La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 2. Capítulo 2 #2
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2. Capítulo 2 #2

Alzando la vista con incertidumbre, dejó las botas a un lado.

Valda gruñó mientras se inclinaba hacia adelante, desabrochándose la pesada armadura de los hombros y el torso, dejándola caer sobre el mármol.

Al hacerlo, reveló los cortes en su brazo y una pequeña herida en el hombro derecho.

Valda suspiró; se tocó el hombro izquierdo antes de quitarse la camisa manchada, quedándose solo con una faja negra que cubría sus pechos.

Sin decir palabra, mostró las heridas que necesitaban atención.

—Traeré el botiquín —dijo Melvian, poniéndose de pie y yendo al baño.

—Prepara también mi baño.

Melvian asintió, dejando a Valda examinar la magnitud de sus heridas. Había sufrido peores, pero estaba segura de que dejarían cicatriz.

Melvian regresó con una gran caja. Colocó el botiquín junto a la mesa de noche antes de abrirlo y volver hacia Valda. —Son profundas —dijo mientras revisaba la herida—. Necesitará puntos.

Valda asintió mientras Melvian trabajaba en su brazo.

—Le sugiero que consuma jengibre y cúrcuma. El té siempre es bueno. Ayudará a evitar infecciones. En unos días se sentirá mejor.

—Sabes bastante.

Melvian sonrió. —Gracias.

—¿Cuándo recibiste ese entrenamiento en sanación? Pareces más bien joven —preguntó Valda, notando su tensión.

La criada apretó los labios mientras atendía las heridas. No respondió hasta que Valda le sujetó la muñeca fuertemente, deteniendo sus movimientos.

—¡Mi madre es sanadora! —soltó de golpe.

—¿Una sanadora bendecida?

Melvian negó con la cabeza. —No, señora.

No había manera de saber si mentía o no. Valda podría torturarla y esperar, pero no quería ser como Arwin… Suspiró y soltó a la criada, recostándose en la silla. —Prepara mi baño y limpia este reguero.

—¡Sí! —Melvian giró sobre sus talones, guardó las botas en el vestidor y corrió al otro lado de la habitación, golpeándose la cadera contra una mesa pequeña.

Los frascos de cristal tintinearon mientras el líquido oscuro dentro de estos se agitaba.

Soltó un quejido, agarró la mesa y se giró hacia Valda, quien la observaba con una ceja arqueada.

—Aprovecha y tráeme algo para beber.

Melvian asintió, tomó un vaso, lo llenó y corrió de regreso. Valda recibió el vaso y agitó la mano con desdén. La criada se apresuró a la habitación contigua y terminó de preparar el baño.

Exhausta, Valda se bebió el vaso de un golpe y siseó al sentir la quemazón en su estómago. Tras dejarlo en la mesa, se desató la faja del pecho, la desenrolló y la tiró al suelo para que Melvian se encargara después. Luego se bajó los pantalones hasta quedar desnuda.

Valda nunca había sido tímida; no tenía nada de qué avergonzarse.

Midiendo seis pies con cuatro pulgadas, era la mujer más alta de toda la corte celestina.

El único que podía verla de igual a igual era Kayden, su mejor amigo y futuro líder de Harmonia.

Incluso Arwin era unas pulgadas más bajo.

Aunque dorada por el sol como cualquier celestina, su piel estaba adornada con pecas oscuras y cicatrices blancas.

Todas tenían una historia, así que nunca las veía como algo vergonzoso.

Parándose frente al espejo de cuerpo entero, Valda examinó la herida, imaginando la cicatriz que quedaría.

Flexionó el brazo, su bíceps marcándose.

La herida le ardía, pero no era nada que no pudiera soportar.

Sus ojos bajaron a los músculos de sus gruesos muslos, notando moretones en formación.

Tenía un ungüento para eso. Si tan solo el sanador del castillo no hubiera huido, estaría curada en poco tiempo.

De repente, la marca de Ouranós brilló en su frente por un instante antes de desvanecerse.

Habían pasado semanas desde la última vez que la marca del dios había aparecido.

Todos los elegidos para gobernar por los dioses llevaban una.

Verla de nuevo aliviaba sus temores sobre no ser digna de reinar algún día.

Soltó un suspiro de alivio antes de caminar hacia el baño. Melvian acababa de verter un balde de agua tibia en la bañera y añadir aceites. Al hacer contacto visual con Valda, apartó la mirada de su desnudez.

—¿Quiere… quiere otra bebida, Su Alteza?

Otra bebida sonaba bien. Le adormecería los músculos adoloridos. —Dale, sí.

Valda estaba más calmada ahora. El aroma reconfortante del baño había aliviado su tensión. Apoyó la mano en el borde y se metió lentamente en la tina. Siseó fuerte y cerró los ojos al sentir cómo la temperatura tibia la relajaba.

