La Maldición de la Diosa (La Reina y la Heredera 1) 2. Capítulo 2
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2. Capítulo 2

L a mano ensangrentada de Valda se cerró en un puño mientras caminaba por el gran salón del Castillo Oberón.

La sangre tibia goteaba desde sus dedos al suelo.

Horas atrás había hundido su daga por última vez en el cuerpo de un traidor.

Era la decimoquinta muerte de ese día. La sangre de su enemigo se mezclaba con la suya, proveniente de una herida en la parte superior del brazo izquierdo.

Había regresado de Umbriel para que el doctor del castillo, un devoto bendecido de Asclepio que había trabajado con la familia por años, atendiera su brazo.

No le importaba el dolor ni el sangrado profuso.

Un solo toque del hombre bastaría para sanarla.

Muchos sanadores eran devotos de Asclepio y comenzaban sus estudios de medicina desde temprana edad, esperando que, al mostrar disciplina y determinación, el dios los bendijera.

En el gran salón, enmarcados en madera y viejas pinturas, los ojos de antiguos gobernantes y portadores de la marca del dios la observaban desde lo alto mientras se dirigía a la sala del trono.

Siempre se preguntaba si la miraban con asombro o desaprobación.

Aquellas miradas pesaban sobre sus hombros, como un juicio.

—¿Sigues aquí? —La voz de Arwin la arrancó de ese peso. Su mano firme cayó sobre sus anchos hombros, agitándola levemente. Ella giró para enfrentarlo, su altura igualando la de él, y sus ojos se oscurecieron al verlo.

—Sigo aquí —respondió, mientras él empujaba las puertas de la sala del trono para abrirlas. Dentro, el grito sorprendido de su madre rompió el silencio .

—¡Valda! —chilló Rionach, bajando del estrado y corriendo hacia ella. La envolvió entre sus brazos, obligándola a agacharse. Valda abrazó fuerte a su madre con su brazo sano, apretando su figura más pequeña y hundiendo el rostro en su hombro.

Estaba en casa. En el castillo. Viva.

—¡Gloria a Ouranós! —Rionach se apartó, acariciando el rostro manchado de sangre de Valda—. ¿Estás bien? ¿Estás herida?

—Ella está bien —contestó Arwin, apartándose a un lado.

Su presencia quitaba calidez al recibimiento. Valda deseaba que se marchara para poder hablar a solas con su madre, pero sabía que tan pronto se aseara, descansara y comiera, la conversación giraría inevitablemente hacia el golpe: ¿quiénes eran los líderes y qué buscaban?

Rionach ignoró a Arwin y tocó la cintura de Valda; sus ojos se abrieron al ver la sangre roja oscura que manaba debajo de la pesada armadura, manchando la blusa de seda anaranjada. —Nena, estás sangrando.

—No toda la sangre es mía.

Rionach suspiró y se volvió hacia Arwin, rabia encendiéndose en su expresión. —¡Pensé que no llegarías a tiempo para su cumpleaños! Estaba muerta del susto. No enviaste comunicación ni nada…

—Perdón si la preocupamos. No fue mi intención. Nunca imaginamos que este grupo sería tan grande —respondió Arwin, agitando la mano con desdén—. Estamos aquí, lo logramos y… —dio una palmada demasiado fuerte en la espalda de Valda—. Y está a salvo, tal como prometí.

Valda gruñó y enderezó la espalda. Un reflejo de los años de entrenamiento bajo los tratos nada gentiles de Arwin. —Necesito bañarme.

—Y un sanador —añadió Rionach, acariciándole la mano mientras examinaba su brazo.

Valda frunció el ceño. —¿El sanador se fue?

—Hace días que no lo veo. Nadie sabe a dónde ha huido.

—¿Huyó? —preguntó Valda. Sin un devoto de Asclepio en el castillo, su recuperación sería lenta y dolorosa. Suspiró, frotándose el rostro con frustración—. ¿Trataste de conseguir otro?

—Pues, claro. Pero se esconden. No quieren ser explotados.

—¿Cómo explotamos a este? —preguntó Valda, aunque ya sabía la respuesta.

Tener solamente un bendecido de Asclepio en un castillo significaba que el pobre hombre estaba sobrecargado.

Había docenas, si no cientos, de soldados que necesitaban sanación.

Un solo hombre no podía con todo. Aunque el poder del dios estuviera en sus manos, su cuerpo era mortal; se cansaría incluso más rápido que un sanador común.

Arwin rió entre dientes y negó con la cabeza. —Está bien pago.

—¿Encerrado en el castillo? —bufó Valda, mostrando los dientes—. ¿A ti te gustaría estar encerrado sin ver a tu familia, Arwin?

—Tú te pones demasiado sentimental. ¿Qué honor más grande hay que trabajar en el Castillo Oberón y ser el sanador de la familia real?

—Ser libre sería mejor.

—Ay, Valda, por favor. Ese hombre tenía todo lo que quería. Comida, bebida y todos los amantes que deseaba. Ojalá yo hubiese sido bendecido por Asclepio con el don de sanar. Podría darme una chingá rápida y fácil de vez en cuando.

—General, permiso. —Rionach lo interrumpió antes de que continuara. Con un gesto desaprobador de la cabeza, lo despidió. Arwin salió de la sala riéndose por lo bajo, maliciosamente.

Una vez cerradas las puertas, Rionach tomó la mano ensangrentada de Valda y gimió. —Puedo enviar a una criada a tu habitación. Tal vez logre curar tus heridas un poco.

