La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 4. Capítulo 4
11%

4. Capítulo 4

V alda estaba acostumbrada a las ceremonias especiales del castillo.

Por lo general, casi nunca giraban en torno a ella.

Su madre era el centro de atención la mayor parte del tiempo, pero hoy le tocaba a ella.

Y aunque sabía que ese día llegaría, no podía quitarse la sensación de que algo extraordinario iba a suceder.

Decir que tenía “mariposas en el estómago” le parecía poco.

Valda sentía una manada de caballos corriendo dentro del pecho y la panza.

Apenas podía respirar. Sus manos le picaban dentro de los bolsillos del pantalón mientras se obligaba a no morderse las uñas.

Llevaba un conjunto vaporoso de seda y algodón, una bonita mezcla de naranjas y morados, con intrincados bordados dorados.

Estaba de pie frente a la sala del trono, en una habitación contigua que usaban para alistarse antes de entrar.

Oía a la corte, ruidosa, al otro lado de la puerta.

La música competía con el tintinear de la cubertería y las copas. La sala estaría llena, sin duda alguna.

Valda se preguntó si su pareja estaría aguardando por ella adentro, caminando entre los invitados.

¿Estaría tomando vino, conversando con alguna dama o señor de la corte?

¿La estaría pasando bien? ¿Estaría… siquiera invitada?

Valda suspiró y se frotó la cara. Probablemente su madre ni siquiera había mandado una invitación para los asentamientos en Nueva Agenor.

Su madre no intentaría impedir que estuviera con su pareja, ¿verdad?

Algo le rozó la pantorrilla. Al mirar abajo, Valda rió ante la muestra agresiva de afecto de Cerbera: un roce contra su pierna, un suave mordisco en el pantalón y esos parpadeos lentos que le derretían el corazón.

—Vas a hacerme compañía, ¿verdad, mi nena?

Los ronroneos fuertes de la gata calmaron los nervios de Valda. Le acarició debajo de la barbilla y el ronroneo se intensificó.

—Quédate cerca, ¿okay?

Cerbera abrió los ojos, sus pupilas se dilataron y soltó un fuerte siseo.

Antes de que Valda pudiera preguntarse qué le pasaba, una fuerte palmada en el hombro tensó sus músculos hasta que vio los ojos azules de Kayden brillando de picardía.

—¡Cabrón! —murmuró antes de quitarle la mano.

—Feliz cumpleaños, princesa Valda. —Kayden la abrazó y Valda correspondió.

Cerbera siseó otra vez, pero Kayden negó con el pie. —¡Vete para allá!

—¡Kayden! —Valda gruñó, viendo a su preciada mascota correr hacia otra habitación oculta. Kayden la molestaba hasta la saciedad, pero ella jamás negaría que lo quería como al hermano que nunca tuvo. Su sonrisa insoportable y su humor descarado siempre le provocaban una risa.

—Me asustaste —Valda rió antes de separarse y mirarlo de arriba abajo. Silbó y levantó una ceja coqueta—. Hola, Señor Kayden. Seguro no vas a usar tus poderes para chichar hoy, ¿verdad?

—Lo tomaré como un cumplido —rió, tratando de esconder algo detrás de la espalda.

—¿Qué tienes ahí?

—Es un regalo. Quería ser el primero en darte un presente de cumpleaños. Sé que le darás buen uso si todo sale como tienes planeado.

Valda frunció los labios al tiempo que Kayden sacaba de detrás de él una caja de madera con un cierre simple. El símbolo de la diosa Afrodita estaba marcado en la tapa. Conociendo a Kayden, era algo que no podría presumir dentro de la sala del trono.

—Quiero que la abras aquí.

Y tenía razón. Valda tomó la caja, notó su peso y vaciló antes de abrirla. —¿Qué es, Kayden?

—¡Ábrela! Dale.

Valda suspiró, alisó su atuendo y abrió el cierre. Miró dentro lentamente. Antes de abrirla del todo, sus ojos se abrieron de par en par y volvió a cerrarla. —¿Tú me estás jodiendo?

Kayden echó la cabeza hacia atrás y se rió. —¡No, para nada! —Le apretó los hombros y señaló la caja—. Un regalo de la diosa del amor. ¡ Bendecido por ella! Puedes sentirlo todo cuando lo usas. —Le guiñó un ojo a Valda, lo cual hizo que las mejillas de ella se calentaran.

—¿Todo?

—Todo.

Valda tragó con fuerza y abrió la caja de nuevo.

El regalo era un juguete sexual . Uno que Valda podría ponerse para imitar un pene y sentir todo como lo haría un hombre.

No estaba segura de cuál sería el material, pero el color se parecía al de su piel.

Puso los ojos en blanco. Un calor subió hasta sus orejas, haciéndola cerrar la caja de golpe.

—Gracias —musitó.

—¡De nada! —Kayden le dijo sacudiéndola ligeramente.

Valda alisó una arruga persistente en su traje. Viendo a una criada pasar, le dio la caja con instrucciones para llevarla a su habitación, lo que molestó a Kayden.

—¿Ya vas a despreciar mi regalo tan rápido?

—Kayden —resopló Valda, arreglándose el cabello y las mangas del traje—. No puedo entrar en la sala del trono con un bicho en una caja. Además, no lo voy a usar ahora. —Se le revolvió el estómago otra vez y suspiró—. Lo siento, Kayden, es que estoy…

—Estás nerviosa, mi pana —Kayden le dio otra palmada en la espalda—. Ella estará ahí; lo sé.

