La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 3. Capítulo 3 #3
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3. Capítulo 3 #3

A medida que la reina se acercaba, el estómago de Maris se retorcía.

Nunca había estado antes frente a alguien de la realeza, mucho menos hablado con uno de ellos.

Rionach no era alta; era casi de su tamaño.

A diferencia de Maris, era esbelta, con el cabello oscuro recogido en un moño perfecto.

No aparentaba más de cuarenta años. Su rostro se iluminó al ver a Kayden, pero Maris notó las ojeras bajo sus ojos.

Sin duda, la reina había pasado muchas noches sin dormir.

—Me alegra verte. ¿Qué pasó anoche? No llegaste al castillo.

Kayden rió con nerviosismo. —Es que estaba celebrando el regreso de Valda. —Alzó una ceja, mirando a la reina.

—Oh. —La sonrisa de Rionach desapareció—. Bueno, espero que te quedes. Acabo de venir de donde Valda —añadió antes de notar a Maris. La felicidad en sus ojos se disipó.

Maris frunció el ceño. ¿La reina estaba enojada con ella?

—¿Quién es tu amiga?

—¡Ah! —Kayden empujó a Maris hacia delante, entre Rionach y él.

Maris hizo una reverencia profunda. —Mi nombre es Maris Era, Su Alteza.

—Necesita trabajo —dijo Kayden.

—¿Un trabajo? —Rionach echó una mirada penetrante en dirección a Kayden. Maris notó el desánimo en su voz—. ¿Qué sabes hacer, nena?

—De todo —dijo Maris, manteniendo su tono bajo y la mirada hacia el suelo.

Maris sintió yemas suaves sobre su barbilla, levantándole el rostro.

La mirada oscura de la reina se detuvo en su cara.

El escrutinio la hizo sentir extremadamente incómoda.

Una sonrisa se extendió por los labios de Maris, esperando que la muestra sincera de emoción bastara para calmar el examen de la reina.

No lo hizo .

Notó un roce apenas perceptible sobre el lunar en su mejilla. Luego el pulgar de la reina frotó con cuidado su rostro.

—¿Dónde se conocieron? —preguntó Rionach a Maris.

—Eh…

—Nos conocimos hace mucho en uno de los Festivales de los Patronos en la Plaza Ofelia. Bailamos juntos —mintió Kayden.

¿Lo habían hecho? Maris no lo sabía. Sí había bailado ese día, pero no estaba segura de haberlo hecho con Kayden. Aunque, de ser así, habría recordado su cabello… Habría recordado muchas cosas de ese tiempo si no hubieran quedado opacadas.

—Mi reina —sonrió Kayden con ese encanto que había hecho temblar a Maris momentos antes.

Esta vez, ella no sintió nada, como si el encanto de esa sonrisa estuviera ahora dirigido a otra persona—.

Ha dicho un par de veces que necesita manos extra.

¿Por qué no una mareña entre su servidumbre?

Quedaría bien que otros vieran cómo ambos reinos empiezan a trabajar como uno.

El labio superior de Rionach se contrajo. Su rostro se tiñó de un conflicto interno que Maris no pudo comprender. La mano de la reina se apartó, cerrándose en un puño al costado de su cuerpo.

—¿Hablaste con Valda? —preguntó Rionach a Kayden.

—Para nada. —Su sonrisa no vaciló; si acaso, se ensanchó.

Maris cambió el peso de un pie al otro, ansiosa por el silencio y la incomodidad entre los dos. Entonces, por el rabillo del ojo, vio a Melvian caminando por el pasillo.

—Una de sus chicas puede mostrarle el lugar, si, claro, acepta que trabaje aquí —dijo Kayden con una risa ligera, moviendo la mano para tocar la parte baja de la espalda de Maris.

Su ansiedad desapareció.

Cuando Melvian se acercó, Rionach la detuvo con un leve gesto de su mano, sin apartar los ojos de Maris. —¿Puedes llevarla y mostrarle los cuartos del servicio?

Los ojos de Maris se abrieron de par en par, y los de Melvian también.

—Por supuesto, Su Alteza —dijo Melvian, haciendo una reverencia.

Maris soltó un suspiro de alivio mientras Rionach posaba la mano en su hombro.

—Ve con Melvian. Ella te mostrará el lugar y te dará un cambio de ropa. No te molesta empezar ahora mismo, ¿verdad?

—No, señora. Para nada. —Maris le ofreció la sonrisa más honesta que pudo.

—Bien. Me gusta la gente trabajadora. Quisiera verte ayudando a los demás a limpiar la sala del trono.

—Como usted diga. —Maris se volvió y casi abrazó a Kayden. Casi. Inclinó la cabeza, tomó sus cosas, asintió en dirección a Melvian y la siguió fuera de la sala del trono.

***

En cuanto Melvian cerró la puerta, soltó un chillido agudo y rodeó a Maris con sus brazos, apretándola. Maris dejó caer sus pertenencias y abrazó a su mejor amiga de vuelta.

—¡Entraste! ¡Ni lo creo! —exclamó Melvian antes de volverse hacia el desorden de la habitación—.

Por favor, ignora el caos —dijo mientras recogía ropa sucia y la tiraba hacia su lado del aposento—.

Hacía un tiempo que no tenía compañera de cuarto.

La última fue una señora mayor que se retiró no hace mucho.

Maris no le estaba prestando atención a Melvian mientras miraba desde el techo hasta las paredes.

La habitación no era grande, pero tampoco pequeña.