—Bueno… eso es mejor que nada —murmuró Valda.

—Valda —llamó Rionach, tocándole suavemente la mandíbula con las yemas de los dedos—. ¿Qué te hizo?

Valda rodó los ojos. Estaba cansada de la misma pregunta cada vez que regresaba de entrenar.

Su madre sospechaba siempre de algún maltrato de parte de Arwin, convencida de que usaba demasiada fuerza en el entrenamiento o que la abandonaba en el campo de batalla cuando más lo necesitaba.

Valda estaba harta de repetir que Arwin no era su guardaespaldas y que podía cuidarse sola.

—Nada, ma.

—No puedo hacer nada si no me cuentas, nena.

—No hay nada que contar —refunfuñó Valda antes de forzar una leve sonrisa—. Me voy para mi cuarto ahora. Seguro que Cerbera me extraña. —Le besó la frente.

—Tendré la cena lista para ti. Podemos seguir hablando cuando te sientas mejor.

—Por supuesto. —Valda se inclinó ante su madre antes de salir de nuevo al pasillo.

Esta vez, en lugar de ignorar los retratos, alzó la vista para estudiarlos, deteniéndose frente al de su padre.

Aunque estaba muerta de cansancio, se tomó su tiempo para contemplar el rostro inexpresivo.

El recuerdo de su sonrisa se desvanecía de su memoria.

Ya no podía sentir el calor de su amor, pero sí que sentía el peso de todas las expectativas sobre sus hombros.

Susurros y señalamientos, cargados de desaprobación, recorrían los pasillos al ritmo de sus pasos.

Valda se preguntaba si algún día estaría a la altura de ser la gobernante que todos esperaban. Si, llegado el momento, sería capaz de tomar las decisiones correctas para su reino. Últimamente, Valda sentía que sus decisiones no eran las mejores. O al menos, eso era lo que Arwin le hacía sentir.

Apartó esos pensamientos de su mente mientras saludaba a los guardias apostados en su puerta. Ya en su cuarto, se dirigió a la sala de estar y se sentó en un sofá al lado del fuego. Estiró las piernas y se recostó, exhalando al sentir cómo la tensión en su espalda cedía.

De repente, algo rozó sus piernas. Al mirar hacia abajo, vio a su enorme gata negra, Cerbera, dándole la bienvenida con un fuerte maullido.

—Hola, mi nena bella.

La gata estiró las patas delanteras y luego las traseras antes de sacudir la cabeza; los mechones en las puntas de sus orejas se mecieron.

Valda rió y elogió el estiramiento antes de palmear su regazo.

Cerbera saltó hacia ella de inmediato, restregando su cara contra la de Valda.

Las vibraciones de sus ronroneos la relajaron tras su agotadora jornada.

—¿Me extrañaste? —preguntó Valda, acariciándole la barbilla. Cerbera cerró sus grandes ojos amarillos y ronroneó más fuerte, inclinándose hacia el suave mimo.

—Tomaré eso como un: «Sí, te extrañé».

Fueron interrumpidas por un suave golpe en la puerta. Valda dejó a Cerbera en el suelo antes de que una joven criada, aterrada, asomara la cabeza dentro. Valda frunció el ceño antes de enderezarse, a la vez que Cerbera caminaba hacia la entrada.

—Parece que el sanador se fue de verdad. —La voz de Valda retumbó en la amplia habitación.

La criada se estremeció, frotándose las manos y asintiendo. —La reina Rionach me envió. Tengo algunos conocimientos de medicina… —Bajó la mirada hacia la gata y tragó saliva con fuerza.

Valda la observó. Tenía los rasgos comunes de una celestina: piel dorada por el sol, cabello negro y ojos claros. Probablemente era nueva en su puesto. Los ojos de Valda recorrieron el cuerpo de la joven antes de decidir que estaba demasiado cansada.

Era un secreto a voces que Valda disfrutaba acostarse con las criadas. El juego de poder en cada interacción la dejaba ansiando más. Sabía que no debía hacerlo, no ahora que su vigésimo quinto cumpleaños estaba a pocos días .

Nueve años atrás, contra los deseos de Arwin, su madre había llevado al Oráculo del reino al castillo.

Ni hombre ni mujer, ni vivo ni muerto, el Oráculo era una criatura maldita con la carga de ser el receptáculo de las Moiras.

Podía ver el futuro. Vagaba por el desierto de Umbriel, con la piel quemada por el sol abrasador, sin morir, sin vivir, existiendo sólo para predecir la tragedia o la fortuna de quien preguntara.

Una persona solo podía hacer una pregunta cada veinte años.

Valda lo había hecho: —Oráculo, ¿cuándo conoceré a mi pareja?

La respuesta del Oráculo quedó grabada para siempre en su mente: —La conocerás en tu cumpleaños número veinticinco.

Valda necesitaba enfocarse en encontrar a su pareja del alma, y eso significaba dejar de acostarse con otras.

—¿Cuál es tu nombre?

Los labios de la criada temblaron; carraspeó antes de responder: —Melvian, Su Alteza.

Valda asintió. —Melvian, ven acá. Quítame las botas.

Melvian se apresuró hacia Valda mientras Cerbera se acomodaba junto a la chimenea. Sus ojos amarillos estudiaban a Valda, parpadeando lentamente de vez en cuando.

Arrodillándose, Melvian deshizo los nudos apresuradamente, deslizando las botas. Sus manos temblaron al notar la sangre que las manchaba.