4. Capítulo 4 #2
Valda alzó la cabeza y sus ojos se encontraron. Tomó una respiración profunda y la tensión en su cuerpo comenzó a aflojar. No estaba sola. Su madre estaba allí y Kayden también, seguramente usando su don para seducir a alguien que se le uniera en la cama al final de la noche.
—Feliz cumpleaños, mi queridísima Valda —dijo Rionach, levantándose del trono y rodeándola con fuerza antes de tomarle la cara y atraerla para besarle la frente—. Quiero que vayas y hables con cada uno de los asistentes. Que ninguno se vaya de este castillo sin un saludo tuyo como es debido.
Valda asintió. Tenía que hacerlo si quería encontrar a su pareja, que ojalá estuviera escondida entre los cortesanos. Aun así, preferiría ignorar a toda persona que no llevara el cabello azul. Tal vez así llegaría más rápido a quien quería.
De pie junto a su madre, Valda agradeció a los invitados por venir a su celebración y luego descendió del estrado. Distinguió a la realeza de otros reinos. Algunos ya estaban sentados a la larga mesa, mientras otros conversaban entre sí .
La primera realeza a la que se acercó Valda fue la princesa del Reino Vulcano, Kenna Hagan.
Prima de Kayden y guerrera feroz, muy similar a Valda.
Serena pero adusta, su ropa la destacaba del resto.
Sus telas a cuadros con pieles llamaban la atención.
Su maquillaje también era tema de conversación.
Valda miró dos veces las sombras alrededor de sus ojos que se extendían hasta sus sienes, la pintura roja en el cuello y su largo cabello negro recogido en trenzas intrincadas.
Intrigada, Valda la saludó con una reverencia y le sujetó el antebrazo con un apretón firme.
Kenna no sonrió. A diferencia de los demás en la sala, parecía como si la hubieran obligado a asistir.
Valda no dudaba de que Kayden tuviera algo que ver.
El reino Vulcano era el más temido. Su gente, guerreros sin miedo que tomaban la muerte como el máximo honor si era defendiendo su reino.
Los descendientes de Ares podían manipular el fuego, el más destructivo de los elementos.
Nadie se atrevía a intentar nada con los vulcanianos, no cuando su realeza podía destruirlo todo y la pasión por la guerra corría por sus venas.
—Feliz cumpleaños —dijo Kenna con su marcado acento arevulcano, moviendo las pieles de su cintura para apoyar allí la mano.
Valda asintió. —Aprecio que estés aquí.
—¿De veras, Alteza? —La pulla llegó en un gruñido ronco y burlón.
Valda sonrió mostrando los dientes y atrajo a la guerrera lo suficiente para rozarle sus labios contra la curva de la oreja y advertir en un susurro: —Compórtate —para luego besarle la mejilla.
Había suficiente familiaridad entre ellas para que Valda se permitiera ese coqueteo.
Aunque completamente distinta al talante de Kayden, a Valda le caía bien Kenna, pues a ambas les gustaba compartir un buen entrenamiento de vez en cuando.
Más de una vez Kayden había intentado juntarlas, pero una mujer como Kenna no era el tipo que interesaba a Valda.
Kenna echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—Lo haré, Valda. Si mantienes a mi primo a raya. He visto lo que anda haciendo. Intento ignorar que usó su don conmigo.
—Así que tenía razón. No querías venir.
—Preferiría comer carbón que aparecer en estas… —agitó la mano— cosas.
Valda asintió, se disculpó y siguió su recorrido.
La gobernanta de Harmonia, Leida Poyraz, fue la siguiente.
Madre de Kayden, con su cabello impresionante, hecho de llamas, piel blanca y una sonrisa capaz de iluminar la noche celestina más oscura, reía a carcajadas con los hombres a su alrededor.
Su mano, delicada y vacía de copa, pronto fue ocupada por la mano callosa de un guardia.
Sus ojos azules brillaron de lujuria cuando el guardia le besó la mano.
Valda se preguntó cómo podía su amigo llevar el día sabiendo que su madre, receptora directa del don de Afrodita, era deseada y codiciada por muchos.
Valda no podía negar que era absolutamente hermosa, y no era la única que lo notaba.
No era secreto que Leida tenía la misma fama que Kayden.
Había rumores de que la gobernanta había tenido un romance con Vulcan Hagan, padre de Kenna y rey del reino Vulcano.
Leida vestía un simple vestido blanco, contrastando de manera dramática con su colega real Kenna. Donde Kenna rezumaba fuerza, poder y violencia, la presencia de Leida irradiaba amor, paz y serenidad. Como gobernante de Harmonia, su don era el mismo que el de su hijo.
Por pacífica y poco confrontativa que pareciera, no era alguien con quien iniciar una guerra.
A diferencia de Kayden, podía manipular los sentimientos no solo de una persona sino de toda una sala.
Con un simple gesto de su muñeca, un salón lleno de gente feliz y amable podía convertirse en una turba enfurecida y arrasadora, o peor…
en una multitud apenada dispuesta a acabar con todo, incluyéndose a sí misma.
Cuando Valda se acercó, Leida soltó una risita y le ofreció la mano. Valda la tomó con gracia y procedió a besarle los nudillos.