Era mucho más amplia que donde había dormido ayer: entraban dos camas contra paredes opuestas.

Entre ambas, un escritorio pequeño, probablemente para escribir cartas o leer.

Del lado de Melvian ya había una pila de libros esperándola.

A los pies de la cama se hallaba un baúl cerrado con candado.

Maris se acercó para mirar los títulos de los libros. Todos eran sobre medicina y sanación, remedios caseros, plantas medicinales y primeros auxilios. Y en la última repisa, había novelas románticas. Algunos títulos la hicieron reír.

—No recordaba que te gustara esto.

—No te pongas a juzgarme —advirtió Melvian.

Maris siguió explorando y notó el pequeño armario de madera y, por último, la puerta del baño anexo.

Tampoco era grande. Había una tina de tamaño decente, un gabinete con toallas, jabones y aceites, una palangana encima de una mesa metálica y un fogón con un caldero.

Maris quedó complacida. Aunque era para dos personas, la habitación era cómoda según sus estándares, sin mencionar que también tenía espacio para guardar su ropa y pertenencias.

—Esa es tu cama. El candado del baúl está adentro y lo mismo con el del armario. Uso los candados por rutina, pero nadie me ha robado nunca nada.

Maris asintió antes de caminar hasta la cama y sentarse. Se dejó caer de espaldas y soltó un suspiro de placer.

—Dioses, que cómoda. —Sonrió—. Hace tanto que no duermo en una cama y no en un futón sucio. Me acabo de morir y estoy en los Campos Elíseos.

Melvian rió. —Son bastante cómodas. —Se volvió al armario de Maris y lo abrió—. Creo que tus cosas caben aquí.

—Gracias.

—Pero tenemos que alistarte. La reina quiere que empieces a trabajar rapidito —dijo Melvian, tomando el estuche del violín de Maris. Esta vez, Maris se levantó de un salto y casi le apartó la mano de un manotazo.

—Yo me encargo. —Maris creía que el movimiento repentino había incomodado a Melvian. Si se había sentido insultada, lo disimulaba bien, pero su amiga sabía que ese violín era especial para ella.

—¿Todavía tocas?

—Ya no —respondió Maris—. Tiene un par de cuerdas rotas y no he podido comprar nuevas —explicó.

Melvian asintió. —Bien. Escúchame, tengo que darte una advertencia antes de que empieces a interactuar con toda la servidumbre y la realeza.

Maris se volvió para mirarla.

—La reina Rionach es una cabrona, especialmente con los mareños, así que aléjate de ella todo lo que puedas.

—Correr de la reina. Entendido.

—Algunas criadas se van a creer mejor que tú. Las vas a ignorar. Solo aceptas órdenes de la encargada y de cualquier otra realeza que pase. Si te dan una orden, paras lo que estás haciendo y haces lo que te digan.

—Esclava total. Entendido.

—Maris, estoy hablando en serio.

—Yo también. Te estoy escuchando.

—Eres muy bonita, así que aléjate de la princesa.

Maris ladeó la cabeza, confundida. —¿Debería decir gracias por el cumplido?

—Nena, tú no coges nada en serio. Mantente lejos de la princesa Valda. Ella… es feroz.

—¿Feroz?

—Se sabe que tiene un temperamento horrible y suele desquitarse con las criadas.

—¿Les cae encima a las criadas? —La voz de Maris tembló.

—Ay, por los dioses, no. —Melvian tosió, avergonzada—. Ella… eh… ¿hace otras actividades con ellas?

Maris negó con la cabeza, sin entender qué intentaba decirle su amiga.

—¿Chicha con ellas para botar el coraje?

Melvian apretó los labios. —Sí.

—¿Y eso por qué es un problema? —bromeó Maris.

—¿Es en serio, Maris? Que la realeza ande acostándose con la servidumbre no está bien. Perdóname, no me importa si eres la reina del mundo entero. No me voy a meter en la cama contigo. No me va eso.

—A ti no te gustan las mujeres como a mí y está bien —dijo Maris, empezando a recogerse el cabello en un moño apretado.

—No, pero he escuchado que hasta a muchachas como yo las convence. Ella tiene… un algo.

Maris soltó una risita y negó. —No te preocupes. No soy tan fácil.

—¿Has visto a la princesa? —preguntó Melvian, alzando una ceja escéptica.

—Solo en el cuadro.

—Pues, como dije, a mí no me atraen las mujeres, pero ella es preciosa y arrogante. Sabe que es atractiva. Tú también eres preciosa. Apuesto a que va a intentar acercarse a ti.

—Entonces me mantendré lejos de ella —dijo Maris, poniéndose las manos en la cintura.

Melvian cambió el peso de una pierna a la otra, algo tensa por la incómoda conversación. —¿Qué talla eres otra vez? —preguntó mientras iba a su armario—. A ver si conseguimos un uniforme que le sirva a esas tetas tuyas.

Maris frunció el ceño ante el comentario y miró su pecho. —¿Sabes algo? Tus cumplidos son medio violentos, Melvian.

—Toma —dijo Melvian, pasándole una de sus camisas del uniforme y luego una falda negra suelta hasta la rodilla—. Ese es nuestro uniforme. Más tarde te consigo el tuyo.

Maris tomó la camisa y la examinó. Era de algodón blanco, entallada y con poco o nada de mangas. Pensó que quizá sería para facilitar el movimiento. Sus ojos volvieron a la falda. Era perfecta para el calor. Sin perder el tiempo, empezó a desvestirse.

—Avísame si te queda.