La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 2. Capítulo 2 #3
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2. Capítulo 2 #3

Casi perdió el equilibrio nuevamente al girarse y mirar hacia abajo al soldado celestino, que tenía la cara roja y una sonrisa burlona. —¿Y ahora qué?

Él rió, fuerte y molesto, antes de guiñarle un ojo. —Parece que necesitas un descanso.

—Qué chévere… Al menos alguien se da cuenta. Podrías enseñarle a mi jefe un par de cosas sobre preocuparse por sus empleados.

—¿Qué tal si te tomas un descanso con nosotros, cariño?

—No, gracias. —Maris sacudió el brazo y él tropezó hacia adelante.

—¡Vamos, dale! No tienes que ser tan agresiva, belleza.

—Ay, pero sí. —Maris se detuvo de golpe cuando él llevó el vaso a su boca. Su ceño se transformó en una sonrisa amenazante mientras el soldado bebía. Sus ojos brillaron un instante. El guardia la agarró otra vez, esta vez con desesperación.

Atragantado, tosiendo y luchando por respirar, miró a Maris con miedo.

Ella lo observó sin inmutarse mientras el rostro del soldado se ponía violeta. Sus compañeros dejaron de comer y se acercaron. Maris forcejeó para soltarse y decidió dejar que el agua bajara.

El hombre cayó al suelo tosiendo fuerte, jadeando por aire.

Maris resopló, mirándolo con disgusto. —Para que sigas jodiendo.

—¿Qué le hiciste? — preguntó otro soldado, poniéndose de pie y desenvainando la espada—. ¿Trataste de matarlo?

—¿Cómo? —Maris se sorprendió cuando dos guardias se pusieron a su lado, también con las espadas en mano—. ¿En serio? ¿Se atraganta con agua y piensan que fui yo? —se burló.

Maris esquivó el puñetazo de un soldado, apartando a otro mientras retrocedía. Su corazón se aceleró mientras escaneaba la caótica taberna, buscando una salida.

Cuando estaba a punto de ser acorralada por un soldado particularmente agresivo, alguien le agarró la muñeca y la jaló. Melvian.

—¡Vente, Maris! —dijo Melvian en voz baja y urgente—. ¡Vámonos de aquí!

Juntas escaparon por la puerta trasera y se adentraron en el callejón tenuemente iluminado. Los sonidos de la taberna se fueron apagando, reemplazados por el murmullo distante del pueblo nocturno.

—¿Estás bien? —preguntó Melvian.

Sin aliento, Maris asintió mientras apoyaba las manos en sus rodillas dobladas.

—Maris, chica… necesitas otro trabajo. No puedes seguir en un lugar así.

Aún jadeando, Maris la miró. —Que fácil es decirlo… Tú no eres mareña y tu papá te ayudó a conseguir trabajo en el castillo.

—Estaban reclutando —dijo Melvian.

—Y tu papá se enteró enseguida.

—Y ahora lo sé yo y quiero que lo sepas tú. —Melvian le dio una palmada en el hombro, empujándola a enderezarse—. El cumpleaños de la princesa es ya mismo y necesitan manos extra en el castillo.

Maris no sabía qué responder. No estaba bien que una mareña entrara al Castillo Oberón. No era una ley escrita, pero todos sabían que la reina Rionach no simpatizaba con los mareños. Era un secreto a voces que la reina los culpaba por la muerte del rey.

—No creo que pueda entrar al castillo.

Melvian suspiró, se apoyó en la pared y gruñó molesta. —Maris… —Su voz se volvió condescendiente y apenada—. Yo no creo que tu madre hubiera querido que siguieras como una simple mesera en una taberna sucia y de mala muerte.

—Que tu seas mi mejor amiga no te da derecho a hablar de mi madre ni a usarla para manipularme.

Melvian retrocedió y asintió. —Perdón. Es verdad, no debí decir eso. No después de lo que…

—¡Melvian!

—¡Perdón, perdón! Yo… —Melvian cerró los ojos con fuerza. Le tomó la mano a Maris y la jaló más cerca—. Escúchame. Estoy preocupada por ti. Especialmente por tu bienestar. Los mareños están siendo tratados como mierda en todas partes.

—Como si no lo supiera. He estado tratando de conseguir un trabajo decente, pero los celestinos no nos contratan. ¿Qué te hace pensar que voy a llegar al castillo?

—Porque yo estoy allí, puedo ayudarte. Quiero que estés segura, cuidada… Deja de resoplar. ¡Te lo juro por los dioses, Maris! ¿Por qué eres tan difícil? ¡Estarás dentro de un castillo lleno de soldados!

Maris estaba por soltarle la mano. «Soldados. Quizás incluso cierto general . » Su mirada perdida se desvió más allá de Melvian. —¿El general Arwin vive en el castillo?

Melvian frunció el ceño, confundida. —¿Qué? ¿No? Yo… no sé. Lo veo mucho, pero…

—Acepto tu oferta.

—¿Qué? ¿Y por qué ahora? ¿Qué tiene que ver el general Arwin?

Maris abrió la boca para responder, pero dudó. No estaba segura de si Melvian lo vería raro y se echaría para atrás. Pero era su mejor amiga; se conocían desde niñas. Melvian nunca la juzgaría. —Él fue el superior de mi papá. —Se encogió de hombros—. Quizás él sepa qué le pasó.

—¿Quieres hablar con el general Arwin sobre la muerte de tu papá?

Maris apretó los labios y levantó los hombros. —¿Y por qué no?

—Él siempre está ocupado o con la reina. Es difícil conseguirlo.

—Podría aprenderme su horario. Quizás ofrecerme para servirle.

El rostro de Melvian se torció con asco.

—No ese tipo de servicios, Melvian —dijo Maris, dándole un codazo amistoso en el costado.

—Ojalá pudiera ayudarte con eso, Maris. Pero no quiero parecer sospechosa.

—No tienes que hacer nada, pero yo lo intentaré.