—Te ves radiante, reina Leida —dijo Valda. El término “reina” lo usaba de manera laxa, pues la relación entre vulcanianos y harmonianos era tan confusa como la forma en que gobernaban los unos sobre los otros. Aun así, Valda jamás querría estar enemistada con Leida.
Leida rió y se acercó a Valda, posando una mano suavemente sobre los fuertes brazos de Valda.
—Te ves increíble. El atuendo formal te sienta muy bien, Valda. —El nombre de Valda en los labios de Leida sonó como un ronroneo delicioso y dócil—. Muy diferente a tus atuendos sucios y ensangrentados de siempre —bromeó Leida.
Valda sonrió de costado, permitiendo que la mujer se acercara más.
—De vez en cuando me doy mi bañito —bromeó, alzando una ceja coqueta hacia Leida.
—No lo creeré hasta no verlo… —deseo derramó de los labios carnosos de Leida, y Valda tragó con dificultad, obligándose a comportarse. Un gruñido airado y cauteloso detrás de ella le advirtió de la presencia de Kayden.
—Será mejor que me vaya. Aún me falta gente por saludar.
—Claro. Perdóname por entretenerte —dijo Leida.
—Ay, pero no hay nada que perdonar —murmuró Valda, tomándole la mano y volviéndosela a besar.
Otro gruñido y Valda se apartó para que Kayden se colocara junto a su madre, asomándole por primera vez en mucho tiempo un ceño fruncido. Leida se encogió de hombros, le tomó el brazo y se lo llevó.
Mientras Valda avanzaba por la sala del trono, sintió una mano en la espalda.
Una fragancia a flores y tierra la envolvió.
Al girar, se encontró mirando al joven rey del Reino de Rhea.
Hawthorne Zinnia era seis años menor que Valda.
Sus padres eran de mediana edad cuando lo tuvieron y, apenas un par de semanas atrás, su padre, el rey, había fallecido, dejando a Hawthorne a cargo.
Muchos lo veían como un niño inmaduro, mientras que Valda veía su potencial.
Una fuerza digna de reconocer y alguien a mantener contento debido a todos los trueques que podían hacer con su reino.
Siendo el reino con las tierras más fértiles, controlaba la mayoría de las importaciones de comida y medicina.
—Feliz cumpleaños, princesa Valda Aither. —El joven hizo una reverencia profunda; su túnica verde sobre su piel marrón oscura contrastaba de forma dramática y le daba un brillo etéreo—. Es bueno verte. —Siempre tan correcto y respetuoso.
Valda rió mientras inhalaba su olor a rosas.
—Me alegra que hayas podido venir. Lamento lo del rey Yarrow.
—Gracias. —Hawthorne se colocó junto a Valda, sus ojos azules recorriendo la sala—. Iba a rechazar tu invitación. Siempre siento que estos son sobornos para caerme bien.
Valda sonrió y se encogió de hombros. —Suenas como tu padre.
—Empiezo a pensar que tenía razón.
—El Reino del Cielo es aliado de Rhea. Siempre protegeremos a quienes nos ayudan.
—Por supuesto —Hawthorne rió y le dio una palmada en el hombro a Valda—. Ya hice acto de presencia. Si me disculpas, debo retirarme. Mi reino sigue de luto por la muerte de mi padre, y no creo que mi gente vea con buenos ojos que yo esté aquí celebrando.
—Por supuesto —asintió Valda, apretando ligeramente su antebrazo antes de dejarlo marchar.
Sola con sus pensamientos, Valda se volvió hacia la fiesta. Observó cómo las risas iban y venían mientras las criadas entraban con bandejas y más bandejas de comida y bebida. Finalmente, se puso a buscar a cualquier invitado del Reino del Mar.
Encontró un par de cabelleras azules que ya conocía; ninguna parecía complacida de estar allí.
Con un suspiro, Valda miró al trono. Su madre conversaba con naturalidad con Arwin, que estaba a su lado tanto como compañía como quizá por protección.
Su labio superior se contrajo en leve desaprobación.
Sabía que algo ocurría entre su madre y el general.
Si alguien lo negaba, tenía que estar ciego.
Los ojos del general brillaban con una adoración silenciosa, mientras que los labios de la reina se curvaban en la comisura cada vez que hablaban.
Probablemente eran pareja del corazón, y Valda no podía culpar a su madre por querer estar con alguien tras la muerte de su padre.
Pero Valda no comprendía cómo alguien que una vez tuvo una pareja del alma podía estar con otra persona después de la muerte de su pareja.
¿No se suponía que su madre debía sentir un hueco abierto en el pecho?
«Sigue siendo humana, Valda. Necesita sentir algo más que dolor».
Gruñendo, Valda tomó una copa de una criada que pasaba. Aún refunfuñando por ver a su madre tan cerca del general, sus ojos captaron un tono de azul que no había visto antes. Un azul aguamarina brillante…
Valda se terminó la bebida y dejó la copa vacía en manos de otra criada. Se arregló el traje y, cuando estaba a punto de caminar hacia la dueña de aquel cabello azul, un rojo intenso se cruzó en su camino.