La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 3. Capítulo 3 #2
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3. Capítulo 3 #2

Sus padres sintieron tanto miedo que su padre se colocó de inmediato entre el general y su familia.

Maris no estaba segura de qué se habían dicho; todo lo que recordaba era que al final de ese día, su madre se había encerrado con ella en un compartimento secreto, debajo de un escritorio en su sala de estudio, mientras los sonidos de botas marchando, voces ásperas y puertas azotándose se amortiguaban a través de la puerta secreta de madera .

Maris había intentado llamar a Raan, pedirle que regresara, pero el alboroto afuera no permitía que sus gritos llegaran a su padre. Su madre se aseguró de que se mantuviera callada, cubriéndole la boca y sujetándola con un agarre de hierro.

Pero luego los pasos se alejaron, y los gritos desesperados de su padre se disiparon por la casa hasta quedar todo en silencio.

A su madre le tomó un rato soltarla. Cuando salieron del escondite, la casa estaba en completo desorden. Los muebles de la sala volcados. En la cocina, la despensa revuelta y la comida desparramada por el suelo, como si quien hubiera entrado hubiera estado buscando algo en específico.

Maris recordó a su madre colocando todo de nuevo en su lugar, cada lápiz, mueble y manta.

Pero entonces, en medio de la sala, mientras limpiaban, Maris había encontrado el anillo de su padre en el suelo.

—Puedo sentir su miedo —había dicho su madre, tomando el anillo de la mano de Maris, besándolo y escondiéndolo en algún lugar de su ropa. Siguieron horas de silencio, mezcladas solo con el sonido de los pasos vacilantes de su madre por la casa, reparando lo destruido.

Luego vino un jadeo repentino, el desgarramiento de algo profundo en el semblante de su madre. Maris nunca olvidaría sus lágrimas al susurrarle: —El lazo está roto…

Un escalofrío le recorrió la espalda de solo pensar en estar cara a cara con el general Arwin.

«¿Qué he hecho?», pensó Maris, sabiendo bien que ya era demasiado tarde para echarse atrás. Necesitaba de algún modo encontrar a ese hombre, preguntarle por su padre, y luego, ¿qué?

¿Qué podría hacer con la respuesta? Obtener una especie de cierre, por supuesto, pero…

Él era el general del ejército y ella era, bueno…

Una mareña.

Cuando Maris cruzó el arco de la cocina, un olor a especias y carne asada la recibió, mezclándose con los sonidos de ollas chocando y llamas crepitando.

Se encontró en el corazón de la bulliciosa cocina del castillo, una vasta sala llena de cocineros, criadas de limpieza y ayudantes de cocina, todos trabajando sin descanso.

En el centro de la sala, un enorme fogón de piedra ardía. El aire estaba cargado de humo y vapor, y el calor era casi abrumador .

Cerca, un equipo de criadas se movía de prisa, tallando ollas y sartenes con ceniza abrasiva y limpiando vegetales y hierbas para los cocineros. En la esquina más alejada, un grupo de ayudantes de cocina se ocupaba de cortar leña y traer agua fresca del pozo del castillo.

Melvian le dio una palmada en el brazo para llamar su atención y decirle que debía encontrar a la encargada.

Maris asintió y se quedó en un rincón observando todo.

Tras un breve respiro, las puertas del arco se abrieron de golpe cuando un hombre alto, con el cabello más rojo que hubiera visto, entró paseándose como si fuera dueño del lugar.

Lanzó un saludo al que algunas criadas y cocineros respondieron y fue directo a la bodega.

Maris arqueó la ceja ante la familiaridad del hombre con el lugar y se preguntó si sería uno de los jóvenes de la corte celestina.

El hombre tomó una botella, la inspeccionó y luego mordió el corcho para sacarlo. Bebió un trago y aprobó el sabor con un grito antes de fijar la mirada en ella.

Maris se tensó e irguió su postura bajo la descarada mirada del pelirrojo. Su rostro estaba torcido en una mueca, mezcla entre desconcierto y curiosidad, mientras observaba su cabello.

Mientras caminaba hacia ella, el corazón de Maris se desbocó. ¿Iba a echarla? Parecía estar a cargo.

—¿Una mareña dentro de Oberón?

El hombre era lo suficientemente alto como para hacer que Maris diera un paso atrás y chocara con la pared. Maris inclinó la barbilla hacia el pecho en una reverencia sutil.

—Estoy esperando a una amiga.

—¿Ajá? —El hombre miró detrás de él y se encogió de hombros—. ¿A quién?

—Melvian. Una de las criadas.

—¿Eres nueva?

Maris abrió la boca, sin estar segura de qué decir. ¿Era o no una nueva contratada? —Supongo que sí.

—Oye, la reina Rionach se está ablandando con los tuyos. Una mareña. Entonces, ¿qué harás? ¿Cocina? ¿Limpieza? ¿Criada de cámara? —preguntó, acercándose.

Un cambio repentino de emociones la hizo fruncir el ceño. Se sentía tranquila, segura y, por alguna razón, extrañamente atraída por el hombre. Su cabello rojo y su barba anaranjada tenían algo atrapante .

«¿Qué carajo?»

—¿Estás bien? —Él sonrió, una sonrisa perfectamente acogedora que atrajo la mirada de Maris hacia sus labios.

—¡Maris!

