3. Capítulo 3 #4
Maris batalló un poco con la camisa. Se la pasó por la cabeza con facilidad; lo difícil fue bajarla por el pecho. Soltó un gruñido frustrado mientras intentaba deslizarla sobre sus grandes pechos. —¡Ayúdame!
—Se supone que quede pegada a la piel, por si acaso —explicó Melvian mientras ayudaba a Maris con el uniforme.
—¿Quién aprobó este uniforme?
—Ni idea —dijo Melvian antes de que Maris por fin pudiera bajarse la camisa.
—Déjame adivinar —dijo, dándose vuelta y tomando la falda—. ¿La princesa?
—No. No —rió Melvian burlonamente, negando con la cabeza—. La voy a pasar brutal trabajando contigo.
Maris le regaló una sonrisa amplia y honesta mientras se amarraba el lazo de la falda. Cuando terminó, se palpó el cuello y notó que todavía llevaba su collar.
—¿Puedo dejarme esto puesto, verdad? No tengo ganas de dejarlo aquí todavía.
—No creo que haya problema —dijo Melvian, girándose hacia la puerta—. Vamos. Tenemos mucho trabajo que hacer.
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que cenaron juntos. La emoción de su madre era palpable cuando le agarró y apretó la mano mientras Valda se sentaba a su lado, en la cabecera de la mesa. Kayden estaba junto a ella, su eterna sonrisa ensanchándose al alzar sus ojos hacia Valda.
Arwin entró, recién aseado y luciendo como un rey. Nada similar al guerrero ensangrentado de unos días atrás. Se sentó al lado izquierdo de Rionach, mirando a Valda.
—Ha pasado demasiado desde la última vez que nos sentamos a comer. Es un gusto —dijo Arwin, ajustando la espada en su cintura.
—Ha pasado tanto porque ustedes dos nunca están. Y si Valda no está, Kayden tampoco —dijo Rionach.
—Lo siento, Rionach, pero mi hermana acaba de descubrir sus poderes y es bien cansón enseñarle a controlarlos.
—¿Ajá? —La risa divertida de Rionach tomó por sorpresa a Valda—. ¿Y cómo va eso?
—Hace lo que le da la gana. Es una malcriada. Ni mi mamá ve cómo los manipula. —Kayden suspiró y agarró la copa vacía—. Necesito llenar esto, pero ya.
Valda soltó una risa suave antes de frotarse el ojo izquierdo con el dorso de la mano.
—¿Te molesta lo mismo que tú hacías cuando chamaco, Kayden?
—¿Que hacía? —Kayden rió y le guiñó un ojo.
—Kayden, te vas a meter en problemas si te atrapan —regañó Rionach, haciendo un gesto a una de las criadas.
—Creo que aquí somos familia. No me meteré en problemas a menos que me choteen. —Kayden sonrió—. Sé que no me harías daño.
La servidumbre entró al comedor con grandes fuentes de comida humeante. Las pusieron sobre la mesa frente a ellos, revelando un banquete. Había pollos asados, sazonados con hierbas y especias, además de piezas tiernas de res y cerdo cocidas a la perfección.
Junto a las carnes había tazones de puré de papas cremoso, vegetales de raíz asados y pan recién horneado.
Los olores que flotaban por la sala bastaban para hacerle agua la boca a Valda y se sirvió con ganas, llenando su plato con una porción generosa.
Estaba cansada de comer raciones de carne seca cuando salía al desierto. Este banquete era lo que necesitaba.
Mientras los demás se servían, las criadas se movían por la sala llenando las copas con vino tinto. La bebida era rica y con cuerpo, con notas de cereza negra y vainilla.
Mientras comía, Valda notó que la atención de Arwin había caído sobre Kayden.
—¿Estás usando tus poderes para qué?
Kayden resopló y agitó la mano con desdén. —Ya sabes. —Hizo un gesto vulgar, lo que hizo reír a Arwin—. Tú harías lo mismo en mi lugar.
—No necesito usar ningún don para chichar. —Sus ojos se desviaron hacia Rionach, y a Valda se le revolvió el estómago.
—Me sorprende. Con esa cara tuya, pensé que te costaría conseguir que alguien te mamara el…
—Kayden —el gruñido de advertencia de Valda hizo que su mejor amigo cerrara la boca.
—Perdón. Se me olvidó que estábamos comiendo. —Rió.
Valda suspiró y se frotó los ojos otra vez. Desde que habían vuelto de su última batalla, los sentía arder. Hoy no era diferente; si acaso, le molestaban más. Intentó contenerse de tocarse la cara de nuevo, soltando un gruñido frustrado.
—Valda, ¿estás bien? —preguntó Arwin, untando un pedazo de pan en la grasa de res.
—Espero que sí —respondió. Valda abrió mucho los ojos y parpadeó, intentando aliviar la picazón—. Debe ser algo en el aire —concluyó, agarrando la copa de vino frente a ella.
—Después de tanto tiempo allá afuera en el desierto, es normal que se te irriten los ojos —añadió Rionach, dándole una palmadita en la mano—. Ojalá no tuvieras que irte tanto, nena.
—Yo quisiera estar más tiempo acá, ma. Pero parece que esos rebeldes ganan terreno con el pasar de los meses.
—Es raro. Al principio era un ataque cada año, luego subió a uno cada seis meses y ahora uno cada tres. Creo que se están haciendo más fuertes o que están sumando gente —dijo Rionach, mirando a Arwin—. ¿Qué crees?
—Creo que son persistentes —respondió Arwin, recostándose en la silla—. ¿Quién sabe quién está detrás de estos movimientos? No me sorprendería que fueran los mismos mareños.
Valda puso los ojos en blanco. —¿Por qué serían ellos?
—Ay, no sé, ¿tal vez porque tu mamá sigue subiéndoles los impuestos? —soltó Kayden. El silencio incómodo que siguió puso tensa a Valda, pero no podía negar que Kayden tal vez tenía un punto.
—Usan nuestros recursos, ¿y esperas que vivan en mi tierra gratis? —preguntó Rionach.
A Kayden se le borró la sonrisa.
—Tiene razón, perdóneme la falta de tacto.
—Puede que tengas razón, Kayden. Yo también estaría molesta.
Sin mencionar que cada petición en los últimos años ha sido de celestinos pidiendo bajar impuestos.
—Valda suspiró y se terminó la copa de un trago—.
Si nuestra gente está batallando para pagar, no quiero ni saber qué hacen los mareños para poder hacerlo.
—¿Quieres más vino, Valda? —preguntó Rionach, claramente queriendo cambiar el tema.
—Claro, por qué no.
Rionach se giró, le regaló a una criada una leve sonrisa y la llamó con un gesto.
—Todo el dinero es para mejorar nuestro ejército, Valda. No lo estamos desperdiciando —dijo Arwin, encogiéndose de hombros—. Muchos celestinos entienden la necesidad de estar protegidos.