—¿Y si ella no está? —Valda preguntó con un susurro áspero.

—Tu mamá mandó invitaciones a todos los reinos. Yo recibí una; mi prima en Vulcan la recibió. Seguro en Rhea también. Detrás de esas puertas hay gente de todas las cortes. Estoy seguro de que tu mamá también mandó invitación a los supervivientes mareños en Nueva Agenor.

Valda respiró hondo y asintió. La mano de Kayden fue hacia su nuca y la masajeó para quitarle la tensión.

—De cualquier forma, vas a causar buena impresión. Si acaso, encontrarás una pareja del corazón aquí.

Valda gruñó y jugueteó con el borde del traje. —Hablas igual que mami —murmuró, frotándose el ojo izquierdo.

—¿Qué pasó?

Valda negó con la cabeza, pero su mejor amigo le agarró el hombro con firmeza.

—Dime.

Valda apretó la mandíbula. Sabía que Kayden no la juzgaría. Tal vez la molestaría, pero eso era lo que siempre hacían. —No quiero una pareja del corazón.

Kayden asintió para que continuara.

—Kayden, las Moiras le hablaron a mi papá en un sueño: dijeron que me casaría con la heredera del Reino del Mar y esa heredera sería mi pareja del alma.

Aquí estoy, esperando que por un milagro esté viva y del otro lado de esas puertas.

Han pasado nueve años desde que el Oráculo dijo que mi pareja vivía.

Y mi madre y Arwin no han hecho un soberano carajo por encontrarla entre los supervivientes.

—Suspiró y miró hacia las puertas cerradas de la sala del trono; el estómago le daba vueltas por los nervios—.

¿De qué sirve? Es como si algo me impidiera conseguir lo que por derecho divino me pertenece.

—Hay veinticuatro horas en un día, Valda. Es tu cumpleaños, sal y diviértete. Baila, bebe. Quién sabe —Kayden se encogió de hombros—. Si no pasa nada, siempre podemos mandar a buscar al Oráculo y matarle por mentirle a la corona.

—Si no conozco a mi pareja del alma, no es que haya mentido —dijo Valda, apretando los labios.

—¿Y por qué no?

Valda suspiró y se frotó la nuca. —Cuando le pregunté, no especifiqué qué tipo de pareja. Cuando el Oráculo respondió, pudo haber hablado de mi pareja del alma o de una posible pareja del corazón.

—Me importa un carajo. Igual podemos matarle. ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Que las Moiras vengan a maldecirnos? —Kayden resopló, arreglándose el traje negro.

—Hace tiempo que un dios no nos maldice —dijo Valda.

—Esos cabrones se fueron hace rato —Kayden la tranquilizó, dándole otra palmada en la espalda.

—Lo sé, pero…

—Valda. Si no estás destinada a encontrarla, no la encontrarás. Mucha gente vive sin conocer a su pareja del alma. Solo hay que esperar a la próxima vida.

Valda levantó una ceja. —Wow, que alentador.

Kayden rió, negó con la cabeza y la abrazó con fuerza. —Sabes que estoy aquí para animarte. Ahora —se apartó, le dio una palmadita en los hombros y le arregló el cuello—, vamos a salir y conseguir algunos regalos de cumpleaños.

Riéndose, Valda se plantó frente a la sala del trono y respiró hondo. —Ningún regalo hoy va a superar el tuyo, eso te lo aseguro .

—¡Un carajo lo van a superar!

Al empujar Valda la puerta y entrar en la sala, el parloteo y la risa de los cortesanos cesaron.

Todas las miradas se fijaron en ella y, de pronto, su título pesó sobre sus hombros.

Mientras avanzaba con cuidado, vio el miedo y el respeto manteniendo a los invitados a raya, temerosos de acercarse.

Pero hoy Valda no quería ser inalcanzable.

Intentó mostrarse abierta, dejar que los demás supieran que, en efecto, estaba feliz de que formaran parte de su celebración.

Mientras se dirigía al estrado, donde su madre estaba sentada en su trono, la sonrisa de Valda iluminaba los rincones oscuros de la sala.

La mirada de Rionach se fijó en ella. Estaba conversando con una criada, pero al ver a Valda la despachó y le sonrió cálidamente a su hija. Los nudos en el estómago de Valda se apretaron, sus nervios vibrando como las cuerdas de un laúd.

Los cortesanos murmuraban a medida que se acercaba, susurros flotando por el aire como mariposas.

Algunos la miraban con asombro, mientras otros simplemente se quedaban boquiabiertos, sin saber qué pensar de ella.

A Valda generalmente no le importaba el miedo.

La gente era más fácil de controlar cuando tenía miedo.

Aun así, el corazón de Valda se aceleró mientras caminaba hacia su madre, sus pasos resonando en el salón silencioso.

Podía sentir el peso del trono sobre ella y también los ojos de la corte.

Cuando por fin llegó al trono, hizo una reverencia ante su madre, con la mirada baja.

Las mejillas le ardían de vergüenza; el cuerpo le temblaba.

Nunca se había sentido tan expuesta, tan vulnerable.

Pero cuando la mano de Rionach descansó sobre su hombro, sintió de repente un impulso de fuerza, un calor que se extendía en su interior.