«Ay, alabado sea Ouranós». Maris soltó el aire, se sacudió el extraño aturdimiento y se volvió hacia Melvian.

—Señor Kayden —saludó Melvian, inclinando la cabeza.

Maris tomó nota mental del nombre. Señor Kayden. Debía ser de la realeza.

—No encuentro a la encargada. Creo que anda por ahí… —susurró Melvian a Maris, pero a juzgar por la risa del hombre extraño, parecía que también la había oído.

—Ah. Ya veo —asintió Kayden, dando otro trago a la botella de vino—. ¿Cómo te llamas?

Maris fulminó a Melvian con la mirada antes de responder: —Maris.

—¿Estás buscando trabajo en el castillo, Maris?

Maris asintió al mismo tiempo que Melvian.

—Justo iba a ver a la reina para cenar. Puedo llevarte con ella; si está de buen humor, puede contratarte en el acto. Los dioses saben que necesitan toda la ayuda que puedan conseguir —dijo Kayden, agitando una mano en dirección a la atareada cocina.

Los ojos de Melvian se abrieron de par en par; su mano buscó la de Maris y la apretó con fuerza. —¿Usted haría eso, Señor Kayden?

—¡Pues claro!

—Maris, tienes que ir con el Señor Kayden. Estoy segura de que te ayudará más de lo que yo podré.

—Melvian… —siseó Maris en advertencia antes de mirar al hombre—. ¿Está seguro?

—Estarás bien. Confía en mí. —Volviéndose hacia Kayden, Melvian se rió con torpeza antes de empujar a Maris hacia él—. Es toda suya.

Kayden resopló de gusto. —¡Las ganas de que lo fuera! Vente, Maris. —Hizo un gesto hacia la puerta y esperó a que tomara sus cosas.

El estómago de Maris dio un vuelco mientras caminaba junto a Kayden. Avanzaron por pasillos estrechos hasta un gran corredor abierto.

El Gran Salón.

«De verdad estoy dentro del Castillo Oberón…»

Maris no pudo hacer más que mirar el alto techo.

Grandes candelabros decoraban el salón, con largas velas encendidas.

Las contó sin darse cuenta, apreciando los detalles y al intrincado diseño dorado que se entrelazaba como enredaderas.

El techo y las paredes de mármol reflejaban la luz en una cálida y acogedora aura de las mismas tonalidades.

—Impresiona, ¿verdad? —preguntó Kayden—. Mi castillo es pequeño y solitario comparado con este. Oberón siempre está lleno de gente y se siente como si estuviese vivo —dijo Kayden.

¿Tenía un castillo? Entonces era de la realeza. ¿De cuál reino?  Seguramente Harmonia o Vulcano por su cabello rojo.

Mientras caminaban por los pasillos, Maris observó a los guardias, las paredes, las columnas y los diferentes retratos de los gobernantes.

Reconoció a la mayoría, en especial a Brontes, Rionach y, por último, a una niña.

Se detuvo para mirar el cuadro, maravillándose de lo realista que era.

La pintura era de una joven princesa. La mano derecha de la niña descansaba con pereza sobre la empuñadura de una espada enfundada; su mano izquierda colgaba al costado en un puño apretado.

Su traje de azul real y la blusa de seda estaban adornados con innumerables medallas de oro.

Ni sus ojos ni su rostro mostraban felicidad: su boca carecía de cualquier indicio de sonrisa, y sus ojos color miel no brillaban. Se veían huecos, vacíos.

Maris no pudo evitar sentir tristeza por la niña. Inclinando la cabeza, examinó el óleo una vez más antes de notar la presencia de Kayden detrás suyo, haciéndola sobresaltarse.

—¡Perdóname! Me distraje.

Kayden negó con la cabeza y miró la pintura. —No te preocupes. Debí caminar más lento.

—¿Esa es la princesa?

—Sí, esta es la princesa Valda.

—¿Este cuadro le hace justicia? —preguntó Maris antes de señalar la falta de chispa en los rasgos de la princesa.

Kayden fijó la vista en el retrato de Valda. Inhaló hondo y pareció perderse en sus pensamientos antes de decidirse por una respuesta definitiva. —No. Ella es mucho más que una pintura.

—¿Eres su consorte?

Kayden resopló y negó con la cabeza. —¡Por los dioses, no!

Era difícil determinar quién era. Si no era de la realeza, ¿por qué se paseaba como dueño del lugar, como si hubiera estado allí toda su vida?

Maris trató de absorber todo, cualquier cosa que pudiera utilizar más tarde a su favor.

Siguieron por el pasillo, hasta detenerse ante dos grandes puertas. Sus palmas comenzaron a sudar.

—¿Esta es… ?

—En efecto. La sala del trono. Ahora bien, ten en cuenta que ha habido mucha actividad en el castillo últimamente. Si notas caos, no entres en pánico. —Sonrió otra vez, y los nervios de Maris se calmaron como por arte de magia.

Cuando Kayden abrió la puerta, Maris observó todo. Vio criadas corriendo con platos, cortinas, servilletas y toallas. Algunas cargaban cubos de agua, mientras otras llevaban escobas y trapeadores.

—¡Kayden!

El hombre estiró el cuello para ver más al fondo, y Maris notó a cierta mujer saludándolo con la mano. Era la reina.

—¡Reina Rionach! —gritó Kayden, devolviendo el saludo.