La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 3. Capítulo 3 #5
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3. Capítulo 3 #5

—¿Protegidos de quién? Todos los reinos están en paz.

Además, ¿te imaginas todo lo que podríamos hacer con ese dinero?

Casas, caminos, escuelas. Hasta construiría un templo de Asclepio.

Mientras más sanadores bendecidos, mejor —dijo Valda, agradeciendo en voz baja a una criada cuando le llenó la copa.

—¿Un templo para un dios que no es el nuestro? —Rionach se echó para atrás—. Blasfemia.

—Con razón la gente se está rebelando —murmuró Kayden, mordiendo un muslo de pollo.

—No he oído de ningún reino que lo haga, ma. Solo imagina crear un refugio para sanadores bendecidos. No estarían huyendo y escondiéndose, con miedo a que los usen con otros fines.

—No suena como una mala idea —dijo Arwin, inclinando su copa hacia Valda.

—¡Claro que no! —dijo Valda, dando un manotazo en la mesa.

—¡No vamos a hablar de esto ahora! —dijo Rionach, su voz exponencialmente más alta que la de Valda. La miró, enderezando la espalda y apretando los cubiertos.

—¿Entonces cuándo? —preguntó Valda, recibiendo un empujón en la rodilla de parte de Kayden, que comía en silencio, concentrado en su plato.

Encogiéndose de hombros, Rionach volvió a cortar un trozo de carne. —Ahora no.

Valda suspiró, renunciando a la conversación y dando otro gran trago a su copa.

Melvian y Maris estaban en la habitación contigua.

Melvian todavía le mostraba a Maris el lugar cuando vieron a un grupo de criadas entrar, agarrar una botella de vino y luego salir.

Melvian sacó la cabeza justo en el momento en que la familia real se sentaba a comer.

Jaló a Maris a un lado para que también pudiera ver hacia el comedor.

—Muy bien. Ya conociste a la reina —empezó Melvian antes de señalar a Arwin—. Ese es Arwin. Usualmente no molesta; de hecho, es bastante tranquilo y no se mete con la servidumbre.

Maris frunció el ceño profundamente. —Arwin —susurró, mientras su mano subía inconscientemente para sujetar su collar. Por lo que podía recordar, su cabello ahora estaba más canoso, la cicatriz medio oculta bajo la barba blanca, pero aun así Maris podía distinguirla desde donde estaba.

El estómago se le revolvió y las rodillas le temblaron con la necesidad de caminar hacia él y exigirle que le dijera lo que sabía, lo que había hecho. Pero Maris solo lo observó, viéndolo comer y beber como si nada en el mundo le preocupara.

Si él había tenido algo que ver con la muerte de su padre, no merecía estar tan en paz.

Respirando hondo, Maris agarró una botella de vino y se dirigió a la entrada del comedor. Antes de poder dar un paso, Melvian atrapó su codo y la tiró hacia atrás.

—¿Qué estás haciendo? —espetó Melvian, quitándole la botella de las manos y dejándola a un lado—. Estoy segurísima de que tú no ibas a entrar ahí para hablar con el general Arwin, ¿verdad?

—Dijiste que era tranquilo —respondió Maris con un encogimiento de hombros.

—Está cenando con la princesa Valda, el Señor Kayden y la mujer que literalmente acaba de darte un jodido trabajo. Estás aquí porque, por algún milagro, la reina dijo: «Sí». —Melvian la jaló más cerca y le susurró—: No tientes la suerte.

—La única razón por la que dije que sí a esto fue para acercarme a él.

—Y lo harás, pero no ahora —gruñó Melvian, señalando con la barbilla hacia el comedor—. Míralos. ¿Crees que les hará gracia que una criada, una criada mareña, los interrumpa? —Negó con la cabeza, respondiéndose sola—. Vámonos…

Frotándose el codo, Maris giró de nuevo hacia la mesa. Reconoció a Kayden y luego a la mujer a su lado.

Valda.

El retrato no le hacía justicia. La sonrisa en el rostro de la mujer era lo bastante luminosa como para alumbrar todo el salón. Las arrugas en su frente eran permanentes; su ceño fruncido la hacía parecer mayor de lo que quizá era, y aun así Maris no podía apartar la mirada.

Se deleitó con las curvas de sus labios, con las largas pestañas que enmarcaban sus ojos color miel, con las cejas perfectamente delineadas, con la mandíbula cuadrada y con los labios carnosos, naturalmente rosados.

Su cabello negro era corto y desordenado.

Continuando su exploración, Maris notó la gruesa columna del cuello de la princesa, los hombros anchos ocultos bajo la tela suave de su blusa, que se tensó bajo sus brazos musculosos mientras alcanzaba su copa.

Dedos largos se curvaron para sujetar el cristal antes de darle un sorbo.

Maris tragó al mismo tiempo que la princesa. Valda no era una belleza delicada. Era apuesta y hermosa a la vez, un equilibrio perfecto. Melvian no había estaba bromeando al decir que Valda era una obra de arte.

—Deja de mirar. No es cortés.

—Perdón.

—Te lo estoy diciendo, Maris. Y hablo en serio. No vas a querer perder tu trabajo solo porque no supiste mantenerte las enaguas puestas.

Maris no respondió, pero arqueó una ceja hacia su mejor amiga. La agitación en el rostro de Melvian era evidente y resultaba un tanto divertida.

—Perfecto —dijo Melvian, cerrando la puerta del salón y señalando hacia el pasillo.

Maris sonrió y le puso una mano en el hombro.

—No te preocupes por mí. Soy una mujer adulta; puedo cuidarme sola.

—Eso espero —contestó Melvian, guiándola afuera.