notó al gran gato negro acurrucado junto a ella, con una pata sobre su estómago. La cola del animal se movía de un lado a otro, agitada y ansiosa.
Rionach se secó las manos con un paño antes de levantar la vista hacia Maris.
—Qué bueno que llegaste.
Maris volvió a la realidad. La reina le estaba hablando, y si quería quedarse en el castillo, tenía que escuchar y prestar atención.
Rionach colocó el paño sobre la mesa de noche y empujó el taburete con el cuerpo.
—Quería hablar contigo antes de ordenarte tu nuevo trabajo.
Maris giró la cabeza para mirar detrás de ella. Kayden ya no estaba. Probablemente se había ido sin que Maris lo notara.
—¿Tú sabes por qué estás aquí, muchacha?
Maris parpadeó. La dulce y aterciopelada voz la sacó de su trance.
—No —respondió.
Rionach suspiró y colocó una mano sobre la frente de Valda. Maris notó que tenía fiebre. Quizás estaba luchando contra alguna infección .
—Necesito tu ayuda. —La reina apartó los mechones de cabello negro del rostro de Valda mientras luchaba con sus propias emociones—. Te vi en la sala del trono. Vi cómo lograste someterla y controlarla. —Alzó la mirada hacia ella—. ¿Cómo?
«Pura adrenalina y un poco de suerte…».
—Mi papá me dio un entrenamiento básico de defensa personal. Sé cómo mantenerme firme.
—¿Me estás diciendo que con un simple entrenamiento básico te volviste más fuerte que la princesa?
—No más fuerte. —Maris se frotó las manos—.
Solo usé la fuerza y el peso de la princesa a mi favor.
Nunca seré físicamente más fuerte que ella.
Lo sé, he escuchado las historias. Simplemente agarré lo que ella estaba lanzando y se lo devolví.
Estaba demasiado preocupada por su dolor como para notar que alguien la agarraba.
—Maris se lamió el labio inferior y se atrevió a preguntar—. ¿Ella está… bien?
—No… no tengo manera de responder esa pregunta —dijo la reina, atragantándose con sus palabras—. Todo lo que sé es que está débil y herida, y necesito que la cuides por ahora. Tú fuiste capaz de calmarla y controlarla. Ni siquiera Kayden o Leida pudieron hacerlo.
—El Señor Kayden tomó el enfoque equivocado —dijo Maris.
—Te estoy dejando a mi hija para que la cuides, muchacha. Espero que entiendas lo que estoy haciendo.
Maris asintió.
—Entiendo.
—¿De verdad? —gruñó Rionach—. Estoy dejando que una mareña cuide a mi hija. —Bufó y Maris estaba segura de que no había tenido intención de decir esa última frase en voz alta.
Maris la miró y arqueó una ceja con escepticismo.
—Si está insinuando que de alguna manera voy a traicionar la confianza que se me ha puesto en los hombros, se equivoca.
Jamás, ni en mis sueños, la traicionaría a usted ni a la princesa.
Puede que no haya nacido aquí, pero también soy celestina.
Con gusto daría mi vida por la familia real.
—Asintió a sus propias palabras—. Mi papá me enseñó eso.
Rionach la observó, y Maris no pudo saber si le creía o no.
—Te enseñó bien, entonces. Me agradan tus palabras. —Dio un paso hacia adelante, aunque su mano se quedó posada sobre la mejilla ardiente de Valda—. Ella no es fácil.
—Me lo imagino.
—Peleará contigo, mucho —añadió Rionach.
—También pelearé con ella entonces.
—¿Estás segura de que quieres ayudar?
Maris caminó hacia el otro lado de la cama y miró a Valda.
Su objetivo principal al entrar al castillo era encontrar a Arwin, no convertirse en la criada de la princesa.
Estar pegada a Valda significaba que tendría menos probabilidades de encontrarse con Arwin por el castillo, pero al mismo tiempo, no podía obligarse a abandonar a la princesa, no cuando necesitaba una mano amiga.
La princesa respiraba con dificultad, aferrándose a las sábanas blancas como si le fuera la vida en ello. ¿Estaba sufriendo? ¿Estaba teniendo una pesadilla? Maris frunció el ceño y se inclinó para poner su mano sobre el fuerte y musculoso brazo.
—Si lo estoy.
Rionach exhaló y caminó hacia la puerta.
—No quiero que te apartes de su lado aunque te eche. Ella no puede estar sola.
—Puede irse en paz, reina. Yo me encargaré de cuidarla.
Maris estaba tan consumida por la mujer frente a ella que no escuchó la puerta cerrarse. Valda estaba vulnerable y herida, respirando con dificultad, claramente sufriendo. ¿Estaba despierta? Probablemente. Tal vez había escuchado toda la conversación, pero en ese momento a Maris no le importaba.