La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 3. Capítulo 3
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3. Capítulo 3

V alda trataba de no quejarse mientras las criadas ajustaban su ropa.

Su cumpleaños sería en un par de días y su uniforme real tenía que estar propiamente ajustado y verse bien.

La blusa de seda naranja oscura resaltaba bajo el abrigo amarillo.

El mismo estaba adornado con diseños finos e intrincados por delante y por detrás.

El traje le apretaba los hombros y los brazos; pero claro, hacía años que no lo usaba.

Comentó casualmente su incomodidad a una de las criadas, que asintió y tomó notas.

Una joven criada tiró del abrigo con cuidado mientras otra miraba a Valda con hambre.

La princesa sonrió de costado, sabiendo muy bien el efecto que tenía en las mujeres y algunos hombres.

Valda conocía su reputación entre las criadas (nunca soldados, nunca hombres).

Aun así, por mucho que disfrutara de su compañía en la cama, nada contentaba su corazón. Nunca se sentía del todo bien.

Cerbera observaba desde la otra punta de la habitación. Su cola esponjosa se movía de lado a lado mientras lanzaba parpadeos lentos a Valda. Su querida mascota nunca estaba lejos de ella. Siempre encontraba un punto de ventaja para vigilar cada uno de sus movimientos.

Valda chasqueó los dedos y Cerbera emitió un chillido, casi como el de un ave, antes de acercarse y frotar su cuerpo contra sus pantalones. Las criadas a su alrededor intentaron no pisarla, lo cual resultaba cómico a los ojos de Valda.

—Ya estamos terminando —anunció Valda cuando oyó a alguien en la puerta. La voz de su madre se escuchó del otro lado, y pidió a una criada que abriera.

Con una reverencia, las criadas restantes salieron de la habitación, dejando a Valda a solas con su madre. Valda sonrió. —Hola.

—Hola —dijo Rionach, viendo a Valda batallar con el pesado abrigo—. Déjame ayudarte. —Lo tomó y colocó prolijamente sobre una silla—. ¿Este es el estilo que buscas? —soltó una risa, tocando los diseños dorados.

—¿Hay algún problema? —Valda bromeó con su mirada, antes de empezar a desabotonarse el cuello alto de la blusa de seda.

—Para nada. Me gusta. Me recuerda a tu padre.

Ese hombre irradiaba poder igual que tú cuando decides arreglarte.

—Rionach sonrió antes de apartarle las manos y continuar la tarea ella misma—.

Mañana es el gran día —empezó—. Y sé lo que dijo el Oráculo, pero no tenemos manera de saber si esa pareja mareña tuya estará allí.

Así que… —Rionach se mordió el labio inferior—, invité a toda la realeza de los reinos vecinos.

—¿A toda? —Valda alzó las cejas, sorprendida.

—Sí. —Rionach dio un paso atrás cuando Valda se quitó la blusa y la tiró cerca del abrigo—. Si pasa cualquier cosa, quiero que al menos consideres tener una pareja del corazón.

Valda frunció el ceño, sin gustarle lo que su madre decía o insinuaba. Hablaba como si el Oráculo estuviera equivocado.

—No quiero una pareja del corazón —dijo, alzando a Cerbera y rascándole bajo la barbilla.

—Mucha gente tiene pareja del corazón, Valda. Envejecen juntas, incluso tienen hijos —murmuró Rionach, frotándose las manos. Pareció vacilar un momento antes de espetar —: ¿Y Kayden?

Cerbera estornudó y los ojos de Valda se abrieron de par en par mientras daba un paso dramático hacia atrás, casi soltando a su gata.

No podía creer que su madre sugiriera algo así.

Kayden era su mejor amigo. Se habían conocido de pequeños, en un viaje de su madre de visita diplomática a Harmonia.

Después de burlarse de su pelo rojo y forcejear con él en el jardín del castillo, se habían vuelto inseparables.

Ella quería a Kayden, pero él era un hombre y creía haber dejado más que claro al crecer que no se sentía atraída por los hombres.

—¿Perdón?

—Pero Valda, ¡una alianza con Harmonia es una alianza con los Vulcanianos! ¿Tú te imaginas eso? Nosotros tenemos los números; ellos, el poder y el fuego.

—¿Tú estás loca? Yo no me voy a casar con Kayden. Ahora mismo debe estar metiéndole el bicho a Ouranós sabe a cuanta persona soltera se le cruce.

—Así que… —Rionach hizo una mueca, moviendo la mano como en una balanza.

—¡Menos conmigo! —Valda soltó a Cerbera, permitiendo que el animal cayera con gracia al suelo. La gata encontró un lugar en la sala desde donde podía mantener un ojo en su dueña.

Valda caminó de un lado a otro en su cuarto, con las manos en la cintura, antes de detenerse frente a su madre.

—¿Tú crees que no la encontraré? —Rionach abrió la boca, pero Valda volvió a hablar antes de que pudiera responder—: ¿No quieres que la encuentre?

—¿Por qué no querría que mi hija encontrara a su pareja del alma y experimentara la belleza de un lazo?

—No sé. Entonces, ¿por qué a los mareños no se les permite acercarse al Castillo Oberón? ¿Por qué los estamos tratando como los tratamos?