Primero limpiaría toda la sangre, la suciedad y el polvo; luego bebería whisky y dormiría hasta el mediodía. Sin pensarlo, Valda asintió en respuesta a su propio plan y sonrió.

El cansancio de la batalla la arrolló, casi inmovilizándola. Se recostó en la tina, ojos cerrados, escuchando los pasos de la criada. Al instante sintió un paño tibio sobre el hombro.

—¿Necesita algo más antes de que me retire, Su Alteza?

—Deja el vaso en el piso y vete. Quiero estar sola.

Quería tiempo para pensar en su próximo cumpleaños, en que estaba a días de conocer a su pareja. Su estómago dio un brinco de anticipación. Se preguntó cómo sería su pareja del alma. ¿Sería la belleza mareña que había imaginado en sus sueños? Una sonrisa se extendió en el rostro de Valda.

Tal vez, con su pareja, el peso de todas las expectativas sería más llevadero.

La taberna estaba llena hasta el tope de soldados bulliciosos, con armaduras chocando entre sí mientras reían y brindaban. El aire estaba cargado de olor a cerveza, sudor y humo del fogón .

Por lo que Maris había escuchado, los soldados acababan de regresar de una batalla agotadora y estaban ansiosos por beber y celebrar. Las jarras se alzaban alto y los vítores retumbaban en las paredes cuando brindaban, mientras Maris trataba de anotar sus órdenes entre cada grito ebrio.

Ariel era un pueblo pequeño y solo tenía una taberna.

Pero Maris nunca imaginó que estaría tan llena.

El sonido de las carcajadas estruendosas se mezclaba con el rasgueo de un laúd y el golpeteo de un tambor.

Algunos soldados ocupaban el escenario improvisado, cantando canciones obscenas.

Otros bailaban, sus movimientos descoordinados pero exuberantes, dificultando que Maris se moviera de mesa en mesa.

Maris no estaba en su elemento. Intentaba mantener el ritmo de las exigencias de los soldados sedientos y alborotados.

Servía cerveza de los barriles apilados detrás de la barra, secándose el sudor de la frente con el antebrazo.

El fogón de la taberna ardía con fuerza, proyectando sombras parpadeantes en las paredes mientras asaba carne en espetones.

Los soldados se desataron. Golpeaban los puños en las mesas, gritando órdenes de más cerveza y comida. El ruido era ensordecedor, pero era mejor que un montón de hombres borrachos peleando por nada.

Justo entonces, unos cuantos soldados se enfrascaron en una pelea; el sonido de los puñetazos y maldiciones retumbaba. Pero la riña fue rápidamente sofocada por los más sensatos, que separaron a los combatientes y se lo tomaron a risa repartiéndose palmadas fuertes en la espalda.

Maris exhaló, soltándose el moño del pelo con exasperación, y lo volvió a atar más alto para mantener el cabello fuera del rostro. Se arregló las mangas, enrollándolas hasta los codos, luego agarró la bandeja de comida, respiró hondo y salió al salón.

—Buenas, caballeros. Tenemos el especial de la noche para los tres —dijo alzando la voz para captar su atención. Cuando dejaron de hablar, colocó rápidamente los platos sobre la mesa antes de apartarse—. Buen provecho.

Maris intentó ignorar las miradas hambrientas; después de todo, sabía cómo lidiar con clientes borrachos. Cuando estaba por alejarse, uno de ellos agarró su delantal y tiró de ella con demasiada brusquedad para su gusto. Tropezó, pero logró mantenerse en pie, girándose y forzando otra sonrisa.

—¿Ajá?

—Te dije que el mío era sin cebolla —balbuceó el soldado, sujetando su delantal con una mano y señalando el plato con la otra .

—¡Ay! Disculpe, no hay problema. Le arreglo su orden enseguida, caballero… si me suelta, claro. —Maris sonrió y solo se movió cuando la mano del soldado cayó a su costado.

Tomó el plato y regresó a la cocina, abriendo la puerta de un golpe. —¡Mira! —Casi estampó el plato en el mostrador—. ¡Dije sin cebolla! ¿Por qué puñeta siguen equivocándose con las órdenes?

—Mejor cállate la boca si no quieres que le diga al jefe que eres tú la que está tomando mal las órdenes —replicó uno de los cocineros, limpiándose las manos con un trapo sucio antes de tomar el plato para corregirlo—. Ustedes los mareños no sirven para tres carajos.

—El que no sabe leer eres tú, cabrón… —murmuró Maris, tomando de nuevo el plato—. Gracias.

Regresó a la mesa de los soldados ebrios y dejó el plato. —Especial sin cebolla, buen provecho…

—¡Maris!

Maris giró hacia la mujer que la llamaba. No pudo evitar sonreír al reconocerla enseguida. El largo cabello negro y los ojos cansados eran una pista clara. —¡Melvian! —Maris saludó emocionada y cuando comenzó a caminar hacia ella, otra mano la sujetó bruscamente del codo.