—Ay, Valda, por favor. Le hemos subido los impuestos a todos, no solo a los mareños.

—¿Y te parece lo correcto? ¡Por el Tártaro! Ni siquiera pueden venir a nuestro castillo a pedir ayuda. A la última mareña que vino la sacaron arrastrada.

—Ella quería más dinero, más recursos. ¿Qué más quieren? ¡Ya es suficiente con mantenerlos aquí, dándoles la ayuda de nuestra gente!

—¡Ellos también son nuestra gente! Por si no lo sabías, el hermano de esa mujer es soldado de nuestro ejército.

Rionach frunció el ceño. —¿Un mareño en nuestro ejército? ¿Quién aprobó eso?

—Yo.

Rionach resopló, cruzó las manos y apartó la mirada. —¡Bueno! ¿Entonces qué quieres que haga?

—No los odies.

—Estás equivocada. Yo no los odio, Valda.

—Ma, emitiste un decreto estableciendo que, si los mareños alguna vez se rebelan contra nosotros, se lo considerará un acto de guerra y serán expulsados o “eliminados”, sea lo que sea que eso signifique.

Rionach tragó visiblemente, oscureciéndosele la mirada al fijarla en Valda. —Morder la mano que te da de comer es un acto de guerra, Valda, y no voy a tolerar que se rebelen contra nosotros después de todo lo que hemos hecho por ellos.

—Podemos hacer más. Y si de verdad te importara que yo encontrara a mi pareja, harías más por tener una relación amistosa con los mareños.

Rionach inhaló hondo y agitó la mano con desdén. —Estás obsesionada con ayudar a todo el mundo.

—Porque todo el mundo en algún momento necesita una mano amiga.

—Y aun así, ayudamos y ayudamos, y cada vez tenemos más rebeldes intentando desestabilizar lo que construimos —dijo Rionach encogiéndose de hombros—.

Hay gente malagradecida, Valda. Siempre será así.

Cuando seas reina, verás que no importa lo que hagas, siempre habrá alguien que no esté de acuerdo con lo que se hace.

Valda llevó su mano a la herida del brazo que ya estaba cicatrizando.

—Deja que Arwin se encargue de la rebelión. Ahora no es momento de hablar de esto. Lo que me preocupa es tu cumpleaños y tu expectativa de lo que ocurrirá.

—¿Cuál es el problema?

—Ni siquiera sabemos si lo que encontrarás mañana será tu pareja del corazón o tu pareja del alma, Valda. Tu yo de dieciséis años no formuló bien la pregunta. Le preguntaste al Oráculo cuándo conocerías a tu pareja, pero no especificaste el tipo de pareja.

Valda cerró los ojos con fuerza mientras su madre se levantaba de la cama. —No tienes que recordármelo todos los años.

—Ay, pero, fíjate… siento que debo hacerlo.

No seas tan terca y abre tu corazón a la posibilidad de encontrar a alguien que funcione para ti.

Sí, me encantaría que encontraras a tu pareja del alma, pero existe la posibilidad de que no sea así.

La realeza mareña está muerta, enterrada bajo su propio castillo.

Los labios de Valda se entreabrieron. Su madre no solía ser así de impulsiva con las palabras y oír que los reales mareños estaban muertos le estrujaba el corazón. La muerte de gente que no conocía no debería afectarla tanto, pero aun así lo hacía.

Como si sintiera su angustia, Cerbera se puso en pie y corrió hacia ella, rozando su cola contra la pantorrilla de Valda.

—Tengo que irme. Hay tantas cosas que debo atender —dijo Rionach, dándole un beso en la mejilla a Valda—. Nos vemos en la cena.

Valda asintió al tiempo que Rionach inclinó la cabeza, para luego abrir la puerta e irse.

Maris estaba finalmente dentro del Castillo Oberón.

Colocando una mano sobre su cuello, tocó su collar.

Dos anillos colgaban de él, ocultos detrás de su blusa.

Maris no tenía muchas cosas. Había entrado al castillo con solo un bolso grande y un violín roto dentro de un estuche gastado.

Su posesión más preciada eran los anillos de boda de sus padres, que había llevado a todas partes desde su fallecimiento.

Melvian estaba más emocionada que ella. La llevaba casi a rastras por los pasillos tan rápido como podía, saludando a los guardias mientras estos miraban a Maris con curiosidad.

En el camino, Maris pensaba en maneras de acercarse al general Arwin, pero todas resultaban ridículas y sospechosas.

No podía simplemente pedir ser su criada personal.

Una mareña trabajando dentro del castillo era inaudito.

Si no fuera por Melvian, se preguntaba cómo siquiera hubiera puesto un pie dentro.

Luego, estaba el hecho de que Maris apenas recordaba cómo era el hombre, excepto por su cabello encanecido y la cicatriz de su rostro.

Maris respiró hondo, apretando el collar.

¿Qué podría preguntarle si alguna vez estuviese frente a él?

¿Cómo reaccionaría? ¿Tendría suficiente fuerza siquiera para hablarle?

Sus padres habían quedado petrificados al conocer al general en las afueras de la Plaza Ofelia durante el Festival de los Patronos nueve años atrás.

Ella estaba jugando con Melvian, comiendo en un quiosco, cuando chocó con Arwin.